Artes

“¿Dónde está, Armando, tu polo maníaco?” // Diario de Armando Rojas Guardia

Por Armando Rojas Guardia | 4 de marzo, 2017
El escritorio antropomórfico (1936), de Salvador Dalí

El escritorio antropomórfico (1936), de Salvador Dalí

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La psique, como lo afirmaba mi amiga terapeuta María Inmaculada Barrios, es “materia incierta”. La psiquiatría y la psicología clínica son todavía ciencias muy jóvenes: tal como las conocemos hoy, su origen se remonta apenas al siglo XVII (si hemos de creerle a Michel Foucault). Por eso mismo, no es de extrañar su imprecisión conceptual a la hora de los diagnósticos. Yo mismo soy, clínicamente hablando, la prueba fehaciente de ello. Para algunos psiquiatras que han conocido y tratado mi caso, mi trastorno psíquico consistiría en la llamada bi-polaridad afectiva: la oscilación masiva, sin solución de continuidad, entre el polo maníaco y el polo depresivo; oscilación que por momentos entra en fase psicótica debido a la violencia implícita en su propia dinámica fracturada. Otros terapeutas, a mi juicio más sabios y asertivos, señalan que he padecido, más bien, y claramente, una esquizofrenia paranoide (esta es la versión más benigna de la esquizofrenia porque no involucra detrimento de las facultades intelectuales). Jean Marc Tauszik lo formuló lapidariamente: “¿Dónde está, Armando, tu polo maníaco? El polo depresivo se ha hecho evidente, pero de ninguna manera el maníaco”. Y, sin embargo, nunca olvido lo que me dijo, en la primera conversación que sostuve con él, un respetable psiquiatra merideño:

“Uno tiene, a estas alturas de la propia experiencia clínica, una percepción adiestrada, y en ocasiones ya casi automática, del paciente; y debo decirte que en tu caso no percibo estar hablando con un esquizofrénico”

Sea lo que fuere, ahora quiero destacar que mi afán teorético y especulativo, tal como este recorre vertebralmente toda mi trayectoria existencial e intelectual, hunde sus raíces en una característica medular de la esquizofrenia: el exceso, la hipertrofia de la ideación simbólica como intento de sustituir, afincándose en ella, el peso específico de la corporalidad. El esquizofrénico ostenta una relación conflictiva con su propio cuerpo: este continuamente se le escurre en el momento de la autopercepción. La materialidad del cuerpo se le sustrae y evapora, y necesita compensar esa ausencia a través de un “plus” de actividad simbólica. Esta es la causa principal de la aparición del delirio psicótico: la codificación arbitraria de los datos de la realidad, operada por el delirio, no constituye sino la hipérbole de una ideación —imaginativa, pero dotada internamente de coherencia racional— por medio de la cual el sujeto busca, sin saberlo, equilibrar el desbalance psíquico motivado por aquella desconexión con su propia fisicidad corpórea.

Cuando yo tenía diecisiete años, afirmé en una composición colegial que me sentía “una nube en pantalones” (ese es el título de un poema de Maiakovski), deseando aludir con esas palabras al hecho, ya para mí incontrovertible a esa edad, de que mi cuerpo era en mi vida una ausencia: delgadísimo, esmirriado, casi endeble, yo me percibía incapaz de disfrutar de una buena comida, un abrazo, la visión de un jarrón con flores, un vaso de cerveza. Recuerdo que el jesuita Javier Duplá, el profesor que revisó, corrigió y calificó el texto de aquella composición, solo escribió esta anotación al margen del mismo: “Terriblemente interesante, pero demasiado íntimo”.

Toda la estrategia terapéutica de Rafael López Pedraza tuvo, en mi caso, este objetivo: la reconciliación y reconexión con mi corporalidad, empezando por mi instintividad y mi específica orientación erótica. López me hizo leer el Hipólito de Eurípides: el personaje central de esta obra vive de espaldas a las demandas de su cuerpo, devorado por una castidad artemisal que termina precipitándolo en la tragedia: la naturaleza, transformada en destino inapelable, se venga de él hasta causarle la muerte.

