Artes

Sobre la conciencia de existir y el descubrimiento de la risa // Diario de Armando Rojas Guardia

Por Armando Rojas Guardia | 15 de octubre, 2016
Rojas guardia

Democritus (1630), de Johannes Moreelse

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El soterrado rencor de haber nacido humano late en el hombre a medida que toma conciencia de la tarea que conlleva, para él, existir. Una tarea riesgosa que supone superar tres tentaciones simultáneas (implícitas en los tres primeros capítulos del relato mítico del Génesis): primero, la seducción del caos, de ese estado de indiferenciación dentro del cual todo es confuso por indistinto: la seducción de tenerlo todo, y, aún más, de serlo todo: completitud caótica de la que solo se emerge a través del fiatdel hágase creador de la palabra, cuando el deseo, articulado por la sintaxis genésica del lenguaje, consiente la separación, la delimitación, el orden y, por tanto, la imposibilidad de abarcarlo todo, de ser todas las existencias a la vez; en segundo lugar, la tentación de la magia, cediendo a la cual el hombre pretende renunciar a los límites específicos de la condición humana optando por el trasmundo de la imposible y engañosa omnipotencia (“… serán como Dios”, Gen 3,5), inflando titánicamente el deseo hasta desvincularlo de su único cauce creador: la contingencia finita de lo real; y tercero, la seducción regresiva, involutiva, a través de la que el ser humano sucumbe a la casi irresistible fascinación de lo inorgánico y elige, no ya solo la inercia de lo puramente instintivo y sus ciegos automatismos, sino, más profundamente todavía, la invertebrada existencia de lo vegetativo pre-humano.

Sí. El rencor de haber nacido hombre puede ser formulado con aquellos versos de Darío: “no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, / ni mayor pesadumbre que la vida consciente”. Kafka afirma en uno de sus aforismos que la humanidad fue expulsada del Paraíso a causa de su indolencia y de su impaciencia, y que la contumacia de ambas le impide regresar a él. Todos, incluso los más lerdos, caemos en la cuenta de que ser hombre es una tarea. Y no acabamos de resignarnos a ella.

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Las tres cosas que más admiro en un ser humano son la sabiduría (es decir, la destreza en el “arte de saber vivir”), la capacidad de compasión y el sentido del humor. Puedo decir que yo llegué tarde al humor. Hace un tiempo me encontré con Juan Socías, quien fue mi profesor de inglés cuando yo estudiaba bachillerato. Teníamos cerca de cuarenta años sin vernos. Durante la conversación que sostuvimos me dijo lo siguiente: “Armando, tú eras buen estudiante, pero te reías poco”. Esta es la formulación precisa del talante psíquico de mi adolescencia. La conciencia muy precoz de mi homosexualidad, y su lógica desembocadura existencial: el sentirme maculado desde las raíces de mi ser por la culpa, determinaron una notoria inclinación en mí a la melancolía, a una opresiva tristeza que impregnaba constantemente mi vida cotidiana. En el cuarto año de la secundaria mis compañeros de clase empezaron a apodarme Unamuno, por aquello del “sentimiento trágico de la vida”. Pero quiero consignar aquí algunos episodios que jalonaron, decisivamente, mi descubrimiento paulatino de la risa. Una risa subversiva y paradójica, porque cuestionaba no solo a mi melancolía pertinaz, sino a todo mi edificio yoico: me cuestionaba a mí mismo, desapegándome irónicamente de mi propia, consuetudinaria pesadumbre.

Sucedió que, cuando yo tenía unos catorce años, presentaban en la televisión una serie de dibujos animados cuyos protagonistas eran un león —Leoncio— y una hiena —Tristán—. Leoncio era jovial y ocurrente; Tristán era fiel a su nombre: patético y de un humor catastrofista, casi apocalíptico: ante cualquier tipo de acontecimientos repetía una y otra vez: “¡Cielos, qué desgracia! ¡Esto es horrible, horrible!”. En vano Leoncio intentaba disuadirlo de la supuesta horripilancia de lo que les ocurría: Tristán contemplaba, empecinado, la realidad con lentes ahumados; para él, todo venía a ser opaco y siniestro. A mí me encantaba esa serie televisiva, por la sencilla razón de que me identificaba semiconscientemente con el catastrofismo anímico de Tristán. Cuando lo escuchaba exclamar: ”¡Esto es horrible!, ¡horrible!”, yo soltaba la carcajada. Las hiperbólicas constataciones del amigo de Leoncio me hacían presentir lo extremado y cómico de mi tristeza habitual: la tristeza de Tristán era como la reducción al absurdo de la mía propia. De ahí la liberación del estallido de mi risa ante el televisor. Un estallido liberador que no escapó a la sagacidad perceptiva de mi hermana Sylvia: un día, al escucharme reír tan estruendosamente, se acercó al televisor para ver conmigo la serie animada. Y yo pude ver, en medio de un breve relámpago de atención cuando nuestras miradas, de pronto, se cruzaron, que ella comprendía: yo, ante la desventura más bien voluntaria de Tristán, me estaba riendo de mí mismo.

