Blog de Alejandro Oliveros

Afinidades improbables: Kant y Rousseau; por Alejandro Oliveros

Por Alejandro Oliveros | 31 de diciembre, 2016
Retrato de Jean-Jacques Rousseau, por Allan Ramsey. 1766. Galería Nacional de Escocia

Retrato de Jean-Jacques Rousseau (1766), de Allan Ramsey

Siempre he considerado, afortunadamente es un sentimiento compartido por muchos, a Ernst Cassirer como uno de los pensadores más serios del siglo XX. Su filosofía de las formas simbólicas es uno de los aportes más brillantes que se ha escrito al estudio de las ciencias culturales. Una ventaja adicional agradecemos en él. Me refiero a la claridad de su estilo, tan distinto al de pensadores como Adorno y Lukācs, para no hablar de Heidegger.  Lo primero que leí de Cassirer fue su largo y afortunado estudio sobre Kant. Mucho después, su Mito del Estado, sería libro de texto en varios de mis cursos en la universidad.  No recomiendo referirse a la sinuosa historia del estado moderno sin detenerse en este notable estudio, escrito  poco antes de su muerte y de que se disipara el polvo y la ceniza de un devastado Berlín, en cuya universidad ejerció la docencia durante más de una década. Ahora, tengo en mi escritorio un volumen publicado hace dos años en castellano y que he recomendado a mis alumnos. Lo integran tres ensayos: “El problema J. J. Rousseau”; “Kant y Rousseau” y “Goethe y la filosofía kantiana”.  De todos, el más revelador es el segundo, el dedicado a las afinidades, nada obvias, entre los dos influyentes pensadores.

En apariencia, el autor de Emilio se encuentra tan próximo de Kant como Maquiavelo de San Francisco de Asís. Cassirer en un estilo discreto, aunque no desprovisto de pasión, se encarga de demostrarnos que las apariencias, una vez más, no son la realidad.  La naturaleza de Rousseau, una de las más inquietas o inestables que cabe imaginar, es la menos kantiana.  Kant desde siempre se supo filósofo. Rousseau, por su parte, antes de dedicarse a lo que hacía mejor, que era pensar y escribir, fue “grabador, sirviente, recaudador de impuestos, empleado del catastro, preceptor, copista, secretario de embajada, músico y compositor”.  No es fácil permanecer indiferente ante Rousseau. En su tiempo se le acosó, persiguió, juzgó, pero también se le estimó, celebró, protegió y consintió. En ambos bandos nos encontramos con talentos como el de Voltaire o Kant.  El autor de Cándido, por su parte, escribió que, “a uno le entran ganas de marchar a cuatro patas cuando lee vuestra obra” (Carta a J. J. Rousseau del 30 de agosto de 1755).  A comienzos del siglo pasado, el distinguido profesor de Harvard, Irving Babbit, escribió uno de los más inteligentes y demoledores estudios sobre el ginebrino, un estudio que habría contado con el aplauso de Voltaire. Esta es apenas una de sus opiniones y no la más devastadora:

El estado de naturaleza de Rousseau no es sino la proyección en el vacío de su desenfrenado temperamento y sus impulsos dominantes.  Su programa se propone ensalzar la complacencia ante los deseos infinitos e indeterminados, ante el sinfín de las pasiones, con la complicidad y el auxilio de la imaginación. (Rousseau and Romanticism)

Cassirer no lo dice y no son muchos los que lo dicen, pero es acertado reconocer a Babbit como la influencia dominante, que no la única, en la formación del pensamiento reaccionario del gran T.S. Eliot, su alumno en Harvard: “Babbit necesitaba a un Eliot, y Eliot necesitaba un Babbit”, recuerdo que escribió uno de los mejores biógrafos del Premio Nobel de Literatura. No hay que decir que las simpatías de Eliot por Jean-Jacques no eran las más conspicuas.

Pero sin ser T.S. Eliot, uno no deja de sorprenderse ante la admiración del maestro de Könisberg por el itinerante y apasionado “Citoyen”. Así, “Citoyen”, lo llamaba Diderot, tal como lo reseña Cassirer en una de las páginas inolvidables de su ensayo. Son conocidas las amistosas relaciones de Rousseau y Diderot por lo menos hasta 1757.  También es del dominio público la exaltada hipersensibilidad del ginebrino, hiperestesia, la llamaría Rubén Dario, su paranoia, real e imaginaria y su consecuente huida a la soledad. En 1757, Diderot publica El hijo natural, un drama de costumbres, un ejemplo del llamado “drame bourgesis”, con un final absurdamente feliz. La conocemos no tanto por sus méritos literarios, sino por haber sido la causa de la ruptura entre dos de los más brillantes espíritus de la Ilustración. En una escena del cuarto acto, Constanza, una de las dos protagonistas, se expresa en estos términos: “Apelo a vuestro corazón, interrogadle y os dirá que el hombre de bien está en la sociedad, y que únicamente el malvado está solo”. Eso es todo. Una opinión que resume las aspiraciones sociales y políticas del Siglo de las Luces. Rousseau no lo entendió de esa manera.  Desde su paranoia, esa “patológica desconfianza” que reconoce Cassirer, vio en las palabras de la joven protagonista un ataque apenas oblicuo de Diderot, un cuestionamiento a su existencia retirada en L’Hermitage (Montmerency).  La reconciliación no llegó nunca, a pesar de los acercamientos de Diderot, maniobras no despojadas de una ironía que no pasaban desapercibidas a la hipersensible mirada de Jean-Jacques: “¡Adiós, ciudadano! Si bien se trate de un ciudadano bien singular, como sólo puede serlo un ermitaño”.

