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Antonio López Ortega: “La cultura es una dama muy incómoda para los regímenes dictatoriales”

por Alejandro Sebastiani Verlezza

16/12/2017

Antonio López Ortega retratado por Vasco Szinetar

Por un largo proceso de dos duras décadas, se reanima la zona de la escritura venezolana en la que el yo y sus intermitencias aparece. En estos márgenes de la escritura se incorpora Antonio López Ortega con Diario de sombra (El estilete, 2017).

–Antonio, te vales de un género íntimo para aproximarte al país y sus problemas, muy particularmente los relacionados con la cultura. ¿Cómo ves, ya desde la relativa distancia de una década, esta variante del diario que ensayas? ¿Cómo crees que es moldeada por tu oficio de narrador?

La variante principal que veo es que se trata de reseñar una intimidad que tiene mucho que ver con el oficio y con el pensamiento asociado a ese oficio. Es decir, no cumple con la crónica fiel de la cotidianidad, con la anotación doméstica, sino con las preocupaciones o reflexiones de un escritor. La cotidianidad es específica: el escritor y sus circunstancias, y la meditación que esas circunstancias generan. No quiere ir más allá, porque quizás el ambiente no es de libertad. El escritor está constreñido, porque, finalmente, el entorno es hostil. Esa escritura encuentra un medio de intimidad apropiado. Sería imposible desarrollarla en un entorno distinto al de la reclusión.

–Estas páginas hacen ver que en el campo cultural venezolano hay una cantidad considerable de discusiones y polémicas pendientes. Muchas veces no ocurren, no de la mejor manera, tal vez por un exceso de precaución. ¿Por qué no se ha dado una discusión amplia y sincera sobre el valor de la cultura en el desarrollo del país, donde puedan contrastarse los puntos de vista de los que defienden las políticas culturales del gobierno y los que no?

No creo que tengamos deudas pendientes en cuanto a discusiones y polémicas, al menos no hasta la década de los 90. Nos faltan relecturas, eso sí, de libros importantes que no hemos validado suficientemente bien. Un ejemplo podría ser las relaciones entre intelectualidad y petróleo que ha estudiado Miguel Ángel Campos: tenemos allí un tesoro y a veces lo olvidamos. Pero, en términos generales, no creo que la intelectualidad venezolana, digamos, haya faltado a sus deberes. En tiempos democráticos éramos incluso muy críticos, y se extrañan polémicas en el campo literario o plástico que fueron memorables. Ese clima ya no existe, y básicamente porque ya no estamos en democracia. Es decir, ya no se puede hablar o emitir una opinión con total libertad, porque hacerlo puede traducirse en amenazas, sanciones o castigos, sobre todo si uno señala o critica al Poder (lo pongo en mayúsculas porque es un entramado de intereses inconmensurable). Generar una discusión amplia, sincera y abierta, tal como dices, sobre el valor de la cultura en el desarrollo del país, sería maravilloso, aparte de muy sano, pero no lo veo posible en el contexto actual, ya sea porque no hay masa crítica o porque no hay interés. La otra pregunta sería entre quién o quiénes sería esa discusión. Lo ideal, lo democrático, sería hacerla entre todos, o en el seno de cada campo cultural, y no entre dos bandos, para evitar los reduccionismos a los que nos tienen acostumbrados. Ahora bien, cómo pensar en una discusión sobre políticas culturales del gobierno. Antes de darla, habría que tener políticas, y yo francamente no las veo. ¿Puede entenderse por políticas museos sin programación y ferias del libro doctrinarias? La cultura es una dama muy incómoda para los regímenes dictatoriales, porque la misma esencia de la cultura va contra la univocidad, que es la característica central de estos regímenes.

–Citas y glosas una entrevista de Milagros Socorro con Fernando Rodríguez: el profesor dice que estamos volviendo a los tiempos del INCIBA, en términos de gestión cultural, es decir, cuando cada quien hacía sus proyectos, por su cuenta, sin el apoyo económico del Estado. ¿Cómo explicarías esta situación? ¿Cuáles serían las posibles ventajas y dificultades de conformar un campo cultural paralelo al estatal?

