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Al límite // ¿Recuperará Venezuela la ruta civil?; por Luis García Mora

Por Luis García Mora | 28 de febrero, 2016
27 de febrero de 1989 / Fotografía de Francisco Solórzano

27 de febrero de 1989 / Fotografía de Francisco Solórzano

La agitación en las colas, en los hospitales y la anarquía acechan desde el umbral. La experiencia de los vecinos multiplicándose en la cola con miedo a que al final no haya nada, y los repentinos desenlaces tumultuarios allá lejos, en la punta, donde se matan por una bolsa de arroz o un rollo para limpiarse, refieren a un solo vocablo: humillación.

El temor a un 27-F aterra, pues hoy nuestra sociedad es más violenta y está más armada.

Y presiona no sólo a Gobierno y oposición.

También al poder de civiles y militares.

Por lo que el camino es hacia la recuperación plena de la democracia, más allá del revocatorio caliente, popular, multitudinario. O la enmienda parlamentaria de salón.

En cualquiera de las decisiones, al final el desenlace es el mismo en esta Venezuela depauperada.

La situación obliga a que lo que se esté haciendo en materia de negociación se avive.

Se estimule. Se aligere.

Por lo pronto, el gobernador de Miranda, Henrique Capriles, tirando de su partido y de la oposición, se ha lanzado a recorrer el país en favor del referendo revocatorio.

Sin desestimar cualquier enmienda ni el dictamen de la MUD.

Y uno cree que el hombre puede haber dado con la razón. La experiencia del 6D, dada la crisis, ha sido rebasada por el conflicto. Y la opción de la enmienda se percibe como labor de jurisconsultos y diputados. Se resuelve en una oficina, dentro de cuatro paredes y un aire acondicionado, fría y cerebralmente, mientras que el revocatorio se consigue sudando, hombro a hombro con la gente, convocando a la participación popular.

El pueblo –se siente, se palpa, se respira–, y lo saben todos los que están en la calle, dirigentes, parlamentarios populares, jóvenes sobre todo, cuasi líderes, quiere tomar en sus manos la salida constitucional y pacífica. No quiere que lo maten.

Los mantras de los focus-groups: “Que dejen la insultadera”, “Que no muerdan el peine”, “Que no se olviden de nosotros”, “Que no cambien”, “Que saquemos al tipo como sea”.

“Que sabemos que hay maneras de revocarle el cargo al TSJ”.

“Que se acaben las colas”.

“Que no maten a mis hijos”.

“Que no haya más peo”.

“Pero pa’lante”.

Y todo el mundo in péctore espera que la movilización nacional se produzca. De manera franca y expresiva.

Esta semana en Caracas y otras ciudades, hubo movilizaciones por el derecho a la salud. Participaron enfermos, médicos y gremios que desean directamente y solicitan la ayuda internacional.

Y hay más: sopotocientas protestas dentro de las 5 mil 800 movilizaciones que desde 2015 hasta hoy (desconectadas entre sí) demandan que se canalice el conflicto. Que no se permita que se incendie espontáneamente la pradera.

Hay todavía raciocinio en lo espontáneo.

Ya cerca del 90 por ciento de los venezolanos está consciente de que la actual situación es mala. Muy mala, amigo lector. O de regular a peor. Y que su evolución es igual de terrible e inasible.

A nadie le gusta estar suspendido en el aire. O sin apoyo o fundamento por siempre, hasta que la desgracia lo rebase. Y menos con esta preocupación creciente y esta inquietud por conocer el fin o el resultado de algo.

Tensos como una cuerda de violín.

De manera que sí, hay que tocar todas las puertas requeridas y movilizarse hacia una consecución democrática. Abarcando todos los aspectos políticos que conforman el desenlace pacífico de esta situación. Dentro de la bóveda civil. Exitosamente y sin estallido. Sin una detonación.

Como debe ser.

El tema exige una franca, honesta y sana aproximación.

PERSISTE EL TEMOR DEL 27F DE 1989

Militares y civiles lo saben. Aunque uno no está al tanto de si todos.

