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María Elena Ramos: La curadora de arte; por Susana Soto Garrido

Susana Soto Garrido, comunicadora social egresada de la Universidad Católica Andrés Bello, recogió 20 testimonios de inmigrantes cubanos que decidieron mudarse a Venezuela tras huir de los problemas sociales y políticos de su país a partir de 1959. Este proyecto se llevó a cabo en conjunto con la Fundación para la Cultura Urbana que publicó en 2006 el libro Cuba y Venezuela: 20 testimonios. En esta primera entrega, compartimos con los lectores de Prodavinci el testimonio de María Elena Ramos, expresidenta del Museo de Bellas Artes y miembro fundador de la Galería de Arte Nacional.

Por Prodavinci | 7 de marzo, 2017
María Elena Ramos retratada por Ricardo Jimenez

María Elena Ramos retratada por Ricardo Jiménez

María Elena Ramos aceptó conversar sobre sus Cubas, en las que están su inolvidable malecón, sus días de infancia en familia, sus descubrimientos pesarosos, sus idas y vueltas y parte de sus afectos, a los cuales ha preferido sonreír luego de algunos duelos, antes que establecer diatribas. Lo que le pasa por el corazón, por su parte, prevalece. Eso no ha impedido, sin embargo, que la conmuevan grandes contradicciones que iría descubriendo a edades distintas y que ante ellas se pronuncie de manera vehemente.

Venezuela la recibió varias veces y desde niña logró sorprenderla. No es Cuba un tema de lo imposible ni un recuerdo ni una lucha ni un terror para ella, sino un asunto a ser discutido y resuelto. En esa isla encontró la música, que fue, a su juicio, su primer vínculo con las artes. Ex presidenta del Museo de Bellas Artes y miembro fundador de la Galería de Arte Nacional, entre dos de las actividades más resaltantes de su extensa carrera, más activa que nunca, nada ha podido evitar que su interacción con la plástica continúe desde varias plazas.

Entiendo que su padre era sastre en La Habana.
Mi papá era sastre y mi mamá se dedicaba a cosas del hogar. Venía de una familia de sastres desde que los gallegos llegaron a Cuba y le enseñaron ese oficio, que era absurdo en Cuba como él decía, porque el cubano no se vestía de traje, se vestía de guayabera, de ropa fresca. Era un país caliente, muy informal en la ropa.

Llega usted muy pequeña con sus padres a Venezuela.
En el año 1950. Mi papá vino en 1949, un año antes, porque en esa época no era como hoy en día, en que se va toda la familia completa o que mandan a la esposa a buscar apartamento y luego se van todos. Mi papá vino primero, instaló una sastrería en el centro de Caracas y al año más o menos vinimos mi mamá y yo, cuando yo tenía dos años de edad.

¿Por qué razón salieron de Cuba?
Por razones económicas fundamentalmente en ese momento. El absurdo de la sastrería en un país donde la gente cada vez se vestía menos, además de la situación económica en Cuba, que era difícil en esos años. Cuba es un país agrario y fue un país más bien modesto en comparación con lo que nosotros podemos manejar que tenemos en un país como Venezuela.

Hábleme de su infancia.
Empiezo el Kinder acá en el Colegio de La Consolación. Estuvimos aquí tres años y mi papá decide que se devuelve a vivir a Cuba.

¿Qué pasó, no le gustó Venezuela?
Sí le gustó, pero le pegaba la nostalgia muy fuerte. Él decía que aprendió muy pronto que cuando se emigra de adulto ya no se es nunca más de ninguna parte, porque cuando se está aquí se añora lo de allá y cuando se está allá se añora lo de aquí, situación que yo viví en la infancia también. A la mitad de ese año más o menos, no le fue bien en Cuba económicamente y regresó a Venezuela, otra vez unos meses antes que nosotras, para volver a establecer su vida. Hice un año escolar allá, segundo grado. Vivía entre La Habana y San Luis, en la zona de Pinar del Río, porque estaba asistiendo al colegio en esa zona. Vivía allí por temporadas largas y en ese año, de niñita, también lo hice. Tuve una segunda estadía larga en Cuba a los 14 años, y vivía más bien en La Habana e iba de vacaciones a la hacienda de tabaco de mi familia, en Vuelta Abajo. En realidad, en Cuba viví muy poco: entre mis seis y mis siete años, y entre mis 14 y mis 15, y bueno, claro, entre que nací y los dos años y pico. Tengo memorias de lo que me cuentan, e historias incorporadas a la memoria que entonces creo tener, pero mis primeras memorias son de Caracas.

