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Ben Amí Fihman: “A la izquierda la remató la revolución bolivariana”; por Hugo Prieto

Por Hugo Prieto | 23 de abril, 2017
Ben Ami Fihman retratado por Roberto Mata

Ben Ami Fihman retratado por Roberto Mata

Entre Caracas, donde tiene su residencia oficial, y París, donde pasa largas temporadas, Ben Amí Fihman escribió su primera novela El espejo siamés (Oscar Todtmann editores). Sus páginas contienen un largo y extenso recorrido por la primera etapa de la democracia petrolera.

Es una novela de personajes que, en un juego de espejos, y atando cabos, podrían encarnar a personas de carne y hueso, cuyas vidas transcurren en mundos tan distintos como el arte, la literatura, los bares y los prostíbulos, de una Caracas salpicada por el whisky; una ilusión de gran ciudad que acabó en la nocturnidad, muy pronto, tal como la estamos viviendo actualmente.

El espejo siamés no es una novela nostálgica ni esperanzadora, todo lo contrario. Pero encierra una elipsis brillante y está construida de tal forma que los personajes se funden, reaparecen debido a metamorfosis que tienen que ver con el carácter, el sufrimiento físico y las motivaciones que impulsan fuerzas imparables como la ambición y el poder.

Quisiera empezar desde la perspectiva del narrador cuando dice: La silueta del cronista gastronómico de El Nacional: alto, barrigudo, barba negra, bastón en mano y, coronándolo, un llamativo panamá. Pedante, ostentoso y ególatra. ¿Advertencia de que la novela no va hablar de virtudes, de lo bien que la pasamos en una Caracas remota, sino de los defectos, de la oscuridad y flaquezas, digamos, además de una ciudad que ya no existe? ¿Ese personaje hace esa advertencia o sencillamente es una presentación?

En realidad a él lo está viendo el narrador; es uno de los personajes que arropa la novela. Toma en cuenta que se concibió en 1988. Originalmente, yo pensaba que iba a ser un relato para la sección de cuentos de la revista Exceso (de la cual Ben Amí Fihman fue editor y director). No sé si fue Strindberg o uno de los dramaturgos escandinavos quien dijo acerca de una de sus obras maestras: La tengo lista, sólo me falta escribirla. En 1988 no existía la perspectiva de una ciudad perdida. Creo que el hecho de que la novela no tenga, en apariencia, nada que ver con el futuro y con lo que existe hoy, es lo que le da cierta riqueza, para quien la contemple desde lo que está sucediendo actualmente. Hay allí como un embrión, un embrión que no prejuzga sobre el futuro. No dice vamos al apocalipsis, no dice vamos al abismo, sino que está contenido en sí mismo. Yo insisto en que es una novela de personajes más que de acción. Muchos de esos personajes tenían el ADN del futuro social y del futuro de Caracas.

Creo que en esas páginas hay un caldo de cultivo que luego derivó en estas horas oscuras que estamos viviendo.

La novela está contenida en una época marcada por el final de la Guerra Fría y la extinción de la Unión Soviética. Es decir, esos eran sueños muertos, cualquiera se engañaba en ese momento. En una de sus páginas se dice, por ejemplo, que Juan Liscano acogió con bombos y platillos la aparición de Gorbachov. Hay personajes que llegaron hasta hoy y que vieron desmentida esa ilusión. Recuerda que cuando cayó el muro de Berlín, muchos creyeron que el mundo iba a cambiar para mejor. Hoy sabemos que la historia no es tan previsible.

Hay también un juego de espejos entre dos escritores, uno venezolano, Carlos Clarens, y el otro ruso, el poeta y escritor Ossip Chemiakin. Mientras Clarens ve, con cierta angustia, como decae su razón de ser (la denuncia contra el totalitarismo) tras el ascenso de Gorbachov, Chemiakin encuentra la posibilidad de publicar una obra, precisamente, en una Unión Soviética más distendida y tolerante.  

En uno de los episodios de la novela, Chemiakin está trabajando en Polonia, en donde recibe a uno de los personajes más entrañables: Mario Martínez O’Connor (tío de Carlos Clarens), quien resultó para mí una revelación. Es esa cosa de la que hablan los buenos novelistas, de que los personajes se les escapan, empiezan a correr por cuenta propia. Creo, modestamente, que Martínez O’Connor, es el personaje más enternecedor y logrado de la novela. Pero es cierto, entre ambos (Clarens y Chemiakin) hay imágenes invertidas.

Hay reflexiones, pensamientos, aparte de personajes, podríamos decir que es una novela de ideas.

