Artes

Sobre los delirios de la psicosis y la paranoia // Diario de Armando Rojas Guardia

Por Armando Rojas Guardia | 3 de diciembre, 2016
Geopoliticus Child Watching the Birth of the New Man (1943), de Salvador Dalí

Geopoliticus Child Watching the Birth of the New Man (1943), de Salvador Dalí

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Tres películas cuyo tema es la locura: Equus, de Sidney Lumet, Marat-Sade, de Peter Brook, basada en la homónima pieza teatral de Peter Weis, y Alguien voló sobre el nido del cuco, de Milos Forman (en Venezuela se estrenó con un título estúpido: “Atrapado sin salida”).

Lo que más me conmueve en la primera es la vacilación del psiquiatra ante la posibilidad de convertir al paciente en una persona “común y corriente”: la psicosis le ha otorgado a éste el privilegio de una conexión religiosa con la realidad (y por lo tanto también consigo mismo): el caballo en su caso ostenta la estatura de un auténtico mito y en consecuencia desprende para él un aura sagrada, numinosa, que le restituye el sentido de la adoración, una impregnación psíquicamente “mística” del objeto de su deseo. La enfermedad lo ha llevado a descubrir la envergadura existencial de la pasión, en todos sus significados: como talante devoto y como padecimiento que se sufre de manera expectante y, por así decirlo, vertical (atraído por la altura reclamante de su propio centro). El terapeuta teme que la “normalización” del muchacho le robe esa densidad interior recién hallada.

El segundo filme, Marat-Sade, ficcionaliza una representación teatral organizada y dirigida por el Marqués de Sade en el manicomio de Chanderton. Los actores y actrices de la pieza son los mismos compañeros del Marqués en la institución psiquiátrica: los locos que comparten con él el encierro. El tema de la representación lo constituyen algunos avatares de la Revolución Francesa, acaecidos quince años atrás, en especial el asesinato de Jean Paul Marat a manos de Charlotte Corday. Pero todo el guión de la puesta en escena, al ser protagonizado frente al público por los pacientes presos en el hospicio, ofrece una imagen especularmente deformada de lo sucedido en la historia real: Marat es un loco, como también es una loca Charlotte, y el líder girondino Duperette es ante nosotros un enfermo sexual encerrado en el hospital por ser tal. La ironía no puede ser mayor: la locura brinda una lectura-otra de los hechos históricos; lectura no por alucinada menos crítica e incisiva. El rol que cumple Sade a todo lo largo de la pieza es sacerdotal, mediador, es decir, tiende un puente entre el universo mental de la sin-razón y el de la “normalidad” racional, entre la locura y la “cordura” tal como esta existe normativizada y estatuida socialmente. Sade es un “loco”, preso como sus cófrades en un hospital psiquiátrico, pero su locura ostenta la virtud insólita de hacerse entender por aquellos que lo han encerrado, a él y a sus compañeros. El habla de placeres y deseos hórridos, revela el sentido de esa parte de la humanidad cuya sola existencia invierte los valores de la sensatez legislada. Su consigna es lapidaria:

“Marat, / estos calabozos interiores del cuerpo son aún peores / que las más profundas cárceles de piedra, / y mientras no se abran / toda nuestra revolución se quedará tan solo / en un motín de presos, aplastado / por otros compañeros de celda”

Resulta obvio que Sade reveló mapas del deseo sin cuyo conocimiento no podemos ser hombres lúcidos. Comprenderlo no es aprobarlo (únicamente Pasolini vio la catástrofe antropológica que puede ser Sade operativizado políticamente). Pero viéndolo y escuchándalo en la película de Brook uno recuerda las afirmaciones de Michel Foucault en su imponderable Historia de la locura en la época clásica: antes de la escisión operada en el siglo XVII por las Meditaciones de Descartes, escisión radical entre Razón y No-razón, entre racionalidad y demencia, el aura hierofánica que rodeaba las manifestaciones de la locura (los imagineros medievales colocaron al único naipe no numerado del Tarot, denominado “El loco”, indistintamente al comienzo y al final del trayecto psíquico y espiritual, ascendente, codificado por los 22 Arcanos Mayores) se plasma en los cuadros de El Bosco, de Brueguel, de Durero: en ellos, una conciencia trágica transforma a la locura y al loco en el furor apocalíptico que relativiza el poder y la gloria apetecidos por el género humano, burlándose de ellos al cuestionarlos, desenmascarándolos; esa conciencia trágica pervive oscuramente en algunas tragedias de Shakespeare —Hamlet, El Rey Lear—, en las pinturas “negras” de Goya, en los Poemas de la locura de Hölderlin, en los últimos cuadros de Van Gogh, y en varios de los textos de Nietzsche, de Nerval, de Artaud y de Roussel. Ya Nietzsche lo había dicho tajantemente: la gran pérdida espiritual de Occidente ha consistido en la ocultación de la tragedia. Toda su obra quiere ser una profunda anamnesis de aquella experiencia antigua dentro de la cual vivían, indiferenciados, Apolo y Dyonisos. Así, la locura no es solo epifanía hierofánica sino también denuncia moral: personaje y argumento para señalar las insensateces y desquiciadas pretensiones de la Razón: la voz irónica del loco devela la irrisoria verdad de los hábitos y usos considerados socialmente como racionales y correctos: gracias a este develamiento, la razón aparece como pura sinrazón (ese fue el propósito filosófico y literario de el Elogio de la locura de Erasmo, en el siglo XVI, todavía antes de la gran escisión). A partir del XVII, el loco es policialmente perseguido y encerrado.