¿Cuáles son esas primeras memorias?
Hay una que es muy impactante para mí. Yo tenía la idea de que los aeropuertos estaban fuera de las ciudades. Así era en Rancho Boyeros en La Habana y así era Maiquetía, los dos aeropuertos que yo conocía. Un día, al salir del colegio, la muchacha de servicio que trabajaba en la casa, en vez de llevarme a mi casa, se fue con el novio y conmigo a pasear por La Carlota. Yo quedé absolutamente impactada al ver un aeropuerto en medio de una ciudad. Era una locura, una cosa entre disfrute y sensación de absurdo ¿cómo era posible que hubiera un aeropuerto en la ciudad?, ¿qué pasaba si los aviones se caían? Esa es una de las memorias fuertes relacionadas con la ciudad de Caracas.

La otra memoria tiene que ver con El Ávila. Yo vivía en Sabana Grande, frente a donde está el edificio famoso que han invadido, donde está el cine Acacias, que no tenía construcciones enfrente. Piensa tú en una niñita chiquitica asomada por la ventana o estando en la calle, y lo que era el Ávila para ella. Me llevaban a pasear a la Plaza Altamira y para mí era una cosa tan impresionante, tan inmensa El Ávila, que yo sentía como que no podía ver el mar como lo veía en Cuba, el mar que a mí me encantaba ver, la sensación del infinito. Era muy impactante la montaña por su belleza, por su tamaño, pero también por la comparación de algo que me bloqueaba la mirada del horizonte, porque yo estaba acostumbrada en La Habana a ver el mar y me encantaba. No era tanto el paseo por el malecón lo que me fascinaba. Era cuando uno iba en el carro por las calles paralelas al malecón. Por cada bocacalle asomaba un pedazo de mar y aquello era absolutamente mágico. La montaña era demasiado inmediata, demasiado alta, demasiado otra cosa.

¿Le molestaba el Ávila?
Me angustiaba. Progresivamente fui amándolo, pero ya era un poquito más grande. Tampoco era que me molestaba, ni que propiamente me angustiaba, era que extrañaba el horizonte.

¿Cómo fueron sus estadías en las distintas edades en La Habana?
Cuba fue para mí siempre la música. Pero no sólo ésa que es para todo el mundo: Celia Cruz y Barbarito Diez y Lecuona y los danzones, sino incluso la música de Bach y de Beethoven, de Mozart y Debussy, pues mis primeras clases de piano y de solfeo las recibí allí, en mi estadía entre los 6 y 7 años cuando viví entre el pueblo de San Luis, en la hacienda de mi abuela materna, y la casona de los mediopuntos y las persianas de madera en que vivían mi abuelo y tíos paternos en el centro de La Habana. Siempre recuerdo el día de mi primera clase, cuando la profesora de piano me regaló un cuaderno de pentagramas vacíos, que llevé a casa para aprender a copiar melodías muy sencillas. Lo miraba y lo anotaba con recogimiento, con un sentimiento de maravilla que no olvido. Pensándolo hoy, creo que ese día marcó de alguna manera el vínculo que mi vida tendría con los lenguajes del arte, con la cultura artística.

Cuba se me siguió relacionando después con la música, cuando presenté mis últimos exámenes de piano, el 7° y el 8°, en el Conservatorio Orbón, en La Habana, en esos meses en que viví allí entre mis 14 y 15 años, a los inicios de la revolución, cuando opuse resistencia a seguir estudios formales y me dejaron dedicarme al piano y al inglés.

