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Chuao y el silencio detrás de sus Diablos; por Arianna Arteaga Quintero // #Crónica

El jueves 26 de mayo de 2016 fue la fiesta de Corpus Christi. Arianna Arteaga Quintero llegó dos días antes a Chuao, en la costa aragüeña de Venezuela, durante la víspera de la celebración de los Diablos Danzantes. Esta crónica es un testimonio de los preparativos. Su singularidad es que está escrito desde la distancia que sólo puede lograr quien se gana la confianza de sus protagonistas, hasta entrar en la intimidad de una fiesta que ya tiene más de dos siglos. Los lectores de Prodavinci también pueden disfrutar de la fotogalería "Chuao y las mujeres que protegen a sus Diablos" que acompaña este trabajo haciendo click acá.

Por Arianna Arteaga Quintero | 9 de julio, 2016

Es martes en la noche y Chuao aún no hierve.

No hay gente en el bar pidiendo cerveza. No hay turistas preguntando cuál guarapita es mejor. Los artesanos no han puesto sus guindalejos en el suelo. No hay niños corriendo ni mujeres con pequeños bikinis en contraste con las doñas y sus teléfonos enormes que toman fotos. No hay baile. No hay máscaras blancas, ni rojas ni negras. No hay procesiones con rezos ni maracas con pañuelos de colores amarrados sonando. No todavía.

No hay zapatos con borlas danzarinas. No hay jaurías de fotógrafos. No hay trajes de colores, ni faralaos ni barbas con rango. Todavía no repica ni la primera, ni la segunda ni la tercera tercera caja. No está el sacerdote. Nadie grita “¡Ese diablo está pesa’o!” ni coletea para que los diablos no se resbalen con el agua bendita frente a la Cruz del Perdón.

Nadie se ha lanzado al piso rindiéndose ni camina en retroceso para no darle la espalda al altar, ni a la cruz ni al Santísimo Sacramento. No hay alcohol en la calle y las posadas no están llenas. Aún no salen pescados fritos de los fogones ni las cornetas del bar revientan con salsa, ni con reggetón ni con electrónica. Aún no.

No hay sudor. No hay muchedumbres. No hay agite.

Es martes en la noche y Chuao está en silencio.

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Fotografía de Arianna Arteaga Quintero. Si desea ver la galería completa, haga click en la imagen.

Unas pocas mujeres entran y salen de la iglesia pequeña y blanca, al fondo del enorme patio de secado. Mueven bancos, se suben a escaleras, limpian con afán los trajes de los santos. Cuando algo pesa mucho, mandan a llamar a algún muchacho que ande por ahí. Su mayor problema es una pared cagada por las palomas. Intentan con agua y jabón, pero sin éxito. Se termina resolviendo con pintura blanca y entonces, felices, celebran el triunfo de la pulcritud sobre el descuido con oraciones.

Estas mujeres son las herederas de una tradición, las centinelas de una fe, las protectoras de un pueblo.

Cuando entras a Chuao, en la costa del estado Aragua, en Venezuela, te reciben tres murales consecutivos. El primero te da la bienvenida a la cuna del mejor cacao del mundo. El segundo está dedicado a los Diablos Danzantes de Chuao, Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Y el tercero es el retrato enorme de Augusta Chávez y María Tecla, las Madres Espirituales selladas en la memoria de Chuao. Esos dos primeros murales hablan de lo que hace famoso a Chuao puertas afuera, pero el tercero habla de algo más íntimo.

La Cofradía del Santísimo Sacramento del Altar de Chuao es masculina, como masculina es la tradición de los Diablos Danzantes. Son hombres quienes bailan, el Capataz es un hombre, hombres son quienes tocan la primera, la segunda y la tercera caja y hasta La Sayona, una madre que trae danzando a los nuevos diablitos, es un hombre vestido con una falda larga.

Durante las festividades de Corpus Christi, las mujeres rezan, bendicen, cosen trajes y ponen orden. El resto del año, estas y muchas más enseñan a rezar a los niños, les dan el catecismo a través de la tradición oral y los crían para ser diablos algún día. Y cuando ese día llega, ellas están ahí para protegerlos de cualquier demonio o mal espíritu que pueda aparecer a través de la oración profunda y fervorosa para la cual se han preparado toda una vida.

