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Ha muerto Juan Gabriel: los mariachis callaron; por Cristina Raffalli

Por Cristina Raffalli | 29 de agosto, 2016

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I

Hasta que te conocí

En la segunda mitad de los desangelados años ochenta, a Roberto Mata y a mí, colaboradores para entonces del dominical Feriado de El Nacional, nos dieron pauta nocturna: debíamos hacer un reportaje sobre las discotecas gay de Caracas.

En aquellos años, cuando la homosexualidad aún estaba anatemizada y al sida se le llamaba “cáncer gay”, el acceso a los bares y discotecas para homosexuales era restringido y lo único que garantizaba la entrada de un visitante no habitual a alguno de los pocos sitios “de ambiente” que había en Caracas, era que lo hiciera de la mano de un conocido del portero. Octavio se llamaba el amigo que nos presentó al Cerbero del ZigZag. Habiendo Octavio dado fe de nuestra confiabilidad, Roberto y yo avanzamos desde la entrada hacia la oscuridad de la discoteca, siguiendo el resplandor de la cabeza rapada a lo YulBrynner que tan popular hacía a Octavio por aquellos días.

Unos pasos y el fotógrafo y la reportera sumábamos nuestras jóvenes osamentas al vaivén de gente que en la pista de baile hacía mucho más que bailar: celebraban con todo el cuerpo y toda el alma (que vienen siendo lo mismo) la existencia del otro, la certeza del otro, el amparo en que puede el mundo, cuando está de espaldas, convertir al otro incluso si el otro es un desconocido.

Me tomó mucho tiempo, años, comprender en toda su dimensión lo que vi esa noche. Hoy, a la distancia de casi tres décadas, puedo sintetizarlo en una sola palabra: conexión. El atributo de Eros, sin el cual el alma se aburre y se marchita.

Ya muy entrada la noche, llegó la hora del show en vivo, anunciado por alguna voz que retumbaba a través de los parlantes llamando a prestar atención y a acomodarse dirigiendo la mirada hacia el escenario, que no era mucho más que una pequeña tarima. Y ahí apareció, ataviada de plumas, tules y  lentejuelas, la diva de la noche. De esa noche, al menos.

Micrófono en mano, sonriendo y lanzando al aire besos agradecidos, la diva respiró profundo apenas se hizo el silencio. Malograda y quieta, con los ojos de párpados azules muy cerrados, a la espera de la música, era cosa de segundos convertirse en artista. Para ella sonaron las primeras notas de la canción que iba a representar. Entre violines y susurros melosos y melodiosos, la diva dramatizaría, con garbo y desparpajo, con ternura y con desgarro, una de las canciones por las que hoy hablamos de Juan Gabriel como un inmortal de la cultura popular latinoamericana: “Hasta que te conocí”.

II

La insólita armonía

Con el paso de los años Juan Gabriel, “El divo de Juárez”, llegó a convertirse en un ícono de la comunidad LGBT. Esto lo había logrado casi como un accidente, pues si tuvo algún tipo de militancia, nunca la hizo pública. Nació, creó y fue amado en un país y en un continente donde los homosexuales aún son discriminados, víctimas de violencia física y verbal, objeto de burlas, de chistes, de irrespetos en todas sus formas.

Pero ésta no fue la única paradoja que concilió Juan Gabriel. Él viajó hasta el corazón de las tinieblas del alma mexicana, y ahí donde se constelizan los arquetipos de la masculinidad enferma y caricatural, él deshizo la piedra y con sus cenizas calientes creó una figura inesperada y desconcertante: la del charro gay.  Tenor que no necesitó pistolas para probar su fuerza. Maneras y bailes de hombros sueltos que hicieron las delicias de señores y señoritas, de militares de cuello almidonado y de locas con antifaz de escarcha. Por él sonaron las trompetas, con él la ranchera viajó hasta el oriente del mundo, cuando sus letras edulcoradas y olorosas a burdel barato se travistieron al japonés y al turco. No hubo estadio azteca que le quedara grande, ni Palacio de Bellas Artes que se le resistiera. Murió en plena gira y plantó su fulgor de despedida en los Estados Unidos del candidato Donald Trump.

III

Amor eterno

Hijo de campesinos pobres, fervientes y prolíficos, su padre vivió una tragedia personal que lo enloqueció y se perdió en algún punto del vasto territorio mexicano sin que nadie tuviera certeza de su muerte. De niño y de adolescente, Juanga estuvo recluido en hospicios para niños huérfanos y para niños delincuentes. Escapó a esos muros y a la dictadura de la pobreza. Reencontró a su madre y la amó devotamente. Se hizo músico gracias a un artesano que le enseñó a trabajar la hojalata y a tocar la guitarra. Creyó en su arte sin dejarse convencer por la réplica de la vida y atravesó convencido las calles polvorientas de Ciudad Juárez, para satinar las noches ásperas del NoaNoa. De su música, dice Enrique Kreuze: “Lo que tocaba el alma del mexicano era ese tránsito del amor apasionado, esperanzado y loco al desamor, la soledad y el desamparo”. Es el compositor que cuenta con el mayor número de temas registrados en la Sociedad de Autores y Compositores del país de Agustín Lara, Pedro Infante, Jorge Negrete y Armando Manzanero. Sus canciones, traducidas a más de 10 idiomas, han sido interpretadas por más de 1.500 solistas y grupos alrededor del mundo.

En la Plaza Garibaldi, los mariachis callaron una noche de agosto, mientras miles de personas iluminaron con velas su partida.

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Juan Gabriel, vivir para cantarlo-2

Cristina Raffalli 

Comentarios (1)

juan carlos de la vega
29 de agosto, 2016

Qué bien escribes Cristina. Y con respecto Juanga, en cada beso, en cada despedida, en cada despecho, en cada nefasto karaoke donde un borracho desafine una canción suya, resonará un grito en el escenario silencioso de nuestros corazones: Qué viva Juan Gabriel. Que viva.

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