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Andrés Madera, el tiempo de un campeón; por Erick Lezama

Tenía cinco años y problemas de conducta cuando sus padres lo dejaron en una escuela de kárate. Creció montado sobre el tatami. Aunque era torpe y siempre perdía, se empeñó en ser un campeón. Y lo logró. Después de medirse en cinco competencias internacionales durante 2017, el 21 de junio pasado amaneció siendo el primero del Ranking de la Federación Mundial de Kárate (WKF, por sus siglas en inglés). En abril, cuando estaba en la cuarta posición, le tocó representar al país en suelo propio por primera vez. Esta es la historia de ese combate. Y también la de un atleta que aprendió a esperar para cantar victoria.

Por Erick Lezama | 19 de agosto, 2017
Fotografía de Elías Rodríguez Azcárate

Fotografía de Elías Rodríguez Azcárate

Está lejos de los demás.

En un espacio cercado con andamios, al fondo de un galpón ubicado a metros del Hotel Eurobuilding de Caracas, cientos de karatecas esperan para competir. Algunos hacen pequeños combates entre ellos a modo de calentamiento, otros dormitan acostados en colchonetas dispuestas en el piso o se mantienen atentos a lo que sucede en los cuatro tatamis instalados. Transcurre el Campeonato Centroamericano y del Caribe de Kárate. Atravieso ese enjambre de atletas en medio del calor y el bullicio buscando a Andrés Madera. No lo ubico. Es el mediodía del sábado 1 de abril de 2017.

“El sensei Madera no está aquí, lo vimos en la entrada firmando autógrafos”, me dice uno de ellos. Y allí está. Moreno, de 1,73 centímetros de estatura, tiene la sonrisa amplia y los ojos rasgados. Está vestido con una franela y un mono de la selección venezolana. Posa para una foto al lado de un niño de siete años. “¿No recuerdas que tú le diste clase, que él comenzó contigo?”, le pregunta la mamá del pequeño, luego de la foto.

Simula que no lo recuerda y se despide del niño chocando las manos. Entonces llegan otros y él posa nuevamente para la foto y sonríe. Es amable. Como el resto de los deportistas de los 14 países que participan en el torneo, se hospeda en el hotel Eurobuilding de Caracas. Ahora vive en Houston, Estados Unidos, donde estudia inglés. Desde que llegó a Caracas hace cuatro días, madruga para quitarse en el gimnasio el medio kilo de más que se trajo de allá. Era obligatorio que rebajara porque el peso define las categorías en el kárate. Y, aunque lo logró, se siente nervioso. Rodolfo Forry Rodríguez, su entrenador, lo sabe. Así que esta mañana le envió un mensaje de voz que decía: “Hijo, calma, disfrútalo”.

*

¿Cuántas veces Madera ha representado a Venezuela?

No lo sabe. En algún momento perdió la cuenta. “Quizás unas 50 veces”. Dice que no se acuerda dónde están las medallas que ha ganado, ni cuántas han sido. Lo que sí recuerda es cuándo fue la primera vez que participó en un campeonato internacional. Fue en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de Barbados 2011. De allá se devolvió sintiendo que la medalla de plata que traía en el pecho era de oro: le supo a gloria su primer podio internacional. Tenía 23 años. Desde entonces ha recorrido mucho. Ahora, con 28, es la primera vez que le toca pelear por el país en suelo propio. “Tener a la familia, a los amigos, y a los alumnos ahí, a todos viéndome tan cerquita, es una responsabilidad”.

Pero, aunque hoy es el favorito, la suya no es la historia de un niño prodigio. Perdía, perdía, perdía. Durante mucho tiempo tuvo que conformarse con pertenecer a la selección juvenil del estado Miranda, porque en la nacional nunca pudo ganarse un puesto. La estrella del momento, el sensei Jean Carlos Peña, ganador de medallas en los torneos más importantes de la disciplina, se le convirtió a Madera en un monstruo que jamás logró derribar. Pelearon decenas de veces: siempre perdió. Cada vez que sucedía, salía corriendo a llorar a escondidas, como avergonzado, sin entender que en el deporte la derrota es siempre una posibilidad. Y ante cada revés pensaba en colgar los guantes. Pero al final siempre terminaba entrenando en el dojo. “Es que era demasiado torpe –recuerda Forry–; yo le decía que trabajara, que tuviera paciencia”.

