Artes

Sobre el acto de comulgar y el evangelio como conducta // Diario de Armando Rojas Guardia

Por Armando Rojas Guardia | 1 de octubre, 2016
The Last Communion of Saint Mary of Egypt (1860), de Marcantonio Franceschini

The Last Communion of Saint Mary of Egypt (1860), de Marcantonio Franceschini

24

“El infierno es la enemistad consigo mismo” (Jonatan).

25

En la tarde del sábado Jonatan me lleva a la capilla. Se ubica detrás del altar, enfrente de mí, y con unción casi palpable extrae de una pequeña custodia colocada en el bolsillo superior de su camisa una hostia consagrada. Me la ofrece, y yo comulgo. Me dice que esta comunión es una preparación para el ejercicio espiritual que me va a proponer mañana. Se me ocurre ofrecer toda la envergadura religiosa y moral de este rito por mi hermano Alejandro. Hace tiempo que intuyo que la dialéctica todavía irresuelta de la espiritualidad de Alejandro (un hombre rebosante de amor, y, por eso mismo, más cristiano que muchos que dicen serlo) consiste en la oscilación pendular entre dos polos antitéticos. Ambos enfáticos: la experiencia del sinsentido y la experiencia de la plenitud. A veces lo percibo avasallado por el contacto con el absurdo y la vacuidad, cuando todo parece desfondarse y palpitar solo para la inanidad y la muerte; otras, lo miro exultante, redimido, a salvo en la cresta de la ola ontológica, capaz de resonar íntegramente con el hallazgo repentino del amor y de la belleza. Ofrezco esta comunión implorándole al Lord que invoca en algunos de sus textos (“En los últimos años he aprendido a rezar”, me confesó hace varias semanas) que sea la alegría, inseparable de la plenitud, la que termine ganando la batalla que es su alma.

Siempre he pensado que el acto cristiano por excelencia viene a ser el de partir, repartir y compartir el pan. Jesús, la misma noche en que iba ser entregado a la muerte, partió, repartió y compartió con sus amigos el pan, diciéndoles que realizaran en adelante ese mismo acto en memoria suya. Cada vez que, en su nombre, lo hacemos, entramos en comunión con él, y, en él, nos comulgamos los unos a los otros, nos entregamos, sacramental y simbólicamente, unos a otros. En esta comunión de hoy comulgo en Cristo a Alejandro, a Jonatan, a Adalber, a Alberto, a Luisa Helena, a Miguel, a Gabriela, a Alidha, a Fernando, a todos los que amo como a mí mismo. Y a los innumerables que comparten conmigo el pan inexorable: el hecho de vivir sobre la tierra.

26

En este lugar casi rural, aunque también a su manera también urbano, la noche cae a pico sobre la iridiscencia de Caracas, engastada dentro del cofre amurallado de sus cerros. El zumbido monocorde de la ciudad, filtrado por la espesura vegetal que me rodea, está atravesado por la rítmica palpitación sonora de los grillos y el ulular fantasmagórico del viento que agita y estremece la oscuridad. A veces, el brevísimo relámpago de una luciérnaga afiebra el silencio, conmoviéndome como el fulgor de una inminencia, como un presentimiento.

