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Sergio Ruiz: el humorista; por Susana Soto Garrido

Susana Soto Garrido, comunicadora social egresada de la Universidad Católica Andrés Bello, recogió 20 testimonios de inmigrantes cubanos que decidieron mudarse a Venezuela tras huir de los problemas sociales y políticos de su país a partir de 1959. Este proyecto se llevó a cabo en conjunto con la Fundación para la Cultura Urbana que publicó en 2006 el libro Cuba y Venezuela: 20 testimonios. En esta cuarta entrega, compartimos con los lectores de Prodavinci el testimonio de Sergio Ruiz, humorista, caricaturista y creativo publicitario nacido en la isla de Cuba en el año 1932.

Por Prodavinci | 28 de marzo, 2017
Sergio Ruiz retratado por Ricardo Jiménez

Sergio Ruiz retratado por Ricardo Jiménez

Como muchos cubanos venidos a Venezuela en los años 60, Sergio Ruiz se dedicó a la publicidad, área en la que alcanzó importantes posiciones en varias empresas. Comenzó en el ambiente en Cuba, dibujando, y adoptó  la caricatura como medio de expresión para el humor. El estudio que tiene en casa y algunos cuadros que suspenden sus paredes, revelan que el trabajo del trazo ha tenido que ser un asunto de muchas noches y madrugadas, para alguien que, esencialmente, se desenvolvió en nuestras tierras principalmente en la gerencia.

Una gran amabilidad envuelve una particular parquedad que tiene Sergio Ruiz, la cual haría pensar a cualquiera que aparentemente, a veces, está un poco harto de todo. Cabe suponer que lo que le resulta obvio, no entra en su discurso. En ninguno. Quizás de ahí su oficio, o los dos que realmente ha tenido. Percibido de esta forma, nos entera Ruiz de los destinos y vueltas que daría al dejar su país, para finalmente venir a quedarse a vivir en éste.

Te decía que si la información que vas a extraer de mi conversación es algo de carácter heroico, remedando una vez más la vieja saga de los inmigrantes que llegan a un país y empiezan de cero y se van construyendo, al mismo tiempo en que ayudan a levantarse al país, no estás con  la persona correcta.

Bueno, se trata de conversar sobre su vida, sobre cómo se vino de un país a otro, de su historia personal, que empieza en Cuba, en el lugar en que nació.

Nací en la Provincia de Las Villas en 1932, en un pueblito llamado Guayos, del cual no tengo recuerdos, porque inmediatamente mi familia se mudó, teniendo yo cuatro o cinco años, para el pueblo de al lado, una zona de tabaco, perteneciente a la misma provincia.

¿A qué se dedicaban sus padres?

Mi padre era un artesano talabartero y mi madre una mujer de su casa que criaba dos muchachos. Mi padre hacía monturas de montar caballo, albardas las llamaban, y hacía polainas o botas. Era un hombre de humildísima extracción, hecho por sí mismo trabajando free lance vamos a decir, como se trabajaba esa profesión en aquel momento.

Hábleme de su infancia en Las Villas.

Tengo pequeños recuerdos de aquello, siempre muy agradables porque el pueblo estaba en un campo muy grande y muy industrioso. La zona tabacalera de Las Villas languidecía durante varios meses y después, cuando venía la cosecha del tabaco, revivía y todo el pueblo, incluyendo a los niños, trabajaba en eso y para mí era una fiesta ir allí. Cuando nos mudamos para La Habana y yo iba de vacaciones,  quería seguir trabajando en la cosecha, porque todos mis amigos lo hacían.

¿Qué tipo de labor hacía en la cosecha de tabaco?

Una de las funciones mínimas y primaras que se hacen en una recogida de tabaco, que es el lavado y el secado. Las hojas vienen en un tronquito central y de ahí salen las hojas grandes, y tú lo único que tenías que hacer era quitarle las hojas al tronquito aquél. Eso se lo daban a los menos capacitados, a los muchachitos de 12 a 14 años. A eso lo llamaban despalar el tabaco. Por una semana de trabajo te daban unos centavos, pero para mí era una buena cantidad de dinero con la que podía comprar lo que quería. Me quedaba en casa de una tía, a quien no le gustaba para nada que yo hiciera ese trabajo, y me sacaba de allí, pero para mí hacer eso eran unas vacaciones.