Y con paciencia, fueron tallando esa madera amorfa de la que sacarían la figura de un campeón. Andrés salía todos los días de su casa, ubicada en el sector El Calvario de El Hatillo, a sumergirse en intensas y largas sesiones de entrenamiento en la escuela Shuri-Ryu, en Baruta. Entrenaba todas las noches: sesiones de táctica, combate, agilidad. “Los amigos andaban paseando, pendiente de las fiestas, de las novias, en cosas de chamos, mientras él estaba ahí, dándole”, asegura Forry.

Andrés sentía que estaba perdiendo el tiempo. “¿Para qué tanto esfuerzo?”, se preguntaba. Pero la respuesta llegó más adelante: cuando Peña se retiró, después de una carrera fructífera, Andrés Madera era la primera opción para tomar la preciada vacante. Y se adueñó de ella con sobrada soltura.

A partir de entonces casi siempre se escuchan sólo buenas nuevas de él. Los diarios le publican notas elogiosas. El Instituto de Deporte y Recreación del estado Miranda lo distinguió en 2016 como “Atleta del año”. En marzo de 2017, el alcalde de El Hatillo, David Smolansky, lo condecoró “para reconocer la labor de una generación que nació en crisis y sigue luchando con la esperanza de construir una mejor Venezuela”.

Ganar, ganar, ganar.  Ha subido al podio de cinco Abiertos de Kárate: plata en Hanau 2012, Frankfurt 2013, París 2014; Rotterdam 2017; y oro en París 2017. Ganó bronce en el más reciente Mundial de Kárate en Austria. Todo eso lo llevó a la cuarta posición del ranking de la Federación Mundial de Kárate. Dicen los entendidos que, luego de varias competencias de envergadura, puede terminar 2017 siendo el primero del mundo. Vaticinan que clasificará a las Olimpíadas de Tokio 2020; y que puede, con facilidad, ganar una medalla.

Con este panorama enfrente, Andrés Madera voltea la mirada hacia aquella época árida y dice que simplemente aquel no era su momento. “Todo llega a su debido tiempo. Seguí trabajando y una vez que pegué, pegué. Todo se destrabó”.

Al karateca Antonio Díaz, ganador de ocho medallas consecutivas en el Mundial de Kárate, le consta que no fue fácil. Cuando él estaba en la selección de adultos del estado Miranda, Madera estaba en la juvenil. Se hicieron muy amigos. Tanto, que después de una competencia en Las Vegas terminaron juntos probando suerte en los casinos.

“Veía que no despegaba y le decía que siguiera. Peña era un extraordinario peleador y se la ponía difícil. Pero ahora Madera está donde está porque le puso empeño: se preocupa por el nivel de su kárate, estudia a los que va a enfrentar. En el Mundial, sin ser el favorito, desplazó a muchos y se trajo el bronce. Vive un gran momento. Puede afianzarse como uno de los más fuertes en América. No, en América no, en el mundo”.

Forry, inflado de orgullo, dice que semejante proyección no es desmedida; pero se apura a matizarla: “Le he dicho que mantenga la humildad porque la fama hace daño. De eso está lleno el deporte”.

Y Madera lo ha ido aprendiendo, sobre todo desde los Juegos Panamericanos de Toronto 2015. A ese torneo sólo clasifican los mejores ocho de Latinoamérica. Él llegó como favorito porque acababa de ganar un evento similar, el Campeonato Panamericano de Kárate. Peleó confiado y su arrogancia se estrelló con una derrota ácida, espesa, viscosa.

“Sentía presión. Mi familia, la prensa, el país. Había esperado cuatro años para eso, sentí que lo tenía y se me fue. Me afectó mucho. Pensé en el retiro. Tuve que irme a la playa unos días, olvidarme del kárate para ver las cosas con distancia. Por eso voy poco a poco. No pienso tanto en Tokio. Quiero ir, pero no me dejo llevar por la publicidad que me están dando los medios. Me presiona un poco. Falta mucho aún. Prefiero metas a corto plazo: quiero ser el número uno del mundo este año. Creo que lo puedo lograr”.

