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El secreto para que un matrimonio dure es no casarse; por Gabrielle Zevin

Por The New York Times | 12 de octubre, 2017
Fotografía de AFP PHOTO / Lionel BONAVENTURE

Una pareja es fotografiada en la Torre Eiffel el 5 de octubre de 2017 / Fotografía de AFP PHOTO / Lionel BONAVENTURE

the-new-york-timesHans no pudo hacerlo: la mujer que había sacado la tarjeta tenía un hijo y no quería que este creciera sin su madre. Es algo que me gustó mucho de él. Hans tenía veintitantos años y era más que pobre, pero ¿qué importaba? Tenía integridad y estábamos enamorados. Llevábamos seis meses de noviazgo.

Es una situación algo difícil de explicarle a quienes no conozco. Tienden a hacer preguntas como: ¿y por qué no se casaron ya que había mejorado su historial crediticio?

Pues, por qué no, intento responder.

La respuesta es que hubo muchas razones. Tenía 18 cuando nos conocimos y no sabía qué tanto tiempo duraría la relación. La deuda era muy grande y no quería pedirle dinero a mis padres. Ni Hans ni yo teníamos un trabajo estable y ambos queríamos ser artistas más de lo que queríamos ser personas casadas. Uno de nosotros necesitaba no estar en la lista negra del buró de crédito para poder rentar departamentos y comprar la despensa. Porque, para cuando ambos pudimos salir de esa espinosa situación crediticia, parecía que había pasado demasiado tiempo para siquiera tomarnos la molestia de contraer nupcias.

Pero nunca digo ninguna de esas cosas cuando me preguntan.

“¿No te gustan las bodas?”, es otro de los cuestionamientos.

Me encantan las bodas. Es una mezcla algo rara de religión con funciones del gobierno y un ambiente festivo que me encanta. Es como algo muy teatral, excepto que la gente es real.

He ido a varias bodas. He visto los vestidos blancos. He usado los vestidos de dama de honor y he olido las rosas. Nunca me ha tocado atrapar el ramo, pero me entusiasma ver su trayectoria. He escuchado a la banda tocar canciones como “Shout” y en respuesta he bailado con más ganas.

He comprado los productos en las listas de regalos y he enviado esas máquinas para hacer pasta, toallas, cuchillos y jarrones a los recién casados. Estoy cómoda a sabiendas de que, como alguien que no tiene plan alguno para casarse, a mí no me van a llegar las máquinas para hacer pasta ni las toallas ni los cuchillos ni los jarrones.

Hans y yo hemos estado juntos por mucho tiempo y, en las buenas y en las malas, ya tenemos esas cosas.

Hace poco mi contador sacó a relucir el tema del matrimonio. Ha sido mi contador por trece años; posiblemente es la segunda relación a largo plazo más importante de mi vida. Discutíamos si ahora sí era momento de casarse. Le dije que se sentía como que ya había pasado demasiado tiempo. Él respondió, supongo que porque estoy cerca de cumplir 40 años: “Pues hay razones para casarse cuando ya eres mayor”. Esas razones pertenecen a una de dos categorías: ¿qué pasa cuando mueres? y ¿qué pasa si te enfermas y mueres?

Una vez, de regreso de un viaje a Japón, un agente aduanal se encrispó porque Hans y yo habíamos compartido una maleta pese a no tener relación legal formal. No éramos familia y entonces teníamos que pasar por separado por la revisión de aduanas. ¿Qué debía entonces hacer ese agente aduanal ante el problema de una maleta compartida?

“Bueno, verá”, comencé, “cuando él estaba en la universidad, un familiar suyo tramitó una tarjeta de crédito y pues…”.

El suceso encapsula de cierta manera una razón a favor de casarse en este punto avanzado y pacífico de nuestras vidas. Porque, según mi contador, conforme envejeces, la vida no es más que una serie de desencuentros con agentes aduanales.

Sé que tiene la razón. Pero, a estas alturas, ese cálculo me molesta. No quiero volver a empezar como si fuera el Año Uno. Me preocupa que si Hans y yo nos casáramos ahora, sería como decir que las últimas dos décadas no han sido válidas.