Conocía desde antes las disonancias entre Rousseau y sus viejos compañeros “ilustrados”.  Lo que desconocía era el fervor kantiano por el ginebrino y, de verdad, creo que el alemán fue el único entre sus contemporáneos que supo entenderlo.  Tal vez por aquello de que las paralelas se unen en el infinito. Rousseau podía ser un provocador y lo sabía. Cosa que era en él una de vocación. Esta son las primeras palabras de su Emilio: “Todo es perfecto cuando sale de las manos de Dios, pero todo degenera en las manos del hombre. Obliga a una tierra a que de lo que debe producir otra, a que un árbol dé un fruto distinto; mezcla y confunde los climas, los elementos y las estaciones, mutila, su perro, su caballo y su esclavo; lo turba y desfigura todo; ama la deformidad, lo monstruoso; no quiere nada tal como ha salido de la naturaleza, ni al mismo hombre, a quien doma a su capricho, como a los árboles de su huerto”. En un fragmento contemporáneo, recogido en sus Oeuvres completes, en la edición Pléiade, se dice: “El más noble de los seres creados es el hombre, el hombre es la gloria de la tierra que habita; si Dios se complace en algunas de sus obras, es ciertamente en el género humano. Puesto que todo lo que hay en nosotros de natural es admirable y no es por sus propios actos que el hombre se deforma”. Este optimismo era una contradicción al pesimismo antropológico de la Ilustración, que a nada temía más que al estado de naturaleza hobbesiano. Por lo que resultaba alarmante, para decir lo menos, el llamado de Jean-Jacques a los placeres de la naturaleza. Kant saldrá en su defensa y lo hará de manera afectuosa. En su Antropología, el filósofo prusiano expresó sus opiniones: “La hipocondríaca descripción que Rousseau hace del género humano cuando éste osó abandonar el estado de naturaleza no debe ser tomada como una exhortación para regresar a dicho estado y retornar a los bosques, como si esta fuera su verdadera tarea.  En el fondo, sus escritos no querían que el hombre retrocediese al estadio que se encuentra ahora”. La imagen del hombre civilizado contemplándose a sí mismo, cuando venía en estado de naturaleza es memorable. Nadie entendió mejor al itinerante Rousseau que el inmóvil Kant. Su admiración por el ginebrino nunca declinó. En su maravilloso ensayo sobre ambos, Cassirer consigna una anécdota que es la más elocuente:

Es bien conocido que, quien era un modelo de puntualidad y regulaba sus hábitos cotidianos a golpe de reloj, sólo traicionó en una ocasión semejante regularidad: al dejar de dar su paseo diario cuando apareció el Emilio de Rousseau por no interrumpir la lectura de esta obra que le tenía absorto.

Alejandro Oliveros Alejandro Oliveros, poeta y ensayista, nació en Valencia el 1 de marzo de 1948. Fundó y dirigió la revista Poesía, editada por la Universidad de Carabobo. Ha publicado diez poemarios entre los que figuran El sonido de la casa (1983) y Poemas del cuerpo y otros (2005). Entre sus libros de ensayos destacan La mirada del desengaño (1992) y Poetas de la Tierra Baldía (2000).

Comentarios (2)

Rafael Vivas
31 de diciembre, 2016

Gracias al poeta Oliveros por esta pieza tan inteligente e interesante sobre dos personajes tan influyentes para el pensamiento de occidente ..y que cultivaban estilos de vida y de pensamiento tan contrastantes…..!!

Ernst Cassirer merece recordarse y re leerse , tengo muchos anos sin frecuentarlo .

Se de Kant que le embelezaba la prosa de Rousseau , tanto asi que llego a decir que tenia que leer sus obras dos veces , la primera para deslumbrarse de su brillante prosa y la segunda (despues de despertarse del trance de leer un texto tan perfecto ) para adentrarse con mas rigor en sus ideas…!!

Juan Manuel Raffalli
2 de enero, 2017

Magnífico artículo. Denso y sobre un tema crucial. El gobierno y el Estado petrificados versus una sociedad conectada por el acuerdo sobre sus propias necesidades. Las obras citadas son excelentes referencias académicas.

Envíenos su comentario

Política de comentarios

Usted es el único responsable del comentario que realice en esta página. No se permitirán comentarios que contengan ofensas, insultos, ataques a terceros, lenguaje inapropiado o con contenido discriminatorio. Tampoco se permitirán comentarios que no estén relacionados con el tema del artículo. La intención de Prodavinci es promover el diálogo constructivo.