Alguien voló sobre el nido del cuco describe el comportamiento subversivo de otro prisionero de la institucionalidad psiquiátrica. El mundo mental de éste es inclasificable: no sabemos bien si está, en efecto, loco, o se trata, más bien, de un hombre cuya conducta complota contra todas las etiquetas y pautas que rigen la “normalidad”. Su estadía en el hospital representa un torbellino para el orden interno de lo clínico, para sus costumbres, sus jerarquías, sus reglas tácitas y explícitas. Todo lo subvierte, arrastrando a los otros pacientes hacia una liberación mental revolucionaria. El encarna para ellos esa libertad. Al final, cuando la lobotomía que le practican como expiación punitiva de su diferencia lo convierte casi en un vegetal, es el indígena cautivo junto a él quien lo ahoga compasivamente con una almohada, para escapar después abriendo un estruendoso boquete en la cristalería de la habitación donde yacen los “enfermos”: ese indígena, heredero de siglos de humillación étnica y cultural, de una atávica exclusión en la civilización norteamericana, se convierte en el símbolo de una liberación histórica: los excluidos ejercen por fin su vindicta pública, la subversión continúa, el loco y el indio a su manera logran redimirse.

El poeta Leopoldo María Panero, que sabía muy bien de lo que hablaba, escribió en cierta ocasión: “No creo en la locura. Son problemas humanos a los que se ha llamado psiquiátricos. La calle nos vuelve locos y el manicomio completa el trabajo”. Debo decir que ninguno de los tres grandes terapeutas que me han tratado —el resto de los psiquiatras que se han ocupado de mí ha sido solo una caterva de imbéciles—, con tanta asertividad como maestría, Rafael López Pedraza, Jean Mark Tauzik y Florencio Quintero, ha tenido, sin embargo, la perspicacia, la audacia y la valentía de desmontar analítica e interpretativamente la lógica interna de mis delirios psicótico-paranoicos. Hace mucho tiempo que sé, basado en mi propia experiencia, que la paranoia funciona de manera semejante a una lupa: deforma la visión de los objetos al agrandarlos, pero al mismo tiempo nos hace distinguir detalles que sin ella nos pasarían desapercibidos. Hablando de sí mismo dice Bernardo Soares, el heterónimo de Pessoa a quien este le atribuye la redacción del Libro del desasosiego:

“Atiendo a todo siempre soñando: fijo los mínimos gestos faciales de aquel con quien hablo, recojo las entonaciones milimétricas de cada palabra proferida; pero al oírlo, no lo escucho, estoy pensando en otra cosa, y lo que menos retengo de la conversación es la noción de lo que en ella se dijo, por mi parte o por parte de aquel con quien hablé. Así, muchas veces, repito a alguien lo que ya le había repetido, le pregunto de nuevo por aquello a lo que ya me había respondido; pero puedo describir, en cuatro palabras fotográficas, el semblante muscular con el que él me dijo lo que no recuerdo, o la inclinación de oír con los ojos con que recibió la que ya no recordaba haberle contado”

