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Elogio de la mujer; por Alberto Salcedo Ramos

Por Alberto Salcedo Ramos | 31 de marzo, 2016
Elogio de la mujer; por Alberto Salcedo Ramos

Fotografía de Vetustense Photorogue. Haga click en la imagen para ver su cuenta en Flickr

Durante la pubertad, justo cuando ingresé a la escuela secundaria, viví uno de los acontecimientos definitivos de mi vida: empecé a relacionarme con el sexo opuesto. Entonces ignoraba cómo diablos tratar a las chicas y, en consecuencia, era profundamente tímido.

Venía de un colegio masculino repleto de muchachos bruscos. Para ser amigo de ellos bastaba con tener un repertorio de palabrotas y saber aguantar chanzas pesadas. Pero ante las muchachas esos códigos resultaban inapropiados, de manera que todo el tiempo me sentía dando palos de ciego.

Eso sí: a pesar de mi torpeza quería que estuvieran siempre a la vista. Oírlas, olfatearlas. Me daba susto que se aproximaran pero me sentía desolado si se alejaban. Mi ignorancia colosal no me impedía intuir esto: en cuanto el hombre se acerca por primera vez a la mujer, nunca más vuelve a ser el mismo.

Lo que antes era sólo un pálpito es hoy una certeza. Los hombres nos dividimos en dos clases: los que no sabemos nada de mujeres y los que viven convencidos de que saben mucho. Los del primer grupo siempre buscamos la forma de acercarnos a ellas, aunque sólo sea para morirnos del susto. Sin esa conmoción tremenda la vida carecería de sentido. Las necesitamos como amigas, como amantes, como compañeras de viaje.

Hace cuatro años conocí en una escuela mixta de La Guajira al profesor Jaime Mejía Arpushaina, un hombre diestro con las metáforas. De pronto me llevó al patio, donde sus alumnos y alumnas bailaban yonna, una danza típica de la región. El sol estaba bravísimo y la brisa, enloquecida. Mientras contemplaba el baile, el profesor Mejía Arpushaina advirtió que el macho y la hembra tienen muchos desacuerdos, pero tarde o temprano terminan acoplándose para perpetuar el equilibrio del universo.

—Son como el sol y la brisa— dijo.

El mundo es un lugar feliz —prosiguió— cuando un macho y una hembra se cotejan. El sol es macho, la brisa es hembra. El sol se cree muy macho porque quema, pero la brisa —que es muy hembra— refresca lo que él calienta. Así sucede en la yonna: los muchachos están convencidos de que son el sol, pero las muchachas se les plantan firmes como la brisa, con sus mantas extendidas, y ellos retroceden. Cuando macho y hembra se encuentran suceden cosas buenas. Cuando no, hay desastres.

Yo siempre quiero encontrar a la mujer para evitar ese desastre. Asomarme a su ventana, obsequiarle una astromelia. Pegar mi corazón al suyo y oír, a partir de entonces, un solo latido más fuerte que el estruendo de todos los cañones.

En este punto recuerdo las voces de ciertos poetas que me ayudan a celebrarla. Primero, la de Juan Manuel Roca: “El nombre de Adán, leído en un espejo, es nada. El nombre de Eva, leído en un espejo, es ave”.

Después la de Gonzalo Arango: “A la hora del juicio final me gustaría más encontrarme con las mujeres que amé que con los libros que escribí”.

Encontrarla para encontrarnos, para sentir el susto grandioso del principio. Junto a ella, como dice otro poeta, siempre será posible fundar un nuevo Paraíso.

Alberto Salcedo Ramos 

Comentarios (9)

Flor Bello
31 de marzo, 2016

Como siempre excelente su artículo, gracias por la parte que me corresponde.

Estelio Mario Pedreáñez
1 de abril, 2016

El poeta se quedó corto en sus elogios: En un mundo donde prevalecen el machismo y el atraso, debemos actuar en pro de los derechos de la mujer y contra su discriminacion, que afecta a la mitad de la poblacion, una oscuridad que debemos superar mediante educación y leyes. Desde 1948, con la Declaracion Universal de los Derechos Humanos, es un imperativo jurídico mundial y debemos superar ya las excusas ideologicas, religiosas y de cualquier naturaleza para hacer efectiva la igualdad de derechos de todas las mujeres del mundo. Tal vez la mujer sea la prueba final de la existencia de Dios, y en todo caso las mujeres, nuestras madres, esposas, hermanas, hijas y amigas, tienen derecho a todos los derechos, por tanta inteligencia, tanto amor, tanta belleza, tanta bondad, tanta genorosidad, tanta abnegacion, tanto sacrificio y tanto bien que han hecho y continuarán haciendo. Debemos entender la maravillosa dignidad de la mujer, y dejar atrás por falso e ignorante todo prejuicio en contra.

Georgette
2 de abril, 2016

Hermoso!!! Gracias

Jesus Salcedo
2 de abril, 2016

Que gustazo-como dicen los españoles- encontrase un oasis de hermosura en medio de este desierto de violencia que nos rodea.

maria ines calderon
7 de abril, 2016

No es sólo un elogio, es un hermoso homenaje! Gracias!

nancy jimenez
10 de abril, 2016

Disfruté plenamente la lectura. Gracias!

David Datica
15 de junio, 2016

Ocurre que hay muchos machos que abominan de su mitad femenina, y les pregunto si acaso fueron concebidos por 2 de esos machos

alfonso campos
21 de junio, 2016

Estelio Mario, qué won (como dicen en mi país) eres, amigo. La crónica que para tu gusto es muy incompleta (y por eso le agregas lo debe mejorarla) no es un ensayo. Son reflexiones animadas,muy amenas, y en ese contexto pueden, claro, dejar fuera algunos argumentos de elogio a la mujer . Lo tuyo abunda en ideas,si, pero casi no lo termino. Es que es muy soporífero, por decir lo menos. Muy aburrido, digo. Un abrazo.

Carmen Fernandez
12 de octubre, 2016

¡Todo un elogio hacia nosotras! Me siento halagada y alabo el hecho de saber que en este mundo existan HOMBRES, que nos aprecian como seres humanos dignas. Muchas gracias por su visión sobre nosotras. ¡Vivan los HOMBRES, en este mundo, como signo de esa gran diferencia que siendo un misterio, nos complementa y nos hace felices!

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