Literatura

“El ejercicio crítico es visto como una actividad ingrata”; Gabriel Payares entrevista a Carlos Sandoval

Por Gabriel Payares | 8 de julio, 2014
Carlos Sandoval / Fotografía de Ednodio Quinterio.

Carlos Sandoval / Fotografía de Ednodio Quintero.

De una conversación con Carlos Sandoval (Caracas, 1964) no puede salirse si haber aprendido algo. Quienes hemos presenciado dentro y fuera del aula de clases su increíble capacidad de memorización, digna de una versión criolla del Funes borgiano, así como su pulso vital inquieto y cuestionador, hemos constatado que su compromiso con el oficio lector y el pensamiento crítico se saltan, para bien y para mal, los límites y los convencionalismos de la mayoría. Bajo el lema de “todo hay que decirlo”, la suya se ha hecho la voz crítica más respetada y popular, así como ocasionalmente polémica, de la última década de estudios literarios en el país.

Centrada casi exclusivamente en la narrativa, su obra crítica comprende los títulos El cuento fantástico venezolano del siglo XIX (UCV, 2000), La variedad: el caos (Monte Ávila Editores, 2000) y el volumen colectivo coordinado junto con Beatriz González-Stephan: Fijar la patria. Eduardo Blanco y el imaginario venezolano (Bid&co, editor, 2012), así como la compilación de las antologías Días de espantos (cuentos fantásticos venezolanos del siglo XIX) (UCV, 2000; Monte Ávila Editores, 2004; El Perro y la Rana, 2007) y De qué va el cuento (antología del relato venezolano 2000-2012) (Alfaguara, 2013). Pero quizás sea su prolífica trayectoria investigativa, abundante en artículos, ponencias, reseñas y textos liminares, así como de una importante participación académica en varias escuelas de Letras del país, la que más proyección le haya dado a su nombre en el circuito letrado nacional; un recorrido lector contenido, en buena medida, en su más reciente libro publicado: Servicio crítico. Despachos tentativos sobre literatura venezolana (CELARG, 2013), compilación de más de una década de entrega paciente y apasionada al estudio de nuestro modo específico de narrar.

Es un lugar común, a la hora de hablar de crítica literaria, considerar a quien la ejerce como un escritor frustrado, un parásito de los verdaderos artistas. ¿A qué atribuyes este prejuicio tan resistente en el imaginario artístico y literario? ¿Cómo lidias con él en lo individual, tú que tienes una novela publicada, pero tu fuerte ha sido siempre la crítica?
Ese prejuicio viene de lejos, de la época romántica (siglos XVIII y XIX) cuando se convirtió al escritor en un iluminado, en una suerte de sujeto ahíto de capacidades intuitivas que sobrepasaban las del simple individuo que atendía una tienda o se dedicaba a cultivar el campo. Como se sabe, esta fue una de las respuestas contra los embates del racionalismo. Lo curioso es que en el ámbito del período romántico se produce la formación profesional, digamos, de la crítica literaria y de una posible ciencia de la literatura (con el desarrollo, por ejemplo, de la romanística alemana). Por supuesto, la crítica literaria no nace en el siglo XIX, pero es entonces cuando comienzan las tensiones entre los creadores (el poeta, el narrador, el dramaturgo) y quienes trabajan la literatura desde otra área: desde el campo de la valoración de las obras. Se pensaba (algunos aún lo piensan) que no era justo o legítimo que alguien no familiarizado con los procesos creativos pudiera emitir juicios sobre los textos sólo con base en el conocimiento histórico del lenguaje o de las formas literarias. Así pues, la imagen del escritor frustrado se fragua en la resistencia a comprender que hay varias maneras de relacionarse y trabajar con la literatura: el creador, pieza básica del engranaje, activa una maquinaria social de intermediaciones donde la crítica resulta apenas una de ellas, acaso de las más importantes por cuanto se encarga de la ingente tarea de evaluar, de manera permanente, los productos estéticos o con intención de serlo. También es cierto que la crítica puede ser entendida como una actividad parasitaria de la creación, lo cual no debe alarmarnos: sin el trabajo de los poetas, ensayistas o narradores, pongamos por casos, no habría necesidad de examinar ningún texto; de donde se sigue que el crítico puede ser entendido como un “funcionario de la literatura” (para usar la peyorativa expresión de Fielding). Sin embargo, se trata de un funcionario imprescindible en la cadena del conocimiento literario, puesto que gracias a sus desempeños podemos saber, en un momento determinado, cuáles son los títulos que construyen o sustentan una tradición.

