#EnPrimeraPersona

Al principio no hubo sangre; por Armando González #EnPrimeraPersona

Por Prodavinci | 2 de junio, 2017
Foto cortesía de Erick Marquez

Foto cortesía de Erick Marquez

La Guardia Nacional dispersó la marcha. Luego de escuchar el sonido de metras chocar contra el piso, recibir algunos perdigones y esquivar unas cuantas bombas, me dirigí al distribuidor Altamira a chequear si alguien más necesitaba asistencia. Bajé en mi moto, acompañado de otro voluntario de Primeros Auxilios UCV, un estudiante del último año de medicina. Minutos antes, nuestro grupo atendió al muchacho herido con la metra en el centro del abdomen, uno de los muchos casos que ocurrieron ese miércoles 31 de mayo, durante la manifestación “Todos a la Cancillería”.

Llegamos al puesto de paramédicos de vías rápidas. Allí había otros rescatistas. Quedamos atrapados en medio del fuego cruzado: de un lado la Guardia Nacional Bolivariana, dentro de La Carlota, y desde la autopista, los manifestantes. Me sentí relativamente a salvo porque estaba con el resto de los paramédicos, todos neutrales en el conflicto. Usamos la pared del módulo para resguardarnos.

Pasamos cerca de una hora en el mismo lugar. Fuimos espectadores en primera línea del enfrentamiento, lo que nos obligaba a rodear la caseta cada vez que los manifestantes cambiaban de posición. Se oían gritos y celebraciones de parte y parte cada vez que atinaban a su objetivo. Logré ver a algunos funcionarios de la Guardia Nacional Bolivariana lanzar piedras y bombas molotov, mientras otros apuntaban sus armas de frente a los manifestantes, quienes se cubrían con las defensas de concreto de la autopista y tras sus escudos artesanales pintados con mensajes políticos.

La Guardia salió de la base aérea. Barrieron la autopista y el distribuidor Altamira con motos, mientras que un pelotón saltó la reja negra que dividía la confrontación. De vuelta a La Carlota, los guardias vieron nuestras motos identificadas con banderas de la Cruz Verde en la parrilla. Uno de ellos gritó: “¡Estas motos, estas motos!”, mientras nos señalaban. Los paramédicos de vías rápidas, esos que visten con chalecos rojos, se pusieron al frente y les dijeron: “Tranquilos, ellos son de primeros auxilios. ¡Tranquilos!, están con nosotros”.

Algunos funcionarios no entendieron razones. Me pidieron que quitara de la moto la bandera de la Cruz Verde. Uno de los que parecía estar al mando, me gritaba viéndome a la cara: “Te voy a quemar esa mierda. Ya está bueno”. Preguntaron quiénes éramos. Con las manos arriba, mostrando un carnet que me identificaba, les dije que era parte del voluntariado de Primeros Auxilios UCV. Entre todos logramos calmar a una parte del cuantioso grupo de uniformados que nos rodeaban. Nos pidieron que nos fuéramos de la zona y nos dijeron que si nos volvían a ver, no iban a preguntar, iban a “quemar esa mierda y ya”.

Yo llevaba casco, máscara antigás, un chaleco antibalas artesanal que me regalaron esa mañana y mi bolso repleto de insumos médicos. Cuando los funcionarios comenzaron a retirarse, se escuchó una orden desde La Carlota:

“¡Saquen a los cruces verde de allí!”.

Sentí un golpe en la parte de atrás de la cabeza. Me movió el casco y descolocó la máscara. Mi otro compañero de la Cruz Verde logró encender su moto y arrancó. Cuando quise hacer lo mismo, un GNB se paró adelante y me agarró el volante. Me tumbó al piso y me dijo: “Tú no te vas a ningún lado”.

Los golpes comenzaron por la espalda. Estaba aturdido. Escuchaba la voz de un militar, que supongo era el jefe. Era un hombre alto de tez blanca que lucía un rosario plateado que se le escapaba desde dentro del uniforme. Me decía “maldito” a cada rato, mientras me daba golpes en la máscara, como si intentara darme cachetadas.

En ese momento hubo una cruce de órdenes entre los guardias. Unos decían:  “Coño, ya, vale, ellos son de primeros auxilios”. Otros siguieron golpeándome. “¿Tú qué haces con ese chaleco, maldito?”, me preguntaban, al tiempo que me pateaban en la barriga y en la espalda.

Me arrancaron el morral. “Ese es un bolso de guarimbero”, dijo un guardia. Encontraron gasas, vendas y unos 30 frascos de Betadine, un antiséptico a base de yodo. Lo tiraron todo al piso. Mientras eso pasaba, otro uniformado saltaba sobre la moto que ya estaba tirada, intentando doblar los rines. No lo logró.

Unos me defendían, otros me golpeaban. Oí maldiciones y varios “vete de aquí”. Allí intercedió un uniformado que levantó la moto y me dijo que me fuera. La sostuvo para que no me cayera. Los golpes no daban tregua. Intentaba encender la moto.

Era mi segundo intento de escape. Entonces oí una nueva orden del guardia del rosario por fuera del uniforme: “¡Dame la máscara, maldito!”, gritó. La jaló mientras yo aceleraba. Las ligas que la sellaban sobre mi cara no resistieron más. La perdí. Logré meter la velocidad para salir del círculo de militares. Uno de ellos apuntó su escopeta cargada de perdigones a unos 15 centímetros de mi pierna derecha. Disparó.

Al principio no hubo sangre.

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Prodavinci 

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