El ejemplo lo dio esta misma semana el Gobierno, el cual pagó en Nueva York más de mil millones de dólares de la deuda. Esto constituye un alerta. Pues la percepción de quienes la cobraron fue de una conducta “casi enfermiza” por pagar: están dispuestos a sacrificar todo para hacerlo. Hasta los pocos dólares que quedan para comer, pues sienten que si no lo hacen se caen.

No es un tema moral. Es de supervivencia. Su moral es “la gente no come, pero no caemos”.

Y ese caminar sin recursos y responsabilidad, del país sobre el filo de la navaja para no salir, sacrificándolo todo y a todos en la jugada, exige una detenida justipreciación.

¿Qué se salva?

El trayecto desde aquel 1998 hasta hoy 2016 ha sido doloroso, de consecuencias catastróficas y terribles, y lo que sobresale al final de esta larga jornada es la grave ausencia del manejo civil del país.

Sin detenernos en la destrucción de la capacidad productiva nacional para hacerse dependiente de las dádivas del poder. Un poder que nos ha sumido en la escasez y la penuria.

Lo que nos lleva a preguntarnos cómo se desarmará este modelo.

Al país se le ha encorsetado –más aún después del advenimiento de Maduro– en una lógica de gobierno militar en el planteamiento de los conflictos políticos.

Como remarca Fernando Savater, el conflicto político más significativo de nuestra época es la creciente incompatibilidad entre la legitimación democrática del poder, con sus urgentes exigencias de participación efectiva y respeto escrupuloso de los derechos humanos en lo que tienen de anti-razón-de-Estado, y la viabilidad misma del Estado oligárquico, burocrático y militar que hasta ahora conocemos.

A lo que nos enfrentamos los venezolanos de este momento, y hay que decirlo –en especial a Ramos Allup, a Borges y al resto del estamento político que conduce nuestros destinos– es a los privilegios del estamento militar, tanto más notables cuando se los compara con una población civil cuyas necesidades elementales están muy lejos de ser cubiertas, en una economía cuyo funcionamiento es catastrófico.

Una sociedad que se la obliga a adorar la violencia y que vive harta, enferma de terror.

¿CÓMO HACER?

¿Aceptará la actual élite militar regresar al control civil que supone un marco democrático?

¿Un modelo en el que el estamento civil controle las Fuerzas Armadas apoyándose en el profesionalismo y la neutralidad, el diseño de políticas de defensa, pero en el que se otorgue a los militares una autonomía considerable en el dominio de su competencia?

Hoy se parte de la idea de que existen luchas de poder tanto entre distintos grupos civiles que intentan controlar a los militares, como entre civiles y militares; lo que presupone un conflicto entre el control civil y los requerimientos de seguridad militar.

El tan leído Samuel Huntington sugiere que este modelo (en que nos metió Chávez y profundiza Maduro para salvarse) podría conducir a la desatención de la defensa y posiblemente a la desestabilidad del control social. Mientras que el otro modelo, el de la coexistencia democrática de esferas, que es el que sensatamente se plantea, fortalece tanto el control civil como la defensa.

¿Qué queremos?

Tenemos un acuerdo civil desigual que resulta inestable, en el que las prerrogativas de los militares les otorgan una influencia desproporcionada sobre las políticas gubernamentales. Cuando las prerrogativas militares se limitan a las áreas de su competencia específica, el equilibrio restante es el de un control objetivo especialmente adecuado a la democracia.

Y aclaremos que no se trata de “irenismo” (esa manía de crear y conservar la paz por la vía de evitar las confrontaciones que es algo así como la tolerancia irresponsable o más bien cómoda) de una especie de antimilitarismo a ultranza sin tomar en cuenta la necesidad de seguridad nacional.

Se trata de puntualizar este desequilibrio intensificado por Maduro, el cual no se entiende viniendo de un civil.

¿O se tratará de un militar cubano que hizo carrera en la clandestinidad sin que lo supiéramos? Digo, por esta torpeza de reestructurar su Gobierno en 2013, en su esquema de funcionamiento, con un concepto tomado, como dijo, “de la organización militar de alto nivel”. Para lograr que los ministros tengan “verdaderos estados mayores, bien definidos –¡habrase visto!– con objetivos y estructura”. Para la “consolidación” de lo “existente”.

¡Ni De Gaulle!

