Blog de Oscar Medida

Carmela y la culpa; por Oscar Medina #NadieSupo

Por Oscar Medina | 29 de julio, 2017
Fotografía de Omar Salas

Fotografía de Omar Salas

La mirada de la señora: ojos secos de todo, resignados la mayor parte del tiempo. Inolvidable pero difícil de describir: una tristeza profunda, de años. Y de repente se abrían. No eran enormes, pero se abrían, las cejas les dejaban ganar espacio y lo que expresaban era temor. Pavor. Un miedo genuino: “No lo vaya a nombrar, por favor, que ese muchacho es muy peligroso”. Y contaba cosas que no debían escribirse.

Decía, por ejemplo, que Manuel vive en su barrio, cerca de su casa. Que con frecuencia paraba su moto y se tomaba una cerveza mirando a su puerta. Que en esos momentos ella se escondía en el baño: a rezar.

A pedirle al cielo que se lo llevara, que la olvidara, que la dejara en paz.

Y rezaba esperando las balas: las que romperían la cerradura y las otras, esas que la dejarían a ella tendida, casi flotando en el charco de su sangre sobre las baldosas. Y sopesaba los estragos: “¿Se imagina eso? ¿Quién va a limpiar ese desastre si no yo?”.  Pobre Carmela, hasta en la peor pesadilla quería ocuparse de hacer su trabajo: dejar todo bien limpio.

Al rato escuchaba la lata vacía golpear la reja de la ventana de su casita. Y el estruendo de la moto dando vueltas, girando sobre la rueda trasera y el olor a humo y a caucho quemado.

Con el paso del tiempo el acoso había disminuido la intensidad. Pero Carmela seguía saliendo muy temprano del barrio a su trabajo como señora de servicio en una casa del este caraqueño y procuraba llegar antes de que saliera la luna y los diablos se soltaran. A Carmela nunca la robaron en el barrio por una razón elemental: no tiene nada que le puedan robar. Lo único valioso que había en su hogar era la moto de su hijo y eso se perdió en alguna maraña policial.

Igual que su hijo.

Hace casi cinco años que desapareció. De su cartera saca dos carnets para probar que su muchacho no andaba en malos pasos, que estudiaba, que trabajaba, que buscaba superarse. “Le faltaban unos meses para terminar, pero el último carnet se lo llevó en su bolso, por eso no lo tengo”.

Ese día Jairo estaba en la universidad. Lo sabe porque hablaron por teléfono a media mañana y le contó que estaba a punto de salir de clases. Jairo no era de esos que amanecen en la calle. Por eso le extrañó que no llegara. Por eso le sobresaltó ver que ya caía la tarde. Por eso supo que algo malo le había ocurrido cuando le llamó cientos de veces hasta que su contestadora se llenó de mensajes. Por eso mismo salió a preguntar por él: a indolentes agentes policiales, a paupérrimos hospitales, a la morgue. Nada.

Y nada es lo que sabe de él cinco años más tarde.

Jairo, Manuel y otro amigo caminaban ese día frente a un centro comercial del oeste caraqueño. Allí fueron abordados por tres policías de civil que pidieron apoyo a dos uniformados para meterlos a empujones en un carro. Un carro verde. Un Corolla verde. Eso pudo saberlo porque de los tres, uno no hizo el viaje: Manuel.

Manuel ha dado su testimonio de forma oficial solo una vez. Y tampoco ha sido tan oficial: se lo dijo al fiscal que medio ha investigado el caso. Un caso sin juicio, sin pesquisa. Un caso al que han decidido dejar que se disuelva en el tiempo. Pero Carmela y la madre del otro joven han puesto empeño en que no se olvide. Por eso está aquí, abriendo sus ojos y contando detalles que no debería contar porque cree que el papel de un periódico puede servir de algo.

“Ese muchacho transea con policías. Es secuestrador y ladrón y les paga vacuna. Por eso no le hacen nada”.

A Jairo lo ha buscado por donde ha podido: ha abierto bolsas de basura, ha visto muertos en calles, en matorrales, en la morgue. Lo ha buscado entre el reguero diario de cadáveres de la ciudad. Así son las madres de desaparecidos: quieren encontrar algo, salir de ese duelo en suspensión aunque sea ante el cadáver del hijo.

Entonces sí, hay algo peor que la muerte.

Carmela no se quedó en silencio. Habló muchas veces, dijo muchas cosas, apareció fotografiada en numerosas reseñas de prensa que guardó en una carpeta, buscó ayuda.

Y volvió a hablar. Ahora conmigo. Y me pidió que no mencionara a Manuel. Pero es que la indignación empuja a cometer errores. A creer, como ella, que denunciar en una página de diario en verdad es ayudar. Y escribí el nombre de Manuel. Varias veces.

Ahora leo otra cosa: la vieja Carmela fue asesinada ayer en la tarde. El desastre de sangre lo lavarán la lluvia y los perros callejeros. El de la culpa no: ese queda aquí por siempre.

Oscar Medina 

Comentarios (1)

Flor Bello Yánez
30 de julio, 2017

Tanto horror no pensé vivir, porque me llega a pesar de que personalmente no me ha pasado nada tan horrible como este y otro relato, nunca pensé que esto iba a pasar en Venezuela. Tengo fe y confío que vendrán tiempos mejores…Pero olvidar imposible.

Envíenos su comentario

Política de comentarios

Usted es el único responsable del comentario que realice en esta página. No se permitirán comentarios que contengan ofensas, insultos, ataques a terceros, lenguaje inapropiado o con contenido discriminatorio. Tampoco se permitirán comentarios que no estén relacionados con el tema del artículo. La intención de Prodavinci es promover el diálogo constructivo.