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Barrera Tyszka: “Chávez hablaba desde la eternidad pero la enfermedad lo hizo mortal”; por Karina Sainz

Por Karina Sainz Borgo | 24 de noviembre, 2015
Barrera Tyszka Alberto (c) Cristina Marcano

Alberto Barrera Tyszka, fotografiado por Cristina Marcano.

Cuando se supo que Hugo Chávez Frías padecía un cáncer, el país entero se volvió una sala de espera. El día a día se consumía en el ascua de la muerte. Eso que le ocurre, a veces, a los próceres: gente que de pronto se desnuca en la condición de mortales. El hombre que aseguraba que ocuparía el Palacio de Gobierno hasta el 2021 —o más— no disponía de vida suficiente para avalar su megalomanía. Mala cosa cuando se pretende ser el padre de la patria.

La batalla de Chávez contra su enfermedad duró dos años, una séptima parte de lo que su régimen: catorce. Hasta que, un cinco de marzo, el hombre que nunca callaba se quedó sin vida y sin voz. “Aquel país no sabía qué hacer con el silencio. La voz de Chávez era invasiva. Entraba en la vida de quienes lo apoyaban y quienes no. Cuando murió Chávez, Venezuela se convirtió en una sociedad huérfana hasta de voz”, dice el escritor venezolano Alberto Barrera Tyszka, quien ha decidido abordar este tema en su novela Patria o muerte, con la que se alzó como ganador del Premio Tusquets 2015.

Para Alberto Barrera Tyszka, Chávez ha sido una especie de estambre rojo con el cual desandar el laberinto. Ha tirado de ese hilo para entender tanto a la sociedad que lo produjo —una en la que el bipartidismo se venía abajo sin que nadie se diera por aludido— y a la que se desploma ahora. Por eso, al hablar de Podemos (cuya vinculación con el régimen chavista ha sido utilizada hasta el hartazgo en las campañas electorales españolas), Barrera Tyszka echa mano de la Venezuela previa a la elección de Hugo Chávez. “Habría que preguntarse qué tantas similitudes hay entre la Venezuela de 1997 y la España actual”, asegura.

Entre una pregunta y otra se levanta Patria o muerte, una novela coral en la que Alberto Barrera Tyszka retrata la agonía y la muerte de Chávez. Una historia en la que escuchan toda las voces, excepto la del que muere. La de Miguel Sanabria, un oncólogo jubilado que conserva el último testimonio de un Chávez agonizante. La de Fredy Lecuna, un periodista que en sus horas más bajas intenta escribir un libro sobre la muerte de Chávez. La de María, una niña aislada por la paranoia de su madre y que se relaciona con el mundo real a través de Internet. la de Rodrigo, el correlato masculino de María, quien ve cómo su familia es desalojada de su apartamento… La galería es amplia y toda ella verosímil, real, a pesar de su naturaleza de ficción. Todos ellos existen dentro y fuera de Patria o muerte, pero también el país que los explica.

Alberto Barrera Tyszka, ganador del Premio Herralde por La enfermedad, ha publicado las novelas También el corazón es un descuido (2001) y Rating (2011); los libros de cuentos Edición de lujo (1990), Perros (2006) y Crímenes (2009), así como de los poemarios Coyote de ventanas (1993) y Tal vez el frío (2000). Además, del libro reportaje Chávez sin uniforme, publicado en España por Debate. Justamente porque conoce todos los registros, Barrera consigue en Patria o muerte confeccionar un artefacto literario en el que hace lo que mejor sabe: mezclar géneros que confluyan en un retrato hermoso, a la vez que fulminante y potente, de una sociedad que se cae a pedazos. Sobre este tema conversa Barrera Tyszka durante su reciente viaje a España para presentar el libro.

Su voz ha ido ensanchándose con la Venezuela que ha relatado en sus libros. Lo ha hecho en casi todos los registros: narrativa, guión, crónica, reportaje, opinión. ¿Esta novela es el resultante de esa mezcla permanente?
No sé qué tan consciente fui al respecto, porque a la hora de escribir novelas avanzo a ciegas. Sí existe un desafío narrativo que creo haber conseguido con la estructura coral de la novela. Eso permitía que fluyera la historia con registros distintos. Además, trabajé el tema de cómo introducir la información sobre la realidad venezolana, que estuviese integrada sin detener la ficción.

Detener la ficción, dice. En Patria o muerte el único artificio parece el andamio de la novela. Se respira claramente, pero se lo pregunto: ¿todas las historias están basadas en la realidad, cierto?
Quizá un lector español o de otro país que se enfrente a la novela le parezca absolutamente irreal o inverosímil las cosas que en ella ocurren. Pero un lector venezolano va a conseguir ecos y referencias de su entorno, hechos que le han ocurrido a muchos, vivencias venezolanas que son muy directas. Y sí, la mayoría son historias con un pie en la realidad, algunas de ellas ya llevaba mucho tiempo trabajándolas.

