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Comer basura: la última esperanza para sobrevivir; por Yorman Guerrero

Por Yorman Guerrero | 24 de marzo, 2017
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Fotografía de Gabriel Méndez

Carlos exhibe desinhibido un cuchillo guardado en el bolsillo trasero del pantalón. Lo empuña para abrir de un corte las bolsas de plástico repletas de basura que lanzan los dueños de carnicerías, charcuterías, puestos de verduras y vecinos en las adyacencias al Puente Baloa de Petare, la barriada más poblada de Caracas y una de las más grandes de América Latina.

A las seis y media de la mañana, el hombre de veintiocho años arranca la jornada con una advertencia a su esposa y a sus cuatro hijos: mantenerse lejos de los desechos. El más pequeño tiene unos tres años y el mayor, si acaso, seis. Todos se quedan inmóviles mientras Carlos se sumerge en aquel colchón de desperdicios, sobrevolado por las moscas, hasta que uno de los niños advierte un manjar en manos de un voluntario: “¡Papi, papi, trajeron pan!”. Están de suerte.

El Cristo de Petare parece mirar inmutable aquella escena a poco más de cien metros de distancia. Frente a él, dos calles desniveladas que fluyen en direcciones contrarias se separan para alojar un vertedero de basura delimitado por tres paredes de concreto en forma de U. El frío de la mañana evita que el agua pestífera empozada en los huecos de la calle se evapore.

La hediondez está a salvo.

Eso no impide que Carlos y otros cuatro hombres registren las bolsas de plástico acumuladas en el suelo. El lixiviado, ese líquido que sale de las bolsas de basura, dibuja una capa extra sobre el asfalto. “Ya estamos acostumbrados al olor”, aclaran. Zambullirse diariamente en la basura les borró cualquier amago de náusea, inevitable para los principiantes en la penosa labor.

Este rincón replica el pequeño caos que surge en varias zonas populares de Caracas: cornetazos, motorizados zigzagueando entre los vehículos, autobuses atestados de gente que comienza su faena, camiones cargados de vegetales frescos que se estacionan en los límites de la calle y vecinos que bajan de los cerros cargando sus bolsas de basura.

Mientras los habitantes descienden de los improvisados urbanismos petareños, los exploradores de sobras cazan reliquias entre los desperdicios, todos con el mismo método: abrir la bolsa, escarbar, desechar “lo que no sirve” y apropiarse de lo que se puede comer o vender. “Cada uno tiene su caja. Ahí ponemos lo que sacamos de las bolsas. Si consigues algo, nadie te lo puede quitar”, comenta Raúl, un joven de diecisiete años que no estudia ni trabaja en otro oficio que no sea hurgar en la basura.

Cerca de las siete de la mañana se enciende el motor de una retroexcavadora estacionada al lado del vertedero. Y aquello obliga a los buscadores a apresurarse para revisar todas las bolsas. Dentro de pocos minutos, la máquina apiñará y tomará los restos con su pala mecánica, y los depositará en un camión volteo que llevará los desperdicios hasta un basurero más grande. Esto pasa de lunes a sábado a la misma hora.

Cuatro empleados de la Alcaldía del Municipio Sucre limpian las orillas del botadero. Visten franelas amarillas con un mensaje en la parte posterior: Operación Cayapa x la limpieza. “Aquí es horrible ver a la gente comiendo basura, pero más arriba es peor. Hay zonas donde evitan acumular grandes cantidades de desechos, pero la verdad es que a nosotros no nos conviene. Recoger la basura es nuestro trabajo”, dice la única mujer del grupo mientras observa a los escarbadores de basura.

A los usuarios frecuentes del pequeño cuarto de desechos no les preocupa la escasez de basura. Saben que en pocos minutos el espacio comenzará a llenarse nuevamente de desperdicios. “Al mediodía y después de las cinco de la tarde son las mejores horas. Las carnicerías y charcuterías descargan cestas llenas y casi siempre se consiguen cosas buenas”. Habla Raúl, quien acude a diario al vertedero con su hermano de diez años. Son los mayores de un grupo de siete. Integran una familia de nueve miembros y sólo trabaja su padrastro.

“Antes trabajaba como colector en un autobús, pero el dueño vendió la camioneta y me quedé sin trabajo. Tengo tres meses viniendo todos los días”, relató el muchacho, mientras oía la radio con los audífonos conectados a un teléfono celular.

Raúl no titubea cuando acusa a las autoridades de la situación. “Por aquí pasan los políticos y es como si no existiéramos. En mi casa las bolsas del CLAP llegan cada tres meses y eso no dura nada”. Los Comités Locales de Abastecimiento y Producción son una instancia creada por el gobierno del presidente Nicolás Maduro en abril de 2016 para mitigar la escasez de alimentos en Venezuela, que en aquel momento sobrepasaba el 80%, según cifras de Datanálisis.

Al pasar el tiempo, más hombres se suman a la tarea. El humo que expulsan los autobuses comienza a espesar el aire y se mezcla con la fetidez. Otro joven de veintitrés años llamado Juan repite la historia de Raúl: también trabajaba en un autobús como colector y ahora va todos los días al vertedero con su hermano menor. Careto y de labios resecos, Juan habla con más soltura que el resto. Vestido con andrajos, revela que desde hace tres meses vive de la basura. “Vengo todos los días y si encontramos algo para cocinar, lo mando con mi hermanito a la casa. A veces vengo con la pure”.

Juan es más vivaracho que sus compañeros de labor. Cada cierto tiempo dispara órdenes a su hermano de nueve años: “busca aquel saco”, “tráeme esa bolsa”, “agarra la más grande”, “no te dejes joder”. Los pequeños mensajes van acompañados de miradas cómplices. Le rinden frutos. Aquella mañana encontró una goma de olla de presión, algo que él mismo catalogó como “un verdadero tesoro” que podrá cambiar por dinero en efectivo para comprar comida. “No pasa todos los días, pero cuando sucede uno queda más aliviado”.

