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Diagnóstico y prognosis; por Armando Rojas Guardia

Por Armando Rojas Guardia | 11 de mayo, 2017
Fotografía de Leo Álvarez

Manifestantes opositores y funcionarios de orden público en la marcha del 10 de mayo de 2017. Fotografía de Leo Álvarez. Haga click en la imagen para ver la fotogalería completa

Si tuviera que resumir en una sola palabra mi percepción de la situación histórica de mi país elegiría esta: fracaso.

Las civilizaciones, las culturas, los imperios, las naciones, los países, los pueblos pueden fracasar. Bastaría citar el paradigmático ejemplo de la Roma imperial: los historiadores señalan, ya de manera unánime, que los agentes externos que precipitaron la caída del imperio romano, como las sucesivas invasiones de los llamados “bárbaros”, no hicieron sino rubricar el acta de defunción civilizatoria que ya estaba incoada en las entrañas políticas, económicas, sociales y culturales de aquel imperio. Más que víctima de una causa exterior, venida desde afuera, éste se derrumbó por implosión: su cáncer histórico hizo metástasis.

Más cercano a nosotros en el tiempo, podríamos mencionar el caso de la Austria-Hungría de los Habsburgos: una monarquía constitucional en cuyo seno florecieron algunas de las manifestaciones artísticas y culturales más importantes de la Modernidad, desde la filosofía de Wittgenstein hasta el positivismo lógico del Círculo de Viena, desde el psicoanálisis de Freud hasta la música atonal de Schönberg, desde el sionismo, pasando por la arquitectura denominada funcional, hasta la narrativa de Kafka, Musil y Canetti. El imperio austro-húngaro, dentro de cuyo pluralismo idiosincrático convivían pueblos, idiomas y culturas diferentes, no era un simple anacronismo, una mera rémora civilizatoria en la Europa de principios del siglo XX; y sin embargo se desplomó, desintegrándose, a causa de la estruendosa avalancha bélica que fue la Primera Guerra Mundial. Robert Musil, Stefan Zweig y sobre todo Joseph Roth, cada uno a su intransferible modo, han descrito las características de ese colapso que, una vez más, no fue solo el producto de la guerra, sino el resultado de las profundas contradicciones internas que anidaban en el corazón de aquella vasta nación centro-europea.