Respecto del estatuto de escritor, no establezco diferencias entre quienes producen relatos, poemas o crítica literaria: se es buen o mal escritor, nada más. Los campos expresivos tienen sus especificidades, conocerlas es obligación de aquellos que se embarcan en un poemario, un examen valorativo o una novela.

¿Tiene que ver esa noción del crítico como “Funcionario” con la idea de la crítica como “servicio humano” que sirve de leit motiv a tu más reciente publicación en el área, Servicio crítico?
En realidad, Fielding utiliza el término de manera despectiva, como suele ocurrir con casi todos los que usan la palabra para referirse a quien desempeña un trabajo en alguna oficina pública. Por lo general, se ve al funcionario como un hombre de medio pelo, narcotizado por trámites absurdos y por la idea de que lo importante no es la resolución de los asuntos, sino mantener el sistema de papeleo y sellos húmedos. No obstante, funcionario fue Pessoa y el personaje de la excelente novela Sostiene Pereira, de Tabucchi. También, por supuesto, Mateo Martán, protagonista de Los pequeños seres, de nuestro Salvador Garmendia, sujeto derruido por la cotidianidad; como quiera que sea, el funcionario resulta un individuo necesario de la burocracia. Ahora bien, ¿es todo sistema burocrático, en esencia, una mediocre rémora inventada para obstaculizar los procedimientos administrativos? En el caso de la literatura podría decirse que, de cierta manera, el crítico ejerce un funcionariado con varias tareas: dar cuenta del estado de la cuestión en momentos específicos, mostrar hipótesis con base en lo que verbalizan las piezas creativas, estimular relaciones históricas o de carácter más amplio (interdisciplinario) entre los materiales literarios y diversos productos culturales, entre otros posibles análisis que se supone enriquecedores de las propuestas poéticas, narrativas, dramáticas o ensayísticas. Es en este sentido que entiendo la actividad crítica como un servicio humano (lo cual supone, sin duda, una redundancia: todo lo que hacemos en o en torno de la literatura involucra esa condición): un servicio que busca evidenciar motivos, sustratos y hasta elementos pulsionales, si se me permite el atrevimiento, en las obras que se evalúan. Naturalmente, para realizar estas incursiones el crítico debe proveerse del instrumental adecuado, de lo contrario corre el riesgo de que sus trabajos no rebasen el mero comentario o la especulación sin fundamento. De allí que, al hallarse mal pertrechados, haya críticos que saboteen la disciplina al publicar textos que intentan ser regios análisis, pero que terminan siendo simples apuntes o, peor aún, malas digestiones teóricas sin verdaderos aportes valorativos.