El hombre con el que estoy no-casada y yo hemos tenido cuatro perros juntos. Le he dedicado varios de mis libros pero la verdad es que le podría haber dedicado todos. Es mi lector crítico más importante y es un colaborador creativo. Hemos viajado por el mundo compartiendo una maleta. Hemos cocinado más de cien comidas desde cero sin tener ganas de ahorcarnos el uno al otro. Hemos compartido una decena de direcciones distintas.

Hemos construido una vida juntos; solo no estamos casados. (Vivimos en California, donde ni siquiera existe la figura de concubinato).

Hace algún tiempo –habíamos estado no-casados por quince años–, cuando teníamos un departamento juntos en Riverside Park en Nueva York, Hans se despertó, volteó a ver algo desde la ventana y dijo con una convicción casi bíblica e inocente: “Todo me indica que esa es Kristen Schaal”.

Era una actriz en uno de nuestros programas favoritos, The Flight of the Conchords. Así que sacamos a nuestro perro para ver más de cerca a la mujer, que todavía estaba sentada en el parque. No era Kristen Schaal. No tenía parecido alguno con Kristen Schaal. Y ahora nos decimos eso todo el tiempo: “Todo me indica que esa es Kristen Schaal”.

Es impresionante qué tan a menudo podemos incluir esa declaración dentro de una conversación. Es algo que no es gracioso para nadie más que para el hombre con el que estoy no-casada.

Unos amigos se divorciaron hace poco. Habían estado juntos por la misma cantidad de tiempo que Hans y yo y pensé que eran felices. Pero no hay manera de saber realmente qué pasa a puertas cerradas. Le pregunté a mi amiga: “¿Qué porcentaje de su tiempo juntos crees que estuviste feliz?”.

“El 20 por ciento”, respondió. Unas semanas después, cambió su estimación: “Quizá un dos por ciento”.

“¡Dos?”, le respondí. “¿Cómo puede alguien vivir con otra persona cuando hay un dos por ciento de felicidad?”.

“Quizá fue tres por ciento”, dijo.

Hans y yo estamos felices un porcentaje mucho mayor de tiempo. Tenemos las típicas peleas de pareja y nuestra discusión más frecuente termina con él levantando sus manos y gritando: “¡No soy un arreglador multiusos!”.

A veces, creo que el secreto para un matrimonio duradero y feliz está en no casarse, aunque sin duda habrá parejas casadas que son tan felices como nosotros.

Hace algún tiempo, cuando una mujer me hizo la típica pregunta sobre si estoy casada, tuve unos tropiezos al intentar dar la respuesta correcta: “He estado con el mismo hombre durante más de dos décadas, pero no estoy segura si cualquiera de nosotros cree en el matrimonio”. Sentí como un gran logro haber declarado mi situación de manera tan clara.

“Creer”, respondió refunfuñando. “Las creencias son para los niños con Santa Claus”.

Tenía razón. Es pura palabrería decir que no crees en el matrimonio. Al haber estado con la misma persona por más de veinte años, sin duda debo creer en el matrimonio; debo creer que la vida es mejor en pareja que como soltera.

Cuando digo que no creo en el matrimonio, lo que realmente quiero decir es: entiendo que tiene beneficios financieros y legales, pero no creo que el gobierno o la iglesia o una tienda departamental con mesa de regalos va a cambiar la manera como me siento y me comporto.

O, quizá, lo haría. Porque si la ley no te reconoce como una pareja, es cuestión de elegirse mutuamente cada día. Y quizá esa elección diaria es algo que vuelve mejor a una relación. Claro que las parejas felizmente o exitosamente casadas ya deben saber esto.

En las mañanas, me despierto y volteo a ver a Hans y pienso: “Te amo. Te elijo por encima de cualquier otra persona. Te elegí hace veintiún años y te elijo hoy. Creo que eres una constante en mi vida y que yo lo soy en la tuya. Amarte es lo más cercano que tengo a la fe. Todo me indica que esa es Kristen Schaal”.

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Este texto fue publicado originalmente en The New York Times

The New York Times 

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