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La sombra totalitaria; por Héctor Silva Michelena

Por Héctor Silva Michelena | 16 de mayo, 2017
Fotografía de Iñaki Zugasti

Fotografía de Iñaki Zugasti / Haga click en la imagen para ver la galería completa

¿Cuáles el valor de escribir cuando la sangre de nuestros hermanos corres por las calles? Recuerdo al gran Kotepa Delgado: “Escribe, que algo queda”, por eso me aferro a la letra e insisto.  A pesar de la bestial represión, del crimen y el terror. La angustia y la sangre que aúlla en las calles. La hambruna, las enfermedades sin medicinas, la inflación destructiva, la inseguridad personal, la muerte epidémica, han generado un aumento de 65,79 por ciento de muertes maternas y de 30,12 por ciento de muertes infantiles, en un solo año, 2015-2016, según el último Boletín Epidemiológico del ministerio de Salud. Este nuevo “impasse” causó la destitución de la ministra Antonieta Caporale y su reemplazo por Luis López, hombre del siniestro El Aissami.

Desde la oscuridad de las tumbas donde yacen nuestros hermanos nos llegan los gritos de ¡libertad! Todo ser consciente, más acá de su ideología, ha comprendido el significado perverso de ese decreto donde el presidente convoca a una Constituyente, “con la finalidad de primordial de garantizar la preservación de la paz del país”, etc., amenazada por factores antipatrióticos que quieren “romper el orden constitucional” (¡!). ¡Oh, cinismo! No tengo que demostrar la grave inconstitucionalidad de ese decreto: ya nuestros constitucionalistas, en las Universidades serias y en las Academias, y en el mundo occidental, la han puesto de manifiesto. Sólo diré que basta con saber la diferencia ente “iniciar” y “convocar”: el presidente y otros actores, pueden iniciar el proceso, pero sólo el pueblo, “depositario del poder constituyente originario, puede convocar tal Asamblea “con el objeto de transformar el Estado, crear un nuevo ordenamiento jurídico y redactar una nueva Constitución”.

Todo demócrata ha entendido que la ilegal e ilegítima convocatoria discrimina a los habitantes de Venezuela: el pueblo es el vigilado y controlado por el gobierno, llámense comunas, consejos comunales o de trabajadores, quienes son los “nuevos sujetos del Poder Popular”, que nos conducirán a un Estado de la Suprema Felicidad Social”. Este disparate supremo oculta, no una sana utopía, sino la pretensión de imponer unas bases comiciales propias de regímenes totalitarios de tipo fascista. Recordemos memoria.

Fascismo es el nombre de un movimiento político y de un régimen totalitario surgido hacia 1919 en Italia, que inspiró el nazismo, y el estalinismo, llevando a la Humanidad a los peores momentos de su historia, con la exacerbación de los prejuicios raciales, partidistas e ideológicos y al estallido de la Segunda Guerra Mundial, que costó 34 millones de vidas. La palabra italiana fascismo surgió en 1919, derivada del italiano fascio (grupo), tomada del bajo latín del siglo xii fascium, procedente del latín clásico fascis, que significaba ‘haz de leña’ o ‘puñado de varas’, pero que en las postrimerías del siglo xix se usó con el sentido de ‘organización política’. Los lictores romanos usaban el fascis para azotar a los culpables de algún delito, pero finalmente el instrumento de tortura acabó por convertirse en símbolo de autoridad e insignia del cargo de lictor: un haz de palos de abedul u olmo (símbolo del poder del castigo) alrededor de un hacha (símbolo del poder de la vida y la muerte), atados con tiras rojizas de cuero.

Nunca, en mis más de ocho décadas de vida, había vivido tan lúgubre perspectiva. Me pregunto: ¿en qué tipo de país vivimos? ¿Llamamos a esto socialismo?  Los recientes acontecimientos confirmaron mi convicción: la tentación totalitaria se cierne sobre nosotros. ¿Qué es el totalitarismo? Es el dominio absoluto de una sociedad ejercido por el Estado, articulado con mitos sobre el pueblo soberano. Hannah Arendt definió su propósito: “El designio totalitario de conquista global y de dominación total ha sido el escape destructivo de todos los callejones sin salida. Su victoria puede coincidir con la destrucción de la Humanidad; donde ha dominado, comenzó por destruir la esencia del hombre”. Y en efecto, el gobierno, perdidas sus bases votantes, y desnudado por el “impasse” de la Fiscal, al verse en un callejón sin salida pidió socoro a Cuba: parió la Constituyente.

