Actualidad

Eduardo Liendo: “Yo había sido derrotado, pero me quedó la palabra”; por Hugo Prieto

Por Hugo Prieto | 1 de enero, 2017
Eduardo Liendo retratado por Giovanna Mascetti

Eduardo Liendo retratado por Giovanna Mascetti

El testimonio de Eduardo Liendo, escritor venezolano, de narraciones sorprendentes, cultor de Caracas, y fiel exponente de la generación de los 60, es revelador en varios sentidos. Antes de publicar su primera obra, “El mago de la máscara de vidrio”, estuvo preso por subvertir el orden constitucional al lado de Argimiro Gabaldón. De la noche a la mañana, lo enviaron al exilio, a Moscú, donde pudo ver el mejor ballet del mundo y, donde además, conoció al monstruo en sus propias entrañas. También tuvo la oportunidad de corroborar algo más que un pálpito, una creciente desilusión, que luego confirmó en 1991, luego de un viaje a La Habana, donde sufrió como un perro.

Su obra está llena de referencias, cuyo eco rebotan en medio del desastre y de la peor crisis por la que atraviesa Venezuela en su historia contemporánea. No hay nada que convenza más que un manual del socialismo cuando no eres socialista. No se trata de una película mordaz como “Good bye, Lenin”, sino de una realidad que cada vez se parece más a una película de terror.

En las ‘Kuitas del hombre mosca’, el alter ego de Temístocles Pacheco, una mosca, vuela por los salones del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas y aterriza en cada uno de las obras que allí se exponen. Dice el narrador. “El cuadro que el hombre copiaba era el de una mujer de senos muy hermosos, de pezones oscuros, como para saciar a dos amantes, quizás tres”. La obra de Henri Matisse, ‘Odalisca con pantalón rojo’. La misma pintura que años después desapareció a manos de un secuestrador, cuya identidad aún desconocemos. ¿Se lo llevó la mosca?
A mí me interesó el ámbito, el Museo de Arte Contemporáneo. Era un lugar al que iba con cierta periodicidad y obvio que la mosca tenía que interesarse, no solamente de lo que ocurría en el cerro o en los lugares deprimidos de la ciudad, sino también en el MAC, que era una joya, en algún momento. Empecé a jugar con esa idea y, por supuesto, me divertí. Hay un pintor venezolano que utiliza elementos fósiles como materiales en su trabajo y la mosca percibe el olor y en su vuelo se detiene aquí y allá. Necesariamente, hizo una parada en La Odalisca, pero lo que apareció en su lugar, fue una copia de muy mala calidad. Yo me leí la investigación periodística, ‘El rapto de la Odalisca’, pero la parte policial del asunto, digamos, la seguí a través de los periódicos, que el cuadro está por aquí, que está por allá. Una cosa muy extraña, porque aparecían personajes. Ya están detenidos Zutano y Perencejo, y de pronto la noticia de que el cuadro estaba en exhibición nuevamente. Ahora, en la Venezuela actual es tan común que uno no se entere de lo que ocurre, que el ciudadano esté desinformado de las cosas fundamentales, incluso de lo que pasa con el tesoro nacional, que le digan a uno que un cuadro apareció, que lo trajo la CIA o que lo trajo Blackaman… ¡Ah, esa es otra cosa!

Otro de los personajes, cuyo alter ego también es una mosca, es el Báquiro, un malandro, cuyas huellas podrías rastrear hasta el pranato que hoy aterroriza a las ciudades venezolanas, un digno huésped del sistema carcelario creado por la señora Iris Varela.
Desde el punto de vista de la ficción, a mí siempre me preocupó ese escenario, al cual podría reconocer, aunque no con exactitud. Yo viví en los Jardines de El Valle, que no era lo que es hoy, en la parte más atractiva, en las casitas del Banco Obrero. Aún no se habían construido los súper bloques. Conocí cierto tipo de delincuencia, que ya existía, los primeros fumadores de marihuana, los pequeños distribuidores, y a mí regreso del exilio advertí, que ese ámbito poderoso debía ser narrado y poetizado, indagado también. Yo tenía claro eso, aunque no sabía si era el escritor para afrontar ese desafío. Evidentemente, no lo fui. Pero si tenía claro que ese mundo merecía un gran escritor, lo que habían hecho en el mundo rural otros grandes escritores latinoamericanos, incluso venezolanos. Había que hacerlo, digamos, en ese espacio de la marginalidad.