Y lo logró.

Fotografía de Elías Rodríguez Azcárate

Fotografía de Elías Rodríguez Azcárate

*

Se apuran para ver a Madera.

Es la 1:30 de la tarde y a las afueras del galpón, en un cafetín, varios atletas extranjeros se devoran un almuerzo.

—Apúrense, apúrense —dice uno.

—Hay que comer rápido; le va a tocar a Madera. No nos podemos perder eso.

—Sí, cuando ese chamo pelea, todo es un despelote.

Pedro Madera y Maritza Delgado han vivido desde siempre en El Hatillo. Sin mayores lujos, formaron su familia en la zona de El Calvario. Él atiende el kiosco de periódicos que está en la entrada del sector; y ella es profesora de Educación Física. De esos oficios sacaban los ingresos para levantar a sus tres hijos.

El primero de ellos nació el 6 de junio de 1988. Desde que comenzó a caminar era muy intranquilo. Cuando llegó al preescolar las citaciones eran diarias: que el niño se portó mal, que le pegó al compañero, que volvió a pelear, que otra vez lo mismo. Los padres decidieron que tamaña carga de agresividad debía canalizarse por las buenas y resolvieron que un deporte era la opción. Dejaron a Andrés en la escuela Shuri-Ryu, una de las más de 2000 academias avaladas por la Federación Venezolana de Kárate. Tenía 5 años de edad.

Allí, además de Forry, lo recibió el sensei Alí Flores, también hatillano y editor de la revista de artes marciales Osensei.

—Era insoportable. Saltaba, no escuchaba instrucciones, golpeaba a los compañeros. Era demasiado disperso. Eso sí, casi nunca faltaba porque los papás lo llevaban al dojo. Creo que tenía demasiada energía. Le enseñamos disciplina con el deporte y, poco a poco, se enamoró de esto. El kárate le ha dado mundo. Le vienen más cosas buenas. Creo que sí irá a Tokio y se traerá algo. Vamos a ver.

En Tokio 2020 será la primera vez que el kárate esté presente en unos Juegos Olímpicos, luego de muchos años de insistencia de la Federación Internacional de Kárate. Todavía el Comité Olímpico Internacional no ha dado a conocer cómo será el proceso de clasificación de los atletas, pero se saben algunas cosas: que las categorías se reducirán, que apenas serán diez cupos por cada una; y que quienes estén en las dos primeras posiciones del ranking mundial al finalizar 2019 clasifican automáticamente.

“El fogueo importa mucho. No es lo mismo comenzar el camino a la clasificación siendo una figura que un desconocido. Estar arriba da prestigio y ventaja psicológica”, explica Antonio Díaz.

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A Pedro Madera no se le extravían los recuerdos.

Mientras espera el combate, dice que se siente orgulloso de su muchacho. Confiesa que a veces le da miedo que le den un mal golpe, pero aun así nunca ha querido que se retire. Más bien lo apoyó cuando abandonó, en el tercer semestre, la carrera de Derecho que cursaba en la Universidad Santa María. “Así podía concentrarse en el deporte”. Y cada vez que perdía, papá estaba allí para alentarlo a seguir.

Un día entró al cuarto y lo vio llorando. “Lo abracé, lloró él, lloré yo, lloramos juntos. Es que por más que se fajaba, no lograba ganarle a Peña, que era un monstruo. Él antes no tenía buenos resultados, eso es ahora”.

—Creo que me voy a retirar, papá.

—¿Cómo que te vas a retirar? ¡No, chico! ¿Qué es, pues?

Andrés hizo silencio.

—Siga adelante, hijo. No se decaiga.

César, el segundo de los hijos de Pedro Madera, escucha la anécdota que cuenta su padre. Prefiere el fútbol a las Artes Marciales, y nunca había sido tan cercano a su hermano Andrés como ahora. “Antes no compartíamos tanto. Yo no lo acompañaba a estos eventos. Él tenía mal carácter. Un día peleamos y me rompió la nariz de una patada. Le agarré miedo. Pero ya somos adultos, él es el padrino de mi bebé, nos llevamos muy bien”.

