Blog de Angel Alayón

A propósito del “puño de hierro contra los especuladores”, por Angel Alayón

Por Angel Alayón | 6 de Enero, 2013
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La declaración del Vice-Presidente Maduro me recordó este texto que publiqué en mayo de 2010:

En los tiempos en que Sócrates deambulaba por las plazas de Atenas haciendo preguntas a sus conciudadanos, la alimentación de los griegos dependía de las importaciones de trigo. Cambios bruscos en las condiciones climáticas disparaban los precios del cereal hasta el Olimpo y en las calles de Atenas se escuchaban las quejas, cada vez más ruidosas, sobre lo costosa que se ponía la vida. Ante el fenómeno inflacionario de los alimentos en Atenas —y las demandas del pueblo—, las autoridades decidieron tomar cartas en el asunto: el gobierno ateniense estableció el primer control de precios conocido en Occidente. Ningún comerciante podía vender el trigo a un precio superior al fijado por las autoridades. Aquella noche, luego de emitir el decreto, los gobernantes durmieron tranquilos convencidos de que habían solucionado el problema del precio de los alimentos.

No fue difícil para los griegos, observadores por naturaleza, notar que los comerciantes continuaron vendiendo el trigo a un precio superior al establecido por las autoridades. El escándalo fue mayúsculo, así que el gobierno no toleró la “burla” de los comerciantes y decidió profundizar la política: se conformó un ejército de inspectores de cereales (llamados Sitophylakes), quienes tenían como objetivo vigilar el estricto cumplimiento del control en los mercados atenienses. De acuerdo con Aristóteles, la función de los inspectores de precios era “observar que el precio al que se venden los cereales es justo, que los molinos vendan las harinas a un precio proporcional al costo de los cereales, que los panaderos vendan el pan en proporción al precio del trigo, que el pan tenga el peso fijado por la regulación”.

Una vez creada la institución precursora de los organismos de protección al consumidor, se esperaba que el control de precios funcionara. Pero la realidad se contrapuso a las ilusiones de los reguladores. Atenas se debatía ante un dilema: enfrentar una escasez de cereales o permitir precios mayores que los regulados. En esa encrucijada, la ciudad-estado decidió endurecer su política en contra de los especuladores e instauró la pena de muerte para los comerciantes que violaran el control de precios: vender a un precio mayor al regulado se pagaba con sangre en las calles de Atenas.

A pesar de las muertes “ejemplarizantes”, el dilema continuó intacto: o había escasez o los productos se vendían a un precio mayor. Pronto las autoridades griegas pensaron que el incumplimiento del control era causado por la ineficiencia y la corrupción de los inspectores y, en consecuencia, procedieron a establecer la pena de muerte para los empleados públicos encargados de la supervisión de la política. En caso de que se encontraran violaciones al control de precios en la jurisdicción que les correspondía supervisar, ya no sólo sería ejecutado el comerciante sino también el inspector encargado de vigilar el cumplimiento del control.

Varios historiadores narran cómo el control de precios ateniense fracasó, aún cuando el solo intento costó la vida de muchas personas. Los griegos tuvieron que reconocer que una cosa es el precio del producto que aparece impreso en una resolución y otra su valor, determinado por la oferta y la demanda.

Mugabe no aprendió de los griegos

Imagine una economía en la que los precios se duplican diariamente. A ese endemoniado ritmo —endemoniado porque sólo el demonio podría crear algo así; el demonio de la mala política económica— llegó a crecer la inflación en Zimbabwe. La cifra oficial durante el 2008 alcanzó la ilegible cifra de doscientos treinta y un millón por ciento anual (231.000.000.000%). El dinero no valía nada y los ciudadanos de Zimbabwe sobrevivían en medio de uno de los fenomenos económico más temidos: la hiperinflación. Pero regresemos la película de Zimbabwe ocho años y vayamos hasta el 2000.

Desde principios del 2000, Zimbabwe sufría las consecuencias de la desinversión que implicó la confiscación de las tierras de los hacendados blancos y de una política monetaria expansiva financiada por el Banco Central. Los precios comenzaron a subir, al principio con cierta timidez, alcanzando para el año 2000 un 54%. Cinco años después, los precios crecían a un 585,4%  anual y ya para el 2006 los precios rompieron la barrera de los mil (1.281%).

Robert Mugabe, como los antiguos griegos, se enfrentó a un dilema y —sin aprender de aquella experiencia— decidió perseguir a los comerciantes culpándolos del proceso inflacionario. En diciembre de 2006, Burombo Mudumo y Lemmy Chikomo, de Lobels Bakery, fueron sentenciados a cuatro meses de prisión por vender el pan por encima de los precios regulados. El magistrado que dictó sentencia dijo, con una impecable lógica ateniense, que “el encarcelamiento debería servir de advertencia a otros potenciales violadores de la Ley”. Los panaderos, ahora presos, argumentaron en su defensa que habían enviado cartas a los ministerios encargados de la regulación de precios advirtiéndoles que si vendían a los precios establecidos —precios que no habían sido modificados durante un largo tiempo— se verían obligados a parar la producción. Nunca recibieron respuesta y, ante el dilema, decidieron producir y vender. No creían que serían castigados con la pérdida de su libertad, pero entre rejas se vieron.