Se trata, ni más ni menos, que de una magnífica descripción de la mecánica mental de la paranoia, tal como yo la he experimentado en mi vida. El constructo imaginativo del delirio psicótico, vehiculado por esa enorme exacerbación perceptiva que retrata Bernardo Soares, al codificar arbitrariamente los datos de la realidad, ofrece, no obstante, una especie de explicación fantasmática del mundo parecida a la de nuestros sueños y a la de las fantasías diurnas que nos sobrevienen durante la jornada. En ese sentido, constituye una puerta franca de acceso a fundamentales contenidos inconscientes del sujeto que lo padece. Antonin Artaud se atrevió a preguntarles, de manera pública, a los directores de los manicomios: “¿Para cuántos de ustedes, por ejemplo, el sueño del demente precoz y las imágenes que lo acechan son algo más que una ensalada de palabras?”. El delirio no es una ensalada de imágenes y palabras: es una mitología personalísima a través de la cual el sujeto se “explica” a sí mismo lo real. Por eso ostenta una compacta, y a menudo pavorosa, coherencia. Desentrañarlo terapéuticamente viene a ser el más cabal desafío de un tratamiento psicológico eficaz, digno de ese nombre. Algo muy hondo relativo a la condición humana, a sus glorias morales y a su incontestable experiencia de la culpa; algo definitivo acerca de la noción de Dios, del advenimiento liberador de la gracia y de la sombra siniestra, puntual, que esconde, debajo de sí misma, toda conciencia; algo crucial referido a mis propias realizaciones existenciales y a mis metas y desventuras éticas: todo eso lo he aprendido, con dolor y exaltación anímicos, del delirio psicótico. Aunque en su momento lo haya vivido como un cataclismo poco menos que devastador, luego, al interiorizar la lección espiritual que me aprontaron y aportaron sus imágenes, al hacerlas material psíquico iluminado por la conciencia, he terminado por percibir que ellas —esas imágenes— constituyeron un trayecto en mi caso insustituible de plenificación interior. Me parece constatar que he emergido de aquel cataclismo un poco más sabio y más denso, con un conocimiento mejor aquilatado del mundo y de mí mismo. López Pedraza me dijo un día: “No concibo un buen terapeuta que no experimente un profundo respeto por la locura”

Termino citando y suscribiendo estas palabras de Abraham Maslow:

“El mayor descubrimiento de Freud, el que se halla en la raíz de la psicodinámica, es que la gran causa de muchas enfermedades psicológicas es el miedo al conocimiento de uno mismo, de las propias emociones, impulsos, recuerdos, aptitudes y potencialidades de nuestro destino. Hemos descubierto que el miedo al conocimiento de uno mismo es frecuentemente isomórfico y paralelo al miedo al mundo exterior”.

Este diario quiere ser la minuta de una inédita reconcilación conmigo mismo. La bitácora de mi autoexamen. El conjuro ascéticamente literario que exorcice aquel miedo, larvado y a veces ostensible, a mi abismo interior.

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Armando Rojas Guardia Poeta, crítico y ensayista venezolano, tuvo un papel fundamental en la fundación del Grupo Tráfico, y ha publicado numerosos poemarios y colecciones de ensayos, entre ellos "Del mismo amor ardiendo" (1979), "Yo supe de la vieja herida" (1985), "Poemas de Quebrada de la Virgen" (1985), "Hacia la noche viva" (1989), "La nada vigilante" (1994) y "El esplendor y la espera" (2000).

Comentarios (5)

Georgette
5 de diciembre, 2016

Maravilloso!!! Realmente conmovedor

Alejandro Rodríguez Pascual
18 de diciembre, 2016

“Y si nos pusiéramos a investigar el caudal de historia oculto o encerrado en cada uno de nuestros actos habituales habría razón para vivir en perpetuo asombro. Este pasmo ante lo obvio suele llamarse bobería [¿psicosis?] . Y lo cierto es que muchos metafísicos, sabios y descubridores han empezado por bobos. Pascal, de niño, se pasaba las horas largas oyendo las sonoridades de una copa de cristal herida de un capirotazo. Los físicos presocráticos se interrogaban sobre los misterios de la espiración: ¿Por qué —se decían— el aliento es tibio y el soplo frío?” -Sobre el disimulo del yo- (Alfonso Reyes. OC XXII)

Dejo esto acá para reavivar la chispa de la conversación entre lecturas: el milagro de la concelebración. Por colocarse acá, quizá ya no sea tan cegadora como la del encuentro inesperado, pero, aún así, valerosa y digna del ojo que se pasee (¿de nuevo?) por este formidable riachuelo en el que florecen como rosas las manifestaciones del espíritu (la prosa de Armando).

armando rojas guardia
19 de diciembre, 2016

Gracias infinitas por tu comentario, amigo Alejandro. No conocía ese bello párrafo de Alfonso Reyes. De nuevo, ¡gracias!

Victoria I
19 de diciembre, 2016

Sinceramente MI PROFE ARMANDO.. disfrutar de una lectura como ésta, es un camino razonable y sonoro de retorno a la unidad del SER. Un delirio en forma de arcoiris. Gracias por compartirlo con sus fans. Ahhhh..y.. FELIZ NAVIDAD Y AÑO NUEVO 2016 !!

Sheyla Falcony
19 de diciembre, 2016

UN DELIRIO CRIOLLO (?)

Una plaza reinventada, con banderas verdes mucha gente, una lluvia que empapa aparecen los paraguas, escampa el rostro de una niña, que abraza con amor-temor una estatua, un caballo, cobran vida un festejo criollo, con arpa y maraca bandas musicales, guardaespaldas, funcionarios un lindo recuerdo de un florido instante un 17 de diciembre de 1957.

sheila, 19-12-16

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