Política

Honduras: otra reelección impopular

por Rafael Rojas

Fotografía de Johan Ordóñez / AFP

07/12/2017

Por lo visto el reeleccionismo, que puso de moda Hugo Chávez en América Latina hace una década, sigue tentando a políticos de izquierda o derecha y sigue generando una comprensible antipatía en la población, a pesar de los enormes recursos que los gobiernos invierten en ese empeño. Hace unos días, menos del 34 por ciento de los bolivianos votó por el nuevo Tribunal Supremo de Justicia, en castigo por su arbitrario decreto a favor de la reelección de Evo Morales, que rechazó la mayoría del país hace un año, en referéndum.

Lo que hemos visto en Honduras tiene algunos elementos en común. En 2009, el presidente Manuel Zelaya fue derrocado por un golpe de Estado, luego de intentar reformar la Constitución, para reelegirse, sin seguir los propios mecanismos constitucionales establecidos. Ahora el presidente Juan Orlando Hernández trata de conseguir la deseada reelección siguiendo la norma constitucional, pero luego de recomponer a su favor el poder judicial del país centroamericano.

La ciudadanía hondureña le hizo saber al presidente su malestar concediéndole, según los datos oficiales, menos del 43 por ciento del sufragio. La oposición, entre la alianza que encabezan Salvador Nasralla y Manuel Zelaya y los otros partidos menores, ha ganado la mayoría de los votos. Técnicamente, Hernández pudo haber ganado por una diferencia de poco más de 50 mil votos, pero las evidencias de irregularidades en el proceso, como la “caída del sistema” por casi diez horas, hacen inciertos los resultados.

Como en el golpe contra Zelaya de 2009, es interesante observar el comportamiento de los actores internacionales. Entonces, el respaldo de Hugo Chávez y Fidel Castro al presidente hondureño fue ostentoso. Ahora, se invierte el escenario y Nicolás Maduro y la cancillería cubana se adelantan a acusar a Estados Unidos de “injerencia” a favor de Hernández. Pero al igual que en 2009, la realidad es más compleja: la misión de observadores de la OEA, Naciones Unidas y hasta la embajada de Estados Unidos han llamado a un recuento de votos, en vista de las irregularidades y la falta de certidumbre en la información oficial.

En estos días se produce una extraña convergencia geopolítica, en torno a la crisis hondureña: la OEA y la ONU, Washington, La Habana y Caracas estarían de acuerdo en que las elecciones no han sido limpias. La propia oposición hondureña dice coincidir con un comunicado de la embajada de Estados Unidos en Tegucigalpa que pide un acuerdo entre las partes para lograr una revisión lo más completa posible de las actas.

Jamás lo reconocerá la prensa “bolivariana” pero, tanto en 2009 como ahora, la OEA se ha opuesto a la ruptura del orden constitucional hondureño, sea por medio de un golpe de Estado o un fraude electoral. Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Se acabó o no se acabó la Guerra Fría hemisférica, aún con Donald Trump en la Casa Blanca? La misma transparencia que Maduro y Morales le demandan al gobierno hondureño deberían aplicársela a sí mismos.


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