Dos hermanos enfrentados por política; una mujer que regresa al país y ya no tiene casa; una niña aterrorizada ante la inseguridad y la calle, que vive a través de Internet. El telón de fondo es un país donde nadie sabe si volverá vivo a casa mientras el presidente, el mesías, está a punto de morir. Coro y catarsis. ¿Una tragedia, en toda regla?
A partir de la enfermedad de Chávez comenzó un periodo importante para los venezolanos. Alguien que se había construido como un protagonista total y que invadió la vida de todos, tanto la de quienes estaban a favor como quienes estaban en contra. Chávez parecía hablar desde la eternidad y de pronto dijo: ‘Estoy herido’. Chávez iba a durar para siempre, no pensaba dejar el poder. La enfermedad lo devolvía a la tierra, lo hacía real, era algo casi subversivo. En el medio queda el proceso de sacralización de Chávez. Esa transformación en el mito, desde los oficios públicos, claro, y la manera en que eso era vivido por todos. Todo eso me interesaba. Quería saber a través de esa indagación quiénes somos los venezolanos. Porque, fuese a su favor o en su contra, nos enganchamos con Chávez. ¿Por qué? ¿Qué ocurre en una sociedad que hace eso?

En la novela hay dos Venezuela que parecían ignorarse —la clase más empobrecida versus una clase media acomodada—, que en Patria o muerte terminan igualándose en la depauperación. Se consiguen en la periferia de un Estado que no saca gente de la pobreza sino que busca sumergir al país entero en ella, que iguala a la baja. Eso es de una complejidad que asusta.
Me preocupa el hecho de que a los venezolanos nos cueste tanto explicar lo que ocurre en el país. Es muy tentador explicar la realidad venezolana con simplezas: los buenos que defienden a los pobres y los malos que defienden al imperio. Venezuela es mucho más compleja que eso. Hay algo mucho más plural. En ese proceso, el discurso literario probablemente tenga más herramientas para mostrarlo: historias, detalles, matices, relatos.

Sin embargo, en Venezuela los grandes relatos colectivos los estructuró la telenovela, no la novela.
Sí. Y creo que el lugar de la novela poco a poco irá a más. ¿Cómo aparece el país en la narrativa que surge? Los maletinesde Juan Carlos Méndez Guédez; Gisela Kozak tiene un libro de relatos; Retrato de un caballero, de Miguel Gómes… y habría que ver también el cine e incluso distanciar y ver por separado la propuesta oficial de contar historias. Por ejemplo: Román Chalbaud y su película sobre El Caracazo o todo ese cine épico, que tenía una clara intención del chavismo de exaltar una parte de la historia.

El narrador de Patria o Muerte insiste en que la Venezuela del chavismo es la apoteosis de la oralidad. ¿La saturación de Chávez generó, por agotamiento, otros relatos?
Chávez creó una narración que convenció a buena parte del país. Veníamos de un país que se refería a sí mismo como una sociedad armónica, liberal, donde todos estábamos contentos. Chávez introdujo otro relato y creó un nuevo consenso que giraba a su alrededor. Chávez hablaba siete horas, pero lo grave es que la gente lo escuchaba: tanto quienes lo seguían como la oposición. Él terminó por convertirse en la única voz. Su oralidad era absoluta… todavía la televisión del Estado retransmite ediciones del programa Aló, Presidente del año 2003 o 2007. Forma parte de esa presencia. Chávez tenía era discurso épico, pero no tenía una realidad que lo sustentara. Cuando apareció en política, Chávez hablaba como si acabara de bajar de la Sierra Maestra pero sin haber derrocado a ningún dictador. Chávez quería estar en el cielo del Ché Guevara, pero no era el Ché: había ganado las elecciones en un país petrolero y aprovechó eso para cambiar las reglas internas del Estado a su favor. La única épica real que Chávez consiguió fue su enfermedad.

En su novela, y en la vida real, a los venezolanos los iguala la muerte a manos de otro. Un país que se mata y Chávez a la vez muriendo. Más que la enfermedad, ¿es la muerte y el silencio que ella produjo el centro?
El título de la novela, Patria o muerte, viene de una consigna originalmente de la izquierda y que el chavismo adoptó y modificó en “Patria, Socialismo o Muerte, que era lo que las Fuerzas Armadas gritaban cuando desfilaban. Lo curioso es que cuando la muerte pasa a ser una cosa real, el chavismo decide cambiar de palabra. Alguien como Chávez, que decía ‘dejaremos el pellejo en las alambradas’, cuando llega la muerte dice ‘¡Ay, no no, déjame decirlo de otra manera!. No era tan en serio. Y fue cuando cambiaron el lema oficial por “Patria y vida”.