Sí, los países pueden fracasar. Un determinado proyecto nacional puede colapsar. En Venezuela, algo profundo, dentro de las entrañas de nuestro sentir colectivo, se relaciona orgánicamente, a esta altura de la historia, con lo fallido, lo truncado, lo abortado, lo desgarrado, lo desviado, lo extraviado (como una flecha que no logra alcanzar el blanco). En cierta ocasión, memorable en mi vida, señalé que ese generalizado sentimiento de fracaso tiene, entre nosotros, dos orígenes específicos: primero, la capitis diminutio, la disminución de nuestra autoestima nacional al compararnos siempre con la gesta heroica que está en la base, en el comienzo de nuestra historia republicana: todos nos sentimos crónicamente disminuidos frente a la envergadura política y militar y, en general, existencial, de aquella nuestra primera hora histórica; y, segundo, la enorme dificultad que ha representado el acceso de Venezuela a la modernidad, como si no alcanzáramos a ponernos al día con la tarea de ser un país institucionalmente moderno. Esta segunda causa objetiva de nuestro fracaso no ha hecho sino agudizarse y radicalizarse en las últimas décadas: el modelo societario –político, económico, social y cultural– instaurado por el chavismo ha supuesto un retroceso civilizatorio que, no solo nos ha empobrecido a niveles catastróficos, sino que también nos ha retrotraído, en algunas dimensiones importantes de la vida colectiva, al siglo XIX (la desnutrición y las enfermedades que no pueden ser atendidas por la ausencia crónica de fármacos e insumos médicos son la prueba palpable de ello). No voy en estas líneas a caracterizar tamaña involución: lo más granado y significativo de la intelligentsia nacional –académicos, economistas, juristas, escritores, sociólogos, analistas de diversas disciplinas científicas– han elaborado ya el diagnóstico exacto de nuestra situación: si el problema fundamental de Venezuela ha sido el rentismo, es decir, el hecho de que la riqueza disfrutada –siempre de modo desigual– por la población no brota del trabajo productivo de sus habitantes sino de la extracción petrolera, dicho problema se agravó hasta casi el delirio en los últimos dieciocho años (el chavismo en el poder despilfarró un billón de dólares, sin ahorrarlo ni invertirlo con previsión de mediano y largo plazo: este gigantesco desfalco, tal vez el de mayor envergadura que conoce la historia económica del mundo, da la medida precisa de nuestro fracaso); de tal forma que no es la sociedad la que genera la riqueza sino el Estado, que distribuye la renta petrolera, el factor predominante de la vida económica. Se trata de una sociedad permanentemente minusválida, endeble y raquítica frente a un Estado cuyos tentáculos se extienden por doquier, tan antinaturalmente omnívoro y autofagocitante resulta. La población venezolana se ha acostumbrado a la dádiva y la limosna que provienen del Estado; y éste ha caído, como no podía ser de otra manera porque la distorsión es estructural, en la tentación flagrante de adoptar y asumir una mentalidad clientelar: otorga beneficios económicos y canonjías y privilegios a cambio de adhesión política progubernamental. Y digo, describiéndolo, que es un Estado autofagocitante porque siempre ha tenido los pies de barro: su musculatura, en apariencia poderosa, esconde una debilidad congénita: cuando la renta petrolera disminuye, a causa de las fluctuaciones del mercado energético mundial, ya no puede garantizar más dádivas y limosnas y todo su tinglado clientelar se agujerea y amenaza con derrumbarse. Esto es exactamente lo que estamos viviendo hoy en Venezuela.

El patrón modélico del chavismo ostenta dos aspectos consustanciales, ambos imbricados: el estatismo y el militarismo. Con respecto al estatismo, conviene decir que viene a ser una significativa y cruel paradoja el hecho de que, siendo que en los textos clásicos del marxismo-leninismo (la autollamada “revolución bolivariana” confiesa su inspiración marxista) la meta a lograr consiste en la paulatina disolución del Estado hasta su desaparición (basta recordar las tesis de Lenin en El Estado y la revolución), la práctica concreta de los gobiernos socialistas se ha caracterizado, empero, por endurecer e hipertrofiar la trama estatal hasta límites desconocidos en la historia, convirtiendo al Estado en la instancia omnímoda, ubicua e inapelable que se ramifica en todos los nervios y vasos capilares de la vida colectiva. Ese es el ejemplo que ofrece la Cuba castrista. Fiel a esa concepción estatista, el chavismo preconiza y practica una hegemonía estatal que lo abarca todo: desde el control cambiario (que le sirve para maquillar y disfrazar artificialmente la galopante devaluación de la moneda) hasta la red comercial de la distribución de los alimentos. Es el Estado pretendiendo sustituir a la sociedad, cediendo en todo momento ante la seducción de acallar toda disidencia, de encarcelar al oponente, de someter mediante la censura y la autocensura a los discursos y narrativas alternativos, de aterrorizar al disconforme, de hacer emigrar a quien ya le resulta insoportable la situación del país.

