TestimonioManuel Velásquez

“Igual estoy preso en la calle”

por Roberto Mata

Fotografía de Roberto Mata

10/11/2017

“Subimos a Caracas el 18 de abril en la noche, para poder marchar el 19. Lo hicimos para evitar que la GNB nos detuviera el autobús en la autopista. Nos quedamos casa de un amigo en San Martín. Éramos seis vecinos de La Paz en Catia La Mar. Amigos de infancia.

Amaneció tranquilo. Nos íbamos a sumar a la concentración en El Paraíso. Solo había que cruzar el puente San Juan. Otras personas lo estaban haciendo y nos incorporamos. Eran las nueve de la mañana y un pelotón de la GNB con escudos estaba del otro lado. Nunca llegamos a la concentración.

Nos rodearon. Nos detuvieron. Éramos veinte, entre hombres y mujeres. Nos separaron. A los hombres nos llevaron a la entrada de un edificio. Hicieron una pared con los escudos y nos obligaron a arrodillar.

—¿A dónde van? ¿Qué hay en esos morrales?

—Ropa, máscaras, banderas.

Revisaron todo. Golpearon a uno de mis amigos y nos alteramos. La gente se acercaba a ver qué pasaba.

Nos llevaron a otro edificio e hicieron una pared más grande con los escudos para que nadie pudiera ver.

—¡Guarimberos! ¿Ustedes por qué están marchando? ¡Cuerda de mamagüevos!

—Nosotros estamos marchando porque no nos gusta lo que está pasando en Venezuela.

Siento que he perdido mi juventud. Tengo una hija de un año y dos meses y no puedo vivir con ella porque no puedo pagar un alquiler.

La gente comenzó a lanzarles piedras y a grabar con sus celulares. Nos llevaron al Destacamento 433 en El Paraíso. Nos hicieron desnudar en el patio. Revisaron los morrales de nuevo. Nos rociaron agua y vinagre. Nunca supe para qué, aunque creo que era porque sabían que no nos iban a dejar bañar por los siguientes días. Estábamos los seis amigos y dos más de Caracas, ya vestidos de nuevo, en un cuarto pequeño junto a los retratos del alto mando de la GNB. Allí nos esposaron. Pensaba que estaba detenido para evitar que la gente marchara, pero en ese momento pensé: estoy preso.

Desde los edificios cercanos caceroleaban y pedían a gritos que nos soltaran.

Nos llevaron para tomarnos una foto junto a las pruebas de nuestra detención ya colocadas en una mesa. Los morrales, la ropa, las máscaras, las banderas y atrás un letrero grande de la GNB.

En la misma mesa pusieron bombas molotov, droga, tabacos de marihuana, cuchillos, piedras, metras.

—¡Eso no es de nosotros! ¡A mí no me vas a tomar fotos con eso!

Intentaron pegarnos.

Un teniente se acercó, oyó nuestra explicación y ordenó quitar las cosas que no eran nuestras. Nos tomaron la foto.

Estuvimos sentados en el piso de un cuarto de cuatro metros cuadrados durante cinco días. Los primeros dos sin comer. A nuestros familiares les dijeron que no estábamos allí. Al cuarto día, recibí tres cascazos y golpes con el rolo, sin razón. No me dejaron ir al baño, no dormí en toda la noche aguantando y me hice pipí encima. Así fui a tribunales el quinto día a que me presentaran, sucio.

María Fernanda Torres del Foro Penal, fue el nombre que nos gritaron. ¡Esa es la abogada!, dijo desde lejos el padre de uno de mis amigos cuando entramos a tribunales.

De los ocho que estábamos juntos, a uno lo dejaron ir pronto porque la presión en las redes sociales fue muy fuerte. Era un entrenador de natación. La frase, se va uno y se quedan siete, la entendí después. Todavía no nos habían acusado de nada pero ya sabían que nos íbamos a quedar siete.

La juez dijo:

‘Serán detenidos por tener actitud nerviosa frente a la GNB, hasta que traigan fiadores’.

El expediente de la GNB decía:

‘Incitación al saqueo de una panadería y quema de una patrulla durante la noche’.

La abogada nos dijo: ‘Esto va a tomar una semana’.