El pronóstico de Fernando se ha quedado corto con el paso de los años, porque tener un INCIBA al menos hubiera significado algo, y no esta nadería que tenemos. El principio de autonomía administrativa de la gestión cultural pública, que es un concepto muy moderno, se cumplió con el INCIBA, mucho antes que en otros países del continente. Ya eso es ejemplar. Pero la situación de ahora, creo, no debe definirse como el surgimiento de un campo cultural paralelo al estatal. Pienso que lo existe ahora es, por un lado, un estado sin políticas culturales y, por el otro, una sociedad creadora, abandonada, que ha hecho todo lo posible para que su trabajo se divulgue por medios propios. Eso la lleva a desdoblarse y a asumir otros roles: los escritores, por ejemplo, se convierten en sus propios editores y los artistas en sus propios galeristas. En este sentido, asistimos a una desprofesionalización del sector. Y sin embargo, lo único que ha crecido para bien, pese a todas las dificultades, son los creadores, que no han cesado de trabajar. Ellos sí han cumplido con su tiempo, como no lo ha hecho el aparato público, emborrachado con su propia propaganda.

–En el prólogo de Diario de sombra dices que te estás probando en el género desde el 2002, aunque tu escritura narrativa también suele jugar en este registro (Calendario). Los fragmentos que aquí presentas corresponden a 2004 y 2005. ¿Sigues aún en este ejercicio? ¿Lo ves ahora como un elemento complementario o más bien central dentro de tu trabajo?

En 2002 comencé a escribir las entradas de este Diario, y aún continúo escribiéndolo. Quien se asome a estas páginas entenderá que una de sus líneas de fuerza es escarbar en esa siempre tórrida relación entre intelectualidad y poder. Y si bien esa tensión siempre ha existido, creo que durante el siglo XX, con el advenimiento de las ideologías totalitarias, se exacerbó hasta niveles inimaginables. Mi Diario también aspira a explorar esa tensión en el capítulo venezolano, donde muchos intelectuales han preferido plegarse a las dádivas del poder antes que mantener sus posiciones reflexivas y críticas. Mientras estas conductas persistan, creo que habrá material para seguir escribiendo.

Mi impulso inicial, en todo caso, era publicar el libro una vez que el país recuperara la senda democrática, pero fue la opinión de Sandra Caula, una editora que quiero y respeto, el factor determinante para mostrar un adelanto. Ahora bien, volviendo a tu pregunta, no siento esta línea de escritura como algo complementario; la pienso más bien como un discurso paralelo a mi trabajo como narrador.

–Me gustaría volver a las respuestas de Rodríguez y saber qué piensas, cómo puede ampliar y situar en el presente estas palabras suyas. Sobre la llamada cultura oficial, la que insiste en su fidelidad a los postulados del actual gobierno, dice: “ellos han tomado la bandera de la cultura popular, que es un sancocho más político que otra cosa”. Y remata: “todo eso está resultando en una mezcla bastarda, provisional, ineficiente y contradictoria”. Hablamos, entonces, del año 2005. Pero, la cultura popular, si aceptamos que tiene sus propias dinámicas expresivas, al ser atrapada por el poder gubernamental, ¿no termina más bien desdibujándose y respondiendo a intereses más doctrinarios y hasta electorales?

¿Qué podríamos llamar cultura oficial? Esa pregunta es importante, porque al menos yo no tengo respuesta. Para mí no pasa de una mueca propagandista: mucho alarde formal sin sustancia. En un momento se creyó que se trataba de privilegiar la cultura popular sobre la llamada cultura de élites –aunque yo no creo en esas dicotomías–, pero con ese supuesto tampoco se ha cumplido. Hace unos años escribí un artículo sobre algo que vi en uno de los desfiles militares del 5 de Julio: habían colocado una comparsa de la Parranda de San Pedro como representación de la cultura popular, pero cuando uno escuchaba las letras se podía advertir que eran loas al régimen. Suplantaban los motivos y la métrica por propaganda. Viví un episodio similar en mis tiempos de Fundación Bigott, cuando en la portada de un manual de tradiciones mirandinas querían hacer pasar al gobernador del estado como un cultor. Obviamente nos negamos y la coedición llegó hasta allí. Estos episodios demuestran que la cultura popular ha sido intervenida para propósitos políticos. ¿Y qué va resultando de todo esto? Ahí sí recuperaría los adjetivos de Fernando, pues también creo que se trata de una mezcla “bastarda, provisional, ineficiente y contradictoria”. Bastarda porque es indefinible, provisional porque pasará, ineficiente porque no siembra nada y contradictoria porque no tiene esencia.

–Y en medio de todas estas discusiones persiste el narrador, el retratista, por qué no, el que busca la voz interior. ¿Cuáles serían los cursos, los tropiezos, las inquietudes de esa voz en ti, ahora?