27

Último día del retiro. A primera hora de la mañana, nuevamente en la capilla, Jonatan me entrega un rollo de siete pequeños pliegos impresos en papel biblia, primorosamente atado con un cordel dorado. En cada uno de esos pliegos —son siete— se puede leer un texto: son tres de Nietzsche, dos de Marco Aurelio, uno de Lin Yutang y un poema de Eugenio Montejo. El ejercicio estriba en leer cuidadosamente cada texto, buscando, sobre todo, no la saciedad de un apetito meramente intelectual, sino la resonancia emocional suscitada por la lectura pausada, parsimoniosa del mismo (ya Ignacio de Loyola, en el libro de sus Ejercicios Espirituales (1548), dejó estampado que No el mucho saber harta y satisface el ánima, sino el sentir y gustar las cosas internamente”). Después de la lenta lectura, debo elegir el texto que mejor sintonice con las demandas existenciales del momento que estoy viviendo, el que encaje de manera cabal en la hora actual de mi alma. La escogencia precisa de los textos no la ha abandonado Jonatan al arbitrio caprichoso del azar: ha obedecido al conocimiento que él tiene de mí, de mis necesidades y deseos. Seguidamente, se trata de memorizar —o de intentar hacerlo— el texto elegido. Para ello, será conveniente copiarlo a mano en una hoja de papel. Luego, tengo que seleccionar una sola palabra, una palabra que no solo resuma el texto, sino que también evoque, con nitidez e intensidad, toda la gravitación emotiva, e incluso sensorial, que la lectura y la memorización me han provocado. Para finalizar, debo repetir a conciencia, durante horas, esa misma palabra, entrelazando la repetición con el ritmo de mi respiración, al modo de un mantra ritual. Para lograr sus efectos, toda la repetición debe estar envuelta en un delicado sosiego. Y el último eslabón del ejercicio consiste en pronunciar la palabra escogida en voz alta, no una, sino varias veces, y, si me es posible, también cantarla, para que ese vocablo ascienda hasta mi boca empujado por la marea interior y su convergente oleaje.

Jonatan me explica que este ejercicio es también una antigua práctica estoica que los primeros monjes cristianos retomaron al pie de la letra, y que fue estudiada y valorada por Nietzsche hasta convertirla en el ejemplo paradigmático de lo que él denomino el “arte del rumiar”. Arte, para él típicamente anti-moderno, porque nuestro tiempo vive atrapado por el mito de la velocidad. El “rumiar” nietzscheano incluso como actitud hermenéutica (ante un texto, una situación, un acontecimiento) es un tempo otro en la liturgia del alma, una cadencia del espíritu parecida existencialmente a lo que en música se llama largo, dentro de los cuales una bienhechora lentitud se apodera de nosotros.

De los siete textos presentados por Jonatan, dos párrafos de El Anticristo se me imponen solos. Me rindo casi inmediatamente a la evidencia: estos dos párrafos resuenan poderosamente en cada rincón de mi universo interior. El autor del El Anticristo viene a decir en ellos que el Evangelio, dentro del cual “falta el concepto de culpa y castigo, así como también el de recompensa”, no es un postulado teórico, no es una doctrina. Es únicamente una conducta, un modo de comportarse, un obrar.

Hace muchos años yo había leído estas afirmaciones. Pero ahora las palabras de Nietzsche no es que me exponen una certeza, simplemente ellas cantan para mí. A lo largo de la mañana y buena parte de la tarde, las medito —en el sentido en que el monje zen lo hace con un Kōan propuesto por su maestro, no reflexionando conceptualmente sobre ellas, sino dejándome inundar por el hálito de su numinosidad—, las interiorizo, las paladeo, sigo el rastro de la impronta anímica que graban plásticamente en mí.

Después de horas “rumiándolas”, termino seleccionando un verbo emblemático para el rito mántrico, para la repetición ceremonial (intuyo que ésta, como ha de desembocar en el canto, debe ser álgidamente emotiva): obrar: este es el vocablo escogido. Me dedico a pronunciar, mentalmente, y en voz baja y en voz alta, desde todos los estratos recónditos de mi interioridad convertida en conciencia, ese infinitivo que no solo sintetiza para mí aquellos párrafos del El Anticristo sino que, igualmente, me devuelve a una vieja y querida convicción mía: o se entiende el Evangelio como praxis o no se lo comprende en absoluto. Durante muchos siglos ha prevalecido lo que José Antonio Marina llama “la interpretación gnóstica” del cristianismo, dogmática, teorizante, especulativa, doctrinal, obsesionada en convertir la fe en un sistema conceptual (y obedeciendo, en el fondo, a la premisa de todo gnosticismo: “solo el conocimiento salva”). Y con ello se ha pretendido olvidar, obviar y obliterar que la experiencia cristiana original es ante todo y sobre todo una práctica de transformación del mundo y de sí mismo orientada: 1) hacia la dilatación del espacio de la libertad humana: Cristo murió precisamente para liberarnos de la vida bajo la Ley; se acabó la edad antropológica de las obras de la Ley comprando el mérito que nos libra del castigo; se terminó el círculo asfixiado y asfixiante de culpa más remordimiento más sanción penitente más culpa más remordimiento mas sanción penitente más culpa… y 2) hacia el combate frontal contra todo lo que daña, atormenta, degrada, hace sangrar física y psíquicamente y vuelve infeliz al hombre. El objeto central de la preocupación de Jesús no fue el pecado sino el dolor humano. Es lo que quiere significar la utilización, en los cuatro Evangelios canónicos, de un término que ha llegado a ser técnico: el verbo griego splagchnizomai, que quiere decir “conmovérsele a uno las entrañas”. Esa compasión entrañada y entrañable de Jesús ante el ciego, el paralítico, el sordomudo, la dolencia hemorrágica de una pobre mujer, el hombre poseído por una grave perturbación psicosomática, el padre a quien se le acaba de morir una hija, el humillado y proscrito por las convenciones, los estereotipos y los prejuicios, la prostituta escarnecida, la adúltera a punto de ser apedreada, el hambre de la muchedumbre que se agolpa para escucharlo… Sí, Nietszche tiene razón: el Evangelio es una conducta, un modo de comportarse, un obrar.