Servicio crítico (1)Dado que Servicio crítico es una retrospectiva a tu propia labor crítica y académica de años, ¿qué conclusiones arroja respecto al oficio crítico en nuestro país esa historia personal de la lectura? ¿Qué relación observas, además, entre la labor crítica y la labor docente que has ejercido en diversas universidades e institutos de investigación?
Entre nosotros, y esto es también un lugar común, el ejercicio crítico es visto como una actividad ingrata y como un oficio dirigido a cuestionar las obras que analiza, sobre todo cuando se trata de materiales recientes, de autores vivos que comienzan una carrera o incluso de personalidades literarias ya establecidas. No niego que a veces resulta incómodo emitir juicios acerca del trabajo de algún amigo o conocido, pero la vocación siempre termina imponiéndose: hay que dar a conocer las valoraciones a las cuales se ha llegado, por muy duras o tajantes que éstas sean; de eso depende la credibilidad del crítico. Lo cual no significa que esas conclusiones temporales (se trata, lo sabemos, de hipótesis de lectura) deban exponerse de manera atrabiliaria, basta o grosera: criticamos objetos construidos con lenguaje plástico o que aspira serlo, de allí que el lenguaje de la crítica deba ser claro, respetuoso y elegante. No una recreación de las piezas analizadas, advierto, sino una disertación escrita con ánimo cognitivo, es decir, para dar a conocer lo que metódicamente hemos encontrando en aquello que nos hace seguir leyendo y cifra nuestra vida. Esto me lleva a señalar que la crítica no es otra cosa que una disciplina que busca generar conocimientos sobre la literatura: conocimiento que puede tener resultados de carácter general, como ha ocurrido en varias ocasiones con esas obras sobre las cuales se funda, por ejemplo, una nacionalidad; o más importante, de carácter individual, íntimo, como sucede cuando un poema o una novela cambian, literalmente, mi modo de percibir o entender los asuntos cotidianos, esto es, cuando resulta trascendente para la existencia.

En relación con mi “historia personal de la lectura”, como la llamas, contenida parcialmente en Servicio crítico, puedo decir que en virtud de que he dedicado casi todos mis esfuerzos al análisis de la narrativa venezolana actual, reciente, contemporánea, la experiencia ha sido aleccionadora. Sé que algunos de los autores de las obras estudiadas aquí y allá cuestionaron mis juicios en el momento en que se publicaron (el libro es un compendio, no lo olvidemos), pero no de forma pública, sino en corrillos ocasionales o en reuniones académicas de las que luego no se publicaban actas; opiniones que termino conociendo por efecto de las relaciones que nos vinculan en el circuito de la literatura del país. Por supuesto, esto es normal en toda sociedad literaria, lo malo es que no permite el diálogo porque esas opiniones no trascienden el mero comentario de salón. Entiendo que los narradores no tienen que enfrascarse en discusiones con quienes estudian sus trabajos, pero ayudaría mucho que en lugar de ofrecernos trompadas nos juntáramos a conversar sobre nuestra relación con la literatura. Eso es, a fin de cuentas, lo que a todos, creadores y críticos, nos interesa y justifica nuestros esfuerzos; espero que esto no se tome como un lamento y sí como una muestra de franca necesidad de concordia. Como quiera que sea, seguiré explorando el campo de la narrativa venezolana porque estoy convencido de que en ella podemos (puedo) llegar a comprendernos (comprenderme): las historias y tramas de los cuentos, las novelas, los minicuentos y las nouvelles escritas por venezolanos constituyen, pulsional y simbólicamente, la historia del país. Digo una perogrullada, lo sé, pero es bueno recordarlo.

Respecto de la “labor crítica” y la “labor docente” puedo decir, con base en mi experiencia, que las he venido ejerciendo de manera integral: enseñar literatura es enseñar modelos críticos, quiero decir: cuando se da una clase, pongamos por caso, sobre el impacto de las redes sociales en la narrativa latinoamericana de la primera década del siglo XXI, se está simultáneamente dando una forma de lectura. Lo cual significa refrendar sistemas teóricos e ideologías estéticas. Es lo que hacemos todos, reconózcase o no, en las escuelas de letras: exponer nuestras miradas sobre el arte literario que consideramos válido, legítimo, digno de transmitirse a la posteridad.