Pero, más atrás de todo eso, recuerdo que cuando yo tenía 3 o 4 años, viviendo en Caracas, tenía la insólita idea de que la música –toda y cualquier clase de música que yo pudiera escuchar- había surgido en Cuba, que la música toda era una invención cubana. ¿De dónde saqué aquella idea? Extraña y todo, era en cualquier caso una verdad contundente para mí en esos tiempos, y sólo fue disipándose después, con el tiempo y un poco más de conocimiento. Pero se me fue quitando muy lentamente y debo decir que en contra de mi voluntad. Era una intuición intensa, que todavía, a veces, me asalta.

Además de su interés por la música. ¿Cómo era el mundo de relaciones de su familia cubana?
Hubo una mezcla de situaciones. La familia de mi padre era una familia absolutamente integrada a la revolución, sin fisuras en ese sentido y muy apasionada, muy genuina. Habían sido socialistas toda la vida y tenían una conciencia de esa situación.

La familia de mi madre estaba más vinculada con la hacienda y fue menos revolucionaria, más moderada. Algunos otros se fueron de Cuba simplemente.

¿Cuál fue su percepción de lo que sucedía con respecto a su familia y estas dos posiciones?
Se veían situaciones sorprendentes. Por ejemplo, siendo muy revolucionaria mi familia paterna, yo sentía que rechazaban un poco la experiencia de tener un Comité de Defensa al lado. Yo pensaba para mis adentros por qué, si ellos eran gente tan sana, con mística y entrega -como hubo muchos cubanos muy convencidos, cosa que uno no siente tanto ahora en este proceso acá. Se entregaba el tiempo, el espacio, la pasión, y eso me intrigaba. Si eran incapaces de comprar carne en el mercado negro, incapaces de hacer algo que disgustara a la revolución porque ellos eran la revolución, por qué les molestaba, por qué tenían temor de la gente del Comité de Defensa. Después me di cuenta de que el ser humano simplemente no puede tener a alguien que fue su vecino toda su vida, que fue su compañero de colegio, como miembro del Comité de Defensa. Se estaban metiendo en tu libertad de alguna manera. Ellos no lo decían, yo simplemente lo sentía, eso estaba en los gestos, esa sensación de que las paredes tenían oídos ya sucedía cuando la revolución tenía nada más dos años.

Hubo algo que a mí me impactó un poco. Uno de esos dos años que estuve, fue el año de la alfabetización. El año 1959 fue el año de la reforma agraria, 1960 fue el año de la reforma urbana y creo que el tercer año, es decir, 1961, fue el año de la alfabetización y fue muy intensiva. Mis primos de mi edad estaban alfabetizando y yo estaba en el colegio. Si yo no hubiera estado en el colegio, habría tenido que ir a alfabetizar.

Esa parte a mí me parecía bonita. Yo de hecho alfabeticé en Caracas años antes, cuando era una muchachita empezando bachillerato, en barrios, por el colegio de monjas donde estudiaba. Entonces me puse a ver las cartillas que mi prima traía en la noche cuando llegaba de alfabetizar, y todo lo bonito que me había parecido el hecho de alfabetizar, me resultaba terrible después de ver lo que decían las cartillas. Naturalmente, yo no lo noté en ese momento y no te podría decir una frase sustituta a “mi mamá me ama”, “mi papá me mima”, pero eran frases todas muy orientadas al odio a lo americano, al odio al otro de alguna manera. Hay que pensar que la mayoría de las personas alfabetizadas no eran sólo niños, eran adultos y algunos muy ancianos incluso. Es decir, no podía ser el mismo tipo de cartilla en ningún caso, pero había un componente ideológico total, total, total.