Acabo el ejercicio, no cantando la palabra escogida porque temo que mi enronquecida voz de fumador la falsee al desentonar su vibración en mi garganta, pero sí con una hímnica acción de gracias por lo vislumbrado y experimentado durante estos cuatro días en la periferia de Caracas. Lo más exacto que puedo decir de la iniciativa que me condujo hasta aquí es que tengo la certeza de que ella ha sido inspirada y querida por Dios mismo.

28

A mediodía, Jonatan me dice que el retiro culminará, a las cinco en punto de la tarde, con un sorpresa. A esa hora nos dirigimos a la capillita que está en la zona de clausura de la casa de ejercicios espirituales situada al lado de la cabaña dentro de la cual he pernotado estos días; zona donde la comunidad de las seis monjas que atienden a los ejercitantes ocasionales tiene sus aposentos privados. Ningún hombre puede penetrar dentro de esa intimidad femeninamente conventual. A Jonatan y a mí se nos hace una gran concesión permitiéndonos quebrantar momentáneamente la clausura. Debo consignar aquí que a lo largo de estos cuatro días he podido mantener un contacto sostenido con estas monjas; ante todo con Claudia, que es sin lugar a la menor duda un espíritu superior: la agudeza de su inteligencia, el refinamiento de su sensibilidad, su serenidad irradiante, su aplomo a toda prueba y su libertad mental frente a las normativitizadas convenciones que pautan la vida religiosa católica, la convierten en uno de los grandes hallazgos de mi vida; y luego está Josefina, la anciana monjita que padece un Alzheimer incipiente, del cual ella es consciente, cuyas lagunas y lapsus desmemoriados, que afloran espontáneamente en cualquier conversación, no le impiden protagonizar la risa más pulcra, más dulce y más contagiosa que yo haya escuchado jamás.

