Por Héctor Torres | 21 de Agosto, 2012
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En una ocasión, viendo una película de Emir Kusturica (quizá “Gato negro, gato blanco”), comencé a experimentar una creciente incomodidad que, en tanto avanzaba la película, alcanzaba la forma de un bochorno tan palpable, como si la estuviera viendo al aire libre en una calle de San Félix, en pleno mediodía.

Los personajes de esa peculiar historia de amor están construidos con una alucinante mezcla de violencia, crueldad, ternura, maldad, resignación, concupiscencia, avaricia, todo en grado tan superlativo, que tardé poco en entender por qué me inquietaban tanto: a pesar de que el petróleo nos ha alimentado la fantasía de una inexistente sofisticación, los venezolanos en familia somos tan ruidosos, arbitrarios, descabellados y pintorescos como los personajes que construye este director serbio.

Hay una anécdota de Adriano González León, asentada en un texto de Roberto Echeto, según la cual, encontrándose en el aeropuerto de Maiquetía agobiado por la cantidad de gente que iba a despedir a los que se iban de viaje, González León sentenció, contrariado, que “el venezolano debe aprender a administrar sus afectos”.

Y razón no le faltaba, porque si hay un rasgo “kusturicamente” nuestro es ese de reunir a (literalmente) toda la familia para todo evento social, no importa lo pequeño, intrascendente, rutinario o breve que sea. Si el hijito hace la Primera Comunión o la nena participa en su primer concierto de cuatro; si el ahijado tiene un papel de “Árbol 2” en un montaje de teatro infantil o la sobrinita es promocionada a primer grado, ahí estará (literalmente) toda la familia, ocupando media sala del escenario, como si no se hubiesen enterado de la invención de las cámaras de video. O peor aún, como si no estuviesen grabando y fotografiando todo movimiento con las cuatro cámaras que llevaron al evento.

Y si ya parece un exabrupto (o una enorme desconsideración para con las familias pequeñas) eso de congregar una proteínica y entusiasta barra, visiblemente desproporcionada para la magnitud del evento; agréguesele a eso el “apartapuesto”, una pintoresca figura hija del medalaganismo y la viveza criolla.

Al apartapuesto se le puede comparar con lo que, en términos bélicos, se conoce como una cabeza de playa. Este procedimiento requiere de un miembro de familia ágil y suficientemente bien informado del número de los convocados, que debe entrar al recinto cuando éste aún se encuentra suficientemente vacío. Una vez adentro, hará el cálculo mental de los puestos que requiere y procederá a “apartarlos” mediante diversos métodos, que van desde sentar niñitos cada tres puestos para que repitan, ante cada avistamiento humano, un mecánico “taocupao”; hasta desplegar sobre una fila entera de asientos todos los objetos que lleva en la cartera, los cuales pueden consistir en: cartucheras, pañales desechables (sin uso, claro), botellas de agua, sweaters, estuches de cámara y, al menos, un niñito que, a manera de pastor del rebaño, será el encargado de, mediante el clásico “taocupao”, hacer respetar la arbitraria demarcación territorial.

Haga la prueba: asista un domingo a cualquier evento “para toda la familia” y luego de lidiar con la conducta tribal de los guardapuestos, busque una película de Kusturica (pongamos, “Gato negro, gato blanco”) y verá que ese aire caótico, tribal y aldeano con que el cineasta rockero pinta a la gente de los pueblos balcánicos, es tan nuestro que más nunca se dejará engañar por una sofisticación de oropel.

Héctor Torres  es autor, entre otras obras, del libro de crónicas "Caracas Muerde" (Ed. Punto Cero). Fundador y ex editor del portal Ficción Breve. Puedes leer más textos de Héctor en Prodavinci aquí y seguirlo en twitter en @hectorres

Comentarios (7)

