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Hiperinflación: Tocando las puertas y no del cielo; por Leonardo Vera

Por Leonardo Vera | 4 de agosto, 2017
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Fotografía tomada por Schneyder Mendoza para AFP

Desde finales del año 2012, cuando la tasa de inflación mensual de la economía venezolana comenzó a acelerarse, algunos analistas locales advertían el advenimiento rápido e inminente de una hiperinflación. En aquel entonces la economía venezolana aun registraba tasas de inflación mensuales de un dígito, aunque con alguna aceleración. La inflación se embalaba, pero estábamos verdaderamente muy lejos de la métrica que Phillip Cagan inmortalizó (50% de inflación mensual) para calificar estos procesos de inflación alta y en aceleración, como hiperinflación. Tampoco las manifestaciones eran claramente las de una situación hiperinflacionaria y lo que quizás no se advertía era que el corral financiero que imponía el control de cambio, la atadura que han tenido los ajustes salariales a los ajustes del salario mínimo oficial y la renta petrolera, en cierto sentido, funcionaron como factores atenuantes. Lo que hay que advertir ahora es que todo eso está cambiando, como veremos más adelante.

En realidad, el umbral establecido por Cagan, que se corresponde con la mayor parte de la hiperinflaciones registradas en el último siglo, carece del contenido descriptivo. Para salvar esa carencia, podríamos señalar que es común en las hiperinflaciones que la velocidad de cambios en los precios sea cada vez mayor; que los contratos y acuerdos a plazos, incluyendo el crédito, se interrumpan; que los salarios también se ajusten a unas velocidades cada vez mayores y vertiginosas; que la salidas de capital y la búsqueda de activos útiles para proteger el patrimonio se haga frenética; que la tasa de cambio se deprecie a velocidades gigantescas; que la recaudación de los ingresos fiscales apenas alcance para cubrir los crecientes gastos gubernamentales, que la impresión de papel moneda crezca masivamente y que el cono o la familia de instrumentos monetarios cambie constantemente. La conjugación de estos elementos describe cabalmente un proceso hiperinflacionario. Pero la manifestación más simple y clara de una hiperinflación es el repudio absoluto de la moneda de circulación legal.

Cuando hablamos de repudio absoluto, nos referimos a una conducta que ejerce el público en forma decidida. Aun cuando en una situación de hiperinflación formalmente el Estado sigue imprimiendo papel moneda de curso legal, sencillamente nadie quiere tenerlo en sus manos. La necesidad imperiosa es deshacerse del activo que más rápidamente pierde poder de compra en la sociedad. El pánico financiero consiste no sólo en vaciar las cuentas bancarias de inmediato una vez que es recibido un pago, sino además de deshacerse de cualquier saldo monetario. El pánico no discrimina; obreros, comerciantes, amas de casa, empleados públicos, todos hacen colas para sacar sus saldos de los bancos y para hacer compras frenéticas. El mercado laboral se interrumpe y la economía se sume en el slump. Aunque al lector visualiza rasgos de la sintomatología, en sentido estricto, Venezuela aun no está allí. Pero el camino se está labrando muy rápidamente, y lo que es peor aún, sin la menor señal de que el Gobierno tenga algún interés por diseñar una estrategia para evitarlo. A decir verdad, el gobierno de Maduro, al hundir a Venezuela en la mayor oscuridad, también se ha condenado a vivir una noche sin luna y sin estrellas. En la más absoluta ignorancia. Pero la ignorancia tiene costos, y Maduro y sus edecanes no se imaginan lo que igual les viene.

Desde los trabajos de Costantino Bresciani Turroni y Frank Graham, a comienzos del siglo XX, los episodios de hiperinflaciones han sido documentados y estudiados como verdaderas catástrofes que en sus entrañas pueden incluso propagar el germen de la desintegración de regímenes políticos: Alemania en los años 20, Brasil en 1964, Ghana e Indonesia en 1966, Chile en el año 1973 y Nicaragua en los años 80 (sólo por mencionar episodios espaciados).

¿Pero dónde están los riesgos y por qué ahora sí podríamos estar tocando las puertas y no del cielo precisamente? Regresemos a los aspectos que en los años pasados han servido de atenuantes. La renta fiscal de origen petrolero, el corral sobre los bolívares en circulación y la dinámica de los ajustes salariales.