Las mujeres protagonizan, en silencio y detrás de tanto, una tradición que fue declarada Patrimonio Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en diciembre de 2012.

Y es que sin esas mujeres que enseñan la fe, protegen a los hombres, bendicen a los niños, cosen trajes y ponen orden, el Corpus Christi se convertiría en simple teatrino para los turistas.

Por eso hoy es martes en la noche y Chuao aún no hierve: un puñado de mujeres está preparándose para mantener intacto el tono sacro de una fiesta con más de 200 años de tradición.

Es miércoles en la mañana y Chuao se despierta.

La mesa de casa de Augusta es un jardín con hojas pequeñas y frescas que fueron seleccionadas con los criterios que Edi aprendió de la Madre Espiritual que presidía este recinto. Le pide a Ingrid, menor que ella, que traiga más azahar. También hay ruda y albahaca. Murmulla un par de cosas al oído de Sollymhar y sigue preparando pequeños ramilletes verdes.

Cerca de esta mesa hay un altar nutrido que espera al agua para bendecirla. Esperan los santos, el Divino Niño, la virgencita, Don José Gregorio, San Juan y las fotos de la Augusta y María, las Madres Espirituales.

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Fotografía de Arianna Arteaga Quintero. Si desea ver la galería completa, haga click en la imagen.

Esos ramilletes verdes de hojas pequeñas y fragantes que se preparan en la mesa serán el vínculo que une a la fe con la fiesta. Sus bases amarradas con mecatillo van a ser tomadas por cinco rezanderas: Edralina, Edi, Ingrid, Ayarí y Sollymhar. Serán sumergidos por completo en grandes jarras plásticas de agua bendita, el agua con que rezarán a los Diablos, les abrirán los caminos y darán su bendición protectora. Otro de esos ramilletes lo tomará el sacerdote, que ha llegado a Chuao en la mañana. Él rociará a los Diablos con agua bendita cuando se acerquen a la Cruz del Perdón. Y luego me dirá que hay mucha superstición en Corpus, pero igual dará la misa y presidirá la procesión.

En Chuao, esos fragantes ramilletes que Edi aprendió a armar con Augusta son tan fundamentales para la celebración de los Diablos Danzantes de Corpus Christi como las máscaras, los trajes, las reliquias y el altar. Y, como pasa con cada uno de esos elementos, se elaboran en silencio, sin mayores aspavientos ni testigos foráneos.

Es miércoles y afuera Chuao ya empieza a moverse, mientras puertas adentro estas rezanderas se ocupan de lo suyo.

Es un murmullo, una seguidilla de palabras sacras, protecciones, bendiciones y alabanzas que leen de una hoja amarillenta y ajada que toman con firmeza en una mano mientras otra rocía agua bendita a través de un ramillete verde o las santigua, tocándoles el pecho, la espalda y la cabeza.

Es la más íntima rendición, la mansedumbre personificada: el Diablo cierra los ojitos con fervor y escucha, inmóvil, atento, se entrega al rezo como quien se entrega a una madre protectora, espiritual.

Sollymhar dice que la bendición es poderosa.

Edi reza a sus familiares en privado. Lo hace dentro de un cuartico pequeño que está junto al restaurante que administra. Tengo rato viendo diablos entrar y salir. Deja la puerta entreabierta “porque adentro no hay bombillo”, pero ante su hermetismo prefiero no asomarme: sólo estar ahí y esperar.

Tras unas horas, premia la constancia. “Pero sin foto”, me dice.

La luz entra por la rendija y baña el torso desnudo y brillante de un diablo joven. Las gotas de agua bendita brillan en el aire, mientras el murmullo sacro arroba, amansa, aquieta. La imagen es poderosa como la estampa de Edi, una morena hermosa, altiva, heredera orgullosa de una tradición que le concierne desde hace más de 20 años.

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Fotografía de Arianna Arteaga Quintero. Si desea ver la galería completa, haga click en la imagen.

Cuando entro a la casa de Edralina, ella está justo saliendo de un cuarto junto a la sala donde veo de reojo reposar la jarra de agua bendita, el ramillete verde y la hoja con el rezo. Sale un muchacho sonriente, ella toca su cabeza, le dice algo más y lo deja ir.