Cuando  tenía cerca de ocho años, me fui para La Habana porque mi padre quitó una zapatería que tenía -no le iba bien, o era muy mal organizado, o era muy mal negociante-, y esa fue la ruina nuestra. Él era un hombre con un oficio, que tenía un sentido en el campo, pero no en La Habana, donde no servía para nada una montura, porque ya habían autobuses y carros y nadie andaba a caballo. Entonces mi padre empezó a colocarse en cosas muy elementales, como en el mercado principal de La Habana, un mercado único, donde estuvo hasta mi primera juventud. Vivíamos siempre alrededor de esa zona, en la calle Monte. Mi padre trabajaba en la madrugada y en el día dormía. En mi casa no se podía nadie mover mucho porque lo regañaban a uno debido a que mi padre dormía hasta las 2 de la tarde. Recibía el cargamento del campo de pollo, gallinas y otros animales, los vendía y salía a cobrar. Nosotros estábamos en una escuela pública, y éramos de una humildad extrema.

¿A qué edad salió de Cuba?

Me fui de Cuba a los 31 años, en diciembre de 1963. Ya estaba divorciado y vuelto a casar. Cuando salí ya era un profesional de la publicidad. ¿Cómo me metí en publicidad? Primero, tenía una vocación temprana por el dibujo y pude entrar en una academia de arte que se llamaba San Alejandro, donde sólo estudié dos años porque tenía que trabajar para ayudar a mi familia. Me enganché en una agencia de publicidad muy pequeña, donde era asistente de los dibujantes.

Asistía a los directores de arte y a los dibujantes ya establecidos. Recortaba cosas de las revistas americanas y las guardaba en archivo. Aprendí a rotular, cosa que ya nadie hace, todo era muy artesanal, y tú empezabas por lo primero. Los que trabajaban en el departamento de arte, tenían que ser básicamente ilustradores, y eso venía siendo como tu objetivo en el departamento de arte: llegar a ser algún día un ilustrador. Había solamente un director de arte, que era la figura máxima del departamento, y llegar a serlo era muy difícil. Ya cuando esto se desarrolló, había directores de arte de todos los tipos y a mí me daba risa porque yo especulaba, pensando que habían entonces directores de arte de todos los tipos, cuando antes una agencia tenía uno solo, que vendría equivaliendo al director creativo actual. El director de arte planificaba, hacía el boceto, visualizaba los proyectos, pudiéramos decir, porque esos términos tampoco se usaban en la época.

Fui escalando posiciones y mi aspiración era llegar a ser un buen ilustrador realista y yo pensaba que lo que había que hacer era copiar una buena ilustración sacada de una revista, Life o cualquiera, y hacerla con aguadas, medios tonos, etc. Esa era mi ambición y sin embargo yo no era eso. Yo era otra cosa, y eso lo descubrí el día que llegó a la agencia un director de arte de México, José Luis Cao, de quien fui asistente, con un montón de libros de diseño y de publicidad europea. De pronto me di cuenta que había un mundo distinto. Este señor no dibujaba. Planificaba, hacía el boceto y, sobre todo, se esforzaba era en buscar ideas. Me ponía a pensar en los avisos y yo empezaba a inventar.

Entonces usted era creativo publicitario.

No, yo no era creativo, era simplemente un tipo con los ojos muy abiertos buscando cómo aprender algo que me ayudara a desarrollarme.

Pero lo pusieron a hacer el trabajo de un creativo

Cao me descubrió un mundo más conceptual, más refinado y que hacer un aviso no era dibujar bien. Antes que dibujar bien había que pensar bien, y el dibujo lo podía hacer un técnico. Buscar ideas era una cosa muy especializada.

Luego vino otro mexicano que hacía y usaba extensivamente la fotografía, otra cosa que  no entendía. Este señor me enseñó que era muy importante saber dirigir modelos, hacer fotos, iluminar. Con él empecé a hacer funciones de asistente de dirección creativa.

Quería ganar solidez y más dinero, y el tercer mexicano que llegó me ofreció un cambio de agencia y mayor salario, y por supuesto cambié un trabajo por otro en enero de 1958, cuando La Habana estaba ya muy convulsionada. Empezaron los graves problemas por la insurrección que estaba en la Sierra Maestra, explotaban bombas casi todos los días, había represión, el viejo cuento chino cubano tan aburrido y yo, que no estaba de acuerdo con nada de lo que estaba pasando, muy discretamente y con mucho miedo, ayudé a hacer algunas cosas para la insurrección, con un diseño que fue un golpe de efecto bastante interesante.