Absolutamente, porque son intelectuales, poetas. Algunas de las características de esos personajes las pudieras encontrar en personas que vivieron en Venezuela en la vida real. Por ejemplo, alguien que atravesó el espejo y donde podrías encontrar similitudes, es en el personaje llamado Pedro Rojas. Acaba de morir Oswaldo Barreto. Me contaba el periodista francés, Patrick Rigoulet, corresponsal en Caracas del diario Libération, entre 1988 y 2001, que en una ocasión (habrán transcurrido 20 años), visitó en su casa a Oswaldo Barreto, quien le mostró, con gran orgullo, una hilera de su biblioteca con todas las obras de Jean Paul Sartre. Sartre se ha devaluado muchísimo últimamente, porque aunque era un filósofo genial, se equivocó la mayoría de las veces y sobre todo políticamente. Recuerda Huracán sobre el azúcar que era como un himno a Fidel Castro. Barreto, además, también inspiró a un personaje de País Portátil, la novela de Adriano González León. Y más recientemente, en el siglo XXI, al personaje de una novela escrita por una autora inglesa. A propósito de Huracán sobre el azúcar hay un episodio, que finalmente quedó fuera de mí novela, que marca una ruptura política —una más entre otras—, que involucra a dos de los personajes, Santos Luzardo y el perro Rojas.

El debate de la izquierda ha sido un paredón para sus propios partidarios. Muchas de esas ideas, que surgían en los bares, en la bohemia y en la vida nocturna, pudieron ser meras reflexiones, que después se convirtieron en una cruda realidad que, en mi opinión, nos arropa terriblemente. Esa continuidad se advierte, palpita en su novela.

Justamente por eso te decía que la novela estaba terminada en 1988. Así que yo no tenía una bola de cristal para saber lo que iba a ocurrir. Pero es lo que le da una tremenda vigencia. El sentir, digamos, que lo seco, lo estéril, de todo eso se materializó a comienzos del siglo XXI, en lugar de la Venezuela de los años 60 o de los años 80. Pero no es una novela nostálgica. No es la novela de la Caracas maravillosa, entre comillas, de los años 80. Que fue una especie de pico en el cosmopolitismo de Caracas, el barril de petróleo rondaba los 40 dólares y se importaba agua de Escocia para beber el Etiqueta Negra de la época, así como toda la prensa argentina que llegaba a los kioscos de Sabana Grande. Caracas vivió una ilusión de gran ciudad que no le duró mucho. Y hoy en día menos que nunca. Caracas es una ciudad arruinada.

Me permito enmendar la plana de mis propias observaciones, porque ciertamente la palabra nostalgia no es apropiada. Adonde voy es a lo siguiente. Allí está el trasfondo de las ideas y las discusiones de la izquierda que, de alguna manera, permearon en América Latina. Allí está el germen de todo lo que estamos viviendo —la desazón, la oscuridad, la quiebra—. En efecto, no es una novela de esperanza.

No, para nada. Es profética. En cierta forma esa izquierda, la reflejada en la novela, estaba condenada. Eso empezó en la democracia petrolera, que fue ablandada con el whisky, con las bolsas de trabajo… con las oportunidades. De esa forma, empezó a ablandarse. Y fue rematada cuando se plasmaron sus ideas. Y las plasmó la persona menos indicada, la que ellos menos esperaban. A esa izquierda la remató la revolución bolivariana. Ten en cuenta que cierta oposición, desde el diario El Mundo, la ejerció Teodoro Petkoff. El también puede verse reflejado en la novela. Recuerdo que después del fusilamiento del general Ochoa en Cuba, cuando empezó el “periodo especial”, viajé a La Habana con Ramón J. Velásquez. Hablábamos de la importancia que había tenido Fidel Castro en América Latina, porque alguien del grupo decía cómo va a ser importante una persona que ha hecho esto o ha hecho aquello, como si la importancia histórica de un hombre se midiera por lo honesto que fue o por las virtudes que desplegó en su acción y Velázquez, que era un hombre con una capacidad de síntesis impresionante, dijo: estimado, así será de importante Fidel Castro que Rómulo Betancourt, quien era uno de los líderes de izquierda en América Latina, el 1ero de enero de 1959 pasó a la derecha. Lo desplazó Fidel Castro. Definitivamente a la derecha. Algo así ocurrió con Chávez. Toda esa izquierda, que humanamente está viva en el régimen de Maduro, fue desplazada a la derecha, inevitablemente, por la aparición de Chávez, quien era el llamado a realizar los sueños que ellos tenían en los años entre 1960 y 1990.