Entonces hoy, prisionero de esa “estructura”, uno no sepa cuando habla él y cuándo la “estructura”.

Rocío San Miguel (conocida directora de la ONG Control Ciudadano), considera hoy que claramente los militares están controlando lo económico, la inteligencia, las armas y 25% de los ministerios. Tanto, que los hombres con más poder en el país tienen uniforme militar.

Lo que incluye la desagradable tendencia para lo civil de un lenguaje cotidiano de gobierno en boca del Presidente que no habla, ¡qué se yo!, de equipos profesionales (técnicos, económicos o jurídicos) sino de guerra. Económica, psiquiátrica, descabellada, onírica, eléctrica, sanitaria, y hasta odontológica.

De batallas, ofensivas y combates.

EL CAMBIO, O EL REGRESO A LA VIDA CIVIL

Dice el general Ochoa Antich que Maduro, desde que lo encargaron del coroto, necesitó afianzar su vínculo con los militares. Primero, para intentar reforzar su débil liderazgo ante los uniformados  –y quizá, dice uno, allí radica la respuesta al gran enigma de por qué su nombramiento civil, frente a la poderosa FAN: para que lo devoraran–, y luego para que los venezolanos vinculemos su Gobierno con la Fuerza Armada.

¿Y nos asustemos?

Dando por sentado el apoyo castrense en cualquier escenario.

El Instituto de Investigaciones de Paz de Estocolmo acaba de decir esta semana que Venezuela gastó 162 millones de dólares en armas y está entre los mayores compradores de armamento del mundo.

Estando quebrada.

Y el experimentado revolucionario Rafael Uzcátegui (secretario general del PPT) compara la flamante empresa militar minera (que me dicen, al informarse por la Gaceta, dejó perplejo al presidente de PDVSA) con la Ley del Cobre lograda por Pinochet, cuando se vio con el agua al cuello. Ley aprobada en su momento para proteger las finanzas de las FAN chilenas.

Y dice Uzcátegui (a quien oigo), que más que una ley, “el decreto de CAMINPEG es un mensaje político”.

Y AL FINAL CAMUS

Un querido amigo cargaba en estos días un libro que no he leído (lo compró en el exterior, por supuesto) de Tony Judt, Cuando los hechos cambian. Y al ojearlo vi el epígrafe, entresacado de La Peste de Albert Camus, la aportación del pensador franco-argelino a la defensa de la decencia con su límpido sentido común ético, como la mejor propuesta para afrontar el mal, se trate de la opresión política o la injusticia.

El epígrafe: “Solamente puedo decir que sobre esta tierra hay plagas y víctimas, y que, en la medida de lo posible uno tiene que negarse a estar del lado de la plaga”.

Y como dice Camus al final de su novela, “El bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás… espera paciente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas… tal vez llegue el día en que, para desgracia o amenaza de la humanidad, la peste despierte a las ratas y las mande a morir en alguna ciudad feliz”.

Es la alegoría de Camus, como sabemos, sobre la ocupación de Francia por los nazis en tiempos de guerra, aunque de forma indirecta y ostensiblemente apolítica.

La peste se agita en las colas, en los hospitales, mientras el monstruo anárquico se agita. Y el miedo en la cola se multiplica. Miedo a que no lleguemos. Miedo al desenlace tumultuario.

A que nos maten en la punta por un rollo de papel o un Atamel.

O, más profundamente, en nuestra alma civil, miedo a que este mecano no se desarme y se arme como debe ser.

A que no haya vuelta atrás.

Luis García Mora 

Comentarios (3)

juan vicente pérez delgado
28 de febrero, 2016

en esta oportunidad estas muy acertado en lo que te refieres al llamado de Capriles a sudar en las calles por el referendo revocatorio, con lo que estoy de acuerdo

Freddy Siso
28 de febrero, 2016

Hoy, lo negro, lo oscuro y el luto tiene paralizada a Venezuela en su caída por el abismo donde la empujaron Chávez y sus verdugos.

José María
29 de febrero, 2016

Ya era hora lo del revocatorio, Capriles tiene razón, pues la enmienda constitucional el Tribunal Supremo la va a tirar para atrás, pero contra un revocatorio (que es el pueblo en votación masiva) no se puede enfrentar.

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