Club del libro Prodavinci

“A los que nunca terminaron nada”, de Oscar Marcano; por Luis Yslas

Por Luis Yslas | 12 de Junio, 2012

Con este texto de Luis Yslas, damos inicio a la discusión del libro “Solo quiero que amanezca”, de Oscar Marcano (Editorial Punto Cero). Si aun no lo has hecho, puedes leer el cuento “A los que nunca terminaron nada” pulsando aquí. ¨Puedes seguir la cuenta del Club del Libro Prodavinci en twitter pulsando aquí.

***

“Poesía es un pan que se consagra, que se moja, en el vino
rancio del mundo, en el vacío de su finitud, pero también
en sus grietas luminosas”.
Oscar Marcano, Inecuaciones.

I

Ya se sabe: para Cortázar un cuento tiene que ganar por knockout. Sus primeras líneas deben ser las de una mano abierta que al tiempo que nos lleva hacia al desenlace, se va cerrando sin prisa hasta formar finalmente la figura de un puño que nos golpea con destreza y contundencia. Poe, Quiroga y el propio Cortázar son cuentistas que acostumbran pegar de ese modo. Pero no todos los cuentos, ya se sabe, se ajustan a esta imagen pugilística. Otros más bien nos sitúan desde el inicio con los nudillos de una mano cerrada que a medida que avanzamos en la lectura se va abriendo hasta quedar extendida como el ademán de un adiós sin sobresaltos, o también, como una tensa palma cuyas líneas cifran enigmáticamente el destino de la historia. Ese procedimiento narrativo, menos efectista que el del puñetazo, puede resultar igual de eficaz para los fines de un buen relato. Chejov, Hemingway y Carver son cuentistas conscientes de que fuera del ring de la trama también puede ocultarse el trancazo invisible.

Los cuentos de Solo quiero que amanezca (Puntocero, 2012) adquieren unas veces la forma de la mano que remata con un golpe certero, y otras –casi todas–, la de la palma en alto en señal de hastío, protección o encubrimiento. Aunque, a decir verdad, esa mano abierta quizá esté pidiendo apenas un poco de tiempo extra, un segundo aire, o tan solo que amanezca. Ese deseo de permanencia, ese aguante de unos personajes en picada es lo que late con vigor y maestría en estas historias a mano alzada del guaireño Oscar Marcano.

II

Empecemos entonces por comentar un cuento en el que no son precisamente las manos, sino los pies femeninos la imagen de mayor relieve y fragancia de la historia. Un cuento cuyo título pudiera ser además la dedicatoria del libro: “A los que nunca terminaron nada”.

A las once de la mañana ocurre el encuentro en el bar.

Él tiene la edad de don Quijote, pero no su locura. Ni ideales justicieros ni caballería andante. Solo un hombre que se sabe fundido, le hace mandados a un librero y es más feo que un carro por debajo. Un tipo rancio a quien ya no le “gusta el olor ni el sabor de la vida” y ha desarrollado un parcialismo por los pies femeninos de tanto andar con la cabeza gacha. Ya solo aspira a hallar belleza muy de vez en cuando, en dosis mínimas y al ras del suelo.  Ella aparece de pronto como una epifanía entre las mesas. Iba a una reunión de Alcohólicos Anónimos, pero se desvió al bar. Eso dice ella. Tiene como oficio desperdiciar su vida. Y unos pies que él atisba como un lejano botín –en el sentido de premio pero acaso también de calzado–, y al que le adivina el frescor de un Fontina del valle d’Aosta. Él sabe que “el queso es el alma”, sobre todo si se aloja en un pie de mujer. Ella se presenta como Rata. Luego deviene Tamara. Finalmente será la Una de Otra. Él solo se llama Pedro y tiene rato con una racha sexual por debajo de la lástima. Los dos han hecho de la bebida no un escape, sino un prolongado hospedaje. Beben como dejándose caer en un pozo sin fondo. Eso resume sus vidas.  Y así se muestran: sin apellidos, ni vergüenza, ni pasado. Todo lo que saben el uno del otro –y también el lector– es que están en el chasis. Que no tienen remedio, sino vicios. El cuento es la instantánea de ese breve brindis entre dos alcohólicos y anónimos.