Y en lo concerniente al militarismo, no es casual que un tercio del gabinete ministerial y de las gobernaciones oficialistas esté integrado por militares. En el momento de la asonada golpista del 4 de febrero de 1992 ya la perspicacia de Ramón J. Velázquez advertía lo que ella significaba: la salida activa a la luz pública del demonio militarista que cuarenta años ininterrumpidos de república civil nos hicieron creer que estaba sepultado para siempre. La fantasmagoría militarista constituye una parte importante de la jungiana sombra que vive dentro de nuestro inconsciente colectivo: una vez que aflora a la superficie hace falta toda una epopeya de civilidad para conjurarla, reducirla y neutralizarla. Chávez quiso gobernar de acuerdo al esquema cesseroliano: caudillo-ejército-masa; lo logró a medias, pero ello es imposible para Nicolás Maduro, porque éste dista de ostentar el tipo de liderazgo que lo capacitaría en ese sentido. Y, sin embargo, ¿cómo negar que su gobierno está sostenido únicamente por el poder militar desnudo? El estatismo chavista es de horma militar. Y no deja de tener consecuencias: una de ellas es la creación de esos grupos armados, esas brigadas-de-choque que la omnipresente militarización del régimen ha generado: se calcula que existen dieciocho mil (¡18.000!) “colectivos” de ese tipo en los centros urbanos del país, compuestos en su mayoría por hombres de escasos recursos económicos y sin formación política e ideológica, cuyo rol principal es propagar el terror. Muchos de ellos imponen su autoridad armada en los barrios populares, a menudo con la complicidad explícita de bandas emanadas del hampa organizada. Uno de los grandes crímenes históricos del chavismo, una de sus más graves responsabilidades ante la conciencia nacional, de los que un día tendrá que rendir cuenta, consiste en organizar y armar a esos hombres que malviven en una difuminada frontera entre política y delicuencia.

Y esto me lleva aludir brevemente al verdadero daño antropológico que ha causado el régimen que nos ha gobernado y nos gobierna en la sociedad venezolana. La mecánica mental de Hugo Chávez y de sus seguidores puede ser descrita aplicándoles las conocidas categorías de René Girard: la cohesión grupal, la unanimidad sectaria se materializan en la medida, y solo en la medida, en que se encuentra y erige un “chivo emisario y expiatorio”, un enemigo que es preciso enfrentar y cuya derramada sangre psíquica, y, si las circunstancias lo reclaman, también física, constituye el necesario precio a pagar para garantizar aquella cohesión, aquella unanimidad. Carl Schmitt, uno de los principales ideólogos del nazismo, lo formuló lapidariamente: definir al enemigo es el primer paso para percibirse a sí mismo de manera correcta: “Dime quién es tu enemigo y te diré quién eres”. Y todavía más suscintamente: “Distinguo, ergo sum”.

Los acontecimientos de las últimas semanas –escribo estas líneas en los primeros días de mayo de 2017– hacen más que demostrar, es decir, muestran que cuando se pone a funcionar la maquinaria del odio ésta termina siendo imparable: el odio ha devorado las vísceras de la venezolanidad, dividiendo a las familias, enemistando a los amigos y conocidos, separando a los colegas, movilizando un hambre insaciable de venganza y retaliación. La desconfianza recíproca es generalizada y no ahorra epítetos y etiquetas infamantes a la hora de designar, no solamente a los enemigos explícitos, sino también a los hombres y mujeres que no desean participar en la ordalía del fusilamiento moral. Si la Fiscal General se desmarca de la política gubernamental señalando su inconstitucionalidad, su gesto es tildado de hipócrita y demagógico. Si el hijo del Defensor del Pueblo increpa a su propio padre en una declaración pública, invitándolo a rectificar, sus palabras son recibidas con suspicacia y descritas como la estratagema de alguien que quiere salvar el pellejo. Si Dudamel, movido por la indignación que le produce el flagrante asesinato de un joven músico opositor, recapacita y exclama, también públicamente: “¡Ya basta!”, la desconfianza abrumadora igualmente grita: “¡Demasiado tarde!”. Es nada menos que el infierno transformando la convivencia humana en un campo minado. Es la vocinglería de las consignas y los eslóganes ensordeciendo la voz pausada del espíritu que, como formula Rafael Cadenas, “es sobrio”, y la del alma, “que no suele correr”. Este horror cotidiano, cuya expresión paradigmática son los cuerpos desarmados de esos muchachos que en las calles se enfrentan, inermes, a las bombas lacrimógenas disparadas a quemarropa, a los perdigones y a las balas, en un escenario de odio indiscriminado, es la herencia de Chávez, el veneno ofídico inoculado por el chavismo en la carne social de la república.