¿Qué hizo para los insurrectos?

Una campaña que se llamaba 03C, cerca de diciembre de 1958. Los que planificaron esto eran publicitarios, y fue una campaña de intriga con una frase que primero salió en la revista Bohemia, entonces de gran circulación. Se empezaron a publicar unos avisos que decía “03C. Espere pronto 03C, la solución 03C”. El gobierno de Batista tenía una censura impuesta y vigilaba todos los avisos que salían y había que razonarle al censor el asunto. 03C se le vendió a ese censor como si fuera un producto para el cabello: 03C: cero canas, cero caspa, cero caída del cabello. Le enseñaron una foto de un frasco que tenía una etiqueta pegada que decía eso y el hombre creyó que era el producto real.

¿Qué era realmente 03C?

03C era cero cine, cero cena, cero cabaret. Se trataba de desalentar el consumo en diciembre y arruinar la Navidad. Después de que salieron los avisos durante dos o tres semanas, Radio Rebelde lanzó la consigna del 03C, para que la gente no fuera ni al cine, ni fuera a fiestas, ni fuera a los cabaret, como una especie de consigna moral, porque mientras se estaba matando tanta gente con tanta bomba y tanto lío, cómo la gente iba a hacer una Navidad en ese momento.

Los censores se dieron cuenta del link de los avisos y fueron a la revista a preguntar quién los había puesto. Le respondieron que no sabían, pero que fueran a Laboratorios Moreci y les dieron una dirección donde por supuesto no había nada. Después de que cayó Batista se supo todo. Poner eso fue un atrevimiento. Lo había organizado el movimiento de resistencia cívica, el Movimiento del 26 de Julio. Seguí trabajando en la agencia, creyendo que todo iba a mejorar, que íbamos a estar más bien que el carajo y todo era mentira. Se siguió empobreciendo el país, que estaba ya en muy malas condiciones.

En 1960 me fui a trabajar a Intercomunicaciones, una súper agencia que dirigía Carlos Franqui, que era la figura más importante en los medios de comunicación y que también había recién fundado el periódico Revolución.

Intercomunicaciones se montó en un local que había pertenecido a Amadeo Barletta, dueño de periódicos, de emisoras de radio, de televisoras, un conglomerado de medios de comunicación. Era un edificio que estaba en la calle 23 de La Habana.

¿Tuvo continuidad?

Duró varios años al servicio del Estado

¿Qué lo motiva a irse de Cuba?

Me fui porque llegó un momento en que ya estaba harto. Había un control absoluto de todo y un predominio enorme del Partido Comunista. Se había montado ya un tipo de represión muy serio, de intolerancia y de odio. Se fue aquello poniendo muy sofocante.

¿Por qué escogió Venezuela?

Yo no escogí Venezuela, yo no escogí nada. No quisiera hablar mucho de eso. Llegó un momento en que no iba a seguir soportando ese dominio ideológico. Yo no tenía problemas con aquello si hubiera habido respeto. Pero no confiaba en el Partido Comunista, que sin haber hecho absolutamente nada, estaba teniendo las mejores posiciones.

La revolución no la hizo con el Partido Comunista. La hizo la fuerza cívica de la clase media, los burgueses vamos a decir. La lucha en la Sierra no la llevaron ellos, pero muy avanzado el año 1958, comprendieron que aquello de verdad era estaba a punto de tumbar a Batista y enseguida se alistaron en la jugada. Recuerdo una anécdota simple. Un día de junio de 1958, recojo un periódico del suelo y era la carta semanal del partido firmada por Juan Marinello, su presidente, calificando a Castro de puchista -que quiere decir golpista. Fíjate qué miopía la de esa gente no darse cuenta del nivel de esfuerzo que se estaba haciendo en la Sierra y ellos todavía estaban hablando con los cánones de los libritos esos de texto que tienen de toda la vida. Unos retrasados, aplicándole a Castro el membrete de puchista, a seis meses del triunfo de la revolución. Cómo les cuesta entender lo que son los movimientos nuevos y asimilarlos bien.

Me fui en 1963. Estaba muy desalentado pero no sabía cómo marcharme. Entonces recibí una carta de un amigo mío que estaba en Madrid, proponiéndome que fuera director de arte de una agencia. Le respondí que me mandara el pasaje y tardé un año en salir.