Rafael Arráiz Lucca, en su estudio sobre la historia de la poesía venezolana, afirma que yo estoy “muy bien dotado para el mundo de las ideas”. Lo que pocos saben e imaginan es que esa manifiesta vocación teórica brota de un énfasis ideativo cuyo despliegue se me impone al compensar, como ya he dicho, la falta de contacto fértil y dinámico con mis instintos y pulsiones, con el entramado orgánico de mi carnalidad. Esa vocación teórica implica un serio peligro: el que ya Teseo, padre de Hipólito, le reprochaba a su hijo: la instauración mental de un discurso de abstracciones evanescentes, sin sangre, linfa, sudor y semen nutricios e irrigantes (una supuesta sabiduría “que te llena de humo”, según las palabras textuales de Teseo): una charlatanería especulativa sin asidero en la compleja y delicada estructura de la realidad y, a semejanza del delirio psicótico, afiebradamente fantasiosa y arbitraria.

Para salirle al paso, a tiempo, a la tentación que representa ese peligro, hace ya tiempo decidí, primero, otorgarle a mi discurso literario, en especial al ensayístico, un carácter testimonial y autoimplicativo (no es lo mismo enunciar “Dios existe” que afirmar “Creo en Dios”); de esta forma, mis palabras no se disparan hacia un platónico “topos ouranos” puramente ideativo sino que gravitan en la órbita concreta de la experiencia reconocible y tangible; y, segundo, apelar con frecuencia a la narratividad. Los evangelios no son sino teología narrativa: Jesús mismo fue, por así decir, un narrador público, un relator de historias a través de un lenguaje siempre expresivo y plástico (no esperaba de sus oyentes una reflexión teórica, solo la obligante decisión práctica). Desde “Las mil y una noches” sabemos que lo único que retarda nuestra cita con la muerte es el cuento que nos narramos a nosotros mismos para otorgarle sentido a nuestra vida: la narratividad —en última instancia, mítica— nos gobierna desde adentro, esa ficcionalidad simbólica donde se enraíza toda la donación de significado que otorgamos a lo que somos, tenemos y hacemos. Hay una filosofía narrativa: empieza con Schelling, y yo trato, en la medida de mis posibilidades, de adherirme a ella, siguiendo la pauta que formuló con exactitud Hanna Arendt: “Ninguna filosofía, análisis, aforismo, por profundos que sean, pueden compararse en intensidad y riqueza de significado a una historia bien narrada”.

Este diario quiere ser, a su manera, una modalidad de filosofía narrativa que conjugue concepto e imagen: las parábolas vivientes de mi trayecto existencial, en las cuales se condensa el sentido que extraigo de mi contacto con el mundo.

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Armando Rojas Guardia Poeta, crítico y ensayista venezolano, tuvo un papel fundamental en la fundación del Grupo Tráfico, y ha publicado numerosos poemarios y colecciones de ensayos, entre ellos "Del mismo amor ardiendo" (1979), "Yo supe de la vieja herida" (1985), "Poemas de Quebrada de la Virgen" (1985), "Hacia la noche viva" (1989), "La nada vigilante" (1994) y "El esplendor y la espera" (2000).

Comentarios (2)

Victoria I
4 de marzo, 2017

Y he aquí un hermoso..” Diario de Armando “..cargado de luz y sombra, pasado y presente, claros y oscuros túneles. Un arcoíris de auténtica filosofía narrativa. Gracias Poeta por compartirlo en esta Plaza. !!

Corina Mondolfi
4 de marzo, 2017

Me conmovió mucho lo que escribió Armando Rojas Guardia sobre la imagen que siempre tuvo de su cuerpo pues cuando yo era adolescente me costaba identificarme con el mío.

Corina Mondolfi

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