El hermano menor de Juan rescata de la inmundicia un gran trozo de pan lleno de moho. El hallazgo despierta el interés de media docena de hombres que hurgan en el vertedero. El chico toma la masa amorfa y lo reparte entre los demás. Los sujetos agradecen el gesto y lo toman como un pequeño desayuno. El momento sirve para traer a colación las veces que han comido directamente de la bolsa.

“¿Recuerdas el pedazo de bistec que encontré la semana pasada? ¡Estaba calientico aún!”, comenta Raúl a Juan. “Si te hubieras quedado un ratico más completabas el menú. Después de que te fuiste encontramos una bolsa con arroz.

 

Caras nuevas

Marina, una vendedora de mazorcas de maíz que improvisa su comercio junto al vertedero, observa inalterable las transacciones del desecho. Su estancia en el sitio ya suma más de seis meses. En ese período ha visto cómo se multiplican los comensales del basurero. “Hay un grupo fijo en el lugar, esos que vienen todos los días. Sin embargo, ahora se ven caras nuevas: señoras con hijos pequeños, familias completas, chamitas jóvenes”, enumera. “A los que le da mucha pena revisar la basura vienen de noche, que es cuando menos personas pueden verlos”.

Los ojos saltones de Marina señalan una gran mancha negra sobre uno de los muros del vertedero. Es la huella que dejó una cocina improvisada que servía para calentar los alimentos sacados del basurero. “Los buhoneros les pedimos que dejaran de cocinar porque el humo nos afectaba. Allí tenían de todo: sartenes, aceite, ollas. Era un gran fogón”, cuenta la mujer.

El dictamen de los comerciantes informales no evitó que los buscadores siguieran comiendo en el lugar. La costumbre afinó sus sentidos para discernir entre los alimentos dañados, los que se pueden consumir de inmediato y los que requieren cocción. Juan da una pequeña muestra de esas habilidades: escudriña una bolsa que combina sangre con sobras de pollo crudo. La huele y pasa la última prueba, acompañada por un veredicto: “Está bueno”.

Al paupérrimo paisaje se incorpora un hombre de cuarenta y dos años, que accede a hablar bajo la condición del anonimato. Vende cigarrillos al detal. Su lastimada dentadura asoma los estragos causados por comer de la basura y dormir en la calle. “Antes trabajaba en la cuadrilla de limpieza de la alcaldía. Se me acabó el contrato y ahora no tengo trabajo. No me quieren renovar hasta el próximo año. Por ahora me rebusco vendiendo cigarros y viendo qué consigo en la basura”. Como no tiene vivienda, duerme en el Hospital Domingo Luciani, muy cerca de ahí.

Ha pasado una hora desde que la máquina de limpieza se llevó los restos del día anterior. Las bolsas de plástico y trozos de cartón cubren todo el piso nuevamente. Un perro se infiltra en el cuadro y husmea con el hocico los restos hediondos y la cantidad de hombres en el vertedero sobrepasa la decena.

Los hijos de Carlos corretean de un lado a otro sin rebasar los límites entre la acera y el basurero. El hombre los premia con un racimo de cambures que recibió a cambio de descargar un camión de frutas.

Carlos antes trabajaba limpiando unidades de transporte, pero se retiró porque “pagaban muy poquito”. Ahora viaja diariamente con su familia desde Santa Lucía hasta Petare para hurgar entre los desperdicios. Con voz pausada y expresiones respetuosas, expone su cotidianidad: “Vengo con mi mujer y mis cachorros todos los días porque aquí hay más chance de encontrar cosas en la basura. Santa Lucía es un pueblo. Esto es más movido”.

A diferencia de sus compañeros, Carlos intercala su rutina entre requisar la basura y ayudar a los comerciantes de la zona en labores de carga y limpieza a cambio de varios cientos de bolívares. Es más escrupuloso. Calza botas de plástico altas para protegerse de las piezas cortantes que están ocultas en el vertedero. Los demás calzan zapatos rotos o cholas.

A medida que el sol calienta, el hedor se extiende más allá de las paredes de concreto. La calma se quebró por un evento inesperado. Una donación de pastas y enlatados para los usuarios del basurero excitó el ánimo de los transeúntes de la zona. Carlos, Raúl, Juan y los demás colectores de basura fueron los primeros en recibir la ofrenda. Todos se abrieron paso entre los manotazos de los espontáneos. Los pedidos se transformaron en gritos: “¡Dame a mí, dame a mí!”, “yo tampoco tengo que comer”, “te pago esas pastas: toma los reales”. El vertedero quedó vacío y un tumulto rodeó el carro que trasladaba al donante. “Mejor váyanse, que ya está bajando mucha gente”, ordenó Carlos. Enseguida las caras nuevas se multiplicaron alrededor del vehículo. La rutina se quebró. Muchos prefirieron entrar a la dinámica de los empujones y gritos, antes de atreverse a escarbar la basura para calmar el hambre.

***

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Esta crónica fue realizada por Yorman Guerrero, contó con el registro videográfico de Gabriel Méndez y la edición de video de Nelson Algomeda. Este trabajo forma parte del especial de Prodavinci “El hambre y los días”. Puede verlo completo haciendo click aquí.

Yorman Guerrero 

Comentarios (2)

Gustavo Adolfo Misle
24 de marzo, 2017

Yo estoy pasando hambre o compro los medicamento para la diabete o comida,no tengo jubilacion.ni soy rojo ni militar ni carcotricante.

Daniela Guerrero
7 de mayo, 2017

¿Cómo se puede ayudar desde el exterior?

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