Recientemente ha habido mucho entusiasmo respecto a la oleada de nuevos narradores criollos, cuyo muestrario más reciente lo constituye tu antología ¿De qué va el cuento?… publicada por Alfaguara. ¿Compartes la valoración optimista de muchos que afirmaron, incluso, que nos hallábamos frente a una época dorada de nuestra narrativa? ¿Consideras, independientemente de ello, que este entusiasmo por la narrativa generó una actividad crítica importante a su alrededor?
Creo que resulta excesivo hablar de una “época dorada” en nuestra narrativa sólo con base en el aumento de ediciones de libros de cuentos y de novelas en la última década. Dicho así acaso suene contradictorio, pues es de suponerse que si hubo un incremento de títulos es viable y quizá hasta lógico inferir, sin mucho trámite, que una alta producción es resultado de una alta demanda. En realidad, lo he apuntado en otras ocasiones, quienes señalaron que estábamos en medio de un boom narrativo se dejaron llevar por una mera sensación y no por las proporciones reales de lo ocurrido. Habrá que estudiar las causas que produjeron esa sensación, una de las cuales –es una hipótesis– tiene que ver con las consecuencias políticas y sociales generadas por la llamada “Revolución Bolivariana” en la clase media, el sector más afectado en sus fundamentos ideológicos, materiales y simbólicos por el ejercicio gubernamental y, asimismo, el más representado en un número importante de piezas narrativas del llamado boom donde se percibe ese malestar. Este sector, ansioso de explicaciones para comprender el arribo de Hugo Chávez a la presidencia de la república, se volcó sobre ensayos históricos, sociológicos, periodísticos, arquetipales (producidos de manera rauda o reeditados a partir, grosso modo, de 1999), en cuyas páginas se daban razones para explicar cómo esa clase media (y todo el país) consintió la debacle, según buena parte de ese grupo social, de la democracia representativa para dar paso a un sistema autodenominado “socialismo del siglo XXI”. Es decir, el mercado editorial experimentó una bonanza insospechada en virtud de la demanda de libros de carácter ensayístico sobre el presidente y su peculiar manera de gerenciar los asuntos públicos.

Insisto en que se trata de una hipótesis de lectura, pero considero que vistas las ganancias (que desconozco, no tengo estadísticas) algunas editoriales privadas calcularon que era posible sacar provecho de ese público cautivo, lector de ensayos, y así se arriesgaron a editar narrativa venezolana. Hablo de las editoriales privadas porque, todo hay que decirlo, el voceado boom sólo se consideró con base en los títulos publicados por las casas comerciales independientes, por lo general filiales de empresas extranjeras (Alfaguara, Random House Mondadori, Planeta, Ediciones B); jamás se tomó en cuenta la participación de las editoriales del Estado en el posible fenómeno. De modo, pues, que lo que hubo fue un boom editorial, no narrativo, el cual no tuvo el esperado acompañamiento del comprador porque mucho antes de la partida de Random House del país (pongo un ejemplo), casa que apoyó con ediciones príncipes a autores noveles y con reediciones a narradores venezolanos representativos, ya era posible encontrar en los saldos tradicionales de la ciudad numerosos ejemplares de títulos recientísimos.

Ahora bien, esto no rebaja la visibilidad que en el lapso ha tenido nuestra narrativa donde, como es natural, coinciden autores de todas las edades, períodos, tendencias y estrategias de composición. Una dinámica propia de toda comunidad donde la literatura juega un rol específico en el sostenimiento o la construcción de un imaginario y donde los anhelos estéticos se mezclan con deseos de diversa índole (políticos, psicológicos, antropológicos), sustrato pulsional de toda creación artística. Quiero decir, la narrativa venezolana de los primeros quince años del siglo XXI, para mantenernos en este arco temporal, revela las materializaciones típicas de una sociedad problemática y tensionada por la agonística de su campo en lucha permanente con el medio. En este sentido, el sólido despegue de las carreras de algunos narradores del momento (Rodrigo Blanco Calderón, Salvador Fleján, Enza García, Carolina Lozada, Eduardo Sánchez Rugueles, Francisco Suniaga y tú, entre otros), se sincroniza con la reafirmación y despliegue de las poéticas de autores anteriores e importantes como Federico Vegas, Roberto Martínez Bachrich, Alberto Barrera Tyszka, Miguel Gomes, Rubi Guerra, Juan Carlos Méndez Guédez, por citar unos pocos casos, y con el reconocido oficio de quienes ocupan un lugar privilegiado en el canon: Carlos Noguera, José Balza, Victoria de Stefano, Ana Teresa Torres, Ednodio Quintero (cito de memoria, las listas son injustas y el recuerdo poroso).