No todos, ¿verdad? Acaba de mencionar a Petkoff. También a Chávez le hicieron oposición desde la izquierda.  

Algunos representantes de la izquierda que se plegaron a Chávez fueron lo suficientemente astutos como para cobrar el cuadro (de 5 y 6) que habían marcado, pero no habían sellado. Y lo sellaron con Chávez. Actualmente, están ocupando embajadas, altos puestos o se han enriquecido. Y no quiero mencionar nombres.

Uno de los personajes de la novela, Mario O’Connor Martínez, refleja en ese juego de espejos a un periodista, a un diplomático, a un hombre que tiene una faceta intelectual, además, sólida. Ya dijo que se le escapó de las manos. ¿O’Connor Martínez se apropió de la novela? ¿Qué fue lo que le deslumbró de este personaje?

Yo sí creo. Si te estoy diciendo que se liberó, que empezó a aparecer y en cada una de sus facetas, independientemente, se hacía más rico y me arrastraba. Voy a decir esto, sólo como una referencia. Sin ningún ánimo de compararme con Cortázar. Pero Cortázar decía, creo que con relación al cuento El perseguidor, no escribí desde el yo, sino desde un personaje que no era yo mismo, un personaje que se había separado de mi cuerpo, de mi imaginación. Quizás, mucho de los cuentos fantásticos anteriores de Cortázar, eran elucubraciones personales, que pudo haber sentido como el reflejo de sus propios sueños, de sus propias pesadillas. Y ahí (en El perseguidor) era ese músico de jazz que había existido en la realidad, que lo avistó, que lo invadió, que se independizó y que lo utilizó como médium.

O’Connor Martínez no le da tregua, a ninguna hora del día o de la noche. En el día concibe y edita la revista y al caer la noche se entrega al mundo de la bohemia, a las prostitutas, a los bares.  

Lo que es clave ahí, si quieres una explicación racional de psiquiatra, es su experiencia en las cárceles de Gómez, allí lo apodaban El Moco. Él no iba a ser aquello en que se convirtió, sin esa experiencia. En una suerte de quimera, en el sentido de animal mitológico. Porque tenía el cuerpo de una forma y la cabeza de otra. El cuerpo que lo llevaba al mundo de la noche, a deambular por los bares y los burdeles y de día a producir ideas y a cumplir con su trabajo cuando estuvo en el cuerpo diplomático. Y luego como periodista activo, en el segundo comienzo de la democracia —a partir de 1958—, que es cuando se suicida.

La cárcel suele ser una experiencia límite para mucha gente que pierde la libertad y para O’Connor Martínez no podía ser de otro modo. Es un mundo fantasmagórico que él mismo va elaborando.

Para copiar a (André) Malraux esa pasantía por las cárceles de Gómez convierte su vida en destino. No pudo elegir, la vida eligió por él. De ahí su metamorfosis, lo único que lo redime es el amor de Viera Gran, que es una superviviente de la Segunda Guerra Mundial. Haber descubierto por azar a ese personaje llamado Viera Gran es una de las cosas que más me gusta personalmente. No sé si puede rastrear en archivos lo que fue su vida el año que vivió en Venezuela. Viera Gran es un personaje de una novela que después se llevó al cine: El pianista, cuyo director es Román Polanski. El café donde ella cantaba existió realmente en el gueto de Varsovia. A ella la calificaron como la Marlene Dietrich polaca. Los polacos se van a poner furiosos conmigo, pero esas comparaciones que se hacen en los países del este de Europa, así como en Venezuela, siempre ocurren en las naciones que no son protagonistas de la Historia. Ese punto en común, el haber vivido el cautiverio, la opresión y la violencia, es el que los une (a O’Connor y a Gram). Ella hizo todo lo posible para que Szpillman (el pianista) entrara en el café donde ella cantaba, lo que impidió, de alguna manera, que fuera deportado a un campo de exterminio.

Sí, pero ella fue acusada de colaboracionista, precisamente, por haber cantado en ese café, frecuentado por oficiales de las SS.

No sólo eso, Viera Gran fue procesada en los juicios de depuración y Szpillman, que aparentemente sabía que no fue así, no movió un dedo. Su caso fue sobreseído, un poco como Chávez. Pero quedó esa mancha. Ella se refugió en París y luego en Tel Aviv. Pero en cada presentación surgía el pasado. Durante esos años, hay que decirlo, Venezuela era como la Meca para todos los desheredados de Europa. Así fue como ella llegó a Caracas y cantó en el Hotel Potomac. Allí fue donde conoció al hombre, cuyo reflejo es el personaje que encarna O’Connors Martínez. A una autora que escribió una novela precisamente sobre su vida, y a quien pude entrevistar, Viera Gran le confesó que fue feliz en Caracas, pero alguien la denunció ante la comunidad judía y tuvo que refugiarse nuevamente en París. Si se pudiera rastrear su vida en Caracas sería estupendo, pero ese episodio, de alguna manera, está reflejado en la novela.

