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El verdugo de Dürrenmatt; por Alejandro Oliveros

Por Alejandro Oliveros | 5 de marzo, 2016
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La reproduction interdite. 1937. René Magritte.

Verano de 1908. En una lamentable taberna judía a orillas del Bósforo, iluminada por la pálida media luna, dos hombres en sus veinte comparten cigarrillos turcos con la parsimoniosa cámara lenta de los habitués. Uno de ellos, Bärlach, es un joven especialista de la policía suiza, contratado por el gobierno de Turquía para alguna misión de la cual no es mucho lo que se sabe. Su interlocutor es un incisivo individuo de orígenes imprecisos, “un trotamundo con sed de conocer esta mi única vida, y este por lo demás único y enigmático planeta”. Hablan de lo que solo se habla en los cafés y bares; banalidades, como el estado del tiempo, o “grandes temas”, como el destino del mundo, el lamentable estado de la literatura actual, la amenaza de la lejana China o la de la más vecina Rusia; las posibilidades de una nueva guerra y cosas por el estilo, En esta oportunidad, los dos personajes, han escogido hablar, como un Holmes cualquiera con el Dr. Watson, de crímenes y castigos, culpables e inocentes, justicia y ajusticiados. Bärlach, envuelto en los humos intoxicantes del fuerte tabaco local, expone una tesis de acuerdo con la cual, “la imperfección humana es el motivo por el que la mayor parte de los delitos son descubiertos”. El tono de su conversación, la gravedad de sus ideas, son más las de un filósofo de Friburgo que las de un investigador helvético. Su  modelo es Blaise Pascal, con su pesimismo antropológico y su teología del dolor. Piensa que “es de estúpidos cometer un delito, porque no es posible mover los hombres como piezas en un tablero de ajedrez”. Su compañero de humos y conversa es menos un filósofo existencialista que un cínico, inspirado en el legendario Antístenes, nihilista y transgresor. Sostiene, por su parte, y con las borrosas convicciones del diletante, que “el gruñido de las relaciones humanas permite cometer delitos que no se pueden descubrir jamás”; y que este es el motivo por el que “los crímenes, en su vasta mayoría, no solo permanecen sin resolver, sino que ni siquiera despiertan sospechas”. Gastmann, que es como se conoce a este cínico trashumante, habla con sospechosa convicción, no la más conspicua entre los teóricos del café Faema y el agua Perrier, que no despliegan nunca un interés apreciable en llevar a la praxis sus teorías. Tres días después, para demostrar que lo suyo iba en serio, invita a Bärlach y a un apenas frecuentado comerciante alemán, a un paseo por el puente Galata sobre el Bósforo; donde, de la manera más imprevista, arroja al pobre alemán a las aguas cenagosas ante la asombrada mirada del detective suizo, “el delito se cometió en un día esplendido del verano turco, refrescado por la grata brisa marina, en ese puente lleno de personas, en medio de parejas europeas, musulmanes y pordioseros. Y, sin embargo, no pudiste encontrar pruebas que me incriminaran. Me hiciste arrestar en vano. Horas de interrogatorio sin ningún éxito. El tribunal creyó en mi versión sobre el suicidio”, le recordara Gastmann al investigador.

Noviembre de 1948. En la lluviosa y aburrida Berna han coincidido los mismos protagonistas del tabaco turco en aquella lamentable taberna a orillas del Bosforo. Durante estos cuarenta años, Gastmann ha seguido demostrando, en la praxis, la solidez de sus argumentos. Bärlach lo observado, incapaz, como la primera vez, de probar su responsabilidad. En esta ocasión no se han encontrado en un bar o café, sino en el propio estudio del detective suizo, invadido por el improbable Gastmann para este último encuentro. “Te queda un año de vida”, le dice el criminal. Y es verdad. Bärlach es portador de lo que parece un cáncer avanzado del estómago, y debe ser operado en los próximos días. Si todo sale bien en la mesa de operaciones, y solo entonces, le será concedido ese año de prórroga. El motivo de la visita es el homicidio de un oficial de la policía bernesa, para cuya investigación ha sido designado Bärlach. Lo que sigue es una tensa, espinosa, conversación, sin la sedosa elegancia de las interminables entrevistas de Márai, pero más rotunda y profunda en su rudeza. Usurpando el escritorio de nuestro agotado inspector, Gastmann retoma la sintaxis implacable de la primera discusión: “Este es el fin de nuestro viaje. Tú has vuelto, medio fracasado, a Berna, esta ciudad filistea, adormecida, donde no se sabe a ciencia cierta cuánto hay de vivo y cuánto de muerto, y yo he regresado a Lamboing, como siempre, por un capricho. Y aquí se cierra el círculo, porque en ese maldito pueblo una mujer, hace tiempo fallecida y bajo tierra, me trajo al mundo de manera irresponsable y absurda, y yo, a los trece años, me escape para siempre. Y heme de nuevo aquí. Vamos a dejarlo todo como está, amigo mío. La muerte no espera”. Y va a desaparecer en la noche aguada de Berna, no sin antes lanzar a su huésped el puñal turco que había encontrado sobre la mesa, rozando su mejilla y clavándose en el respaldo de la silla que ocupaba.