Lo que había hecho, por ejemplo, Orlando Araujo, con esos pueblos rurales de los Andes venezolanos. ¿Finalmente, el barrio se convirtió en nuestro mundo rural, no?
Hubo mucho de eso, un éxodo rural. Recuerdo que hablando con el doctor Ramón J. Velásquez, con quien entablé cierto grado de amistad, porque él iba mucho a la Biblioteca Nacional, donde yo trabajaba, en una ocasión me dijo que Caracas se había “ruralizado”, ese término no lo había escuchado nunca y me explicó, por qué. El personaje que viene del interior no tiene cultura urbana, por eso ves los papeles en el suelo, por eso la desatención a una serie de normas y a la señalización de las calles. Claro, ahora no las respeta nadie. Pero por otras razones. Uno de mis primeros cuentos está relacionado con el mundo de la marginalidad. Me costó mucho, porque yo no tenía experiencia narrativa, tiene como 20 páginas. Incluso, es anterior a “El Mago de la cara de vidrio”. Se llama “La confusión del muerto”, el personaje es un malandrín de pura pierna, de esos que te sacaban la cartera y corrían. Se lo llevé a Mary Ferrero, que era la directora literaria de Monte Ávila, allí estaba planteado el tema de la televisión y recuerdo que a (Alfredo) Tarre Murci, que tenía un conflicto con las televisoras porque lo habían vetado, mostró un gran interés. No solamente lo publicaron (junto a “El Mago de la cara de vidrio”), sino que fue uno de los títulos de la colección El Dorado, que era para escritores consagrados y muertos. Mary me dijo, si tú quieres publicamos los dos, pero yo preferiría que fuese “El mago” solo. No, no, van los dos o no va ninguno. Entonces, la primera edición de “El Mago” trae ese cuento.

Eduardo Liendo retratado por Giovanna Mascetti

Eduardo Liendo retratado por Giovanna Mascetti

El malandro es un gran conocedor de la naturaleza y de la psicología humana, pero se desconoce o se subestima esa capacidad de entender a una víctima que es sometida a un robo, a un secuestro. ¿Llegó a conocer la psicología de esos personajes? ¿Está presente en sus libros?
Indirectamente y mucho. No solamente por la información que uno encuentra en la prensa, yo soy un lector de periódicos empedernido, sino por lo que viví en la prisión, porque si bien éramos presos políticos, uno se encontraba con gente que venía de otro lado. El asunto no era ajeno a mí. Incluso, advertí elementos que auguraban, dramáticamente, lo que iba a ocurrir. Hay un personaje que lo asesinan en la cárcel, cuyo nombre no recuerdo, pero sí de su mala fama, lo entrevistaban en la prensa y le preguntaban a él ¿Quién era el asesino más peligroso? Y él dijo: los niños, porque uno cuando es adulto tiene consciencia de la vida, pero los niños no, por eso es de ellos de los que más me cuido, de los muchachos de 12 ó 13 años, que con una pistola en la mano te matan. Eso después se desarrolló al máximo, totalmente. La vida no vale nada. Después ellos han creado escalafones, que adquieren notoriedad entre sus grupos, pranes, luceros. Eso es porque han participado en delitos graves.