Si me preguntan cuál es la salida de este túnel histórico que ahora atravesamos, me remitiría al ejemplo que nos ofrecen Alemania y Japón: países totalmente devastados, casi aniquilados, que lograron reconstruirse y reconstituirse, no únicamente desde el punto de vista económico, sino también cultural; países que en ese esfuerzo mancomunado de recomposición alcanzaron a mantener viva y actuante su propia identidad nacional, reexaminándola con implacabilidad para determinar las causas de su fracaso y transfigurándola al remodelarla, convirtiéndose en puntos de referencia insoslayable dentro del panorama internacional. Me remitiría también al caso del Israel bíblico: la época de mayor infortunio del pueblo judío, la del exilio de Babilonia (2 Re 17, 23) y la destrucción del primer templo, época de derrota casi insalvable, de deportaciones masivas, de la invasión y ocupación extranjeras y de desintegración material y espiritual, fue, sin embargo, el momento histórico en el que nace la Biblia tal como hoy la conocemos, gracias a un trabajo comunitario y tesonero de sistematización y condensación de las creencias religiosas del pueblo: sistematización y condensación que le sirvieron a este, al pueblo, de código identitario y le permitieron superar la crisis provocada por la esclavitud y el destierro. Ese momento –siglo VII a.C.–, de un fracaso casi inapelable, Israel supo convertirlo en una ocasión para la creatividad espiritual: leyó su propia historia con imaginación, resignificándola incluso míticamente, y haciendo de la derrota una palanca de transformación religiosa y colectiva.

Y es que el fracaso puede ser un kairós, una oportunidad excepcional: en la literatura contemporánea Franz Kafka y Rafael Cadenas ostentan lo que podemos llamar el genio del fracaso. Un libro de José Isaacson sobre el primero, quizá mediocre en sus alcances interpretrativos, tiene, no obstante, un título a mi entender feliz: Kafka, la imposibilidad como proyecto. Es lo que emerge explícitamente en tantas páginas de los Diarios e incluso en las Conversaciones con Janouch: el fracaso, la conciencia de él, como pedagogía espiritual, como apertura a la humildad de ser verdaderamente real, como aprendizaje de los límites, como un arte de la autenticidad. Y con respecto a Cadenas, ¿hay alguien que no recuerde sus dos antológicos textos titulados respectivamente Derrota y Fracaso? He dicho a veces, y lo repito ahora, que yo haría este último una lectura obligatoria en todas las escuelas y liceos del país para que nos sirviera de antídoto, de revulsivo y de advertencia desde la niñez, porque traza para nosotros la ruta no épica ni heroica de salir de la cháchara, de la frivolidad, de la panoplia, del inmenso espejismo petrolero, hacia el paladeo de nuestros límites, de nuestra menesterosidad, de nuestra indigencia, a fin de metamorfosearlos en creatividad espiritual y madurez salvadora.

En ocasiones, observando en las avenidas y las calles los rostros de los manifestantes opositores, o leyendo sus mensajes en las redes sociales, a uno lo domina la impresión de que muchos, demasiados, creen que la solución está a la vuelta de la esquina: basta que se desplome la ciertamente atroz realidad que es el gobierno para que empiece la fiesta de la prosperidad tal como el rentismo petrolero nos la ha hecho concebir: riqueza fácil. Yo sueño con el día en el que un líder de genuina talla estadista imite entre nosotros la audacia y la valentía de Winston Churchill cuando tomó por primera vez posesión del cargo de primer ministro (Inglaterra acababa de declararle la guerra al totalitarismo expansionista de la Alemania hitleriana), y les dijo sin amabages ni subterfugios a sus compatriotas: “No tengo más que ofrecerles sino sangre, sudor y lágrimas”. A nosotros, los venezolanos, se nos impone a fortiori salir en éxodo consciente y voluntario del modelo rentista: necesitamos, y desesperadamente, convertirnos en una sociedad de productores, aunque ello nos signifique una vida más bien frugal y laboriosa. Y costará años restañar las desgarraduras que en nuestro tejido social han provocado el odio y la desconfianza. No está de más recordar, en ese sentido, la inspiración cristiana que todavía palpita, asordinadamente, en el hondón atávico de nuestra conciencia colectiva: para Cristo, el extranjero, el desemejante, el hereje, el que no comparte mi léxico mental, el excluido, el radicalmente otro, el enemigo, son los invitados por excelencia a compartir conmigo el banquete mesiánico. Nadie puede celebrar un ágape cristiano si no convida a él, de modo simbólico pero también real, al excluido y al enemigo. Una sociedad que no interioriza el perdón es potencialmente terrorista.