Hay un momento de la historia que acaso sirve para entender el tono, el temple y hasta la estética de la narración. Mientras comparten el primer trago, él le dice que a esa hora en el bar “están los que tienen que estar”. A ella se le contrae la boca y está a punto de mostrar su dolor. “Disimula”, le pide él. Solo eso: que disimule. Esa contención es ya un valor que le imprime malicia a los personajes, filo al lenguaje y carácter a la trama. Ese es el código genético del relato. (De todos los relatos del libro). De ahí en adelante, el diálogo entre ambos asumirá una estatura en la que la cortante ironía y la ternura áspera, lisas como un hueso, mantendrán en pie esa singular dignidad con la que los personajes sobrellevan su roña existencial.

Estos seres sin prisa, pero siempre en apuros, hacen de esta coincidencia en el bar una pausa que de todos modos no creen merecer. Una pírrica revancha contra su miseria, un rastrojo de pasajera poesía. Porque su atracción no solo es erótica, sino compasiva. Pedro y Tamara, si así se llaman, se reconocen prójimos. Colegas del infortunio. El desencanto los excita. Por eso ella lo premia, primero con un beso que hace estallar el aplauso de los borrachos, y finalmente con el atributo de sus maravillosos pies desnudos. Pero en pleno éxtasis, Otra irrumpe como una grieta que pone a cada cual en el lugar que le corresponde.

Al final: el puño cerrado de él en torno al cuello de una botella metida en una bolsa de papel. La mano de ella en una bolsa de chicharrón picante. Distantes y ajenos. Con las luces bajas, pero sin dramas. De regreso al ratón moral de todos los días.

III

Este comentario procura ser tan solo un abreboca para el intercambio de lecturas sobre “A los que nunca terminaron nada”. Aún queda mucho por compartir en torno a la naturaleza verbal y emocional de este relato. El resto del iceberg que yace bajo esta embriagadora historia le corresponde presentirlo ahora a los lectores. Sean bienvenidas sus ideas e impresiones.

***

El próximo cuento de “Solo quiero que amanezca” que discutiremos es “El Minotauro”, que pueden leer pulsando aquí.


Luis Yslas (Lima, 1972). Licenciado en Letras por la UCAB. Editor de la Cooperativa Editorial Lugar Común. Se ha desempeñado como profesor de literatura en varios colegios, institutos y universidades de Caracas. Sus textos aparecen en publicaciones como Papel Literario, Todo en Domingo y Prodavinci, entre otras. Lector a tiempo completo. Su cuenta twitter es @luisyslas.

Comentarios (11)

Martin Borges
12 de Junio, 2012

Creo que la hora que se anuncia en el primer párrafo de este cuento sienta el tono. ¿Quienes están en el bar a las 11 am? Quizá la respuesta es el título: los que nunca terminaron nada. Marcano eleva la esperanza de estos dos seres perdidos y que se encuentran en ese momento para luego devolverlos a la realidad. Excelente.

Oswaldo Aiffil
13 de Junio, 2012

El cuento es a la vez miles de cuentos similares, o variantes de un mismo tema, donde hay un gentío que, si lo lee, se sentirá identificada(o). Las variantes, aunque parezcan distintas, conducen todas al mismo lugar, al mismo precipicio cuyo fondo es la cruda realidad de sus vidas.

Roberto Alsina
14 de Junio, 2012

Un relato sencillamente magistral. Los personajes tallados de un modo supremo. Las acciones inesperadas todas, con una atmósfera que va diciendo siempre mucho más y más. La referencia a los pies femeninos, genial. Un maestro del cuento.