En la novela, durante los funerales de Chávez, los personajes  de María y Rodrigo, estos niños que se quedan sin nada y perdidos en la muchedumbre, sostienen una doble orfandad: la de ellos y la del país. ¿Quiénes están retratados en esos niños?
María y Rodrigo fueron una elección deliberada para enunciar la vulnerabilidad en la que quedamos tras la muerte de Chávez: desarmados, sin institucionalidad. Una sociedad que se quedó huérfana hasta de voz. Chávez lo había robado todo para organizarlo a su alrededor. Y de pronto desaparece. Hasta aquellos que lo oponían ferozmente se quedaron de pronto sin enemigo, sin la explicación de todos los males. Y la imagen de esos dos niños, esos dos personajes vulnerables, conecta con la historia de Andreína Carrasco, esta mujer que tiene que ocupar o invadir su propia casa para recuperarla, pero se da cuenta de lo que ha hecho cuando se dice a sí misma: “Destruiste tu propia casa para decir que era tuya”. Son metáforas del proceso que vivimos desde hace más de 15 años.

Hablemos de la madre de María, quien decide no salir de su casa y ve en el otro una amenaza. Ese otro personaje de su coro  alude a una sociedad que desconfía, que se ha envilecido. ¿No cree que existía, antes incluso que del cáncer de Chávez, otro más feroz que fue devorando al país?
Uno entiende las cosas a medida que las escribe. Mientras avanzaba con la novela, comprendí que estaba intentando escribir una gran historia de la desconfianza y el miedo en la relación con otros: qué ocurre en una sociedad cuando se decreta que cualquier ciudadano puede ser mi enemigo, una amenaza. Eso es un síntoma.

Hay otro personaje en esta historia: Madeleine, la investigadora norteamericana que intenta hacer un perfil sobre Chávez. Ella tiene esa mirada asombrada –replicable en la izquierda europea, por ejemplo– que vio en Chávez la posibilidad de su propio safari ideológico.
Esa situación obedece a las miradas culposas de Estados Unidos y Europa hacia América Latina, que son bastante comunes. Son culposas porque vienen de estructuras colonialistas y dispuestas a creer que cualquier movimiento o revuelta es justa. Son relatos estereotipados: los buenos son buenos, los malos son malos. Eso fue totalmente deliberado. Por eso elegí a esta gringa periodista que está buscando algo para maravillarse y sentir que tiene fe en el futuro. A Chávez además le tocó un mundo con George W. Bush, que era perfecto para: todo el mundo se veía como enemigo de un hombre como Bush y Chávez supo usarlo.

Tanto Chávez sin uniforme, el perfil que hizo del entonces presidente, como Patria o muerte comparten un asombro. ¿Por qué siempre muestra perplejidad y un cierto encandilamiento ante las capacidades de Chávez?
Creo que Hugo Chávez fue un hombre hábil, con una capacidad de leer cosas en la realidad y en el otro. Alguien capaz de saber lo que el otro quería escuchar, alguien que melodramatizó la política. Nosotros no contábamos con alguien así. Apareció de la nada.

¿De verdad va a decirme que no contábamos con eso, que no se veía venir? ¿De verdad?
Yo, que soy mayor y milité en la izquierda, veo a Chávez como un síntoma, pero nunca pensé que un personaje como él vendría del Ejército. Es cierto que Chávez, más que un militar fuerte, creó el militar cursi. Sin embargo, había una práctica política en eso. Él dio un golpe de Estado fallido, fracasa militarmente, pero se rinde y triunfa en los medios. A su manera gana.

Ya, seis años después con los apoyos de la clase media y la izquierda pensante, por cierto.
Veníamos sintiendo que algo pasaba en el país y la necesidad de cambio era absoluta. Pero jamás pensé que vendría del Ejército. Cuando Chávez da el golpe y fracasa en 1992, a mí me pareció una chapuza, pero que aprovechara eso para convertirse en el líder que terminó siendo esconde un fenómeno, un fenómeno que trata de explicar la novela. El problema de los líderes carismáticos no es el líder, son los carismados, los reverentes. ¿Por qué hay un país que se enganchó con Chávez, a favor o en contra? Eso tiene que decirnos algo.