A las dos de la mañana nos pasaron al calabozo en el mismo destacamento. Ya estábamos sentenciados. Despertamos a veinte privados de libertad. Hurto, narcotráfico, invasores, robo, asesinato y otros manifestantes como nosotros en doce metros cuadrados. Una puerta con barrotes, una ventana muy alta, cuatro chinchorros y ningún bombillo o electricidad. Con cuchillos amarrados a las muñecas nos arrinconaron y nos cayeron a preguntas.

—¿Por qué cayeron?

—¿Quién ha sido policía?

—¿Quién ha sido vigilante?

—¿Quién le ha echado paja a alguien?

‘Brujas’ se les dice a quienes respondan que sí a alguna de esas preguntas. Les toca limpiar el excremento y recibir golpes o puñaladas cuando los malandros se quieren desahogar. Había tres brujas desde que entré hasta que salí. Las mismas.

Mi mamá me había llevado una almohada nueva al tribunal. Desde un chinchorro me la pidieron y la entregué. Nunca la estrené. Pasé la noche en cuclillas. Al amanecer nos explicaron las reglas: los interiores no se tocan. Nada se puede perder. Está bien si quieres compartir tus cosas, nada es obligado.

Aprendí a ir al baño delante de 26 personas.

Nos informaron que los domingos era día de visita y que había una ducha. Logré bañarme por primera vez para ver a mi mamá. Ella estaba destruida pero me daba apoyo. No paraba de llorar, preocupada por mis estudios y el trabajo. Me llevó comida y chucherías.

Esa noche se perdió un chocolate y se armó una pelea. Me fracturé dos dedos de la mano derecha y me desmayé. Mis amigos me pusieron una cuchara con tela para sostener los dedos. La mano se hinchó y se puso morada.

Los heridos se deben curar solos en el calabozo.

Creo que no les convenía tenerme así y que la prensa se enterara. Me llevaron al Hospital Pérez Carreño, esposado. Entré apenado y nadie me quería atender, hasta que una doctora se apiadó. Me hizo las placas sin las esposas.

—A ti hay que operarte de inmediato, pero no tenemos insumos. Te voy a dar cita para dentro de un mes y así te doy tiempo de conseguir Povidine, gasa, alambres de Kirschner de 2.8 milímetros, desinflamatorio.

Me puso una férula.

Una ampolla que tenía en la planta del pie se infectó y se me hizo un hueco de dos centímetros que no me permitía apoyarlo. Me gané entonces uno de los chinchorros. Llegué a pasar hasta tres días acostado, leyendo a Paulo Coelho, desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde. Dos libros por semana. De noche no podía por falta de luz.

Comiendo mi almuerzo, escondido en el arroz y envuelto en Envoplast, llegó un mensaje: hoy salen dos.

Salí el 19 de mayo a las nueve de la noche, después de firmar con la izquierda un acta que decía no haber sido agredido ni física ni verbalmente por la GNB. Mis fiadores son dos tíos. La juez demoró un mes en emitir la fianza. Ya estuve preso y le perdí el miedo al gobierno. Igual estoy preso en la calle.

Se perdió lo que cargaba cuando me detuvieron: el celular y la máscara de gas que me prestó un latonero que vive cerca de mi casa. Dejé todo lo que tenía en el calabozo. A esa hora había tanquetas, motos y gas lacrimógeno en El Paraíso. Mi mamá y yo logramos conseguir un taxi hasta Catia La Mar. Al llegar lo primero que hice fue abrazar a mi abuela.

Debo presentarme en Tribunales el 23 de cada mes durante ocho meses. Me toman una foto cada vez que voy y no me dan constancia de haber ido. Perdí el semestre en la universidad por inasistencia. Llevaba todas las materias por encima de catorce puntos. No pude operarme la mano a pesar de que mi mamá consiguió todo. No lo permitieron, porque cuando salí, ya los huesos se habían pegado mal. No la puedo cerrar y mi letra es ahora como la de un niño. Me botaron del trabajo (supervisor de un restaurante de comida rápida en el Aeropuerto Simón Bolívar). Si salgo del país y no me presento, no podría volver a entrar a Venezuela.

Tengo 17 tatuajes. El primero me lo hice en honor a mi papá, dice: Manuel. Murió de cáncer hace nueve años, un día del padre”.

***

Texto y fotografía: Roberto Mata

Manuel Velásquez, 28, técnico en informática, estudiante de Gestión Ambiental en la Universidad Bolivariana de Venezuela.


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