Armando Rojas Guardia Poeta, crítico y ensayista venezolano, tuvo un papel fundamental en la fundación del Grupo Tráfico, y ha publicado numerosos poemarios y colecciones de ensayos, entre ellos "Del mismo amor ardiendo" (1979), "Yo supe de la vieja herida" (1985), "Poemas de Quebrada de la Virgen" (1985), "Hacia la noche viva" (1989), "La nada vigilante" (1994) y "El esplendor y la espera" (2000).

Comentarios (24)

federico vegas
12 de mayo, 2017

Gracias Armando. Tu invitación a profundizar es un abrazo que nos hace mucha falta. Hay cariño y sabiduría en tus palabras. Sí, son, plenamente, palabras.

Guillermo Gorrín Falcón
12 de mayo, 2017

Este artículo es una radiografía de nuestra sociedad. Están esbozadas las causas de nuestro fracaso. No sé si lo estoy interpretando correctamente, pero entiendo que entre las razones está el manejo anómalo de la democracia y economía venezolana, la crisis de la inseguridad jurídica y personal que vivíamos ya desde los años 80 pero que ante la actual situación lucen como algo leve. Ojalá la difusión de este artículo sea tal que produzca la convicción entre nosotros o entre quienes tienen la vocación de líderes, de por una buena vez dejar de ensayar o experimentar. Es cierto que el fracaso es de nuestra sociedad, de nosotros mismos, solo una vez esto sea entendido, y asumido, especialmente esto último, estaremos dando el primer paso a una reforma que conduzca seriamente a un país estable, con futuro.

Pedro Jémez
12 de mayo, 2017

Lamento disentir en el uso de los ejemplos. No hay forma de comparar la Venezuela chavista con el imperio romano o el austro-húngaro. Usarlo como paralelismos para entender lo que sucede en nuestro país es una ilusión.Tampoco es viable usar a Alemania o Japón como paradigmas de reconstrucción para nosotros, ya que a pesar de las barbaries de ambas sociedades, la distancia cultural con nosotros es abismal. Y no se trata de baja autoestima, se trata de realismo puro y duro. Si dicen que al morir Juan Vicente Gómez fue cuando Venezuela comenzó a transitar por el siglo XX, cuando ganó Chávez comenzamos a regresar al siglo XIX, al que ya ingresamos nuevamente.

gisela dominguez
12 de mayo, 2017

Excelente. Gracias maestro

Juan Jorge Esponoza V
12 de mayo, 2017

Extraordinario, lo comparto totalmente. Gracias!!!

Jose Pirela
12 de mayo, 2017

Colapso de una anomia país. Venezuela nunca fue un proyecto republicano, donde la libertad económica de cada ciudadano es la célula del cuerpo republicano. Desde la fundación del país, el Estado se ha considerado lo fundamental, y el ciudadano un objeto más del paisaje que estaba ahi, y habia que cargar con ello, que había que alimentarlo y cuidarlo porque así reza la caridad cristiana, no por ser el objeto principal de la república. Desde esa percepción, los fundadores se abrogaron el derecho a la custodia de los recursos naturales, enriqueciendo a sus custodios y empobreciendo al ciudadano, inhabilitado para desarrollar su propia economía. A los pobladores venezolanos, los políticos le vendieron la idea que el petróleo ha sido la bendición de la providencia. Así lo aceptan porque fueron educados para que aceptaran al Estado como su custodio. De esa manera toda la existencia del venezolano es político. El petróleo es político, las divisas es político, la economía es político, la libertad es político, el mercado es político, la empresa es político, la comercialización es político, la educación es político, la salud es político, el empleo es político, etc, etc, etc. Todo es político, la existencia misma es político, resguardada y custodiada por la Fuerza de las Armas. La Constitución es un Falso Positivo. Positivo para los políticos, negativo para los pobladores.