Yo creo que a raíz de la tragedia que vivimos, todos los escritores nos hemos vuelto seres más públicos, incluso los poetas. Es decir, ha sido muy difícil ser indiferente ante la destrucción del país o ante la perversidad de las ejecutorias oficiales. Todo esto, por supuesto, incide en la voz de los autores, pero de diferente manera. Muchos narradores sienten que tienen un caldo de cultivo único para escribir en una gama amplia de intereses: la novela policial, el thriller, el relato que se ocupa de los hechos de corrupción, la narración de la diáspora, etc. Este podría ser un plano, digamos, más exterior. Pero hay otra narrativa que se encarga de las interioridades, esto es, de relatar los sufrimientos que esta pesadilla pública genera: las muertes de seres inocentes, las enfermedades, las familias quebradas, las relaciones fracturadas, etc. Los poetas, incluso, y pienso en los casos de Pantin o Barreto, han llevado ese impulso hasta el límite, poniendo en duda la esencia misma de lo que nos contiene, la historia que nos reúne o nos explica como colectivo.

En mi caso particular, los relatos de mis últimos libros, desde Fractura (2006) hasta La sombra inmóvil (2013), se interesan por las interioridades. Es decir, me atrae más ver el impacto que en el ámbito emocional tiene la tragedia. En ese plano más personal, más psicológico, más íntimo, me parece que descubrimos más verdades, más certezas, que en otros. Y lo digo porque yo creo que en el ámbito de la psique colectiva están ocurriendo cambios profundos. El venezolano está cambiando, no sé si para bien o para mal, pero está cambiando. Lo que veo en la cotidianidad, en los actos, en las formas, no me gusta. No queda ápice de las convenciones culturales que compartíamos. Ahora todo es vulgaridad, grosería, irrespeto. Un discurso malandro se ha enseñoreado hasta los más altos niveles. Los márgenes sociales que la promesa democrática fue dejando de lado se ha convertido hoy en centro y es lo que ahora nos está gobernando.

Ahora bien, la voz interior a la que te refieres encuentra en mi narrativa un curso distinto al de mi escritura diarística. Son dos propósitos. Yo creo que en el Diario trato de reflexionar sobre aspectos distintos a los que trato en mi narrativa. Allí la voz interior se preocupa por otro plano: por la dimensión cívica de los intelectuales, por ejemplo. Si la primera aspira a interiorizar, a revelar, la segunda se preocupa por la condición intelectual.

–Sobre el diario y sus posibilidades: ¿has pensado en cuáles serían las posibles causas que empujan este tipo de escritura en Venezuela, que corre al lado del ensayo, la poesía, el cuento, la novela? El diario, casi siempre, nos sitúa ante el yo y sus expresiones, también sus problemas. ¿Será que la situación social, las convulsiones de estas casi dos décadas, tienen su incidencia directa en todo esto y ha ocurrido una vuelta, a veces tempestuosa, al interior?

Las causas podrían estar en que ya no podemos actuar públicamente: las tribunas, los medios, desaparecen, y por otro lado, la censura o la represión son factores reales. Entonces la reflexión se va a un plano íntimo, personal. Como ya no puedo contrastar mis opiniones, entonces me voy al espejo: me contrasto a mí mismo. Eso explica, creo, el surgimiento de diarios: estamos diciendo en privado lo que no podemos decir en público. Hemos vuelto al ostracismo porque el espacio público ha sido secuestrado por diversos factores, todos asociados al Poder. Lo saludable es que la reflexión no se eclipse, sino que circule por otros lados. Va a ser menos leída, sin duda, pero al menos existe. Es decir, los intelectuales siguen cumpliendo con su vocación.

Se me antoja pensar que la escritura de diario es un género del futuro. Quiero decir: serán más importantes mañana que hoy. Podrán explicar mejor la tragedia del presente a los lectores del porvenir, y no tanto a los de hoy, quizás porque estamos imbuidos en ella. Así como los diarios de Blanco Fombona, leídos hoy, nos explican mejor la crueldad del Gomecismo, los diarios de estos años serán documentos esenciales para los lectores del mañana: ellos podrán acotar los desmanes de esta pesadilla como nosotros no hemos podido.

–La democracia, en general, digamos, es una insistencia en estas páginas, junto a los peligros demagógicos y populistas, así como la insistencia en el derecho a cuestionar y repensar lo ya dado. ¿Será que estos últimos años le han enseñado al creador que debe estar lo más lejos posible del Estado, el partido, el gobierno, más aún si están entreverados, confundidos, indiferenciados?

Siempre he pensado que, siguiendo la línea que va de Camus a Octavio Paz, la vocación intelectual radica en estar siempre vigilante ante el Poder, ante todo tipo de Poder. Se pueden entender las militancias, las preferencias políticas, pero no la suspensión del espíritu crítico, al menos no entre intelectuales, porque ya a partir de ese momento se claudica. En el caso venezolano ha sido triste ver firmas de escritores valiosos en manifiestos o cartas públicas, justificando lo injustificable. Esos documentos quedan allí como un testimonio vergonzante. Hoy en día, la dictadura los ampara, pero hacia futuro, cuando recuperemos la vida civil, será un lastre difícil de obviar, un peso en la conciencia de muchos.