Diablo bendecido, diablo preparado para salir a vestirse y a bailar.

A Edralina la llaman la Diabla Mayor. Su bisabuela Serapia crió a Augusta. Y fue de Augusta y María que aprendió Edra a rezar diablos. También rezaba junto a su padre, en la iglesia, desde los 12 años.

A su lado, en el sofá de la sala, se encuentra tendido el traje del Primer Caja con su pantalón largo y sus faralaos. En la mirada de Edra se encuentra la profunda tristeza que le produjo la partida de su nieto hace un año. Hoy debería estar bailando, pero una enfermedad se lo llevó antes de tiempo. Ella no trata de esconderlo: “No sé de dónde voy a sacar la fuerza”.

A Sollymhar la conoce todo Chuao. La cardióloga de Maracay tiene toda una vida vinculada a la comunidad a través de la fe. Siempre rezaba en la iglesia y así comenzó todo para ella. Un año que Edi no pudo estar para Corpus, Edralina le pidió que la ayudara con los rezos y le enseñó cómo se hacía dejándola entrar a uno y luego la dejó de su cuenta.

Al principio nadie se quería rezar con ella, pero hoy Sollymhar reza al Nelson, el Capataz en retirada que ya no baila más que al son de la máquina de diálisis que está junto a su cama. Pero Nelson es un roble y pide que lo recen: desenreda sus reliquias, saca su traje, su máscara y su dignidad, todo intacto, y se sienta en la puerta de la iglesia a recibir a los diablos de este año. Entre ellos su hermano querido, quien ahora es el nuevo Capataz.

Su hermana llega con comida y lo regaña porque no ha desayunado. En la sala se reza mientras en la cocina se faena.

Solemne, Nelson, el gran diablo, decide que su labor todavía no ha terminado.

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Fotografía de Arianna Arteaga Quintero. Si desea ver la galería completa, haga click en la imagen.

 

Ingrid y Ayarí son las más jóvenes, pero tienen más tiempo en esto que Sollymhar, quien reza diablos desde hace apenas cinco años. Todas reciben instrucciones de Edralina y Edi, la línea directa que sigue las enseñanzas y doctrinas de las grandes Madres Espirituales.

Estas mujeres son las sacerdotisas, las protectoras de una cofradía que se disfraza del mal que viene a rendirse ante el bien. Son pocas, pero el poder de su fe mueve esta tradición desde hace más de 200 años durante los cuales la Iglesia aún se debatía entre si era correcto o no vestirse de Diablo para una fiesta cristiana.

Es miércoles a media mañana y Chuao está a punto de ebullición.

La puerta de la casa de Augusta está cerrada. Doscientos treinta y cuatro diablos, ya vestidos, son rezados por cinco mujeres ante el altar de las Madres Espirituales.

En ese altar se bendijo el agua. Frente a ese altar se amarraron los ramilletes . Al pie de ese altar se bendice a una cofradía entera que saldrá a bailar.

Pero antes, rezan.

Mientras tanto, afuera, la muchedumbre espera que comience un espectáculo. Sus cámaras tienen batería, tienen flash y tienen hambre. Es casi mediodía y todos sudan mientras buscan el mejor lugar para ver. Se encaraman en el muro, corren, ansían. Esperan que salga un diablo, que salgan quince, que salgas más de doscientos. Esperan al capataz de barbas largas y pantalón con faralao. Esperan al primero, al segundo y al tercer caja sin máscaras pulsando el ritmo de los diablos. Esperan a la sayona con los más de veinte nuevos diablitos. Esperan ver al cura bendecirlos frente a la Cruz del Perdón. Esperan baile, esperan colores, esperan maracas, látigos, golpes. Esperan máscaras con tiras amarillas, azul y rojas. Esperan que los Diablos se rindan frente a la Iglesia, que se levanten de nuevo, que sigan bailando, que se pasen la tarde entera bailando entre una casa y otra, que asusten a los niños y que los niños corran.

Esperan que se enfríe la guarapita, que les brinden la cerveza, que el bikini llame la atención, que la selfie salga bella.

