Blog de Willy Mckey

¿Un poeta en Nueva York?; por Willy Mckey

Por Willy McKey | 9 de Septiembre, 2012

“If I can make it there
I’ll make it anywhere
It’s up to you…
New York, New York”

1. Perdonen la tristeza. Mis primeras vacaciones en el exterior se las debo a San César Vallejo mártir. Fueron en Nueva York.

Pero usted y yo no somos tontos: ambos sabemos que Nueva York no existe.

Nueva York es una idea que cada generación intenta mantener viva con una nueva versión de King Kong. Una ciudad no puede estar tan puesta en uno si uno no la conoce.

Pero yo soy un tipo con suerte.

En un encuentro internacional de poesía que se hizo en Valencia, en julio de 2008, sólo quedaba un puesto en el comedor del Hotel Ucaima donde cenábamos. Estaba en la mesa donde la obra póstuma de Vallejo motivaba una conversación larga –y con interesantes desencuentros– entre el poeta peruano Miguel Ángel Zapata y el gran autor mexicano José Emilio Pacheco.

Contesté sólo a tres preguntas que Pacheco me hizo directamente. Ninguna tuvo que ver con literatura. Pan, servilletas y jugo de guayaba. Luego Zapata me preguntó si yo era el mismo del artículo en Papel Literario, lo único que Google le mostró sobre autores jóvenes venezolanos y el autor de Trilce. Quería invitar a alguien de Venezuela a un congreso en la Hofstra University. Y yo había colgado ese artículo en mi blog de entonces la noche anterior.

-          ¿Quieres ir? Es cosa de que extiendas el artículo y lo transformes en una ponencia…

-          …

Sí. Yo soy un tipo con suerte.

2. ¿Un poeta en Nueva York? Tocaba solicitar la visa. Luego del purgatorio de la cita, llegué a ese no-lugar que son las embajadas. Y ahora mi breve retrato hablado: tengo el cabello enrulado y largo, más una barba poco cuidada. Mi nariz es difícil de adjetivar. Por fotofobia, uso lentes de sol formulados para mi cruel mezcla de miopía y astigmatismo. Mido 184 centímetros y 115 kilos. Si eres un diplomático paranoico, yo solito puedo lucir como una célula irregular árabe.

Dos datos más: nací un 11 de septiembre y la fecha de vuelta coordinada por la Hofstra University era el 3 de noviembre, un día antes de las elecciones presidenciales.

-          Nos llama la atención que un poeta vaya con todos los gastos pagos…

-          …

-          Nadie en la Hofstra University nos contesta…

-          …

-          … y el seudónimo que usted usa para su vida literaria coincide con una de nuestras bases de datos.

¿Qué dice uno en ese desamparo que es la taquilla 4, la antesala a los papelitos blancos? Era lunes. Los días para hacer el reclamo eran los martes. Mi pasaje estaba fechado el miércoles. Hofstra pudo resolverse y cándidamente volví a creer que Nueva York era posible…

3. Si te quieres divertir, con encanto y con primor. No supe escoger la música para el viaje. Durante el primer vuelo, rumbo a Puerto Rico, oía el Gran Combo de Puerto Rico. Sobre todo “Un verano en Nueva York”, aunque fuera otoño.

No lo vi venir.

Al entrar en Puerto Rico ya estaba entrando en USA. La sonrisa y los pasos de salsa aprendidos de mi tía Johanna no servían de nada en aguas internacionales. No hay solidaridad boricua porque no estás en San Juan. Esto es Inmigración. Y las preguntas son sintomáticas:

-          ¿Prefiere hablar en inglés o en  español?

-          En castellano, please.

-          …

-          …

-          Here it says you use an alias. Is this your date of birth?

-          Sí: Willy McKey. Y sí, es mi fecha de nacimiento.

-          Religion?

-          Católico

-          Can you follow me, please?

Y así conocí lo que allí se debe llamar “the little cuarto” y en Maiquetía llamamos “el cuartico”. Éramos seis pasajeros. Seis solteros menores de treinta años. Nos turnábamos en la labor de avisar que teníamos una conexión y la perderíamos. Los seis las perdimos.