Comencemos por aspecto fiscal. Los economistas venezolanos advierten constantemente sobre el desmadre fiscal, pero apuntan sin mucha precisión poniendo sólo el acento sobre el comportamiento del gasto público. El gasto público está creciendo en Venezuela, sin lugar a dudas, pero mucho menos que la inflación. Más preocupante es lo que está pasando con el comportamiento de los ingresos fiscales y su estructura. La inflación y la recesión están mermando mucho más rápido los ingresos fiscales por varias razones: el impuesto sobre la renta se cobra con un amplio rezago y el aumento de la unidad tributaria no está compensando. En una economía con una contracción acumulada tan abismal (calculada ya en casi 30%) la consecuencia va siendo la desaparición del tributo. Los impuestos aduaneros y el IVA, con alícuotas más o menos fijas, caen igual por la caída en el volumen de las importaciones y del gasto interno. Así que el lector pensará que lo que nos queda es el aporte fiscal que proviene del negocio petrolero. En la oscuridad con la que se manejan las cuentas fiscales, y particularmente PDVSA, es difícil estimar una cifra incluso de cuál puede ser la participación del aporte fiscal petrolero en los ingresos fiscales. Antaño llegó a ser entre 40% y 50% de los ingresos ordinarios. Algunos de mis colegas se inclinan por estimar una cifra que va entre 0 y 10% de los ingresos ordinarios. Si esto es cierto, estamos en presencia de un verdadero cambio estructural en las finanzas públicas de Venezuela y en el ocaso abrupto del rentismo. Sin acceso a los mercados financieros, la salida que viene encontrando el gobierno de Maduro para financiar la creciente brecha fiscal es la impresión creciente de dinero.

Hablemos ahora del corral financiero. El control de cambios, de algún modo ha evitado la fuga masiva de capital y la dolarización abrupta de la economía, pero no está en capacidad de evitar del todo el vaciado del sistema financiero venezolano. En la medida que la inflación se acelera, los saldos líquidos del sistema financiero se hacen más volátiles. La cuentas bancarias se llenan con los pagos de nómina y otras transacciones del sector público (financiadas monetariamente), pero se vacían por el inminente deseo del público de convertir el dinero en otros activos y mercancías. Así que el sistema financiero es sometido a una constante presión por medios líquidos, y al final del día la autoridad monetaria se acomoda imprimiendo dinero. De lo contrario generaría una crisis de liquidez interrumpiendo el sistema de pagos. De hecho, manifestaciones de esto han sido visibles desde que se instrumentó la improvisada y desastrosa conversión del cono monetario.

Por supuesto al inundar de liquidez el mercado financiero y el público estar ávido de proteger su patrimonio, el activo de reserva de valor más buscado, el dólar, se demanda de forma creciente. Si la inundación de bolívares coincide con una sequía de dólares, la mesa queda servida para la explosión del tipo de cambio paralelo. Ese es el precio que los agentes económicos ven a diario en Venezuela. Por ahí está pasando un volumen importante de las transacciones en divisas, y el marcaje tanto como el proceso de formación de precios interno viene afectado por lo que ahí sucede.

El elemento que faltaba lo viene asomando el Gobierno con su reactiva política de incrementos en el salario mínimo que arrastra a toda la escala salarial. En el año 2012, los incrementos del salario mínimo eran semestrales, en el año 2013 pasaron a ser cada cuatro meses y en esa dinámica ya vamos por aumentos cada dos meses. La mayor frecuencia en los ajustes salariales es un síntoma típico de un proceso de aceleración inflacionaria, pero además una fuente de alimentación del proceso. A la velocidad de cambio con que vemos la tasa de cambio paralela y los precios internos, vamos con seguridad a una frecuencia de ajustes salariales mayor.

Pero esta dinámica va a requerir de una mayor fuente de recursos financieros para la economía y para el Gobierno. Las empresas financian los incrementos salariales subiendo precios y solicitando aumentos en sus líneas de crédito a los bancos. El Gobierno lo hace imprimiendo directamente dinero.

Así que los circuitos acumulativos que explican la aceleración de la tasa de inflación están en plena marcha. El Gobierno, asumiendo un colapso no declarado de los ingresos fiscales, financia crecientemente con emisión monetaria su abultado déficit. El dinero inunda los mercados financieros y la gente sale a gastar nerviosamente sus saldos bancarios y monetarios. La demanda de dólares se incrementa frente a la expectativa de que cada día la fortaleza del dólar será mayor. La oferta de dólares, en contraste, se mueve en picada por la asfixia que generan el repago de las deuda pública externa, la caída en la producción de crudo y la rebatiña al interior de PDVSA. La tasa de cambio desarrolla su curso explosivo. Los precios internos se remarcan a una mayor velocidad. La dinámica de los ajustes salariales se hace una manera más frecuente. Las empresas y el Gobierno se hacen de recursos que al final desembocan (por canales diferentes) en una mayor impresión de dinero y así el círculo vicioso acumulativo se desarrolla para convertir un proceso de inflación alta y en aceleración en hiperinflación.

Sobre cómo las hiperinflaciones acaban con regímenes políticos del corte que sea (democracias, regencias, autoritarismos competitivos y puros), es tarea que le dejo a los constituyentistas y asesores de Maduro. Todo no puede ser politiquería, y estudiar no hace ningún daño.

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Leonardo Vera 

Comentarios (2)

Jhonny Calderon
4 de agosto, 2017

Excelente articulo, que sucede despues de la hiperinflacion? que deberia hacer el microempresario?

Jose Daniel
5 de agosto, 2017

Soberano remate, “Estudiar no hace ningun daño”, eso me lleva a recuerdos de hace mas o menos 60 años, cuando mi padre me dijo “Hijo estudie, que eso es lo único que le quedará de mi”

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