cesar
12 de mayo, 2017

Todo el mundo vive de la renta petrolera, que alguien ponga un ejemplo serio convincente o científico que contradiga esto, si lo hace deberían darle un premio Nobel en economía. En estos momentos la producción mundial de petróleo viene declinando despiadadamente desde hace unos diez años. nuestro gobierno no ahorro cuando teníamos buenos precios además despilfarro y seguramente también robo parte de las ganancias, como dije el mal esta echo, pero atención lo que afirmo es grabe y urgente, estamos de acuerdo en que el mal esta echo, pero atención de nuevo ojo con lo que afirmo, echo sobre una lamentable inédita y mundial declinación de los yacimientos petrolíferos, que obedece a inexorables leyes geofísicas de los yacimientos, por ejemplo la reserva de petróleo extra pesado de la faja del Orinoco es costosa de extraerse por lo tanto con una economía mundial que nunca se va a recuperar, lo repito NUNCA, de nuevo NUNCA debido a que su crecimiento dependía de la producción de hidrocarburos de bajo costo de extracción, que durante casi setenta años a nivel mundial fue extraída y quemada toda, podemos concluir, que la economía venezolana y mundial desafortunadamente no la recupera nada ni nadie , la gran fiesta del derroche mundial de hidrocarburos de bajo costo de extracción y producción ha terminado para Venezuela y para el mundo , a todos los invitados al festín del rentismo petrolero, les queda solo una terrible resaca de la que no escapara ninguno de los borrachos internacionales, esta realidad lamentablemente durara décadas o tal vez menos y se ira agudizando de manera exponencial antes de que el ser humano conozca una sociedad no basada en la energía de los hidrocarburos, si es que esta crisis no se lleva por los cacho la humanidad entera. No son buenas noticias para nadie y menos para Venezuela que aparentemente esta en los primeros lugares de la cola para entra en un inminente apocalipsis. Como me gustaría estar equivocado

Marco Tulio Paez
12 de mayo, 2017

Demasiada lucidez en tan poco texto. Gracias.

Felipe Rotjes
12 de mayo, 2017

Oh!

Atónito con esta impronta.

Salvaje y plausible este texto tan desgarrador, hiriente y sólido.

Las palmaditas retóricas que todo venezolano necesita leer.

¡Gracias por esto maestro!

PEDRO J. LOZADA SIRA
13 de mayo, 2017

Extraordinario Poeta Rojas Guardia, por lo minucioso y exacto del Análisis de esta Hora crucial de nuestra querida y malquerida y despojada Venezuela, ameritamos romper los espejismos que nos atàn y arribar a un verdadero estado de conciencia y acciòn por nuestro bienestar y futuro inmediatos, Abrazos infinitos, Barquisimeto.

Tibisay Ramírez
13 de mayo, 2017

Gracias por este artículo tan esclarecedor, por esa capacidad de extraer en un solo vuelo rasante lo esencial de la situación y sus problemas. La devastación causada por el rentismo petrolero, la miseria ética de los gobiernos y del chavismo en particular, el daño crónico a la autoestima y al autorespeto social y el cultivo del odio y la discriminación por ambos bandos, hacen de la recuperación del país un trabajo titánico en el que todos tenemos corresponsabilidad. Creo que uno de los más grandes retos de la oposición es revisarse a sí misma a profundidad y asumir honestamente la tarea de superar los prejuicios, mezquindades y fanatismo que ha permitido crecer en su seno y alimentarse de esta locura que ha sido el chavismo. Quienes estamos en desacuerdo con este gobierno estamos obligados a entender y atender las razones de fondo que han favorecido su existencia y saber que erradicar sus daños es un proceso duro. Quien pretenda liderarlo debe estar dispuesto a sangrar, sudar y llorar