El juez y su verdugo es muchas cosas, relato policial, novela filosófica, exploración de las etiologías del mal; protoguión de una buena película (de hecho han sido varias las adaptaciones), pero, sobre todo, un brillante aporte a la tradición profundamente germana del doppelgänger (el “doble andador”, que “se cree puede mostrarse al mismo tiempo en dos lugares distintos”, de acuerdo con la definición del Diccionario de los Hermanos Grimm). Las apariciones fantasmales de Gastmann, cumplen con uno de los atributos del doble, cual es su “fantasmidad”. Otro es su carácter amenazante; tal vez por aquella antigua leyenda de acuerdo con la cual, “todo el que ve su doble de frente debe morir”. Gastmann es lo opuesto a Bärlach y su complemento, como el mal que necesita del bien para poder revelarse en toda su magnitud. Al cabo de la conversación entre ambos en la noche borrosa de Berna (los dobles, como los fantasmas de Dinamarca y de todas partes, aman la noche), tenemos la seguridad de que uno de los dos debe morir en el curso de las próximas horas. Las páginas que dedica Dürrenmatt al encuentro parecen siempre a “punto de reventar”, de salirse del libro con un despliegue abrumador de furia y sonido, el “sound and fury” de Macbeth. Para nuestro cínico y malevo, y por eso fascinante Gastmann, no sería ni la primera ni la segunda víctima; en los últimos cuarenta años ha acumulado una lista digna del mejor “serial killer”. Para el enfermo, y sartreano, inspector Bärlach, la salida rápida no es una posibilidad, aunque no sean ganas lo que le falten. Demasiado filosofo para disponer de la vida de otro, Así se trate de su propio victimario. Su compromiso irrenunciable con la ley se lo había reiterado a su compañero de noche con el ominoso frío del puñal en la mejilla: “Tarde o temprano conseguiré las pruebas de tus delitos. Y esta es mi última oportunidad”. La segunda parte de esta imponente novela de no más de ciento cincuenta páginas, donde lo policial es un pretexto para la reflexión sobre los alcances de la moral en el mundo en ruinas de la postguerra, y el no peor de la Venezuela de nuestros días,  es la cuidadosa descripción de una empresa que sabemos poco obvia: utilizar al culpable de un homicidio para que termine con la vida de un “inocente”. Uno quisiera, con las  reservas morales que nos quedan, que el inspector Bärlach fuera capaz de tan quijotesca empresa. Sería una lástima que no lo consiguiera, pero no por eso dejaría de ser, “la más extraordinaria figura de policía de la novela moderna”, como ha escrito, sin exageraciones, el nunca exagerado Pietro Cittati.

Il giudice e il suo boia, Friedrich Dürrenmatt. Adelphi, Milano 2015 (Traducción al castellano, El juez y su verdugo. Tusquet, Madrid 2000)

Alejandro Oliveros Alejandro Oliveros, poeta y ensayista, nació en Valencia el 1 de marzo de 1948. Fundó y dirigió la revista Poesía, editada por la Universidad de Carabobo. Ha publicado diez poemarios entre los que figuran El sonido de la casa (1983) y Poemas del cuerpo y otros (2005). Entre sus libros de ensayos destacan La mirada del desengaño (1992) y Poetas de la Tierra Baldía (2000).

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