Jorge A
19 de Junio, 2012

Esas personas, en verdad, nunca terminaron nada, así como terminó el cuento y nunca supe en qué acabó todo. Pero el excelente título lo advierte, ¡era de imaginárselo! El cuento me hace conjeturar varias situaciones y me incita a preguntarme algunas cosas. Pedro, con el dinero de su jefe, se metió en un papel de millonario y brindó a Rata, Tamara, Una, o cualquier otro nombre que pudo haber aparecido si el cuento se extendía una línea más. Lo cierto es que nunca se terminó de saber qué hizo Pedro para reunir el dinero que gastó en un brindis de vodka, whisky y otras bebidas, si era un simple “muchacho de mandados”. Asilado en el alcohol, seguramente perdió su trabajo y la amistad con el librero. Por otra parte, nunca terminó nada en cuanto a la situación erótica o sexual que todo lector pudo haber creído, como yo, que iba a suceder. Eso tampoco terminó. Tampoco se sabe en dónde terminó Pedro, y más o menos salta a mi imaginación dónde terminó la compañera de Otra. Pero cabe destacar, que las anteriores no forman parte de una crítica a la obra, mas bien, todo eso hace que el título tenga sentido. ¿Dónde puede terminar la vida de dos personas perdidas en el mundo? Pues, desde mi punto de vista, termina como lo hace Omar Marcano: en la nada. No termina el cuento del queso y la provocación sexual, no terminan de ser alcohólicos. Este, es un excelente texto para analizar que el título y el contenido del cuento dicen algo, no son simplemente cosas aisladas que el autor coloca para salir del paso y que al analizarlo, nos damos cuenta de la significación social que nos ilustran.

Manuel Felipe
24 de Junio, 2012

La elocuencia del autor en la narración de este cuento es suprema, sus personajes que se debaten entre la disyuntiva del deber ser y la conducta irresponsable de las personas con baja autoestima; la descripción del ambiente, su entorno y la evocación de los olores como fuente de un recuerdo agradable o repulsivo de acuerdo a la circunstancia y ese toque de “glamour” femenino que casi ninguna mujer deja de perder a pesar de todo, magnifica recomendación literaria de parte de PRODAVINCI.

Karem P
26 de Junio, 2012

Realmente es un cuento que despierta sensaciones al leerse detenidamente y que detalla actitudes de desgana y pérdida de identidad.Pedro es un hombre tímido y desdichado, por no tener una pareja y la única manera de lograrlo es fingir, quien desearía ser y no puede, ser un millonario. La baja autoestima y la deshonra con la que se aprecia Pedro se hacen evidentes en el cuento con sus acciones, al mantener su mirada cabizbaja se fortaleció su obsesión hacia los pies de mujer, que según él reflejaban su alma, pero esto es solo un aspecto simbólico que tiene un significado para él: “la belleza de una personalidad femenina”. Como su físico hacía difícil atraer a las mujeres, se enamoraba de los pies de ella, imaginando olores y sabores que de alguna manera lo hacían feliz y deseoso de tenerlos. El alcohol se presenta como ese escape para ser aceptado por quienes lo rodean sin importar que eso implique perder otras amistades, como el librero en este caso. Cuando la realidad es dura, vacía y sin sentido todo lo demás es oscuro y perdido, precisamente eso sucedía con Pedro, quien no encontraba una identidad o un espacio, donde desenvolverse porque no había aceptación hacia él mismo y por los demás. Quizás inconscientemente alimentaba esa afición extraña hacia los pies de mujer, a causa de la desgana y la ausencia de identificación en su realidad. Una realidad similar a la de personas que se refugian en el alcohol y que por lo tanto, demuestra el sentido del cuento y de las acciones de los personajes.

