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Un rostro bonachón en medio de la guerra; por Hugo Prieto

Por Hugo Prieto | 5 de abril, 2017
Raul Leoni denuncia ante la OEA al gobierno cubano por la invasión de Machurucuto..Washington,1967.Archivo Fotografia Urbana.

Raul Leoni denuncia ante la OEA al gobierno cubano por la invasión de Machurucuto. Washington, 1967. Archivo Fotografía Urbana

En la cara de este hombre, Raúl Leoni, expresidente de Venezuela, se resume el punto crucial de un conflicto armado. Seguramente quiere cantar victoria, razones lo asisten, pero sus oponentes no le dan tregua, quizás porque no se trata de adversarios políticos, sino enemigos que se la tienen jurada. La mirada entornada sutilmente hacia arriba, bajo el arco de dos cejas pobladas en señal de alerta, apuntan hacia un horizonte más despejado, más amplio, nada que ver con la increpación, que en términos explícitos y sin duda contundentes, expresan sus labios entreabiertos. Muy pocas fotos, en pose de enojo y reclamo se pueden mostrar de un expresidente que pasó a la historia como el más bonachón de la era democrática.

Rómulo Betancourt pensaba que al hombre de la foto los militares lo iban a tumbar, justamente porque al ajedrez del poder le faltaban algunas piezas que Leoni no tenía a mano. Pero el paso del tiempo demostró que tenía el carácter necesario para sobreponerse al desafío que planteaba una izquierda en auge, soliviantada por el sagaz tiranuelo instalado en La Habana, en 1959, empeñada en hacer de Venezuela el eco de la revolución cubana. El hecho inescrutable es que las instituciones de una democracia incipiente, instaurada luego de una larga lucha contra el autoritarismo y el militarismo, tan propio y característico del régimen político venezolano del siglo XX, debía librar una guerra sin cuartel, al tiempo que se ponía a prueba en su mayor anhelo consensuado, preservar la estabilidad política, sin renunciar a la alternancia en el poder, no por la imposición de las bayonetas, sino por el ejercicio periódico y rutinario del voto.

La foto corresponde a la sesión de la Organización de Estados Americanos, convocada con carácter de urgencia por Venezuela, para denunciar la incursión de efectivos cubanos a nuestro territorio, en un episodio que pasó a la historia como la “invasión de Machurucuto”. Con antelación, en 1962, luego de declarar el carácter marxista leninista de la revolución, Castro alinea a Cuba con los países del bloque soviético, lo que fue considerado como “incompatible”, con el sistema democrático, vigente en el resto del continente. La postura de los hombros, ligeramente inclinados hacia adelante, sugieren que Leoni apoya sus manos sobre las piernas, como si quisiera dar un salto y ponerse de pie, sin importarle la solemnidad del recinto ni las formas diplomáticas, de forma tal que lo expresado encierra también un meta mensaje: Venezuela no va a tolerar ninguna violación a su soberanía y está dispuesta a responder en el terreno que sea.

El episodio se desdibuja en la memoria a causa del inevitable paso del tiempo. Pero en su momento fue tratado como un asunto de Estado de máxima prioridad por las autoridades. Téngase en cuenta el testimonio del internacionalista Demetrio Boersner, quien fue llamado por el ministro de Relaciones Exteriores, Ignacio Iribarren Borges, para que trazara la estrategia del país en el terreno diplomático. Recuerda Boersner que se hicieron las consultas políticas del caso. Obviamente surgieron posturas tan diversas como las personalidades que participaron en las reuniones, Gonzalo Barrios, Jóvito Villalba y Luis Beltrán Prieto Figueroa, entre otros, además de la élite militar, que llevaba sobre sus hombros el mayor peso de la lucha antiguerrillera. Acordar, avenirse, consensuar, constituían un nuevo estilo en la política venezolana. Se decidió denunciar la acción injerencista del gobierno cubano en la Organización de Estados Americanos, sin llegar al extremo de invocar el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca. Lo que hubiera significado una escalada del conflicto a una situación impredecible. El episodio también puso a prueba las relaciones —invariablemente tensas— entre civiles y militares. En su testimonio, Boersner recuerda lo dicho en conversación privada por el influyente general, Martín Márquez Añez: “Los generales comprendemos que los medios de acción diplomáticos son limitados. Pero en alguna forma deben ustedes demostrar que se está defendiendo lo que el poeta llama el sagrado suelo de la patria. Así lo entiende el pueblo. Y hay subalternos nuestros que no tolerarían que sus superiores, responsables de la defensa nacional, tuviesen una actitud pasiva”.

En la década de 1960, el mapa de Venezuela estaba infestado de focos guerrilleros —Lara, Falcón, Miranda, Sucre—, y la agitación social era el pan de cada día en las calles de Caracas. El predecesor de Leoni, Rómulo Betancourt, había sobrevivido a dos intentos de golpe dirigidos por oficiales del Ejército vinculados a la subversión de izquierda y a otras tantas intentonas golpistas lideradas por militares que añoraban los privilegios de la depuesta dictadora.