Oswaldo Aiffil
21 de Agosto, 2012

Este es uno de los rasgos que más nos caracteriza como grupo humano. En Estados Unidos las llamadas “Ferias de Comida” son un mecanismo de relojería, porque mientras algunas personas hacen la cola, compran la comida, la reciben y la pagan, otro grupo come, se para, bota los desperdicios y se va. Vaya usted a la “Feria de Comida” del Sambil y verá el 90% de las mesas ocupadas por un(a) “Apartapuestos”, trayendo como consecuencia una población “flotante”, la cual, con bandejas en la mano busca sin éxito una mesa sin “tocupaos”. El tránsito de personas con bandejas es asfixiante porque los “tocupaos” defenderán la mesa con su propia vida, mientras que el resto del equipo compra, busca el local de su preferencia, etcétera. Así somos como pueblo…

Lucho
22 de Agosto, 2012

Comparto íntegramente su impresión. Yo también he sido víctima de los “apartapuestos”, en cines y en conciertos. El caso más conflictivo de éstos fue precisamente en un concierto, en que el apartapuesto apartó un puesto bien bueno para alguien “que iba a venir”, y no vino en ningún momento. Se trata de una fidelidad estúpida, me parece, un ejemplo más de ese egoísmo tan extraño y curioso de nuestros connacionales, que no es tan el popular “Todo para mí”, sino más bien una especie de punto ciego: Los demás no existen, no están allí, no son visibles para mi. Al final, toda la realidad desagradable ‘no estará allí si no la veo’, un caso de “punto ciego” que deviene una suerte de esquizofrenia cultural. En cuanto al cine de Kusturica, un buen amigo me regaló su película “Underground”, y no pude terminar de verla, paré como a la media hora (tengo mucho aguante). Me pareció que era un puro desorden e indisciplina. Si los serbios son la mitad de eso, con razón todo ese lío de la guerra. Pero no lo creo, porque Tito los mantuvo bastante en la cuerdita, y sin ser un Stalin precisamente. Los serbios y croatas que conozco aquí en Venezuela en general son muy trabajadores y disciplinados, “demasiado trabajadores”, como dirían en jerga de Caracas.

Cal
23 de Agosto, 2012

El apartapuestos es un ejemplo característico del concepto de “familismo amoral”, de Edward Banfield, que ha sido aplicado por Mikel de Viana en muchos de sus trabajos sobre Venezuela, como este: http://es.scribd.com/doc/72730089/Dessiato-De-Viana-De-Diego-ETHOS-Y-VALORES-EN-EL-PROCESO-HISTORICO

Julia Selvas
23 de Agosto, 2012

Es terrible y en los Registros n.i se diga…

MAMIFUNK
23 de Agosto, 2012

Genial! y donde dejas a los ¨cuidacarros¨ Somos peculiares. Y yo caraqueña viviendo en Oriente te puedo decir que puedo escribir un libro con las particularidades de habitantes como Barcelona, Pto La Cruz y Lecherìa, que aunque pegadas cada una y su gente tiene lo suyo. A una le dicen maìta o mitìa de acuerdo a la edad que le representes. Y asì sucesivamente…..

Héctor Torres
23 de Agosto, 2012

Muchas gracias por sus valiosos comentarios. Eso que dice Lucho, que “Los demás no existen, no están allí, no son visibles para mi” parece, en efecto, el razonamiento que está detrás de esa actitud. Que es, un poco, lo que siempre he sostenido acerca de la conducta tribal del venezolano. Están los míos (mis panas, mi familia, mis hijos, la gente de mi partido) y, allá, en un horizonte difuso, los demás. Gracias, Cal, por el enlace. Ayer estuve en una consulta clínica y es impresionante cómo alguien tiene “apartado” un puesto para un inquieto que no puede esperar sentado y ve a su alrededor señoras mayores y mujeres embarazadas y no siente el más mínimo pudor. A ustedes, y a Oswaldo, Julia y Mamifunk, muchas gracias por sus aportes. Saludos

Jose Luis quintero
24 de Septiembre, 2012

Me uno al coro de los que detestamos este y otros muchos atributos de la”venezolanidad”.Agrego la imagen grotesca e irrespetuosa de los obstáculos de plástico o de hierro que mis cívicos vecinos de alto prado colocan en la calle frente a sus casas con los cuales se apropian de la vía publica mientras ademas no se dignan usar sus estacionamientos.Saludos cordiales

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