La sorpresa que Jonatan y las seis hermanas me tienen preparada consiste en que allí, en aquella minúscula iglesia, de pie ante el altar y en presencia de toda la comunidad reunida, el guía de mi retiro lee, uno tras otro, cinco textos alusivos a mí. No voy a cometer la egótica imprudencia de transcribirlos y comentarlos en estas páginas. Baste ahora decir que en uno de ellos —la emoción me impregna de calientes lagrimas los ojos— me invita a seguir siendo el “monje laico” que, según él, soy para todos los que me conocen y me quieren. Luego, las monjas me piden que les dirija la palabra resumiéndoles la experiencia espiritual de mi retiro. Me levanto de la silla, y parado junto ella, les hablo durante media hora de la alegría, bíblicamente entendida, y de su equivalente corporal: la danza. Les digo que las palabras que escuchan son las de un hombre rescatado del mar insondable de la culpa, a quien la gracia de Dios, por pura benevolencia, le ha otorgado vislumbrar el horizonte de la nietzscheana ligereza, la libertad alada que baila sobre los escombros de todo lo que en nosotros nos somete al yugo de la pesadez: la trampa del remordimiento, el fardo del deber engañoso, la esclavizante negación de nuestro deseo, el rechazo tanático del placer. Todos estos objetos que nos rodean, y nosotros mismos, en apariencia tan estables, en realidad configuramos coreográficamente una casi infinita danza cósmica, tal como nos la ha enseñado y descrito la física contemporánea: la estallante dinámica de los átomos —y dentro de ellos los protones, los neutrones, los positrones— y de las ondas y las partículas, gobernada por la indeterminación y la imprevisibilidad. La alegría no es sino la intensificación subjetiva del contacto con esta danza cósmica a cada instante naciente, perpetuamente nueva. En el Evangelio de Juan se nos narra un hecho que quizás no es histórico, pero cuyo poder y eficacia simbólicos permanecen intactos a través de los siglos: el primer acto taumatúrgico de Cristo consistió en la transformación, dentro del marco de una fiesta nupcial, del agua destinada a los rituales de purificación en el vino de la alegría: finaliza la obsesión por la mancha cupábilizadora, a ser purificada mediante el rito y el sacrificio, y empieza a escucharse el e-vanggelion, es decir, la buena noticia de la ebria libertad del gozo, que nos devuelve al paladeo de la inocencia

Después de mi meditación oralmente compartida, Ligia, la muy joven hermana que toca la guitarra, acompañada por el rasgueo delicado de su instrumento, entona un canto alborozado, rítmico, vivaz, que todos coreamos con nuestras voces y entrechocando las palmas de nuestras manos. Jonatan no puede reprimir el impulso de ponerse a bailar, y lo hace allí mismo, en el centro de la capilla.

Al final, todos, las seis monjas, Jonatan y yo, con nuestras manos entrelazadas, pronunciamos alrededor del altar el Padre nuestro y Ave María. No sin antes oír estas palabras de Claudia que se quedarán para siempre orbitando en mi memoria emocional: “Armando, a nombre mío y de mis hermanas quiero que sepas que te consideramos un miembro masculino de nuestra comunidad y, como tal, puedes venir a esta casa y a la cabaña que está a su lado en el día y a la hora que lo desees”. Yo no puedo decir nada más. El llanto me quema los ojos, la garganta, el pecho y las ingles.

29

La epifanía de Eros en nuestra vida, así acontezca en pequeña escala, inaugura para cada uno de nosotros la boda de la subjetividad propia con la materialidad concreta del mundo. Quedamos nupcialmente ebrios de una inédita desenvoltura mental y corporal. Eros nos desnuda (Camus: “Estar desnudo guarda siempre un sentido de libertad física”). Desnudo para hacer el amor con el fasto, la opulencia del cosmos. Yo soy ahora un ejemplo viviente de ello.

Armando Rojas Guardia Poeta, crítico y ensayista venezolano, tuvo un papel fundamental en la fundación del Grupo Tráfico, y ha publicado numerosos poemarios y colecciones de ensayos, entre ellos "Del mismo amor ardiendo" (1979), "Yo supe de la vieja herida" (1985), "Poemas de Quebrada de la Virgen" (1985), "Hacia la noche viva" (1989), "La nada vigilante" (1994) y "El esplendor y la espera" (2000).

Comentarios (2)

Pablo Contreras
2 de octubre, 2016

Texto de inconmensurable belleza poeta, palabras para interpretarlas y vivirlas evangelicamente en medio de esta crisis espiritual, palabras para praxiarlas y no conceptualizarlas ni asfixiarlas, vivirlas como norma y no como ley. Saludos

Abraham Raul Nasif
3 de octubre, 2016

La intelectualidad casándose armónicamente con la espiritualidad. Simplemente que bello!

Envíenos su comentario

Política de comentarios

Usted es el único responsable del comentario que realice en esta página. No se permitirán comentarios que contengan ofensas, insultos, ataques a terceros, lenguaje inapropiado o con contenido discriminatorio. Tampoco se permitirán comentarios que no estén relacionados con el tema del artículo. La intención de Prodavinci es promover el diálogo constructivo.