Las clases más empobrecidas le vieron como un salvador, pero las clases medias vieron en él una forma de castigar un sistema político, y el castigo se los llevó por delante.
Recuerdo las lecciones del 98. Yo tenía amigos de la izquierda a quienes Chávez les parecía extraordinario. Y la teoría era ésta: ‘Sí voy a votar por él,  para que se forme un coge-culo de una buena vez en este país’. Porque tampoco se lo tomaban tan en serio.

Su generación fue la que vio venir lo que se avecinaba; la que les sucedió fue la generación castrada, a la que le tocaba tomar las riendas de un país que se destrozó y los destrozó. ¿Qué viene? ¿Quiénes son los que están por venir?
Creo que es muy difícil. Porque la generación actual también tiene que emigrar…

El petróleo nunca permitió que tal cosa fuese posible.
Sí, es verdad. Pero hay que tomar en cuenta de que estamos hablando de un millón y medio de personas…

A su manera también desclasadas, las que deben arrastrar la culpa del superviviente, a los que no se les permite opinar porque están fuera.
Eso es algo que me preocupa: quienes defienden la idea de que quedarse es una virtud. Los países que superaron sus crisis más profundas son aquellos que no cultivaron el resentimiento y recibían a los que habían estado fuera. Pero aquellos que ven el que emigró a un ventajista o a un cobarde son países que avanzan muy lentamente.

Al conocerse la noticia del Premio Tusquets, usted dijo que Venezuela necesitaba más que nunca razón. Los libros no redimen a ninguna sociedad, lo sabemos, pero sí la ayudan a construir relato. ¿Cómo siente que su obra ha contribuido a contar un país?
Sí, hay una intención de que así sea y me gustaría que fuera desde la complejidad. Y la literatura permite eso. No sé si soy muy optimista, pero creo en los relatos, en la suma de relatos que nos ayuden a entendernos.

Desde que Podemos irrumpió en el escenario político español, Venezuela pasó a convertirse en un objeto de interés como arma arrojadiza. ¿Está consciente de que no pararán de preguntarle en estos días por Pablo Iglesias?
Acabo de contestar a un periodista que me preguntó cuál de los líderes de España se parecía más a Chávez. Le dije que ninguno.

¿Y qué piensa de Podemos y su relación con Venezuela? En la campaña, los detractores de Podemos lo han convertido como en la franquicia del populismo. Venezuela es sinónimo de mesianismo y carambola.
Hay cosas objetivas. Hubo gente de Podemos, como Juan Carlos Monedero, que fue asesor de Chávez. Pero lo que vale la pena analizar, creo, es que a pesar de la naturaleza tan diferente de España y Venezuela, a veces estaría bien preguntarse en qué se parecen la sociedad venezolana de 1997 y la española de hoy.

Lo dice por el desmoronamiento del sistema de partidos políticos y el Pacto de Punto Fijo frente a la extenuación del sistema de partidos surgido de la transición española…
Tampoco podemos dejar de lado que la gente tiene derecho a pedir un cambio. Hay una estructura bipartidista que experimenta un cansancio. Si los españoles percibieron que Zapatero era ineficiente y corrupto y Mariano Rajoy también les parece ineficiente y corrupto, ¿qué hace el ciudadano común? ¿Qué puede hacer? Pedir un cambio. Claro, en Venezuela las cosas son completamente distintas. Chávez era  un militar, con un proyecto militar. Al llegar al Palacio de Miraflores suspendió la alternancia y dijo: ‘Yo me quedo para siempre’. Eso no va a pasar nunca en España.

Esta entrevista fue publicada en el diario digital español Vozpópuli

Karina Sainz Borgo 

Comentarios (1)

José E. Espinoza Dávila
26 de noviembre, 2015

En febrero del 92, la mañana del golpe uno de los generales entrevistados por televisión en lo tocante a los cabecillas de la intentona se refería a Chávez como el segundo a bordo de un más talentoso Arias Cárdenas, describiendo al primero como un oficial tropero y explayándose en las bondades castrenses del ex-seminarista. El próximo noviembre se demostró lo equivocado de su criterio, la jefatura del movimiento estaba en Sabaneta de Barinas. Embaucaron a “tutilemundache”: algunos no tan inocentes como los notables y muchos tontos útiles como el que escribe, caímos en la trampa y el “inmortal” ascendió al solio presidencial. Jorge Olavarría dijo en esa oportunidad—-la ascensión de Chávez es un cambio en las estructuras de poder en Venezuela— y bien que lo fue. De allí en adelante, los forjadores de libertades se embarcaron en una aventura de libertinaje, corrupción, negociados, respaldada por los resentidos de siempre, arribistas, mujiquitas, y demás hierbas aromáticas. El inmortal murió y su heredero termina la tarea de su creador. Por supuesto Sr. Barrera esto no sucederá en España, pero no está sucediendo a nosotros.

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