El segundo episodio ocurrió cuando yo era jesuita. En el sótano del edificio donde estaban el noviciado y la enfermería de la Provincia, funcionaba una sastrería dirigida por el anciano hermano Felipe. A mí me gustaba conversar con él. Por eso mismo lo visitaba con frecuencia allí, en su lugar de trabajo. Y el hermano toleraba con benevolencia y alegría la interrupción de sus quehaceres que le significaban esas visitas mías, por lo general para él inesperadas. Sucedió que un día, al verme llegar a la sastrería, me dijo: “Te voy a mostrar una cosa que me ha hecho reír a mandíbula batiente durante mucho rato”. Y acto seguido abrió la gaveta de un escritorio que estaba a su lado, de donde extrajo una fotografía. La reconocí inmediatamente: era una foto, que, junto con otras tomadas el mismo día, nos había hecho el hermano Ministro (llamado así porque se encargaba de toda la infraestructura material de la vida de la comunidad) a varios estudiantes jesuitas. Pero lo que llamaba la atención a cualquiera que contemplara esa fotografía era mi propio rostro, tal como aparecía retratado en ella: no encuentro las palabras adecuadas para describir lo hilarante del desencajado ademán que dibujaban al unísono mi boca y mis ojos (mis ojos, que frente al lente de la cámara parecían los de un bizco, tan anormalmente desorbitados se mostraban: estrábicos, oblicuos, con una mitrada afantasmada de demente). Era, sin la menor duda, el rostro de un espantapájaros, pero sobretodo el de un clownel de un payaso de circo. Imposible no reír a carcajadas: eso fue lo que hicimos el hermano Felipe y yo al observar aquella imagen (el hermano me confesó que le había pedido al Ministro esa fotografía y la había guardado en la sastrería para contemplarla de vez en cuando y así poder reírse voluntariamente en algunas pausas de su jornada laboral). Pero lo que me importa destacar es el hecho de que, ante una imagen cómica de mi mismo, mi profunda y serísima necesidad de ser reconocido y valorado, mi enfermiza compulsión por la autoestima (otro jesuita me dijo en una ocasión: “Si los suicidas lo son por problemas de autoestima, tú no te suicidarás nunca”), mi omnipresente narcicismo, todo eso pareció disolverse y evaporarse durante un liberador cuarto de hora dentro del cual no solamente pude reírme de mi mismo, sino también fui feliz dejando que otro —Felipe— me acompañara en esa risa, que un prójimo me eligiera como objeto de su burlona alegría.

El tercer incidente aconteció otra vez en el noviciado. Todos los días, a las 3 pm, los novicios debíamos practicar dos horas obligatorias de deporte. Siempre, tanto en el colegio como en mis años de estudiante dentro la Compañía de Jesús, fui un pésimo deportista. Mi desmañada e inocultable torpeza era el objeto del sarcasmo y la burla constante de mis compañeros. Cotidianamente tenía que someterme a la humillación que provocaba esa actividad corporal delante de ellos, infinitamente más desenvueltos y diestros que yo, y que no ahorraban ningún tipo de ironía y vilipendio hacia mí, productos de la molestia e impaciencia que les suscitaba mi idiotización física. Hasta que, una tarde, jugando frontón —o “pelota vasca”— fue tan evidente mi impericia para atinar un solo buen raquetazo que hiciera rebotar limpiamente la pelota contra la pared de cemento ante la cual se desarrollaba el juego, y fueron tan estrepitosos los gritos, silbidos y exclamaciones que provocaban mis fallidos intentos por hacer coincidir la pelota y la raqueta, que yo no pude más: hice ademán de retirarme, lancé a un lado la raqueta y me dispuse a abandonar al menos por esa tarde —pero quizás con el inconfesado deseo de que fuera para siempre— todo quehacer deportivo. De pronto el Maestro de novicios, que estaba jugando con nosotros, al percatarse de que yo intentaba escapar de ese escenario de desdicha, me ordenó: “No vas a irte a ninguna parte, Armando, agarra otra vez la raqueta y sigue jugando”. Para un jesuita la obediencia es un asunto sagrado: comprendí que no tenía alternativas. Debía continuar esa desafortunada ficción de un juego. Recogí del suelo la raqueta y, llorando —las lágrimas me incendiaban los ojos— me dispuse a proseguir hasta que el Maestro indicara el final del tiempo destinado al deporte. Entonces ocurrió el milagro, el advenimiento de la gracia. Continué jugando tan o quizás más torpemente que antes, pero súbitamente encontré la capacidad de reírme, incluso a carcajadas, de mi propia torpeza: me tragaba unas lágrimas que no sabía si eran de dolor o de alegría. A cada imposibilidad de acertar el pelotazo con la malla de la raqueta, a cada desvío o indirección de la pelota, a cada comprobación de que el frontón era inalcanzable para la orientación impulsiva de mis manos y mis brazos, yo me reía alborozada y sosegadamente. Nunca he olvidado la calidad espiritual de esa risa, de la fiesta insospechada que aquella tarde atisbé como una vía posible de autorrealización psíquica.

Armando Rojas Guardia Poeta, crítico y ensayista venezolano, tuvo un papel fundamental en la fundación del Grupo Tráfico, y ha publicado numerosos poemarios y colecciones de ensayos, entre ellos "Del mismo amor ardiendo" (1979), "Yo supe de la vieja herida" (1985), "Poemas de Quebrada de la Virgen" (1985), "Hacia la noche viva" (1989), "La nada vigilante" (1994) y "El esplendor y la espera" (2000).

Comentarios (1)

Marilina G
19 de octubre, 2016

Hermoso relato.Cuan difícil es reirnos de nosotros mismos son muy pocas las veces que el ego no los permite. Gracias por recordarnos que la risa es un regalo Divino.

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