–Una entrada de tu diario, a propósito de una conversación tuya con Gustavo Guerrero, habla de cuánto hace falta una reivindicación de Rómulo Gallegos. Tal cosa pasa también por editar no solo su narrativa sino también sus discursos políticos, entre otras de sus piezas en prosa. ¿Cómo ves tú esto? ¿Qué otros autores, vinculados a nuestro legado civil, crees que merecen ser leídos y recuperados en este momento?

Partamos de la convicción de que vivimos bajo una política de la desmemoria. Es decir, el régimen quiere borrar el pasado y sólo extraer, con pinzas quirúrgicas, algunos episodios: como las revueltas zamoranas o la rebelión guerrillera de los 60. Eso explica que no tengamos una biblioteca de clásicos contemporáneos, como lo fue la Biblioteca Básica en los 40, o la colección Eldorado en los 60 o, más recientemente, la Biblioteca de pensamiento civil que diseñó Simón Alberto Consalvi. En este momento, nuestros autores no existen: sus libros no se consiguen. Y no sólo me refiero a Gallegos, sino también a Briceño Iragorry, Pocaterra, Picón Salas y tantos otros. En el caso de los novelistas la situación es penosa: no existen en los pocos anaqueles que podemos consultar, a no ser por viejas ediciones. Por supuesto que habría que reeditar a Gallegos, pero no sólo a él; también a todos los grandes autores del siglo que ya se ha ido: son esenciales para entender al país y para entendernos a nosotros mismos.

Gallegos es particularmente importante porque su novelística es un intento de hacer calzar la ficción sobre un territorio. Él diseñó un país imaginario antes del país civil. Adivinó un país con historias cruzadas, y luego ese país se volvió realidad tangible. Al igual que lo hizo Juan Liscano con la “Fiesta de la Tradición”, antes de ese evento éramos un conjunto de provincias, pero no un país. Esa visión de conjunto es moderna, y sólo unos pocos intelectuales la tenían. Cuando pienso en Gallegos, recuerdo un breve pero emotivo texto que escribe cuando lo tumban a finales de 1948. Es una excelente diatriba contra el militarismo, que ha sido el gran obstáculo de la vida civil. Gallegos demuestra allí, como también Betancourt en Venezuela, política y petróleo, que nuestro gran problema es y sigue siendo el militarismo. Es decir, la apetencia militar por tener las riendas del país y su gran desprecio a toda forma de vida civil. En tal sentido, lo que vivimos es una gran regresión histórica, porque estamos bajo mandos militares, tan prepotentes como incultos. Nuestra clase militar es impresentable. Todos los días embadurnan el lenguaje con sus botas y sus vocablos cojos. Con las actuaciones actuales ha quedado demostrado que nuestras escuelas militares son un gran fracaso, sobre todo en cuanto a la necesidad imperiosa de impartir doctrina democrática.

–Para finalizar, Antonio, diría que esa voz interior de la que hablábamos termina apostando por la lentitud, el dibujo más introspectivo, el recogimiento en los espacios y las presencias más cálidas, como una defensa psíquica que debe levantarse ante tantas convulsiones. Tal vez sea este mismo repliegue el que permita ver con más ponderación todo lo que pasa, incluidas las terribles cifras del PNUD que refieres. ¿Será esto así?

Este es un gran momento para la subjetividad, pues el entorno nos obliga a constreñirnos. Y la subjetividad está en todo: en nuestro pensamiento, en nuestra ensayística, en nuestra novelística, en nuestra poesía, y no se diga en el diario, que es como la cumbre de esta onda expresiva. La psique colectiva evoluciona en función del dolor, y por eso vivimos un buen momento de escritura, porque toda subjetividad conduce a la desnudez. No sólo estamos en un buen momento de escritura, sino que las intenciones van a fondo, como si tuviéramos que sacar del foso imágenes o nociones desconocidas. Hay que ver este recogimiento forzoso en cuanto a lo que nos puede dar como pasto del futuro. El país está revuelto, la gente muere, pero los escritores convierten el dolor en una palanca de cambio, pues tratan con lo más preciado de nosotros: la subjetividad, los sentimientos, la visión de mundo. Cuando podamos analizar este momento desde el futuro, nos daremos cuenta de que el enriquecimiento estuvo en el plano creador y no en las ejecutorias públicas. En lo primero, encontraremos honestidad e innovación; en lo segundo, podredumbre y vergüenza.

 


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