Sin alharacas, lo primero que sale de la casa de Augusta son las cinco rezanderas llevando jarras de agua bendita y ramilletes verdes. Son el legado de Augusta Chávez y María Tecla dando carreras por Chuao bendiciendo, orando, protegiendo, rociando.

Nadie las interrumpe, nadie ruge. No hay fotos, ni delirio, ni cantos, ni gritos ni gloria. Sólo fe. Silente fe.

Es miércoles al mediodía y en la Casa del Santo no cabe un alma.

Ya los Diablos bailaron en la plaza, en la Iglesia y por las calles de Chuao.

Que por favor silencio, que vamos a empezar el Rosario, dicen las mujeres. Edralina toma el micrófono y los espeta: “Un minuto de silencio por los caídos”. Sólo se escucha el rumor lejano de un pueblo que sigue de parranda. Comienza la retahíla sacra y Edra les vuelve a decir que respeten el Rosario, que recen y dejen el alboroto.

Los diablos obedecen sin chistar. Cinco mujeres sientan a 234 diablos danzantes a rezar un Rosario.

Es jueves en la madrugada y el sol no ha salido.

Para prepararle el desayuno a 234 Diablos Danzantes de Chuao hay que levantarse a las tres de la madrugada para empezar a amasar y asar las arepas. Los rellenos tienen que estar listos desde el día antes, con los platicos, las servilletas, los vasos plásticos, el café, el termo para las bebidas y una cava grande para guardar las arepas. La tradición de los Diablos dicta que el jueves, tras rendirse de nuevo ante el altar a las seis de la mañana, salen a bailar por varias casas del pueblo que los acogen emocionados. Y una de esas casas es la de Robert, a quien le dicen “Huesito”. Es el ex esposo de Sollymhar. Ahí los recibirán con el desayuno, les lanzarán caramelos y, antes de irse, ellos emparamarán al dueño de la casa como una diablada.

Cuando el sol se asoma, agarra a Sollymhar junto a su madre, su ex marido y dos amigas contando arepas. A las cinco de la mañana ya van más de 200 rellenas con carne, pescado o jamón y queso.

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Fotografía de Arianna Arteaga Quintero. Si desea ver la galería completa, haga click en la imagen.

A las siete de la mañana llegan los diablos precedidos por el característico sonido de la caja. Todo está listo: son 390 arepas rellenas y no queda ni una cuando los diablos mojan a Robert antes de irse. Cuando se despiden de Sollymhar, ella los bendice larguísimo, si puede, tocándoles con cariño la cabeza y el pecho.

Es jueves y son casi las cuatro de la tarde.

Están a punto de sacar al Santísimo Sacramento de procesión por Chuao.

Ésta es la razón que convoca a todos: diablos, mujeres, turistas, sacerdotes. Afuera de la iglesia los Diablos se organizan, saludan, se dejan fotografiar sin la máscara, abrazan a la familia y sonríen. Adentro, las mujeres se organizan, saludan, toman alguna foto, se abrazan entre ellas y le dejan todo perfectamente listo al cura y su sacristán para que la procesión comience.

La procesión sale de esta iglesia pulcra y pequeña. La presiden El Santísimo Sacramento, el sacerdote y un puñado de mujeres que rezan. Detrás de sus pasos queda la iglesia vacía, en silencio.

Tras la procesión van 234 Diablos Danzantes de Chuao rezando en coro cuando toca rezar y bailando en conjunto cuando la caja lo dictamina.

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Fotografía de Arianna Arteaga Quintero. Si desea ver la galería completa, haga click en la imagen.

Es viernes en la mañana y Chuao se ha calmado.

No hay trajes de colores danzando por el pueblo. No hay niños gritando cuando un diablo los persigue. No hay rumba, aunque sí ratón. No hay expectativas, ni maracas, ni tambor, ni máscaras ni fotógrafos.

No hay procesiones. No hay sacerdote. Ya nadie pregunta a qué hora bailan.

Edra, Edi, Sollymhar, Ingrid y Ayarí regresan a la quietud de la iglesia pequeña y blanca, al fondo del enorme patio de secado. Ahí, donde todo comenzó, todo vuelve. Toca enseñar el catecismo, rezar a los muertos, esperar San Juan, orar cada domingo y comenzar a pensar en el rezo del año que viene.