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Ben Ami Fihman retratado por Roberto Mata

Otro personaje, que también juega un papel primordial, es la esposa de Carlos Clarens, Circe, la galerista de Parque Central, cuyo nombre está asociado a lo que quizás es la colección pictórica más importante de Venezuela. Mi lectura es que Circe es una devoradora de hombres, capaz de convertir a su pareja en “un perrito faldero”. ¿Cómo podríamos ubicar a ese personaje en la trama de la novela? ¿Por qué aparece con tanta fuerza, con tanto ahínco?

El relieve que adquiere ese personaje tiene que ver con la mirada pacata que tenía la sociedad venezolana, sobre todo, en relación con las costumbres de las mujeres. Hay que pensar en lo confinada que estaban las mujeres y como una mujer quedaba marcada para siempre por lo que hoy sería un episodio más en su historial.

¿Se podría decir qué es una raya más para un tigre?

Correcto. Hoy día, para cualquier persona que se crió después de Mayo del 68, la revolución hippie, la píldora, en fin, todas esas cosas, no es un galón, pero en esa época (años 50) era motivo para que la consideraran candidata al infierno. O galones en un traje de mariscal del sexo, estilo María Félix, por ejemplo. Hoy las María Félix abundan y no acceden a esa posición por las canciones que les pudiera dedicar alguien como Agustín Lara. María Félix era una mujer lanzada, representó a Doña Bárbara en la película sobre la obra de Gallegos y Doña Bárbara era una devoradora de hombres. Hoy en día las devoradoras de hombres…

… No existen.

Sí, no existen en la mirada de la sociedad. Son fieras moralmente domesticadas.

La galerista también demuestra ser ambiciosa. Realmente, no tiene muchos pruritos para llegar al lugar donde ella desea establecerse.

Sí, no tiene escrúpulos para allanar el camino o construir, peldaño a peldaño, la escalera que la va a llevar al éxito. Pero hoy esa ambición es menos escandalosa que en esa época. Por lo mismo, porque es mujer. Una mujer ambiciosa. Y las mujeres (en los años 50) eran ambiciosas en un plano menos heroico. La ambición se reflejaba en el matrimonio, en el deseo de conseguir un marido que socialmente ocupara una buena posición. Y a su lado reflejar, como lo haría un planeta, la luz del sol. En cambio, esta era una ambición independiente, que la hace actuar, pero —al mismo tiempo— la dramatización de ese anhelo es cosa exagerada para su época. Hoy en día no lo es. Y se hacen películas sobre mujeres sin censurarlas, sin tacharlas de ambiciosas.

También queda reflejada la relación de la galerista con el poder. No sólo la de ella, sino la de su pareja. A veces los intelectuales quieren para sí el poder, pero no tienen los atributos de los hombres que entienden claramente lo que significa el ejercicio del poder. Se pierden en esa búsqueda. ¿Eso está allí?

Sí, está allí. Pero la diferencia entre ella y Mata Hari, por ejemplo, es que Mata Hari terminó fusilada, ejecutada. Pero ella pudo haber sido una Mata Hari. Y lo que ella tiene distinto con respecto a otras mujeres de la Historia, como Catalina de Rusia, algunas queridas de Luis XIV o Luis XV, es que ella lo hace de manera oblicua, a través de una vía, de un camino, que por lo general no debería llevar al poder, y que es el arte. En realidad, en el pasado, a lo más que llegaban los artistas o los intelectuales era a ser cortesanos. Uno puede remontarse a la época de Luis XIV, Moliere, Racine, pero aquí el camino que la lleva al poder es el arte en un país inculto. Y eso es prodigioso. Eso sí es una aventura original. Y bueno, merece que ese personaje sea reseñado. Pero ella tiene un modelo real, basta con atar cabos y advertirás cual es el modelo que ella copia. Un modelo superior a ella, que en lugar de una galería tiene un museo. Sí, creo que eso es original, pero también exagerado. Porque finalmente esa galería no es Claude Bernard de Paris o Malborough de Nueva York. Es una galería, aquí en Caracas, en Parque Central. Ahí también está la mirada provinciana venezolana, que la hace a ella capaz de conquistar Miraflores.

Si el personaje de la galerista pudiera leer la novela, ¿En qué términos se vería reflejada?

