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Un café con Adriana; por Alberto Salcedo Ramos

Por Alberto Salcedo Ramos | 6 de marzo, 2016
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Fotografía de Timely Alex. Haga click en la imagen para ver su perfil en Flickr

Salgo a tomar café de vez en cuando con mi amiga Adriana. Ella se expresa sin eufemismos, y por eso me fascina picarle la lengua, como lo hago ahora.

— Wilde proponía desconfiar de las mujeres que revelan la edad. Una mujer capaz de eso es capaz de cualquier cosa.
Adriana sonríe.
— ¡Al carajo Wilde! Me siento a gusto con mi edad.
— Cuarenta, ¿cierto?
— Cuarenta y dos.
— ¿Por qué te sientes a gusto con tu edad?
— Hummmm… ¿Qué te digo?
— Estás muy linda, y además luces radiante.
— Tú siempre tan zalamero. Si no fueras amigo mío me molestarían tus piropos.
— Para algo tiene que servir la amistad.
— Ya los embaucadores no me hacen ni cosquillas.
— …
— Yo decido cuándo tragarme el anzuelo o cuándo decirles que se vayan con su truco para otro lado.

Adriana es guapísima. Tiene unos ojos color aceituna que se complementan bastante bien con su piel canela. Nunca se ha casado pero ha convivido con tres novios. Desde cuando la conozco se define como “felizmente separada”.

— Antes me iba a la cama con quien supiera halagarme. Ahora eso no depende tanto de lo que hagan o dejen de hacer los tipos, sino de cómo me sienta yo.
— ¿Por qué estás a gusto con tu edad?
— Bueno, te voy a responder con un cliché: quizá todavía no sé lo que quiero, pero sí sé lo que no quiero.
— Estupendo.
— No quiero príncipes de ningún color, no quiero dejarme afectar por lo que digan sobre mí, y tampoco quiero compartir mi vida con cualquier fulano solo por miedo a la soledad.
— O sea que en el fondo tienes expectativas románticas.
— No te creas listo por decir eso. Es lo que piensan todos los hombres.
— Es obvio que uno no viviría con cualquiera.
— Ni tan obvio. A los veintidós años tuve un novio al que no quise tanto, pero me fui con él porque creía en aquello de comer perdices y ser felices. Ahora no haría algo así ni loca.

Uno de los rasgos más atractivos de Adriana es su sentido del humor. En cierta ocasión me contó que salió con un gringo a pesar de que no le gustaba en absoluto. Desde el principio ella sabía que no sucedería nada más allá de la cena. “Sin embargo” –concluyó aquella vez– “me dio mucha rabia que no me lo pidiera”.

Cada vez que le recuerdo esta anécdota ríe a carcajadas.

— Supéralo ya. Además, en este momento me parece rico que el que no lo va a recibir, no me lo pida.
— Qué aburrido.
— ¿Será?
— Sígueme contando por qué te sientes a gusto con tu edad.
— En una mujer los cuarenta son la juventud de la madurez y la madurez de la juventud.
— Ya había oído esa frase.
— Entonces dime tú cómo te parecen mis cuarenta.
— Te sientan de maravilla.
— Eres un embaucador asqueroso.
— Bueno, no me preguntes. Total, a ti te tiene sin cuidado lo que pensemos sobre ti.
— Sí, júralo que me tiene sin cuidado. Pero dime más.

Alberto Salcedo Ramos 

Comentarios (1)

Flor Bello
6 de marzo, 2016

Me encantó su artículo, ojalá hubieran muchas mujeres como Adriana, sincera y realista…Una vez más gracias por deleitarme con su escritura.

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