Por el trámite…

Eso era un enredo, eso fue muy complicado. Tenía además que hacer un montón de cosas en mi vida privada y profesional. Me fui con tres mudas de ropa, de las cuales una la tenía puesta y las otras dos las llevaba en una maleta, una alianza y un reloj que no era del oro. Yo no usaba sombrero, pero me llevé uno puesto para alguien que estaba pasando mucho frío en Madrid y así salí con mi miserable maletica. Prótesis dentales no tenía ninguna en aquel momento.

¿Les quitaban las prótesis dentales?

No te las quitaban, pero no podías salir con ellas. Al día siguiente de llegar a Madrid empecé a trabajar. Tuve que levantar el dinero para mandarle los pasajes a mi familia, porque no se podía comprar el pasaje dentro de Cuba. Tenían que enviártelo desde fuera del país, de modo que mi familia llegó cinco meses después, cuando ya tenía un apartamentico alquilado.

¿A qué empresa llegó a trabajar en Madrid?

Estuve en tres agencias. Una que era filial de Corpa aquí, CPW. Después me fui para Admart International y luego para London Press. Estuve cinco años en Madrid, donde nació mi segundo hijo.

Nos habíamos metido a comprar un apartamento que había que pagar en cinco años, estábamos muy estrechos económicamente y me volvió a picar el gusanillo ese de irme. No sé si hice bien o no, pero al final me vine para acá en 1969 por una oferta que me hizo la agencia Novas Criswell, que pasó al principio por una serie de asociaciones intermedias y finalmente terminó siendo Leo Burnett.

¿Qué me puede decir de ese segundo cambio de país?

No me sentía muy bien ni muy mal en ningún sitio y no me iba a poner a justipreciar la cosa. Era un Caribe nuevo, era acostumbrarme de nuevo a una serie de cosas que no había en España, que eché mucho de menos, la verdad.

¿Qué echó de menos de Madrid?

Costumbres, muchas cosas que me gustaban mucho de Madrid, como la literatura, el nivel general que había. En  1984 pensé que ya había estado mucho tiempo en Leo Burnett y me fui a Fisher, donde terminé siendo vicepresidente durante casi 10 años.

¿Qué campaña de las que hizo recuerda particularmente?

¿Una buena campaña? No soy capaz de individualizar las cosas,  las veo en bloque. Campañas era siempre lo que había que hacer. Si estaba bien hecha y tenía buen nivel de resultados, que es lo importante, perfecto. Cuando eso sucede tú estás trabajando en dos más. Es un trabajo que entra y sale continuamente.

Volvamos a los dibujos y hablemos de sus caricaturas.

Toda la vida he dibujado con ganas de dedicarme a pintar, a hacer humor. Descubrí el humor en la publicidad. Yo no sabía que  era humorista. José Luis Cao me dijo que esos muñecos que yo hacía y mi trazo eran de caricaturista. Pero no soy caricaturista, que sí humorista, dónde hay otra reflexión más sutil. Además, tenía una disposición a aligerar mi trabajo, a no hacerlo muy denso, y hacía mis terminaciones de artes finales más sencillas, simplificaba volúmenes y creo que mi concepto básico de humorista o de ilustrador humorístico, me ayudaba en esa simplificación. También hacía muchas campañas con carácter de humor.

Siempre reservé una parte de mi actividad general para hacer otras cosas, como afiches y campañas de humor. En Cuba había muchas exposiciones de este tipo y una gran actividad para los humoristas y los caricaturistas. Existía la Asociación Nacional de Caricaturistas, que englobaba a los que publicaban en los periódicos, y anualmente se realizaba un salón de humoristas, donde había premios muy jugosos. Aunque había un grupito que a veces se repartía esos premios, yo me fui metiendo y presentaba trabajos de corte político que no eran convencionales. Eran algo más parecido al humor puro.

Después que vino la revolución eso se siguió haciendo en un magazín humorístico que se llamaba El Pitirre.

¿Qué es un Pitirre?