El análisis de la revolución cubana es una cosa muy compleja. Tiene el encanto de la alfabetización y el horror de la cartilla de alfabetización. Tiene la maravilla de lo que es atenderse con un médico cubano. Yo me enfermé de una crisis asmática por un problema de la alfombra en un hotel de La Habana, y tuve una atención médica exquisita, de una sensibilidad muy difícil de conseguir normalmente, por un médico que era un personaje que se interesaba por ti y que incluso me decía que la alfombra era la que me estaba haciendo daño y que me tenía que cambiar de hotel porque iba a desarrollar un asma aún no siendo asmática. Al día siguiente, cuando ya él sabía que me había trasladado a otro hotel, me llamó para saber si 24 horas después lo que yo tenía era lo que él había pensado.

Pero paralelamente está el tema de la libertad, está el tema del hombre masa, de una progresiva pasividad, de que la gente casi no se da cuenta, casi no tiene del todo conciencia de que no tiene libertad y esa es una de las cosas peores: no es que no tengan libertad, sino que no tengan conciencia de que no tienen libertad.

¿Realmente no lo notan?
Yo he tenido discusiones con cubanos que me miran a los ojos, gente de mucha envergadura y me dicen: “tú sabes que Cuba es un país libre”. Te lo dicen con una creencia, y yo qué les puedo decir. Sé que Cuba es un país que ha luchado por la justicia social, pero yo no creo que Cuba sea un país libre, no se puede confundir justicia y libertad.

¿Cómo ha manejado usted esa postura suya y su relación con Cuba?
Con Cuba tengo dos tipos de relación. Una humana con mi familia y mis amigos de infancia y otra con el mundo intelectual. He sido invitada a Casa de las Américas a dar conferencias y he tenido relaciones con gente del medio intelectual, artístico, plástico y literario.

En una oportunidad, yo venía de una charla en Casa de las Américas y de un encuentro donde discutimos cosas fuertes, una polémica muy interesante que hubo en 1982 en un encuentro de jóvenes intelectuales de Ibero América, donde muchos artistas plásticos se liberaron de las generaciones anteriores, que pintaban solamente los afiches del Che y de Fidel, y Gerardo Mosquera, el crítico cubano, tuvo mucho que ver con esta especie de revolución dentro de la revolución, que buscaba abrir los territorios y los horizontes de los muchachos de las artes. Yo venía entusiasmada de que en la Casa de las Américas hubiéramos podido tener una discusión de ese nivel. Pero llegué a la casa de mi primo, muy fanático, y resulta que esa discusión no se podía tener en su casa, ni hablar nada de Fidel ni de nada de la revolución. Era difícil de entender que yo pudiera en la Casa de las Américas decir cosas y no en casa de mi primo no. ¿Qué pasó con ese primo? Como médico, experto en Sida, se asiló en España en una oportunidad en que lo invitaron a un congreso, porque ya no aguantó más. Hoy en día trabaja y vive en Estados Unidos.

Otro primo, más joven, experto en artes marciales y absolutamente revolucionario, fue a una de las guerras, no recuerdo a cuál de ellas, y ahí se empezó a dar cuenta de muchas cosas. Cuando regresó a Cuba decidió irse en una balsa porque, por sus vínculos institucionales, no podía agarrar y decir me voy en un avión. Ni los médicos pueden hacer eso, ni un general de la aviación. Ninguno de ellos era gente corriente como para tramitar una salida pasando por todos los canales que hay que pasar para salir algún día, y cuando les tocara, tomar un avión. Un experto en artes marciales que trabaja directamente con los militares cubanos dándoles entrenándolos y que es mandado a la guerra, tampoco puede irse como un ser humano normal. Además, ya en el mundo de la cultura hay mucho silencio y yo aquí también estoy viendo mucho silencio y me recuerda mucho el silencio que he visto en Cuba, que es un silencio normal, esto es muy importante, es normal. En Venezuela lo normal es que no aceptamos las cosas que no nos gustan y lo digamos, lo normal es que se ha adversado a los poderes, a veces sin causa y a veces con causa, y a veces con muchísima sindéresis y con muchísimo peso y legitimidad, pero en todo caso hay la costumbre de hacerlo. En Cuba lo que hay es la costumbre de no hacerlo y la palabra costumbre es muy importante: ¿a qué nos acostumbramos en Venezuela a lo largo de tantos años? A ser libre pensadores, a ser un poco desobedientes, a ser un poco indisciplinados, lo cual tiene sus virtudes y sus vicios.