Los precios aceleraron su ascenso, así que Mugabe decidió tomar cartas en el asunto y decidió prohibir la inflación. Sí, leyó bien: prohibir la inflación, ilegalizarla. Emitió un decreto que obligaba a disminuir de forma inmediata en un cincuenta por ciento (50%) todos los precios de la economía y, luego de esa extraordinaria reducción de precios, nadie podría subirlos nuevamente.

La política de Mugabe tuvo consecuencias inmediatas: en solo un fin de semana los consumidores agotaron todas las existencias de alimentos y electrodomésticos. En la mañana del lunes los comercios amanecieron vacíos y unos cuantos comerciantes despertaron tras las rejas por presunta especulación y acaparamiento. A partir de ese momento era prácticamente imposible conseguir carne, sal, azúcar, pan, leche o aceite. Zimbabwe. Los economistas desistieron de la idea de medir la inflación por una razón: los precios eran irrelevantes pues no había productos.

La situación en Zimbabwe ha mejorado desde el 2009. Mugabe aceptó el uso de moneda extranjera como medio de pago y comenzó un proceso de liberación de los precios. Incluso ha dado señales de permitir el retorno de los antiguos hacendados a sus tierras. Zimbabwe es un país que continúa errando en un complicado laberinto político y económico, pero, paradójicamente, ahora lo transita tomado de la mano del Fondo Monetario Internacional, su antiguo enemigo.

El mercado indómito y la escasez en el siglo XXI

El incremento sostenido de precios nunca ha sido popular. La tentación de controlar los precios siempre está presente en las economías inflacionarias. Sin embargo, el fracaso de los controles de precios se ha repetido a lo largo de la historia. Si productores y comerciantes no pueden recuperar sus costos y tener una legítima expectativa de ganancias que permita compensar los riesgos del emprendimiento y la reinversión en la ampliación de la capacidad de producción, la oferta de los productos disminuirá y terminarán encareciéndose en perjuicio de los consumidores.

Si la inflación es impopular, la escasez puede serlo aún más. En condiciones de escasez, los productos no se consiguen en las cantidades deseadas y la mayoría de las veces se debe recorrer varios sitios antes de conseguir el producto… si se consigue. Las ventas se racionan y sólo puede comprarse una determinada cantidad de productos. Bajo escasez, los productos se encarecen incluso a un nivel superior al precio que hubiera sido necesario para evitar la escasez. Paradójicamente, una política que tiene como intención evitar que los precios se incrementen termina aumentándolos aún más.

Carne y cordura

La cronológicamente lejana historia de los griegos (y la cercana de Zimbabwe) debe recordarnos que perseguir a los productores y los comerciantes nunca ha solucionado el problema de incrementos de precios sostenidos. La inflación es como la fiebre: un síntoma, no una causa. No se debe curar la fiebre: debe curarse la infección que ocasiona la fiebre. Si el precio al que se vende la carne y otros productos no permite recuperar los costos, no hace falta ostentar la sabiduría de Sócrates para saber que, como en un acto de magia que nadie quiere ver, los productos irán desapareciendo de los anaqueles.

Y cuando un producto desaparece del anaquel, su precio es infinito.

***

La publicación original de este texto la pueden ver aquí. Sobre controles de precios pueden leer aquí.

Angel Alayón es economista. Puedes leer más textos de Angel en Prodavinci aquí y seguirlo en twitter en @angelalayon

Comentarios (4)

José R Pirela
7 de Enero, 2013

Muy acertado el planteamiento y el momento que atraviesa la estupidez política venezolana.

Diógenes Infante
13 de Febrero, 2013

Este artículo parte de la base de que existe en venezuela una economía de mercado, es decir funciona la libre competencia, lo cual no es el caso. Aquí la economía está cartelizada y los precios se fijan mediante unos telefonazos o en la asociaciones gremiales. El mejor ejemplo son los carros, puro acaparamiento para subir los precios, con lo cual son lo más caros del mundo. Por lo tanto, si volvemos a los griegos y esta falsa historia, yo ya la había escuchado antes con los romanos y con los turcos de Constantinopla, repito volviendo a los griegos, Aristóteles y su lógica implacable, si uno parte de una premisa falsa la conclusión no tiene ninguna validez. Así que antes de discutir si los controles de precios son buenos o malos hay que discutir como hacemos para tener una economía de mercado y como controlamos la cartelización.

Milagros Mata Gil
14 de Febrero, 2013

Si no fuera porque es trágico, provocaría risa. No me importa, personalmente, si la historia de los griegos es o no real. La historia no es la premisa, sino su metonimia, y la conclusión es lo que estamos viviendo pragmáticamente al ir a comprar las cosas básicas de la vida, si las encontramos.

Diógenes Infante
14 de Febrero, 2013

Hace años había por los lados de Campo Alegre en Caracas un graffitti: “Cuando el dedo señala la luna, el imbécil mira el dedo”.

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