Zen Ten Xiao
13 de mayo, 2017

Excelente análisis del poeta ARG, una visión muy clara del cómo y por qué llegamos aquí. Leyéndole no pude evitar recordar a Uslar y Cabrujas, a mi entender, ambos comprendían muy bien el asunto de la venezolanidad y hacia donde nos llevaría esas obsesiones que conforman su ideario, el mesianismo, el militarismo, el caudillismo, ese deseo de igualdad entendido sin esfuerzo ni mérito…estamos en un punto interesante, lo contienda divide, y uno se pregunta: hasta donde se puede mantener la sociedad inconforme activa?, cuanto mas tolera o convive un gobierno oprobioso con una sociedad rebelde?… el maniqueísmo está en su máximo punto, de lado y lado se tiempla la cuerda y se van desconociendo puntos comunes, la realidad está demostrando su elasticidad…Venezuela tiene 200 años apostando a salir de algo para mejorar, sería un error creer que en el propio desgaste del ciclo InMaduro se acaba el chavismo, que obviamente trascenderá por ser una expresión de la deuda social y el resentimiento, desconocerlo sería tan grave como no atender el odio y el resentimiento o el demonio de la retaliación por el que algunos apuestan…este ciclo cesará, y lo hará por desgaste, ojalá que lo logre sin la ayuda militar, para que estos vuelvan a sus cuarteles y el país civil se recomponga, se enderece, se comprometa con el futuro y deje su gloria militar de antaño a un lado para que se proyecte la nación sin mas contratiempos hacia una prosperidad merecida y un encuentro diferido con el porvenir y la modernidad…habrá que aprender ciertamente de muchas naciones y sociedades que se levantaron y habrá que aceptar definitivamente culpas…habrá que inventar un nuevo concepto de venezolanidad y apostar por otros valores… si no aprendemos la lección corremos el grave riesgo de repetirnos en la historia nuevamente

Mario Hurtado
13 de mayo, 2017

Feliz de haberme topado con este escrito de mi vecino Armando R. G. Ha resumido en unos cuentos párrafos toda nuestra tragedia ancestral. Se lo estoy enviando a mis amigos

FGB4877
13 de mayo, 2017

Estimado señor Rojas, gracias por su excelente artículo.

Sin embargo me permito hacer algunas acotaciones al caso japonés.

En su momento estuve conversando con un caballero japonés, viejo conocido mío, sobre el tema. La conversación versaba sobre los momentos de transición y comparábamos el paso de la quinta república con la transición a la paz por parte de Japón en 1945 (para los amantes de la novela histórica recomiendo “Pájaros del Crepúsculo” de Hisako Matsubara). Este buen señor me explicó que Japón estaba unido en su corazón, y que todos los japoneses deseaban aportar para la reconstrucción.

FGB4877
13 de mayo, 2017

(Continuado)

Por su parte yo me pregunto si el hedonismo, el egoísmo y el “vivismo” criollo nos permitirán crear algo más grande que nuestros intereses particulares y nuestros apetitos del momento. Espero que los venezolanos seamos capaces de crearnos un ideal y vivir a su altura (Por favor leer “El Hombre Mediocre” de José Ingenieros).

Espero que ante la desolación en la que nos vamos a ver sumidos una vez que pase el huracán, nos va a quedar poco más que nuestros sueños, lo cual no es poca cosa 😉 .

Saludos a los foristas.

armando rojas guardia
13 de mayo, 2017

Al amigo Pedro: No estoy incurriendo en el desatino de comparar a Venezuela con el imperio romano y la Austria-Hungría de los Habsburgo. Me estoy limitando a ejemplificar mi afirmación de que “las civilizaciones, las culturas, los imperios, las naciones, los países, los pueblos, pueden fracasar”. Tampoco comparo a nuestro país con Alemania y Japón: los menciono como dos casos paradigmáticos de naciones que colapsaron, fracasaron, fueron casi aniquiladas, y sin embargo resurgieron no solo económica y políticamente, sino también desde el punto de vista cultural.