Yo creí hasta ahora que algunas de las no-virtudes, de los errores idiosincrásicos del venezolano iban a terminar siendo una virtud. Por ejemplo, el ser indisciplinado, si se lo comparaba con una sociedad como la cubana, que es mucho más disciplinada. Pero pongo el ejemplo de la letra Palmer, que para mí fue muy impactante, porque yo pasé en poco tiempo, en mi infancia de seis años, de enamorarme de la letra Palmer de mi tío, que era una belleza, a darme cuenta de que todos escribían así, los chiquitos, los viejos, los grandes, todos escribían igual. No es que en Venezuela no te daban las cartillas de letra Palmer. Sí te las daban, pero te las daban como te daban otras cosas. Era una guía para que no te salieras tanto de la línea, un cierto patrón. En menos de un año yo tomé la decisión de que ya no quería esa letra, porque era igual a la de todo el mundo. Es un poco simbólico, pero tiene que ver con una educación.

Alguna vez me comentó, en nuestras conversaciones anteriores, un asunto relacionado con el color de la piel.
Me impactó enormemente en la infancia la cosa de los negros, la famosa Sociedad de color.

Algo que sentí como muy diferente entre Venezuela y Cuba fue los modos de ser de la gente respecto al color de la piel. Para mí, desde el kinder en Caracas, era normal compartir en las casas de mis compañeras con familias de muy diversas tonalidades: un padre rubio, una madre negra, unos hijos blancos, aindiados o morenos en distintos grados. Pero, sobre todo, aquí yo no sentía que –más allá de gustos o preferencias personales- en realidad nadie fuera menos que nadie.

Me di cuenta muy pronto de que en Cuba las cosas eran en cambio muy tajantes, y sobre todo que no parecía posible salir ileso de una diferencia de color. No olvido una pequeña vivencia que habla claramente de eso. En ese año de mi estadía en la hacienda, me inquietaba que estaba radicalmente prohibido a los negros el acceso a lo que llamaban “la Sociedad”, un lugar abierto, de música, juegos de mesa y fiestas al que concurría libremente el resto del pueblo. Había en el otro extremo del pueblo una pequeña casa verde que llamaban en voz baja “la Sociedad de Color”, donde me dijeron que se reunían los negros. Escuché hablar de esa casa con el temor en la voz de quienes a ella se referían, como tratándose de un lugar de actividades muy distintas y hasta peligrosas. Quise conocer el lugar y se lo dije a René, el capataz de la finca, ya para mí un querido amigo, un negro fornido que cantaba hermosas canciones después de almorzar arenque y batatas con su gente en pleno campo (arencón con boniato lo llamaban, y era uno de mis platos preferidos, del que me dejaban probar cuando iba a escuchar sus canciones). René pidió permiso a mi madre y abuela y me llevó al lugar. Yo iba de su mano, muy intrigada por saber en qué consistía realmente la diferencia más allá de aquel umbral. Los vi simplemente cantando, bailando, jugando en las mesas, como en las reuniones de blancos. Pero nunca olvidaré las miradas que ellos me dirigieron con extrañeza, ni podré olvidar sobre todo mi sentimiento al salir, cuando realmente caí en cuenta de que en aquel lugar lo único diferente era el color de mi piel, lo único diferente era yo misma. Esa experiencia me golpeó y, como puedes ver, me resultó inolvidable.

¿Eso sigue siendo así?
Eso sigue siendo así. La revolución ha hecho muchos esfuerzos por tratar de que eso no siga siendo así y yo creo que han logrado más hermandad, más camaradería entre compañeros de trabajo blancos y negros. Creo que no existen barbaridades como ésas, ha habido una integración muchísimo mayor en ese sentido.