El eco de la subversión guerrillera perdía intensidad a causa de su propia división, —un sector propugnaba la teoría del foco guerrillero, desarrollada por el filósofo francés Régis Debray, y otro defendía la tesis maoísta de la guerra popular prolongada. La guerrilla estaba atrapada en un callejón sin salida, pero no dispuesta a deponer las armas. Progresivamente, el conflicto interno perdió intensidad en el terreno militar, pero ganó cuotas de violencia focalizada y degradación en materia de Derechos Humanos.

Surgieron los primeros síntomas de terrorismo de Estado. Venezuela, como recuerda José Vicente Rangel, en cada ocasión que puede, dio a luz una figura siniestra: la desaparición forzosa de personas, que luego se extendería a todo el continente, especialmente a Brasil, Chile y Argentina. Es la famosa institución del desaparecido. Por no hablar de la tortura y de las violaciones al debido proceso de los guerrilleros detenidos. La subversión de izquierda también incurrió en prácticas terroristas: atentados, secuestros, asesinato selectivo de policías, aplicación extrajudicial de la pena de muerte a delatores y traidores. La guerra se había convertido en un pantano y las prácticas de terrorismo en moneda corriente. No podía el talante bonachón del ex presidente Raúl Leoni sobreponerse a una realidad que estaba fuera de su alcance, a un episodio que podía encajar como la pieza de un rompecabezas en el mapa de la Guerra Fría.

El apego mineralizado a las concepciones ideológicas, la incapacidad manifiesta de reconocer e identificar al “otro”, fueron dos vías para la prolongación del conflicto interno. Si bien la figura del desaparecido caracteriza el terrorismo de Estado, resulta esclarecedor un hecho incontrovertible: el terrorismo de izquierda lo antecede. Fue el Partido Comunista de Venezuela y una escisión de Acción Democrática, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria, los que decretaron la lucha armada como vía para alcanzar el poder. Podríamos citar al filósofo búlgaro, Tzvetan Todorov, recientemente fallecido en París, quien a propósito de la guerra sucia en Argentina, dijo de la guerrilla izquierdista de los Montoneros y el Partido Revolucionario de los Trabajadores, lo siguiente: “Su tragedia va más allá de la derrota y la muerte: luchaban en nombre de una ideología que, si hubiera salido victoriosa, probablemente habría provocado tantas víctimas, si no más, que las de sus enemigos”. Algo de eso hay en la tragedia que vive Venezuela actualmente. Una democracia en terapia intensiva, el autoritarismo y la imposición como forma de hacer política, la economía en la ruina total —contracción del PIB del 20%, inflación anual de 750%, pobreza de 80%, indicadores que harían palidecer a un país en guerra—, la espiral de la violencia fuera de control —Caracas es la ciudad más violenta del mundo—, una diáspora que se calcula en 2,5 millones de personas y un creciente número de víctimas a causa de la aguda escasez de medicinas y alimentos. No hay memoria, ni comprensión de la Historia. Sólo el anclaje en una ideología que se convirtió en una fábrica de muertos durante todo el siglo XX.

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Hugo Prieto 

Comentarios (3)

alfredo schael
5 de abril, 2017

En la misma fotografía, de izquierda a derecha, Felipe Herrera, secretario general de la OEA, y los venezolanos, también de izquierda a derecha, Raúl Leoni, Ignacio Iribarren Borges (detrás, medio rotro de Luis Hernández Solís), José Antonio Mayobre (detrás, Héctor Hurtado). Abrazo, Alfredo

Edmundo Pérez Arteaga
6 de abril, 2017

Por demás interesante el resumen presentado por su autor. Le faltó añadir que los tres (3) Poderes Públicos más importantes de Venezuela han estado presididos por personas alejadas de la mejor conducta; veamos: a)Finalizando el siglo XX y comenzado el XXI, tuvimos un Presidente de la República que no honró el juramento de respetar la Constitución y las leyes, juramento que hizo en el Patio de Armas de la Academia Militar de Venezuela; b) Que antes de que fuese Diosdado Cabello Presidente de la Asamblea Nacional, esa Presidencia la ocupó quien formó parte activa de la “invasión de Machurucuto”; y, c) Que el TSJ, máxima expresión del Poder Judicial venezolano está presidido por quien fue sentenciado como sujeto activo de delito. Entonces, si esa es la calidad de personas que han dirigido y dirigen el país, cuál es el futuro que esperamos del mismo. Hagamos una proyección del futuro y decidamos: corregimos hoy nuestra formación ciudadana o, definitivamente,el Estado se perderá.

Eduardo
9 de abril, 2017

Leoni no tenía el carácter de Betancourt, pero era un hombre serio y responsable que enfrentó momentos duros pero no dejo de ser bonachón ni ser demócrata, el pueblo en su momento supo expresar su respeto a la memoria de este ilustre venezolano.

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