4. Please, your superior! Allí recordé la carta de la Hofstra University. “¡Soy un invitado, coño!” me dije. Era el momento de la transformación: había que meterse en el character del “escritor venezolano” que ni Barrera Tyszka yendo a recibir el Premio Herralde.

Siempre odié las clases de inglés. Debe ser por eso que para hablarlo debo estar arrecho… muy arrecho. Y lo estaba: con el imperio, con el estado libre asociado, con El Gran Combo y con Paul Auster. Una chica uniformada se acercó con mi maleta y con acento boricua se refería a mí como “Poeta”, tratándome de usted. Me dio un vale de taxi para ir de Newark a la universidad, tres vales de alimentación y un pasaje en primera clase de otra aerolínea. Y asignó a cinco subordinados la labor de acompañarme a la “gate doce”.

Correr por un aeropuerto tiene lo suyo. La cosa había adquirido un clima cinematográfico. Pero “The Poet” no tendría secuela.

Juntos vimos cómo cerraban la puerta doce.

El vale del taxi lo invertí en una vuelta a San Juan. Los vales de comida me sirvieron para conocer a Siboney y Richard, la pareja de guardia en el hotel Best Western del Aeropuerto de San Juan de Puerto Rico. Un vale entero se fue en jugo de acerola artificial.

El la habitación 211 tuve mi primer encuentro con la literatura y con Nueva York: un capítulo de Friends donde Joey lee Mujercitas. Mi vuelo saldría en ocho horas.

5. Niú Llorc, Niú Llorc. Mi vocación no permite saber cuándo será el próximo viaje en primera clase. No perdí el vuelo y un taxi me esperaba para llevarme a la universidad.

Ya estaba en Nueva York… pero solo. Todo el personal de protocolo se había retirado del campus de la Hofstra University para escuchar disertaciones de aventajados lectores de la obra de César Vallejo. Nadie dejó un papelito que dijera “Poeta venezolano, mudamos de edificio el evento. Si viene, avise”. Entre mi pareja y yo gastamos cerca de 500.000 bolívares débiles en llamadas Caracas/Celular Venezolano en NY /Caracas.

Una llamada del periodista Marco Bell fingiendo más importancia de la debida fue mi última brújula. Llegué a la sala de conferencias justo antes de que empezara la conferencia que cerraba todo, a cargo de Julio Ortega.

No voy a hablarles de Julio Ortega, sino de mi ignorancia térmica: Miguel Ángel Zapata, visiblemente conmovido por mi aspecto, me invitó a dar la ponencia en vista de que quedaba tiempo. Di las gracias como entré y saqué del bolsillo del único abrigo que he tenido en mi vida una copia maltratada de la ponencia.

Al principio pensé que el calor se debía a los nervios. Luego a los conceptos de Gilles Deleuze que iba citando. Finalmente entendí las señas de todos los que me veían deshidratarme delante de sus ojos, conminándome a quitarme la bufanda y el abrigo al menos. Llegué a la parte de las preguntas y la gasté en un avergonzado, lento y poco literario desprendimiento textil.

No es poca cosa que todo esto se hiciera en torno al poema XVI de Trilce, también conocido como “Requisitoria del individuo”: ése que dice “Tengo fe en ser fuerte”.

6. Venezuelan Roll. Pude dormir una sola vez en el hotel del cual sospechó el funcionario diplomático. A todos les conté que pude haberme quedado tres noches, si no fuera por un terrorista con excelente gusto para los alias.

El primer tren de mi vida me mostró Manhattan poco a poco. En minutos estaba huérfano y en la enorme Penn Station. Sólo pensaba en ir al Museo de Arte Moderno y en el puesto de información estaba una tranquilizante muchacha con rasgos latinos:

-          Hola, ¿habla castellano?

-          Sí…

-          ¿Puede decirme como llegar al MoMA?

-          …

No lo conocía. Me envalentoné. Me dije “A ver, McKey, que Nueva York no existe”. Pero Penn Station es un pasadizo subterráneo que te expulsa y te deja expuesto al Hotel Pennsylvania, al Madison Square y a la enorme diagonal que es Brodway de un solo golpe.

Eso es una crueldad.