Ahora, transformarle la mente al cubano del todo, esa cosa racista que tiene el cubano que es muy de fondo, no ha cambiado del todo. Es muy difícil y en cambio, en el venezolano no existe.

Hablemos de su desarrollo y crecimiento profesional y personal en Venezuela.
Yo regresé aquel año, me casé muy joven, tuve mis hijos, terminé mi bachillerato, empecé la universidad cuando mi divorcié a los 23 años, en Comunicación Social en la Universidad Católica Andrés Bello. Pasaron unos cuantos años y empecé a hacer el postgrado en Filosofía en la Universidad Simón Bolívar, la maestría y el doctorado, cuya tesis tengo pendiente porque estuve presidiendo el Museo de Bellas Artes. Estudiar Filosofía fue una decisión muy personal, de crecimiento interior fundamentalmente, y yo lo he hecho muy en relación con mi trabajo del arte. Siempre lo he llevado hacia los temas de estética.

Es en área que se inicia en la Galería de Arte Nacional.
Yo formé parte del equipo fundador de la Galería de Arte Nacional y participé en la creación del departamento que se llamaba proyección didáctica, que tenía a cargo todas las áreas de educación y de comunicación, audiovisual y prensa.

En el año…
En el año 1976. Luego de cuatro años en la GAN, estuve varios años por mi cuenta en trabajo académico, dando clases, haciendo curadurías, haciendo proyectos de investigación, todo siempre relacionado con el mundo del arte, la crítica, escribiendo en el Papel Literario, haciendo algunos libros. Después empecé a dirigir el Museo de Bellas Artes en el 1989. Estuve 12 años, hasta el día de la revolución cultural, que fue cuando el presidente destituyó en su programa de televisión Aló Presidente, a 18 presidentes de las instituciones. Estaba Clementina Vaamonde en la GAN. He trabajado 30 años en el mundo cultural venezolano y ahora estoy dedicada al trabajo de investigación, escribiendo varios libros, terminando la tesis doctoral y haciendo algunas curadurías internacionales. El año pasado hice la de la Bienal de Cuenca y llevé venezolanos para allá, y por cierto uno de ellos, Alexander Apóstol, ganó la bienal. Estoy preparando una que voy a llevar a Biarritz, una colección de arte latinoamericano muy importante que de la que está una parte aquí y otra en Nueva York.

¿Viaja usted todavía con frecuencia a Cuba?
En los últimos diez años he viajado tres veces y la última vez fue hace cuatro años. Fui sola la primera de esas veces y luego quise ir con mi hija menor para que conociera a la familia. El tercer viaje fue con mi esposo. Siempre voy por una semana, no paso temporadas largas.

Yo voy a varias cosas. Voy a ver a mi familia, a relacionarme con el país también, a oír su música, a ver su malecón, a estar en sus calles, a sentir sus olores. No te puedo decir que voy a la hacienda porque ya la hacienda no pertenece a la familia. La gente que vive allí es muy cariñosa y cuando viajo, siempre nos invitan a comer un día, pero ya no es la hacienda de mi abuela. Hace muchos años fue expropiada y permitieron que mi abuela y mi tía estuvieran allí mientras vivieron, pero con otra gente que trajeron a vivir con ellos y, naturalmente, ellas recibían un sueldo del Estado. No gerenciaban ya la hacienda como había sido toda la vida, porque esa hacienda la heredaron de los antepasados que habían venido de España.