Luis Yslas
27 de Junio, 2012

En efecto, el relato “A los que nunca terminaron nada” invita a contemplar, con una media sonrisa, la belleza que persiste en medio de la desolación y el fracaso. Ese es el motivo que pone en funcionamiento el mecanismo del libro “Solo quiero que amanezca”. Cada cuento es el registro de ciertad dignidad que sobrevive en los personajes bajo el espesor de su decadencia irreversible. El temple de una escritura afilada como un bisturí le otorga a estas narraciones la tensión perfecta para exponer las imperfecciones de esos personajes entrañables que difícilmente nos abandonan luego de nuestra lectura. Ese es uno de los méritos de cualquier ficción: que permanezca en nosotros como un recuerdo personal, como una experiencia cercana. Gracias por sus comentarios.

Génesis G. Celis
27 de Junio, 2012

El cuento traza el encuentro de dos personajes que se sumergen en un diálogo que los aísla de sus verdades, de lo que Pedro considera como sus “futuros turbios”. Ellos aunque entienden su vida como un desperdicio, disfrutan del encuentro, de esa separación momentánea de la realidad que los persigue. Pedro aturde sus inseguridades en el bar y Tamara escapa de su obligación con ella misma y con “Otra”; con la extrañeza de cada personaje, con sus particularidades, logran comprenderse mutuamente y poder sacar provecho uno del otro para cubrir sus propias necesidades. Ciertamente, el fracaso forma parte del vínculo casi inmediato de los personajes principales. Los detalles en la descripción, por ejemplo, la “fijación” de Pedro por los pies femeninos, hacen del cuento un relato que imprime la esencia de los personajes principales, el llanto que expresan a través del alcohol; dos personajes que se ocultan de sus problemas, por medio del diálogo y la bebida. Quienes sin conocerse, se entienden y comparten sus desdichas. Pedro y Tamara se acompañan junto a sus infortunios. El relato permite al lector adoptar una visión diferente de aquellos que se van desgastando poco a poco, en cuerpo y alma; lo permite porque se presenta desde la perspectiva de Pedro y su desmotivación frente a la vida.

Leopoldo González
28 de Junio, 2012

A los que nunca terminaron nada, a los que no pudieron, a los que “se fundieron” Ese es el tema de Oscar Marcano, o el de su desencantado personaje, feo, bebedor de olores y fugitivo de los aromas de la vida, embriagado y con un extraño fetiche por los pies y sus olores a queso. Más que la aparición de la despampanante mujer y la conversación que mantiene con ella es aquel último elemento, el queso que viene de los pies,lo que ata toda la historia. Con un conocimiento casi morboso para distinguir la tipología y procedencia de aquel alimento es que Pedro parece revelar su verdadera identidad, sus símbolos y alegorías detrás de su personalidad. Con su frase de “la vida debería oler como el queso de tus pies” sintetiza todo, la vida debe ser, u oler, como queso o como pies para que tenga sentido, para que tanto desencanto adquiera lógica. Es una alegoría del desperdicio, de la basura, que proviene de nosotros y que a su vez es todo lo que pisamos. Es una alegoría de que “Del polvo venimos todos y allí regresaremos” pero con un más de hedor, morbo y más sucio. La metáfora del polvo puede ser la más adecuada, la más oportuna para describir por qué los pies huelen a queso, por qué el pelo no se ha lavado, y por qué los personajes carecen de apellidos: Pedro, Tony, Rata, Tamara, Una y Otra. El anonimato es en ellos no sólo una característica, es un concepto, es el complemento de aquella alegórica figura literaria. Los personajes son anónimos porque son parte resignada de ese polvo, de ese pozo donde se cae y nada se distingue, donde todos están entre la basura y el desperdicio, donde todos huelen a queso.

