Artes

Trabajo pesado; por Antonio Ortuño

Por Antonio Ortuño | 10 de septiembre, 2016

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En los meses recientes, por circunstancias más o menos inevitables (es decir, que soy un freelance y agarro las chambas que caen a mi inbox sin ponerme demasiados moños), he sido jurado y/o dictaminador de certámenes literarios, tanto en concursos de narrativa como en procesos para decidir ciertos apoyos a la creación (las famosas becas, pues). Algunos han sido convocados por instancias públicas y otros, quizá la mayoría, por particulares. Son trabajos arduos, ambos: revisar, por una parte, proyectos que a lo mejor se convertirán en textos formados un día, y por otra, leer obras que aún no han sido publicadas y quizá nunca lo serán.

Es una mezcla de factores un poco terrible la que se produce y hay que enfrentarla con toda seriedad. Porque allí van de por medio las ambiciones, los planes, las esperanzas de muchos escritores, en ciernes o formados, que a veces no encuentran otro medio para intentar que sus proyectos vean luz. Hay, sí, quien envía textos a todos los concursos como quien compra cachitos de lotería: para ver si sale de pobre. Es fácil detectar a estos hiperactivos, que suelen aparecer en todas y cada una de las convocatorias con los mismos trabajos y que deslizan, en sus solicitudes, detalles como “ahora reparto pizzas pero si soy beneficiado, me dedicaré de tiempo completo a la escritura” o “por el momento atiendo una línea en un call center, pero…”. Estos candidatos tienen toda mi simpatía (yo mismo desempeñé trabajos de ese tipo) pero sus proyectos suelen estar baldados, justamente, por la desesperación. Uno de ellos, por ejemplo, proponía escribir ocho mil páginas en un año, como para ver si alguno de los jueces le apostaba a su desenfrenada productividad (que equivaldría a pergeñar 21 cuartillas cada día, incluyendo domingos, cosa difícil hasta para Balzac, que tenía fama de compulsivo).

Otros concurrentes, en cambio, pulen en la oscuridad y durante años una sola obra en la que cifran todas sus esperanzas. Pero si tienen la mala suerte de que toparse con jurados poco afines, esos textos de valía, que tantos esfuerzos han representado, se quedarán en el cajón. También hay, desde luego, quien envía propuestas con tal cantidad de errores básicos de redacción y ortografía que se descarta solo. O quien da la impresión de ser más un fan que un creador y propone cosas que son evidentes derivaciones de otra obra (legiones de imitadores de JK Rowling o Stephen King, por ejemplo).  Pero, en su mayoría, las propuestas que he tenido que revisar son serias y legítimas. Muchas hasta dan ganas de llegarlas a ver publicadas.

Un dictaminador o jurado puede fácilmente acabar abrumado por la conciencia de que la inmensa mayoría de estos escritores recibirán un no como respuesta. Por ello, cada hora que se emplee en leer y cotejar estos proyectos estará bien empleada. Por respeto al trabajo y la ilusión de quien concursa y por la posibilidad, no tan remota, de toparse con una obra de primera calidad.

Antonio Ortuño Narrador y periodista mexicano. Entre sus obras más resaltantes están "El buscador de cabezas (2006) y "Recursos Humanos" (finalista Premio Herralde de Novela, 2007). Es colaborador frecuente de la publicación Letras Libres y del diario El Informador. Puedes seguirlo en Twitter en @AntonioOrtugno

Comentarios (1)

Sheyla Falcony
13 de septiembre, 2016

AMIGO ..Voy a publicar un libro..(en algún momento)..pero no quiero concursar; aunque de repente se me ocurre..darle copia de mi libro a todas las editoriales..y decirles que en caso que consideren mi libro digno de participar en algún concurso..quedan en libertad de presentarlo ..con mi anuencia..y a la buena de Dios..ES DECIR..me parece una fatiga total..escribir un libro, publicar el libro.. lidiar con mi libro para que guste al público..luego lidiar con la competencia voraz de los concursos..lo siento..solo es una pequeña confidencia con Ud. Saludos ..sheyla..

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