El resto de la familia está dispersa por la carpa. Hay niños que corretean con carteles que dicen: “Vamos, Madera”. Son alumnos de la escuela Shuri-Ryu: donde comenzó y ahora da clases.

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El protocolo cambia cuando pelea Madera.

“Hay que organizar esto, rápido. Ya le toca a Madera. Será la locura”, comentan los organizadores. Agrupan a los fotógrafos en primera fila para que encuadren mejor el combate. A los periodistas nos piden quedarnos en el recinto. Y entonces por micrófono lo anuncian: “Atletas de la categoría menos 67 kilogramos, preparados”.

Sin emoción, transcurren cuatro peleas. Ahora llega el momento. Son las 3:00 de la tarde. La gente se desgañita con gritos que ensordecen. Por primera vez en toda la tarde escucho al público aupar, al unísono, a un solo atleta: “¡Madera, Madera, Madera, Madera!”.

Y cuando Madera entra al dojo, tiene la cara empapada de sudor. Se seca con una toalla que lleva en la mano. Se dirige al centro del tatami. Enfrentará a un guatemalteco que camina con el ceño fruncido y mirando al suelo. Luego del saludo —una reverencia con las palmas juntas a la altura del pecho— comienza el combate.

Al principio no hay mucha acción. El público se desinfla cuando el guatemalteco anota un punto. Madera, dando saltos cortos en la punta de los pies, moviéndose con rapidez, luce recrecido. Toma distancia y luego se acerca con audaz fiereza. Grita: “¡Aaaah!”. Anota. En otra embestida, el contrario cae tendido y no se levanta pronto. El personal médico interviene para verificar que esté bien. Aunque sigue mareado, se reanuda la acción.Y poco después termina con el marcador 4 a 3 a favor del venezolano.

Le pregunto a Forry cómo lo vio. Y mientras corre a llevarle una botella de agua a Andrés, me responde: “Estuvo difícil. Cuando eres campeón todo el mundo te quiere ganar. Y estos árbitros no son nada buenos. Vienen tres combates más. Si los gana, va a la final”.

Fotografía de Elías Rodríguez Azcárate

Fotografía de Elías Rodríguez Azcárate

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Es el momento de Madera.

Después de ganar los tres combates sin mucho esfuerzo está en la final. Si pierde, será medalla de plata. ¿Otra vez plata en un Centroamericano y del Caribe, como en Barbados 2011 cuando apenas comenzaba? Claro que no quiere eso. Sobre todo con la familia ahí, gritando como está; y los alumnos ahí, gritando como están.

¿Sentirá la misma presión?, me pregunto cuando veo que peleará con Daniel Vargas, un mexicano que no ha tenido buenos resultados en los últimos años y que está en la lejana posición 117 del ranking. ¿Andrés estará cansado? Son poco más de las 9:00 de la noche.

La barra de Venezuela suelta gritos e impide que la de los mexicanos se escuchen. “¡Es mi sensei!”. “¡Vamos, Madera!”. “¡Venezuelaaaa!”. “¡Negro, vamos!”. “¡Madera, Madera, Madera…!” Los niños agitan los carteles: “Vamos, Madera”.

En el tatami, Madera no permite distancia: el mexicano es esquivo pero lo persigue. En uno de esos acercamientos, Vargas anota. El marcador está 1-0, a favor del contrario.

Madera continúa intentándolo. “Lo tiene que hacer”, grita uno de los niños. Pedro Madera está en silencio: aplaude. Forry está en silencio: observa, sereno. Falta menos un minuto para que se agoten los tres reglamentarios. Entonces sucede: el venezolano le asesta una patada efectiva al rival y la pizarra ahora marca 3-1. Después un silbato indica que el combate ha finalizado.

Emerge un rugido bestial. Hay lágrimas. Pedro Madera aplaude, agita las manos. Forry celebra. Andrés Madera voltea hacia su público y recibe una ovación que parece estremecer este recinto. Para cantar victoria hay que saber esperar.

Erick Lezama 

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