Wladimir Oropeza
14 de mayo, 2017

Es importante, entre otras cosas, tomar conciencia de las complejidades ideoafectivas de nuestra sombra colectiva (inconsciente colectivo) que están vinculadas a este “fracaso”, sobre el cual escriben Rafael López-Pedraza y el citado Rafael Cadenas.

leonardo
14 de mayo, 2017

Un hermoso y lúcido texto. Y quisiera destacar su participación en la discusión, algo raro en este tipo de foros, que subraya la nobleza del gran pensador y poeta que es ARG. Yo me pregunto, como algunos otros, sobre los casos de Alemania y Japón; claro que son un ejemplo, admirable por lo demás, de la capacidad de un pueblo para reconstruirse. Pero es que los regímenes que los gobernaban fueron aniquilados, y ¡de qué manera! El chavismo no desaparecerá, Maduro no se suicidará en Fuerte Tiuna, ningún dirigente se hará el hara-kiri, las estatuas de Chávez no serán derribadas ni su efigie quemada en las calles, o tendrá que pasar mucho, mucho tiempo para que eso ocurra y que el odio que sembró el comandante se retorne contra sus herederos. Y que Venezuela se ponga de pie.

Brother Full
14 de mayo, 2017

Si tuviera que resumir en una sola palabra mi percepción de la situación histórica de mi país elegiría esta: Superacion.

Eduardo
14 de mayo, 2017

Extraordinario artículo. Vivimos de nuestros mitos. Nos sumergimos en nuestras miserias. Los paises mejoran. Los paises fracasan, y eso era imposible para nosotros, conforme a nuestros mitos. El artículo es muy profundo. Merece varias lecturas. Gracias por escribirlo

Ramon Peña
15 de mayo, 2017

Gracias, mi querido maestro por esta lúcida guía para continuar la lucha

Amilcar Gomez
15 de mayo, 2017

Le agradezco a Armando tan importante reflexión en este momento de pasiones desbordadas. Creo que la palabra fracaso está perfectamente ubicada en esta historia nuestra.

Reinaldo
15 de mayo, 2017

Paradógicamente, Venezuela tuvo su momento estelar en la dictadura del Gral Pérez Jiménez cuando ya se atisbaba un progreso tangible en todos los órdenes, salvo los pertinentes a los regímenes de fuerza.Y como bien lo apunta el analista en su extraordinaria prescripción, la situación histórica del país en su percepción particular confluye en el fracazo, por disímiles razones que él muy bien detalla con su agudeza crítica. Venezuela pareciera un carro viejo con muchas averías que le impiden transitar por la senda esquiva del anhelado primer mundo. Hoy día Venezuela es un país desvastado por motivos harto conocidos. No obstante, pienso que bien puede renacer de sus cenizas. En la educación, el trabajo y la producción está la clave, como bien afirmara en alguna ocasión mi entrañable amigo Elio Gómez Grillo. Lo demás vendría por añadidura. Hacia allá deben apuntar nuestros mayores esfuerzos, en tanto que la FAN debe corregir su rumbo so pena de fenecer.

Marisabel Dávila
17 de mayo, 2017

Si alguna vez dejé el taller en el que tomada de tu mano entre en ese tu mundo fue solo por ese irrefrenable deseo de aprender a hacer, a producir. Sentía una precaria pero imperiosa necesidad de entender como se hace, como se construye desde la vocación poética, cómo podría ayudar desde mis manos, desde el cuerpo para que ùnicamente el paso del tiempo y el paso de mi barca por las aguas del inconsciente y la desmemoria me regresaran al sosiego de tu lucidez. Quizá nunca debí partir, quizá sólo fue para tenerte mas cerca, a la cabeza de mi cabeza donde se gestan las oraciones mas elevadas y los poemas que ya nadie lee, en el punto en el que danzo con tu lucidez imposiblemente lejos. Gracias por ser, por persistir con tanta ferocidd en el viaje de ser, en la soledad y en el salir aunque fallen los miedos. Gracias.

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