Esta enumeración me lleva a la segunda parte de tu pregunta: sin duda, el “entusiasmo”, como dices, generó una atención crítica manifestada en la realización de congresos, foros, simposios, charlas, lecturas, conversaciones en torno de la narrativa publicada en el siglo XXI (independientemente de que se tratara de reediciones de obras del pasado); en la preparación de antologías y en trabajos de valoración parciales en revistas académicas o divulgativas, en prólogos y en tesis universitarias. Con todo, todavía falta mucho por hacer.

Por último, Carlos, ¿qué nuevos proyectos críticos te ocupan en la actualidad?
Ahora cierro un libro colectivo que comencé a armar hace unos años sobre el ejercicio crítico, desde la perspectiva personal de cada uno de los colegas que aceptaron la invitación. Se trata de una suerte de declaración de principios de quienes han hecho de la crítica su campo de trabajo en Venezuela. Lo que se pretende es los críticos cuenten, se desnuden ante el público que tenga a bien leer sus experiencias de vida con la lectura y valoración de obras. Un volumen de tono autobiográfico y que deparará, es seguro, varias sorpresas.

Por otro lado, avanzo con un trabajo largo sobre varios aspectos de la narrativa venezolana de los últimos veinte años, específicamente la que se produjo entre el 04 de febrero de 1992 y el 05 de marzo de 1993, lapso en el cual la figura y gestión política de Hugo Chávez copó, de una u otra manera, casi todo el escenario de nuestras expresiones culturales. Esto me ha llevado a estudiar las relaciones entre los intelectuales y el poder, sobre todo de aquellos que publicaron narrativa en el período y cómo ello se revela en las historias, sub-tramas, lenguaje y estructuras de las piezas; como quiera que sea -debo insistir-, el arribo de Chávez al poder significó una ruptura en varios órdenes: social, imaginario, simbólico. Así pues, esto es lo que me interesa: analizar las instancias temáticas, estilísticas y de forma de un buen conjunto de cuentos y novelas publicadas en ese arco temporal, su recepción crítica y los vaivenes ideológicos representados, quiérase o no, en esos materiales.

Por otra parte, no dejo de dedicar, como siempre, algunas horas a mis dos pasiones: la narrativa fantástica y la narrativa del siglo XIX.

Gabriel Payares Gabriel Payares (Londres, 1982) es Licenciado en Letras (UCV) y Magíster en Literatura Latinoamericana (USB), así como autor de dos libros de relatos: Cuando bajaron las aguas (Monte Ávila Editores, 2009) y Hotel (Puntocero Ediciones, 2012). Su labor creativa ha sido galardonada con varios premios nacionales, tales como el Premio para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores (2008), el Premio para Jóvenes Autores de la Policlínica Metropolitana (en 2011 y 2013) y el Concurso Anual de Cuentos de El Nacional (2011).

Comentarios (1)

Libia Kancev
20 de julio, 2014

Clara entrevista ésta que realiza Payares a Carlos Sandoval. Estoy muy de acuerdo con la idea de la importancia de la crítica literaria y con lo que plantea Sandoval en relación a lo difícil que puede ser la crítica al trabajo de alguien conocido o amigo pero, como alega Sandoval, el oficio de crítico debe imponerse. Además, en la medida que la literatura (en cualesquiera de sus aristas), pueda constituir reflejo de la sociedad, susceptible de análisis diversos, “hipótesis de lectura”, nunca podrá ser una actividad que se pueda ni deba desestimar.

Recuerdo ahora la postura de G. Sucre en cuanto a su visión de la crítica literaria como una actividad también creadora.

Un saludo.

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