Salí a la bocacalle y tuve que devolverme. Lo hice por las escaleras fijas y avancé hacia la primera nevera que vi. Una de las empleadas me reconoció: hija de japoneses y estudiante de literatura latinoamericana. Estuvo en mi ponencia. Me cambió una bandeja de sushi por dos ejemplares de El Salmón, la revista que aproveché presentar en Hoftra.

Yo soy un tipo con suerte.

Mi primera comida en Manhattan fue rápida, foránea y de pie.

Quizás fue un requisito, porque pude salir.

Empecé a caminar hacia el MoMA, siempre por la Quinta Avenida.

7. Llorarás. Subiendo hacia el MoMA [es lejos], pude comprar souvenirs y una laptop. También me dio tiempo de que me robaran los souvenirs en la tienda donde compré la laptop. Así, al mediodía, estaba explicándoles lo que era CADIVI a los empleados de la tienda, quienes me retribuyeron en efectivo lo perdido en imanes de nevera y franelas. También conocí la Biblioteca Pública y llegué al MoMA, comiéndome un pretzel de la calle por donde ahora pasea el Don Draper de Mad Men.

El resto de los días, las verdaderas vacaciones, dormiría en Queens, en el apartamento de la profesora Sabine Loucif, una francesa que hablaba la misma cantidad de español que yo y no  me contestó el teléfono sino a las diez de la noche, luego de que yo empezara a creer que pasaría el resto del viaje durmiendo en bancos de plaza y comiendo en Penn Sushi. Precisó de su compañero de piso, Salman, un paquistaní genial que decía entender mi inglés no-iracundo.

Es obvio que anoté mal la dirección. A las doce de la noche estaba perdido en Queens, vagando por toda la Av. Roosevelt.

Con los ojos a punto de estallar en llanto y arrepentido por no haber prestado más atención a mis profesoras de inglés, escuché unos compases inconfundibles: “Llorarás”, de La Dimensión Latina. El sonido venía de un local con un nombre que me sonó a embajada, a vuelta a la patria y a Alma Llanera: “El Abuelo Gozón”, y desde allí me llevaron a casa de la profesora francesa, con suficientes cervezas Bass para mejorar mi inglés.

Allí fue cuando empezaron mis primeras vacaciones fuera de estas fronteras: conmigo cantándole a Nueva York “sé que tú no quieres que yo a ti te quiera”.

Una ciudad no puede estar tan puesta en uno si uno no la conoce.

Tiene que ser algo que hemos ido inventando juntos.

No existe. Nueva York no existe.

***

Texto publicado el 26 de agosto en el cuerpo Siete Días, de El Nacional.

Willy McKey  Poeta, escritor y editor. Puedes leer más textos de Willy McKey en Prodavinci aquí y seguirlo en twitter en @willymckey y visitar su web personal.

Comentarios (5)

Marina Wecksler
9 de Septiembre, 2012

Ja, ja, ja… Buenísimo, Willy! Este sería un magnífico primer capítulo para una novela (piénsalo). Lamento los malos ratos que tuviste que pasar y espero que el balance haya sido positivo al final. Si en una de esas pasas por Miami, avísame. Abrazo, Marina

papo Rojas
13 de Septiembre, 2012

Para los que vienen por primera vez..que yo no lo sabia por cierto..se puede ir caminando a Central Park..MoMA..Lincoln Center..N.Y.Public Library..Empire State..United Nations..Z-0..McNallys Jackson..desde la Grand Central Station..solo hay que saber organizarse..y amar las caminatas.Suerte!!

Mirtho R.
20 de Septiembre, 2012

Las dos oraciones finales. Si Nueva York no existe, ¿dónde estuvo KK?

Sydney Perdomo Salas.
20 de Septiembre, 2012

Jejeje- Buenísima historia la suya, es una pena que haya tenio que pasar tantos traumas en sus vacaciones. Pero a la final, siempre hay que pensarlo como una experiencia positiva porque después de todo empezó a conocer el lugar…., a los golpes, pero finalmente la conoció. ^.^

Saludos y mis respetos sinceros. ;)

alexander B
9 de Octubre, 2012

miami y nueva york son dos ciudades que no se parecen y ademas ninguna existe….

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