Luis Yslas
29 de Junio, 2012

En una entrevista concedida a Héctor Torres, Oscar Marcano responde a la pregunta sobre el cuento que más le satisface de “Solo quiero que amanezca. Comparto aquí esa respuesta: “Hay un texto ahí que particularmente me sigue gustando, ‘A los que nunca terminaron nada’. Es mi cuento favorito de ese libro, por muchas razones. Primero, están presente todas esas cosas que quiero decir sobre la caída, sobre esas almas mutiladas que sirven diariamente de pasapalo al coliseo romano de la vida. Que inclusive logran tener un efímero momento de plenitud y se les abre por primera vez en muchos años la esperanza, pero después (ríe) cae el hacha invariable y los devuelve a su destino. Y hay allí una cantidad de elementos lúdicos, detalles que abarcan o que alimentan mi trabajo diario como observador y que se juntan en esta libreta en la que vivo tomando apuntes de cosas que le voy hurtando al día a día, que son el corpus de la realidad y sus claves, que tienen que estar presente y transfigurarse en estética. Hay muchas atmósferas que se crean o se recrean a partir de observaciones aparentemente inconexas, aparentemente no poéticas, que cuando se arman en la estructura del cuento es como si cobraran luminosidad. El cuento, en esa estética que yo quisiera alcanzar, tendría en principio la historia como tal. Tendría el discurso. Pero también tendría la lectura que se activa en la composición, en la arquitectura, como cuando se prende un árbol de navidad. Ese árbol de navidad son esos detalles recogidos. También hay una continuidad que a mi manera de ver produce la atmósfera de los tiempos que vivimos, porque ellos están regados con ese vino, con esas cosas que son hurtadas del día a día. Yo no sé si tú recuerdas el personaje femenino de ese cuento, que tenía permanentemente el problema de que daba dos pasos hacia adelante y frenaba porque no se había lavado el pelo. Esos son recursos que nos brindan los personajes que nos rodean y ese libro está plagado de minucias similares que a los ojos de mucha gente pudieran no decir nada, pero que yo creo que logran activarse y producir un efecto, que no es exactamente minimalista en el sentido de ese movimiento, pero sí tiene la dimensión del objet retrouvé, de los objetos recuperados o encontrados, a la manera de Duchamp, que le es común, no solamente a los personajes o al escritor, sino también y fundamentalmente al lector. El lector consigue un poco de sí mismo en esas pequeñas situaciones que se producen en esos cuentos y, al conectar, le hacen la atmósfera familiar no sólo por el nudo o el conflicto que muchas veces está también en su vida, sino por los detalles cariñosos donde se ve retratado”.

Agnie Diaz
7 de Julio, 2012

Una creación pesimista, pero certera para muchos. Así se podría describir “A los que nunca terminaron nada”, un cuento que Oscar Marcano redacta con maestría y soltura. A pesar de que se trata de un relato lineal y en estructura resulta bastante sencillo, la manera en que Marcano logra encarnar a uno de sus personajes principales (Pedro) alcanza tal punto de transfiguración que el lector ya no distingue entre la voz del autor y la del personaje. Es como si por un instante nos revelara, de manera soslayada, una fracción oculta de su personalidad, de su mundo interior, de ese tipo de predilecciones que difícilmente ventilaría aquel que estime su imagen ante la sociedad, pero que la literatura con sus bondades le permite manifestar de forma legítima. Marcano se deslastra de cualquier tabú, de toda traza de ironía, al momento de sumergirse en la descripción de aquella afanada obsesión en que Pedro centra su atención, (el olor de los pies femeninos). Ese gusto repulsivo y que en el relato resulta inesperado, sorprende al lector casi al inicio, luego de abrir con la sensual imagen que trae a escena con la entrada de Tamara al bar. Los quesos, el alcohol, el desaliñado aspecto de Pedro, la a veces altiva presencia de Tamara y el malsano ambiente en que se desarrolla la trama, generan rose y una distancia que estremece de desagrado a quien se pasea por las líneas de este cuento. Pero a la vez logra producir un sentimiento compasivo, una sutil comprensión del mundo ajeno y desgraciado en que se encuentran los personajes. Casi se podría decir que es lástima.

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