Me comentaba que su madre había sido una gran conciliadora, que tenía su manera de hacer de Internet cuando entonces no existía.
Mi mamá murió hace muchos años, en el año 1988 aquí en Venezuela. No existía Internet, pero ella escribía mucho a la familia y se convirtió, por su naturaleza, en mediadora entre la gente que estaba en Cuba, entre ellos entre sí y entre ellos y la gente que estaba fuera de Cuba. Y curiosamente, además, porque normalmente los mediadores son los que viven en el terreno, los que se quedan donde está la mayoría, y ella estaba fuera de Cuba. Mi madre hacía un poco lo que tú y yo hacemos hoy en día con el Internet, que hay una tecla que dice reenviar, y si a ti te parece que una carta es interesante, se la pasas a alguien o agarras un párrafo que le puede interesar a esa persona y se la envías. Ella hacía algo similar sin Internet: tomaba, recortaba o mandaba cosas, cartas, pedazos de cartas, cuando se podían compartir, de una forma muy discreta. No sólo nadie se ponía bravo, sino que todo el mundo sabía que ella lo hacía y esperaban esos intercambios. Pero el aspecto triste del asunto es que incluso ella, de esa forma, hacía participar de alguna manera a personas de la familia que ya no se hablaban entre ellos.

Es por eso que usted la ha llamado “el eje de esa red”.
Sí, porque esperaban que mi mamá los pusiera en contacto. Muchas familias en Cuba dejaron de hablarse por la cosa política. Por ejemplo, una tía que decidió irse con su familia, perdió todo contacto con sus hermanos porque la veían como la desertora, como la que abandonó el país.

En lo que a mí respecta, creo que me fui convirtiendo en una persona mediadora también y de decisiones más bien de centro, un poco por la experiencia de ver sufrir a la familia cubana en general. Yo recordaba de mi infancia de fiestas en familia, vi cómo se convirtió en una familia en guerra, y la mejor manera de estar en guerra para la gente civilizada, era simplemente no hablarse.

¿Cómo maneja esa situación?
Había una especie de código tácito, doloroso, de mantener ese afecto con la familia en Cuba, de no hace muchos años. Decidí que lo que importaba era el afecto, mantener el sentido de familia y dejar de discutir de política. No hablo de política con los que son radicales y ellos no hablan de política conmigo y hay un mundo de afecto enorme, pero tú sientes que es como cuando en una relación de pareja o en una relación de hermanos hay algunos temas tabú que le quitan algo de vivacidad a la relación. Con ellos sí puedo hablar, sin embargo, de qué bien me atendió el médico del hotel, qué maravilla, qué bien están bien con las cosas de la medicina, qué bueno es todo esto, y punto.

De jovencita, y después en los años en que ya vivía en Venezuela, yo sentía que con relación a la revolución cubana, yo fui, no exactamente una ni, ni, sino más bien una sí, sí, que son matices distintos el de ser sí sí y el del ni ni, porque el sí sí trata de ver lo bueno en los dos lados, cosa que yo traté de ver en la revolución y, por supuesto, yo veía toda la cantidad de cosas buenas que había en lo que ellos llaman con desprecio el mundo capitalista, pero también veía lo criticable de los dos, mas no como para aceptar condenarlos al ostracismo radicalmente como puede ser el ni ni, que tú sabes que está más allá del bien y del mal.

He reflexionado mucho en los últimos años y me he ido dando cuenta de que es muy fácil ser sí sí o reconocerle valores a la revolución en la distancia.

¿Cómo ha sido para usted haber llegado a Venezuela?
Venezuela es mi país desde hace mucho, y a esta altura puedo decir esto sin duda. En los años de niñez me asaltaba aún la inquietud de no ser ni de un país ni del otro. Pero ya para la primera adolescencia eso había cambiado, sentía más bien que yo era de los dos países a la vez, era algo que podía sumar, y lo empecé a disfrutar. Con el tiempo fui sintiendo que este es mi sitio, donde me siento bien, y así fue estando cada vez más claro el sentirme venezolana, con un afectivo origen cubano y español que reconozco, que influye en la educación que recibí, en lo que soy. En realidad si de entrada mi padre eligió a Venezuela como país de lo posible, luego con los años yo he estado re-eligiéndola con entusiasmo, por esa y por otras razones más entrañables.

Me integré plenamente a Venezuela. Ya desde muy niña mi familia en Cuba me llamaba “la caraqueña”, no sólo por mi acento sino por mis amores por esta ciudad y por los cuentos que de ella les hacía. Mis tres hijos y mis tres nietos son venezolanos. Y caraqueños.

Prodavinci 

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