En los grupos radicales y violentos de la izquierda siempre hay un episodio delictivo —homicidio, secuestro, violación— alrededor del cual se genera un gran debate. No se condena, porque eso sería delatar a “un compañero”, pero la discusión se genera, creo yo, para detectar a quienes realmente son capaces de comprometerse, sin atisbo de dudas, en la lucha descarnada por el poder, cueste lo que cueste. Ahí se liquida el tema de la moral y de la justicia y se sabe quién es quién… <los que nos van a acompañar hasta el final>.
El problema es ideológico y hay una supra moral en el pensamiento del hombre, llamémoslo, revolucionario, si quiere le ponemos comillas.

Por favor.
Pero ese hombre está convencido, o llega a convencerse, de la justicia que encierra sus actos. Un ladrón de bancos es un ladrón de bancos, pero si lo hace un hombre de izquierda era para la causa. Estaba justificado. No importaba que en esa causa se perdiera un monto que iba a lucrar a la gente que había participado en esos robos. Así se fue degenerando y denigrando todo eso, hasta lo que tenemos hoy. También fue así con la violencia. El estalinismo fue justificado. Sartre lo hizo; no sólo él, sino los militantes de la época. Después de que se maten a todos los kulaks (los campesinos ricos), que son unos malvados, vendrá una etapa de paz e igualdad… por ahora hay que aguantar esto. Esto es lo que ha justificado el totalitarismo, creo yo. Los últimos beneficiarios en el continente han sido los cubanos, que después de la épica de la Sierra Maestra quedan con una patente de corso y a partir de ahí pueden hacer cualquier cosa.

La década del 60 es el tema de su novela “El round del olvido”. ¿Quién podría reivindicar la utopía de esa época?
No me gusta ser muy yoista, en 2002, el suplemento cultural de Últimas Noticias me invitó a escribir sobre la década del 60. El título de mi artículo era Aviso para extraviados. Los años 60 quedaron atrás (se puede leer en la página web), me complace comprobar el grado de lucidez, por llamarlo de alguna manera, que me había dejado la cárcel y el exilio para entender, tanto lo que era la desviación izquierdista como lo que después fue el chavismo. Esa década tuvo méritos indudables, en lo social, en la contracultura, en lo sexual, eran los años de la píldora, de la minifalda, de la liberación, de la música, de los Beatles, del primer trasplante de corazón. En los 60 está inscrita la revolución cubana como una promesa. El socialismo tropical que iba a ser distinto. De distinto ya sabemos lo que tiene.

Leonardo Padura, el escritor de la Cuba actual, de la escasez, del rebusque, de la inmoralidad. De la sobrevivencia a cualquier precio. Estamos tan cerca de esa realidad. ¿O ya estamos en eso, pero no somos capaces de advertirlo? ¿Falta ese capítulo de la literatura venezolana? ¿Falta el escritor que empiece a trabajar ese tema?
Hay intentos. A mí me interesó muchísimo “Caracas muerde” de Héctor Torres. Esa ciudad, ese país. Si bien estamos viviendo, creo yo, la etapa más difícil y más dolorosa de la historia contemporánea venezolana, incluso muertos, el entorno geopolítico no es el mismo de la revolución cubana. Este es un movimiento (el chavismo) bastante desprestigiado en el mundo, ni las izquierdas lo quieren reconocer como válido, incluidos los que han usufructuado de esto, por ejemplo, el español de Podemos, Pablo Iglesias. Se sacude un poco la cosa, porque es tan fea que no se puede echar ese bacalao encima. Y eso nunca ocurrió con la revolución cubana. El chavismo no tiene esa clientela y puertas adentro, el desgaste es muy grande. Lo apoya una minoría de incondicionales, cada vez más menguada y de la cual no se puede esperar rectificación, porque para ellos el problema social es como un juego de béisbol. Tú te tienes que morir magallanero, porque eres magallanero. En cambio, la gente más consciente ve que las cosas no ocurrieron como se esperaba.

