Tecnosociedad

Burbujas de contenido placentero, por Luis Carlos Díaz

Por Luis Carlos Díaz | 21 de octubre, 2012

El entusiasmo previo al 7 de octubre era un ánimo reforzado por el contacto con más y más amigos convencidos de la victoria, basada en su percepción de la calle y de los medios de comunicación que consumía. Las increíbles movilizaciones de calle, el convencimiento que iba ganando cada vez más gente al fragor de los cierres de campaña y la imagen disminuida de un Chávez cetrino y lluvioso llevaron a pensar, con razones visibles pero no siempre sustentadas, que la victoria de Capriles era posible. Pasó la cita y las matemáticas electorales, empujadas con maquinaria, revelaron un país distinto. Un país más polarizado, con más razones para estarlo, y con una deuda inmensa de reconocimiento mutuo que aún no se empieza a trabajar. Sin embargo, 6 años más de atrincheramiento suenan absurdos. Nuevamente el país mediático no respetó al complejo entramado social de la Venezuela táctil y mucho menos los medios estatales han sabido aún reconocer al sujeto opositor para el cual también deberían trabajar.

El cierre del campo perceptivo es un mecanismo de salvaguarda de la polarización. Es decir: la gente empieza a consumir más contenidos que refuercen sus ideas, lee firmas que le den un espaldarazo a sus prejuicios y se junta con gente con la cual está de acuerdo. ¿Quién carrizo quiere vivir peleándose si los venezolanos somos chéveres?

El autoengaño nos ha convertido en un archipiélago de puntos de vista, cosa que es legítima y hasta necesaria, pero sólo si los puentes siguen en pie y se alimenta la convivencia. Cuando no es así, la gente empieza a sentir que es de una especie distinta. Si no, lea los argumentos de calle para explicar los resultados electorales. Ya creemos que somos como los pinzones que descubrió Charles Darwin en su viaje a las Islas Galápagos, con los picos adaptados para comer lo que ofrecía cada islita, con diferentes comportamientos y trinos.

La burbuja de contenidos

Actualmente está ocurriendo un fenómeno similar, aunque no por causas políticas, con Internet. En esta hoguera digital en la que los infociudadanos se sientan alrededor del fuego para contarse historias y conversar, lleva años tejiéndose un fenómeno que levanta las alertas de algunos especialistas en comunicación, opinión pública y cultura.

Los resultados de los buscadores digitales se adaptan cada vez más y mejor a los usuarios, y eso no parece absolutamente bueno. La idea evidente de una empresa que ofrece rastrear Internet para ofrecernos resultados es ser útiles, veloces y oportunos. Hace años que no vamos a la segunda página de resultados en Google, y eso es gracias a que el sistema ha mejorado mucho porque adapta continuamente su algoritmo de búsqueda y jerarquización con nuestras necesidades.


Esa hermosa ingeniería de la información, en la cual la relevancia y la exactitud deben satisfacer al cliente (los cientos de millones de búsquedas que se hacen al día), debería responder a algunas variables del estilo: ¿Debe mostrarnos la página que reciba más visitas sobre un determinado tema? Puede ser, pero no es suficiente. ¿Debe poner de primera la página que se llame igual a lo que buscamos? Podría ser, porque algunos usuarios, para entrar a Facebook.com, primero van a Google y tipean “facebook” y así hace diariamente. ¿Debe darle más relevancia a los contenidos producidos en nuestro país? Quizás, pero tampoco es ley.

Es complejo. Pero un buscador debería saber combinar eso y también otras variables en esa fracción de segundo que tarda en ofrecer un resultado.
Sin embargo Google anunció otro cambio hace algún tiempo: también utilizaría el historial de búsqueda del usuario para construir su perfil y así ofrecer resultados aún “más exactos”. La máquina aprende de nosotros, y con cada clic que hacemos, cada página vista, le enseñamos quiénes somos, qué nos gusta y cómo nos comportamos. Hasta cierto punto podría ser violatorio de la intimidad el uso de nuestro trazo digital para elaborar nuestro perfil, seguramente ya la ciencia ficción se adelantó con una novela de control social basado en los deseos y búsquedas de la población, como hace Amazon con los productos que vemos recomendados en su página, pero es la manera en la que funciona la red.

El problema reside en que eso también constituye una burbuja. A este paso Google estaría adaptándose a nosotros de manera que cada búsqueda de cada usuario sería distinta a las de otros, por lo tanto nuestro contacto con la información, que construye referentes e ideas de mundo, terminará reforzando lo que ya somos o creemos.

Es imposible que algún medio de comunicación haga equilibrio entre las cosas urgentes, las cosas importantes para la sociedad, las cosas importantes para nuestra persona, lo cotidiano y lo que se parece a nuestro gusto. Esa adaptabilidad no existe en medios tradicionales (y por eso se fragmentó su consumo), pero en Internet, como sólo hacemos clic donde queremos, se refuerza aún más el hiperconsumo de contenidos placenteros. Por eso hoy día el atractivo de la pantalla es abrumador y vivimos pegados a ella, porque hay abundancia de lo que nos gusta, mientras que en la TV o en la prensa hay que pescarlo.

Qué nos perdemos

El fenómeno de la burbuja digital ya fue descrito en 2011 por Eli Pariser en su libro The Filter Bubble: How the New Personalized Web Is Changing What We Read and How We Think”, que se consigue en Amazon y también una exposición en Ted.com con subtítulos en español. La alerta del autor es que no decidimos nosotros qué cosas entran en nuestra burbuja y tampoco sabemos qué se queda por fuera, porque todo está en manos del algoritmo de Google, que puede aparentar ser neutro, hasta que no lo sea.

Por esta razón los chicos de DuckDuckGo.com crearon un buscador que responde a otros criterios de búsqueda para evitar los resultados adaptados, acomodaticios y sospechosos de sesgo. No compite con Google (que seguirá siendo el gigante por un buen tiempo) pero sí lo complementa.

Asimismo, los amigos se han convertido en unos extraordinarios filtros sociales de contenidos digitales, porque nos recomiendan cosas interesantes en sus redes y compartimos muchos de sus gustos. Sin embargo el riesgo del encierro en la burbuja es construir también archipiélagos sin puentes. El universo de referencias informativas debería ser más amplio que nuestra pequeña comunidad, nuestro centro electoral, o nuestro canal de TV.

Luis Carlos Díaz Periodista y bloguero

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