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Cambio climático en Venezuela; por Boris Muñoz

Por Boris Muñoz | 6 de diciembre, 2015
Cambio climático en Venezuela; por Boris Muñoz 640

Una de las colas para entrar a un centro de votación en Caracas durante las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre de 2015. Fotografía de Ariana Cubillos. AP.

Dentro de un par de décadas a lo sumo, los antropólogos e historiadores del porvenir verán a lo sucedido durante el 2015 en Venezuela y con casi total seguridad concluirán que fue el año en que la cúpula gobernante perdió el amor de su pueblo. Independientemente de si la oposición obtiene una mayoría simple o calificada en la Asamblea Nacional, lo cierto es que una mayoría de los votantes se habrá expresado contra el régimen presidido por Maduro. Y esto marcará no sólo un punto de quiebre político, sino el principio de un nuevo proceso para frenar la caída libre de la economía y la sociedad venezolanas.

El presidente Nicolás Maduro, en otro de sus habituales lances de perversión retórica, ha dicho que los venezolanos que el 6 de diciembre los venezolanos elegirán entre dos modelos. “El modelo de la patria, bolivariana y chavista. Y el de la antipatria: entreguista, pitiyanqui y muy corrompido”. En realidad, las elecciones parlamentarias demostrarán que el péndulo se ha movido con fuerza desde el chavismo hacia el otro polo. Pero ese otro polo no es ideológico, como quiere hacerlo ver el chavismo. Y me atrevería a decir que ni siquiera obedece a una identidad opositora tradicionalmente entendida, sino esencialmente al hartazgo de la mayoría de los venezolanos con los nefastos efectos de la demagogia, el desgobierno y la corrupción chavista. En términos concretos esto se expresa en un deterioro extremo de la calidad de vida y la economía de los ciudadanos.

2016 será en consecuencia un año de mudanzas que se verán asediadas por enormes expectativas. Cierto, habrá un cambio de clima (el país se calentará más aun). Si las cosas salen medianamente bien, se disiparán en algo los vapores tóxicos del autoritarismo chavista y el extremismo larvado en sectores radicales de la oposición para que la política pueda respirar de nuevo y la democracia renazca. Pero, eso es sólo una fracción de la historia. Aficionada a los cambios rápidos, la sociedad venezolana espera que la solución a sus problemas llegué otra vez como por arte de magia y esto suele ser de una sola manera: sobre la cresta de una bonanza petrolera.

Pero no habrá bonanza petrolera. De hecho, el viernes pasado en Viena, la Organización de Países Exportadores de Petróleo resolvió mantener la cuota de producción en 30 millones de barriles diarios. Esto indica que, en un mediano plazo, el precio del crudo, que hoy se encuentra en el punto más bajo desde hace siete años, no subirá sustancialmente. Esta es una muy mala noticia para Venezuela, cuyos ingresos por exportaciones dependen en 95% de la renta petrolera. Las erogaciones por concepto de deuda externa para 2016 alcanzan 13 mil millones de dólares. Además de su enorme costo en intereses, las fuentes de financiamiento de esta deuda son muy limitadas y las reservas internacionales de Venezuela, están hoy por los suelos (14 mil millones de dólares). De modo que el país, como dice un proverbio gringo, se pondrá peor antes de mejorar.

El reto de la nueva Asamblea Nacional será quizás el más grande que ha tenido el cuerpo legislativo desde 1958, cuando, tras el derrocamiento de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez, tuvo que ayudar a echar las bases de una democracia funcional –imperfecta pero operativa. Y todos los diputados deben entender a cabalidad el tamaño de este desafío. La oposición debe tender puentes que le permitan arribar a soluciones para la sociedad, lo que en alguna medida le exigirá postergar legítimas reivindicaciones políticas a favor de la resolución de la crisis, por ejemplo a través de una urgente reactivación económica. El chavismo tiene que abandonar el discurso sofista de la conspiración apátrida y sus prácticas camorreras y mafiosas, para atender la emergencia de la sociedad. De lo contrario, el proyecto de Chávez, incluyendo sus aspectos progresistas, naufragará de modo irremediable. Como ha dicho el diputado Miguel Pizarro: “No hay tiempo para venganzas”. Es la hora reconstrucción: chavismo y oposición deben actuar juntos. 2016 pondrá a prueba a ambos campos, pues la tarea es más grande de lo que ninguno de los dos puede asumir por separado. ¿Lo harán? Quién sabe. Es lo menos obvio que se pueda imaginar.

Boris Muñoz 

Comentarios (1)

Petrusco
7 de diciembre, 2015

Podemos adelantarle el trabajo a los antropólogos que menciona Boris:

1) El régimen chavista era de corte totalitario, pero no era una dictadura. Nunca fue una dictadura. La oposición, de haber sido coherente y unida, hubiera logrado mayores victorias mucho antes del 6D del 2015. El chavismo, de ser una dictadura, jamás habría cedido espacios políticos, menos aún la mayoría en el parlamento.

2) La oposición no pudo ganar por la vía subversiva (paro petrolero, golpe de estado y guarimbas), ni por la vía electoral, sobre cuyo sistema sembraron todas las dudas posibles sin evidencias. Tampoco lo logró con la violencia callejera de 2014. El camino fue la asfixia económica, responsabilidad compartida entre Estado y sector privado.

3) Es cultural en el venezolano defender su parcela, sin importarle mucho el colectivo. Esa concepción no la logró cambiar el chavismo y por eso pierde los comicios del 6D.

4) La oposición recogió el fruto del descontento sin tener programa político alguno.

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