¿Fue muy exigente la escritura de ‘El round del olvido’? Si nos atenemos a lo que señala la crítica, uno pudiera pensar que Eduardo Liendo se siente más identificado con el cuento, con la narración corta.
A mí me costó, entre otras cosas, porque yo no quería politizar demasiado mi literatura. Pero, al fin y al cabo, la experiencia que yo tenía era la de una guerrilla fallida, la prisión y el exilio, que no era un exilio tétrico, sino más bien favorable, para un muchacho que nunca había salido del país y de la noche a la mañana lo enviaron a Zurich (Suiza), luego a Praga y, finalmente, a Moscú, donde tiene la oportunidad de ver el mejor ballet del mundo. Mi persistencia ha sido la del escritor. A mí me gusta repetir algo, aquello de no perder en los dos tableros, o en todos los tableros. Ya había sido derrotado, al igual que mi generación, en esa guerrilla fallida y con una larga prisión. ¿Qué me quedó? La palabra, como herramienta para tratar de salvar algo de mi vida, que había sido perdida. Y, desde entonces, no hago otra cosa sino escribir.

¿A qué edad empezó a escribir?
“El Mago”, se publica cuando tenía 31 años, debo haber empezado a los 29, que es la edad que tenía a mi regreso del exilio. Lo otro que había hecho es periodismo de barricada.

Eduardo Liendo retratado por Giovanna Mascetti

Eduardo Liendo retratado por Giovanna Mascetti

Siempre hay un encuentro, un instante, en el que coincides con la literatura. En su caso, podría ser el que cuentas en el libro ‘En torno al oficio de escritor”, cuando el dueño de la librería ubicada en la esquina de Abanico te dice: “Como lo que tú quieres es ser escritor, te voy a recomendar un libro que yo no tengo aquí: ‘Los novelistas y la novela’, de Miriam Allott, una investigadora inglesa, publicado en español por Seix Barral”. ¿Realmente ese momento existe?
Claro, lo que pasa es que hay una suerte de vocación latente. Y, quizás, la equivocación de creer que uno está dotado realmente para eso. Yo creo que desde muy joven, desde la adolescencia, yo pensé que me gustaba ser escritor. Yo leí una biografía de Balzac, de de Stefan Zweig, que me impresionó muchísimo, en especial una frase que dijo Balzac: “Voy a terminar con la pluma lo que Napoleón no pudo con la espada”. Esto es. De esto se trata. Pero después me agarró la juventud comunista y la política. De pronto, me encuentro en una montaña con Argimiro Gabaldón. Y ya aquella visión que yo tenía de ser escritor, la olvido y empiezo a creer que voy a ser un cuadro revolucionario. Nunca pensé que podía ser comandante de nada, pero sí podía estar al frente de una granja, de una especie de Koljós, dirigiendo aquello, porque ya uno tenía luces. Creo que la nuestra era una generación muy desinteresada. Siempre que discutíamos por cargos, decíamos, no, no, el camarada está mejor preparado. La utopía estaba sembrada en todo aquello y funcionaba en los manuales, porque no hay nada que convenza más que un manual del socialismo cuando uno no es socialista. Que las fuerzas productivas en consonancia con las fuerzas de producción, no sé qué vaina. Que la propiedad privada, en vez de estimular, obstruye el desarrollo. Es decir, todo estaba pensado para ilusionarlo a uno. Entonces, si vamos a ser felices, vamos a ser felices todos. Y el que se oponga hay que rasparlo, porque se está oponiendo a la prosperidad, a la grandeza, a la libertad. Uno compró eso. Al igual que varias generaciones. ¿O te olvidas de los intelectuales que apoyaron el socialismo? Claro, como le dijo Borges a Sofía Imber y a Carlos Rangel, aquí en Caracas, que no era lo mismo ser socialista en 1920 que en 1980. Y un poco lo que nos pasó a nosotros, en 1959, la Sierra Maestra, la Primera Declaración de La Habana, y aquel tipo místico, aquel Supermán, que era el Che Guevara.