Un pajarito pequeño pero fiero. El Pitirre era un arma de la revolución. Entre 1959 y 1960, Carlos Franqui, que era muy inteligente, reunió a los caricaturistas para editarlo con los mejores, con el fin de atacar a los enemigos internos que tenía la revolución. Todo eso pertenece todavía a la etapa de la luna de miel. Cuando vino la etapa intolerante, el partido a su vez sacó un magazín llamado Palante y empezó a llevarse a la gente de Franqui, quien de pronto llegó a ser un tipo maldito en Cuba. Así como al principio fue una figura muy importante, después fue expulsado del partido por ser liberal -los partidos no perdonan eso- y se convirtió en un apestado para toda la vida porque había protestado por la invasión de la Unión Soviética a Hungría en 1956, y cuando a una persona la expulsan del partido, hay que aplastarla y, si es posible, cortarle la cabeza. Franqui perdió la pelea, es decir, la parte liberal de la revolución perdió la pelea, entonces el dogmatismo y el estalinismo se fue posesionando de todo. Domingo Bracho Montiel era el director nominal de Palante, fue miembro del Partido Comunista de Venezuela y adversó a Rómulo Betancourt en una etapa. También fui a trabajar a Palante tres o cuatro veces, pero no me gustó el ambiente que había. Recuerdo que una vez, el que lo dirigía me dijo: “Mire compañero, usted hace a la gente con las narices muy grandes”. Y  le respondí que los caricaturistas exagerábamos los rasgos para crear un choque de humor en las cosas que hacíamos, pero que no tenía que nada que ver con una visión personal contra nadie. Entonces me respondió:”Pero usted le pone la nariz muy grande a la gente, y eso lo que revela es que usted desprecia al ser humano”. Pese a lo absurdo de su comentario con respecto a una caricatura, no estaba muy desencaminado, te voy a decir.

Es decir, en ese caso en particular no era cierto.

Como reflexión ulterior pudiéramos decir que sí, y no es que lo desprecie realmente, pero sí tengo un criterio que tiene que ver con eso. El punto es que el personaje éste me achacó que yo despreciaba al ser humano porque hacía las narices muy grandes. Eso, para que veas cómo pensaban los tíos esos.

En estos momentos obviamente usted le da más cabida a ese talento.

Dibujo varias horas al día  y hago trabajos de humor para la revista Exceso.

¿Le gusta este país?

Me ha gustado siempre este país. No puedo garantizar que voy a estar siempre en este país. Prácticamente vivo solo aquí, tengo una compañera que vive aquí conmigo, que me ayuda en lo que puede, que me sufre.

¿Lo sufre? ¿Acaso tiene usted mal genio?

No, porque estoy solo aquí, toda mi familia está en los Estados Unidos. Viajo para visitarlos, pero la alternativa de vivir aquí es irse a Miami y no me gusta. Estoy tranquilo aquí, tengo amigos, me siento bien. Miami es tan aburrido, que las ostras deben ser muy felices allí. ¿Tú sabes lo que es que para cualquier cosa hay hacer 20 kilómetros de ida y 20 de vuelta? Sin embargo, a mí me viene muy bien para la salud, porque tengo una limitación respiratoria muy severa, uso broncodilatadores y en ese clima infernal que hay en Miami me siento de lo mejor, no se me tupe la nariz y respiro bien. Todos estos síntomas que me fastidian tanto aquí, allá no los tengo, pero por lo demás aquello no se compara con esto nunca.

¿Por qué le gusta estar en Venezuela?

A mí siempre me pareció este país como un aluvión. Aquí hay de todo, la cosa formativa que tiene, lo improvisado un poco de todo y me gusta también el nivel que hay aquí de conversación, de relación, de creación, de exponer las razones por las cuales no nos gusta lo que está pasando, la forma en que se dice. Tú agarras un periódico en Miami y da pena. Ellos nos envidian mucho el nivel de polémica, el nivel de los críticos, el nivel que tienen los personajes que escriben aquí en los periódicos, lo bien que redactan, las ideas que desarrollan. Aquello es muy primitivo. Claro, es que Miami es una ciudad hecha a pedazos y el exilio de Miami es fatal.

¿Se refiere a los exilados que viven allá?

Sí, el nivel del exilado, pero no me refiero a los éxitos económicos, que son resonantes por el nivel de fiereza con que se han desenvuelto y el éxito que tienen, también porque la administración norteamericana los ha ayudado mucho, pero allí no hay nada. No hay librerías, no hay nadie que te sepa desarrollar un periódico con cierta coherencia, y hay muy poca gente que escriba bien o que hable bien siquiera.

¿Cómo considera que lo recibió Venezuela?

Venezuela ni te recibe ni te despide. Éste es un país de inmigrantes. El que llegue alguien aquí no importa, han llegado tantos, uno más que llegue. No creo que el venezolano te recibía bien, ni te ni te recibía mal. Te recibía y se acabó, un señor más que llega aquí como los miles que han entrado. Éste es un país de inmigraciones completas.

Prodavinci 

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