Artes

Sobre ‘Watunna’ y su significado existencial // Diario de Armando Rojas Guardia

Por Armando Rojas Guardia | 8 de octubre, 2016
La tormenta en el mar de Galilea (1633), de Rembrandt

La tormenta en el mar de Galilea (1633), de Rembrandt

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Acabo de asistir con Luisa Helena al concierto de La Orquesta Sinfónica Municipal dentro del cual se ejecutó la pieza titulada “Watunna”, de Adrián Suárez. No se me ocurre otro adjetivo para calificar a esta música que este: vaginal. La pieza entera es un útero selvático en cuyo interior, junto con la majestuosa preeminencia de los instrumentos de viento, combinada con el ritmo isócrono de la percusión y de algunas flautas y tambores indígenas, jadea el crescendo dramático de la voz de un chamán warao, verdadero hilo conductor y corazón de toda la orquestación que escuchamos. Ese jadeo termina causándonos dolor, tan íngrimo y desolado asciende ante nosotros. Me ha hecho recordar una afirmación de María Zambrano en su estudio sobre Séneca: lo sepa o no, el hombre, todo hombre, experimenta un tácito rencor por haber nacido. Los poetas y algunos pensadores son los llamados a consolar al ser humano de ese sordo y abismal rencor. Es el mismo rencor que se insinúa en aquel primer verso del poema “Walking Around” del Neruda de Residencia en la tierra: “Sucede que me canso de ser hombre”.

El hombre —y eso se hace evidencia en el sincopado cántico del chamán de “Watunna”— no puede evitar, dentro de un nivel subterráneo de su propio ser, vivirse a sí mismo como un náufrago. Algunos psicoanalistas, empezando por Otto Rank, quien fue el que acuñó el concepto, hablan del trauma del nacimiento: la vivencia de la condición humana como naufragio empieza por la experiencia de nacer: ser expulsado de la tibia seguridad del útero materno hacia el espacio desconocido y frío, hacia la promiscuidad de los roces y los contactos inéditos, hacia el horror y la dicha de la autonomía corporal e individual.

El barroco potenció el símbolo del naufragio como imagen primordial de la vida humana. Y ello porque el hombre experimenta en el siglo XVII, a las puertas del mundo moderno, la distancia infinita que media entre el Cielo y la Tierra. En la Edad Media el Cielo —es decir, lo divino, lo trascendente, lo sobrenatural— le salía al paso en cualquier esquina y recodo de la vida cotidiana. La Trascendencia y sus representaciones impregnaban todo el espesor del mundo y la existencia de todos los días, en el hogar y la sociedad, en lo individual y lo colectivo. El siglo XVII señala una ruptura radical: el mundo recupera su autonomía, la dinámica intramundana ahora aparece regida por su propia lógica autosubsistente, la inmanencia dista inconmensurablemente de la trascendencia. El hombre parece despertar del “sueño” medieval que lo acercaba al Cielo y lo hacía intimar directamente con él. Y ese despertar es, en la historia de Occidente, doloroso: el hombre lo vive ante todo como un naufragio. Así como el mar arroja al náufrago, devuelto a su ingrimitud, a la orilla de la playa, el barroco hace sentir al ser humano el vértigo, la incertidumbre, el peligro y el riesgo implicados en esa autonomía recién descubierta, en esa insólita soledad naciente y náufraga.

El protagonista de las Soledades de Góngora es un náufrago. Y son náufragos Andrenio y Critilo, los personajes principales de El criticón de Baltasar Gracián: ambos coinciden en la playa desierta de una isla, de la cual saldrán para reconocer el mundo con los ojos vírgenes que ha propiciado en ellos precisamente el naufragio como experiencia fundamental y fundante. Ese naufragio ontológico y existencial palpita subrepticiamente en la afirmación de Heidegger según la cual hemos sido arrojados a la existencia. Nadie nos consultó acerca de si deseábamos venir a este mundo: un día, sin más, aparecimos en él, arrojados trémulamente a su orilla. Es lo que me ha evocado el hímnico quejido, el ancestral y chamánico canto que se abre como una herida en el centro sinfónico de “Watunna”.

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Armando Rojas Guardia Poeta, crítico y ensayista venezolano, tuvo un papel fundamental en la fundación del Grupo Tráfico, y ha publicado numerosos poemarios y colecciones de ensayos, entre ellos "Del mismo amor ardiendo" (1979), "Yo supe de la vieja herida" (1985), "Poemas de Quebrada de la Virgen" (1985), "Hacia la noche viva" (1989), "La nada vigilante" (1994) y "El esplendor y la espera" (2000).

Comentarios (3)

Ignacio Arias
9 de octubre, 2016

Uff ! Un sordo escucharía la mejor versión de Watunna al leer tu nota sobre ella.

Ignacio Arias
9 de octubre, 2016

… saludos a Luisa Elena.

Matilde Daviu
11 de octubre, 2016

Este poema sinfonico y tu texto, dos formas civilizadas de abordar el tema de la existencia me recordaron que, Watunna es el huevo cosmico y el canto del shaman es la voz que traduce toda la mitologia makiritare. Saludos, Matilde Daviu

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