Es el tan necesario silencio que hay detrás de los Diablos.

Arianna Arteaga Quintero 

Comentarios (10)

gabi PaPuSa
9 de julio, 2016

Lindísimo escrito desde el silencio, lo íntimo y lo femenino de los diablos en Chuao. Gracias por tu visión y tus imágenes Ari 🙂

María Pieretti de Atencio
9 de julio, 2016

Gracias querida Arianna por este deliciosa y nutritiva cronica que me ha llegado al alma y me ha permitido viajar en la memoria y deleitarme vívidamente con tantos y tan esmerados y deliciosos detalles. Cuánta alegría me da saber que escribes tan hermosamente bien. Mucho cariño para ti con mis felicitaciones y mi ruego y consejo de que sigas escribiendo y regalándonos viajes hacia escondrijos de la memoria y del alma que, como éste, me ha dejado sensación de paz y solaz,descanso en la sensación de pertenencia, arraigo, nostalgia, fe, amor, alegría… Muchos cariños míos, María Atencio, mamá de tu amigo Heraclio a quien le estoy compartiendo tu maravillosa crónica. Besos y felicitaciones extensivos a tu mami y a tu tía Inés. Ambas muy queridas y admirada también.

Avryl
9 de julio, 2016

Definitivamente. La combinación de tu prosa con tu fotografía ofrecen testimonio de incalculable valor. Tanta pulcritud en la palabra y nitidez en la imagen, el ritmo con que nos narras, un ritmo que parece marchar al compás de los diablos, que hace sentir en la piel la atmósfera del lugar. Te muestras como una observadora capaz de retratar tanto el cuadro completo como si estuviese viendo todo desde el espacio, y a la vez, minuciosidades que solo vería un ratón desde una esquina. Todo esto hacen del momento de leerte un oasis en mi cotidianidad, un regalo para mi mente. Gracias!

Virginia Mendoza
9 de julio, 2016

Arianna, aunque no la conozco, permitame felicitarla por tan hermosa presentación cronológica, la prosa y la redacción, unidas al sentimiento que se evidencia a medida que lo lees son de los mejores relatos que he leido en torno a la manifestación. Soy una admiradora y seguidora de la diablada de Chuao tanto en lo cultural como en su expresión de fe. Leer lo que escribiste es como estar en el sitio, estuve en noviembre del año pasado y me sentí de nuevo caminando por la calle, frente a la imagen de las madres espirituales, me sentí en el restaurante de Edy y conversando con esa mujer llena de espiritualidad y relatos. De verdad la felicito.

Diana Goncalves
10 de julio, 2016

¡Sin palabras!

Eduardo
10 de julio, 2016

Querida Adriana: Gracias. Esta lectura es una reconciliación con Venezuela. Una nota que te deja en el alma el sol de Chuao y la fé del que no necesita ver para creer. Una crónica necesaria para entender que la tradición supera cualquier accidente histórico… y que la patria verdadera nos espera. Dios te bendiga…!

Mariangel Vielma
10 de julio, 2016

Que lindas letras las que dedicas a las matronas de los Diablos Danzantes de Chuao. Un merecido reconocimiento al tesón y protección de estas madres espirituales.

Alan Castillo
12 de julio, 2016

Excelente recorrido, por una de miles de manifestaciones artísticas presente en nuestras tierras, te invito a continuar ilustrando, plasmando y compartiendo, las profundas raíces y creencias culturales de esta compleja sociedad Venezolana. Muchos Éxitos…

Carola Suniaga
13 de julio, 2016

Impecable relato Ari, emotivo, vivencial, totalmente cautivador. A través de tu palabra escrita ser siente uno en Chuao, viviendo junto a ti la intimidad previa al baile y la música, al show. Increíble percibir la importancia de la presencia de lo femenino en los preparativos, el cuido y la protección de una tradición llevada a cabo por hombres. El papel de lo femenino, ese papel ancestral. Hermoso! Gracias Ari, nunca dejes de escribir que nos encanta leerte Besos desde Mérida

Bernardo Neher Borjas
16 de julio, 2016

Qué belleza de crónica. Lenguaje Impecable, riquísima información, estupendas las fotos. Un verdadero deleite. Gracias, Arianna. Gracias, Prodavinci!!!

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