Como escribió el sociólogo Tulio Hernández, hace unos años: “Cuando en la política el debate de ideas y proyectos es sustituido por condenas morales y principios de fe, y cuando las palabras se usan intencionalmente fuera de contexto hasta vaciarlas de su significado, es porque el pensamiento totalitario ya llegó o anda rondando.” Y eso es lo que está ocurriendo en Venezuela. […] toda la élite del poder rojo, debe saber a ciencia cierta que -como bien lo ha explicado Humberto García Larralde, en su libro El fascismo del siglo XXI– el fascismo es básicamente una práctica política orientada al dominio de la sociedad desde el Estado a partir de un conjunto articulado de mitos sobre el pueblo, lo patriótico, lo nacional y la superioridad étnica con el propósito de crear un ‘nosotros’ que debe defenderse de los ‘otros’, los que piensan y son diferentes, quienes representan un peligro y, por tanto, deben ser eliminados ya sea política, moral, ideológica y, cuando sea necesario, físicamente”.

Lo veo y lo siento en carne viva. Algunos objetarán estas reflexiones. Pero, en este sentido vale la pena traer al tapete al gran filósofo francés, Claude Lefort, fallecido en octubre de 2010. En su prolífica obra Lefort da al pensamiento un motivo para reconciliarse –y de paso reconciliarnos– con el acontecimiento clave que marcó a su tiempo y generación: el totalitarismo. El pensador nacido en 1924, sostiene que el fenómeno totalitario no surgió del vacío; no es fruto de seres malignos o mentes sádicas con complejos de inferioridad, ni tampoco es una forma velada que asume el Gran Capital o una casta burocrática para reafirmar su dominación sobre el proletariado. El totalitarismo, por el contrario, es la experiencia sociopolítica que define al siglo XX. No existe, según Lefort, otro acontecimiento que haya puesto a prueba de manera más palpable el sentido de lo humano y de lo inhumano, de lo justo y de lo injusto, como el totalitarismo. Todo es posible en la sociedad totalitaria. Nada del más acá le resulta ajeno.

Claude Lefort no comparte el optimismo de aquellos que afirman que el totalitarismo ya fue depositado por la democracia en el basurero de la historia. Desde su mirada, la democracia moderna no ha encontrado en el presente ni encontrará en el futuro la vacuna contra el virus totalitario. Siempre que la incertidumbre que activa la sociedad democrática deviene insoportable por razones políticas, económicas o sociales; siempre que el deseo de pensamiento es sustituido por una exigencia desmesurada de creencia, aparece en el horizonte inmediato el fantasma totalitario. Nada sencillo resulta vivir en una forma de sociedad en donde no existen garantías últimas sobre el sentido del poder, el derecho y el saber sino todo está sujeto a una invención permanente. La democracia, en clave lefortiana, es una sociedad que requiere inventarse a sí misma de manera constante o el riesgo de retroceder al totalitarismo es inevitable.

Y es este riesgo inminente el que han comprendido quienes apelan a la calle, su única vía clara, y arriesgan sus vidas, su trabajo, sus estudios, la tranquilidad de sus familias. De consolidarse en Venezuela, los costos humanos serían inmensos. Stephane Courtois, coordinador de Le libre noir du communisme. Crimes. Terreur, répresion, Éditions Robert Laffont, París, 1997, calcula el número de víctimas del totalitarismo comunista entre 95 y 100 millones de personas, lo que representa un 50 por ciento más que las muertes causadas por las dos guerras mundiales. Revivirlo es desafiar el dictamen de la historia: un fracaso económico y un nuevo genocidio. Insistir en semejante designio es entrar en la locura, definida como el acto de repetir lo mismo una y otra vez, esperando obtener resultados distintos.

Maduro conjura al poder originario del pueblo y a la Constitución. Recordemos la frase de Shakespeare: “”El mismo diablo citará las sagradas escrituras si viene bien a sus propósitos.” ¡A detenerlos ya!

Héctor Silva Michelena 

Comentarios (3)

Zayda
17 de mayo, 2017

Profesor, gracias por ofrecernos esta lectura tan pregnante y clara.

Hans Graf
17 de mayo, 2017

Ilustrativo. Claro. Gracias….

Ojalá y lo pudiesen leer las 30 millones de almas pérdidas que vagamos en este territorio.

Estelio Mario Pedreáñez
18 de mayo, 2017

Magnífico artículo de Héctor Silva Michelena. Nota: “El Libro Negro del Comunismo: Crímenes, Terror y Represión”, coordinado por el historiador francés Stephane Courtois, es una crónica extensa del desastre humanitario (genocidios, hambrunas, esclavitud, represión, etc.) que ha significado la implantación de los regímenes totalitarios marxistas en el mundo, que aún existen en Cuba y Corea del Norte (y no quiera Dios ní los venezolanos se imponga en Venezuela), pero a mi juicio omite, al igual que Hannah Arendt en su famoso ensayo “Los Orígenes del Totalitarismo”, el verdero orígen del Totalitarismo en Occidente: La antigua ciudad-estado de Esparta y los antiguos espartanos eran “El Hombre Nuevo”, 700 años antes de Cristo. Esto lo tenía claro el ideólogo francés Francois Babeuf del siglo 18, creador de la tesis de la “Dictadura de los Trabajadores” y del “Manifiesto de los Iguales” (1795), copiada por Karl Marx como “Dictadura del Proletariado”, quien dijo que su utopía era “científica”

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