Recientemente, circuló por las redes el comunicado en el que una un grupo de intelectuales y creadores venezolanos le dan la bienvenida a Fidel Castro en 1989. Extrañamente, no figura su nombre.
No, no.

¿Por qué?
Yo ya tenía muchas reservas. A pesar de que yo voy a ir en el 91, por una insistencia de los cubanos, de Roberto Fernández Retamar, a quien yo no conocía, pero Domingo Miliani le dijo que me invitaran a mí. Ellos reeditan “El mago de la cara de vidrio” y ese año voy al bautizo de la edición cubana y como jurado del premio Casa de las Américas. Me dije. Bueno, es la oportunidad de ver la vaina. Y un amigo muy estimado, Edilio Peña, me dijo. Vas a sufrir como un perro en esa vaina. Él ya estaba desilusionado, porque había estado en La Habana dando unos talleres. Y efectivamente, ya yo iba como escamado. Te digo esto para que no digan que hay una contradicción, aunque la hay, más aparente que real, entre el hecho de que ya yo estaba desencantado de la revolución cubana y el hecho de haber ido como jurado de una actividad literaria. Pero en el 89, dos amigos, a quienes no voy a mencionar, porque les tengo afecto, fueron a la Biblioteca Nacional a decirme, Eduardo tienes que firmar esto. Pero lo cierto es que ya yo no estaba de acuerdo. Después, en el 91, me desilusioné todavía más, en La Habana. Vi al megalómano en el Palacio.

En esa novela, “El round del Olvido”, está el tema de la libertad que paradójicamente, sólo prospera cuando no hay certezas. ¿Cómo lo impactó ese tema?
Yo he tenido siempre un sentido del equilibrio, también en la política. Y ese equilibrio busca, siempre, la contrapartida, lo que piensa el otro, para mí, la opinión del otro es muy importante. ¿Qué piensa el otro? Y, por supuesto, como autor, siempre he reaccionado de esa manera. Incluso, en ese libro que yo menciono, “Los novelistas y la novela”, de Miriam Allott, ella pone en boca de un novelista inglés, lo siguiente. Si un novelista es un caballero y pone en la trama a un valiente, también debería poner a un cobarde; si pone a un personaje brillante, también debería poner a un bruto. Hay que darle espacio al otro.

♦♦♦

LEA TAMBIÉN:

portada-de-francisco-suniaga

Suscríbete al canal de Prodavinci en Telegram haciendo click aquí

Hugo Prieto 

Comentarios (3)

Joeif Duroim
2 de enero, 2017

Interesante la entrevista. Me quedo mucho con las líneas finales: “Hay que mirar que siempre existe un otro”.

Victoria I
4 de enero, 2017

Amigos Gracias por la Entrevista.. ……………. Hay dos tipos de revolucionarios..Los que llegan al bautizo de su revolución y crecen como culebras depredadoras hasta que MUEREN y sólo dejan una estela de desolación y penas en el ambiente y LOS QUE A TIEMPO..abren los ojos..y recuperan el equilibrio del aquí y el ahora..Un brindis por Ellos..

Víctor Roa
9 de enero, 2017

Leer esta entrevista de Eduardo Liendo me permite conectar mis emociones de Venezolano al que le duele este país. Este hombre que escribe y que cada esquina que nombra, que cada autobús que menciona, cada canción que sugiere están en mi mente de caraqueño ha dicho verdades aquí que impresionan por la lucidez y espíritu de gente que emana.

Envíenos su comentario

Política de comentarios

Usted es el único responsable del comentario que realice en esta página. No se permitirán comentarios que contengan ofensas, insultos, ataques a terceros, lenguaje inapropiado o con contenido discriminatorio. Tampoco se permitirán comentarios que no estén relacionados con el tema del artículo. La intención de Prodavinci es promover el diálogo constructivo.