Te voy a decir algo que me dijo una vez Sofía Ímber. Yo no desmiento nunca a un periodista. Te juro por mi madre que eso me lo dijo a mí en una ocasión Sofía Ímber. Y yo creo que ese personaje de la novela tendría una reacción parecida. Yo no desmiento nunca a un novelista. Creo que esa sería la respuesta de ese personaje.

Quizás la relación entre Santos Luzardo O’Connor y su tío O’Connor Martínez está marcada por una ausencia, porque Santos Luzardo O’Connor no tiene la poesía, el alma literaria —como diría Elisa Lerner—, que tenía su tío. Sin embargo, no le falta inteligencia, capacidad de trabajo y ambición. ¿Cuál es su lectura de esta relación?

Entre los padres y los hijos, no todo se hereda. A lo mejor se hereda una casa, una costumbre, pero no siempre el talento o la imaginación. Yo creo que le falta imaginación. Sin ir más lejos, creo que a los hijos de Bach les faltó la imaginación del padre. Que además era una imaginación, puesta allí por Dios, dicen. A lo mejor le faltó sufrimiento físico. A lo mejor ese cautiverio en el Castillo de Puerto Cabello le hizo falta. Era un huérfano del dolor. Le faltaba dolor físico. Creo que era un poco reprimido, sin un poco. Recuerda que en la novela el descubre el sexo con la galerista. Antes había tenido una relación, casi gimnástica, con una estadounidense.

Sin embargo, Santos Luzardo O’Connor termina quitándose la vida. No olvidemos que su tío había cometido suicidio.

Sí, por una serie de razones que, antes del velorio, las había enumerado Liscano. Y que no llegan a aclarar del todo el misterio. El misterio de ese personaje. El misterio de ese suicidio. Vamos a decirlo, algunos sospechan que no haya sido suicidio, sino asesinato. Al final no es una novela policial, pero sí es una novela que pertenece al género negro.

Podría decir que Santos Luzardo O’Connor es un personaje agobiado, porque al final lo sorprende un amor sin esperanza.

¿Y todo eso se entiende? Porque si es así, la novela es un éxito. Yo lo que hice fue dictar lo que me dictaba.

La fusión de personajes, el juego de espejos, pudiera ser una apuesta en la cruzada que la crítica y algunos autores desean emprender para renovar el género de la novela. ¿Qué piensa Ben Amí Fihman?

Te voy a contestar inmodestamente y muy modestamente. En el caso de (Alberto) Giacometti es falsa humildad y humor. En el caso mío es verdadera modestia. Un periodista quería elogiar las figuras filiformes de Giacometti, a las que Sartre atribuía una cantidad de cualidades, representaban a los sobrevivientes de los campos de exterminio, al hombre del siglo XX, una cantidad de explicaciones existencialistas y Giacometti le respondió al entrevistador: Pero no es así, yo a veces trato de esculpir una mujer gorda y finalmente me salen así. Yo quisiera escribir una novela mejor construida, según los cánones narrativos clásicos, pero lo que me salió fue eso.

Hugo Prieto 

Comentarios (6)

Carsten Todtmann
23 de abril, 2017

Felicitaciones Hugo! Una entrevista a la altura con Ben, buenas preguntas, buenas respuestas

Fernando Reyna
24 de abril, 2017

Esta fue mas que una entrevista, sirve casi que como prólogo a la novela. Desde ya la voy a buscar. Eso si, espero poder pagarla. Hoy es 24 de Abril de 2017 y un libro “x” nuevo, cuesta 12 mil bolivares. Hace año y medio costaba 5 mil, o 4 mil. Hace dos años costaba mil.

Julio Bolívar
24 de abril, 2017

Buenas preguntas respuestas elusivas. habrá que leerla a ver que tiene en verdad.

Kira Kariakin
24 de abril, 2017

Excelente entrevista, Hugo.

Marcia Hernndz
24 de abril, 2017

Disfruté muchísimo esta entrevista y desde ya estoy ansiosa por leerla novela. Gracias Hugo Prieto y Ben Ami Fihman por tan amena entrevista.

pablo perez
25 de abril, 2017

Ben Ami Fihman, su persona y su recuerdo en el Nacional con los Cuadernos de la Gula me regresan a los años iniciales de la década de los 80, cuando la lectura del Nacional era una ceremonia festiva en mi vida. Cuántas veces me sentí sumrgido en esa atmósfera intelectual y sibarita que desprendian sus escritos. Disfrutar la literatura y la cultura, la charla amistosa culta, en fin. Voy a buscar la novela y espero leerla los domingos en la mañana.

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