Artes

Breve nota sobre ‘País’ de Yolanda Pantin; por Marina Gasparini Lagrange

Por Marina Gasparini Lagrange | 14 de febrero, 2016
, retratada por Vasco Szinetar.

Yolanda Pantin, retratada por Vasco Szinetar.

La poesía es la experiencia, la visión, el arrojo, el destino, sí, porque se trata de un mandato que no deja escapatoria, que coloca al poeta ante el descampado en que deberá construir la patria propia ―”patria chica” la llamará también Yolanda Pantin (Caracas, 1954)― que erigirá a fuerza de memoria y palabra.

En País de Yolanda Pantin, publicado por Editorial Pre-Textos al cuidado y con prólogo de Antonio López Ortega, estamos ante una obra escrita entre la expresión que no puede ser postergada y el tiempo lento de algunas historias muy muy antiguas.

Como si se tratara de un baile ritual, esta poesía no aleja el sentir ni la mirada de temas desde siempre presentes en sus versos: la casa con sus ritos, las historias familiares contadas con los silencios y los gestos con que Constanza sirve la mesa a la hora de la cena, los sentimientos que nacen, las decepciones que se imponen con su peso, la escritura y la pregunta sostenida por el escritor y su palabra. Son temáticas que suelen ser tratadas desde la mirada de un presente renovado que da cuenta, a veces con ironía, de pérdidas y desconciertos que eluden la descripción. Aparecen en prosa, a veces con aliento más largo, otras condensados en un solo verso y en general pueden leerse como momentos provenientes de una casa interior que la palabra poética alivia de su encierro.

¿Quién escribe al poeta? Las respuestas comienzan a aparecer en uno de los títulos capitales de la poética de Yolanda Pantin: Poemas del escritor (1989), el libro de la escritura y del desdoblamiento. Un epígrafe de Murilo Mendes (“El poema me mira y, fascinado, me compone…”) es la puerta de entrada a este volumen en el que la autora ahonda en una inquietud presente desde sus primeros títulos: ¿quién escribe?, ¿quién me escribe? ¿Quién es ese que mira al escritor inclinado ante “el blanco del papel [que] lo enceguece?”. Ella “no sabe qué decir/ porque tampoco sabe qué cosa ver: / si el cielo de afuera o el cielo de adentro”.

En Poemas del escritor la soledad es el lugar desde el cual comenzar a decirse. Allí la poeta se desdobla y es personaje de sí misma. Ella se observa, se escruta, se vive y se da vida en la escritura. Esta mirada ajena le permite establecer una distancia entre el poema y la palabra que lo hace posible. Leemos: “El escritor descubre el mundo / ha salido de sí con penosa tarea. / Nada lo agobia tanto / como desprenderse de su interioridad / de su cálida materia”. Y en esta indagación tienen especial relevancia las “Divagaciones” numeradas que siguen a cada uno de los textos que tienen al escritor como tema. Estas son un mundo abierto, un hilo suelto, una perífrasis, una posibilidad, un modo de conciencia para el poeta que se ve y se escribe (“Estoy cerca del mundo / fuera de mí…”), pero también para nosotros que las leemos y nos leemos en esas palabras posibles. La palabra, paradójicamente, no cierra y delimita realidades, al contrario, mientras circunscribe y fija, abre resonancias y posibilidades siempre nuevas. En este libro la autora no le saca el cuerpo a una de las emociones que obra y hace obra en ella: el miedo.

Yolanda Pantin va en busca de una posible identidad, quién fue, quién es, y no titubea en decirnos cuál de todas es ella: “Yo soy aquélla en la fotografía, / de pie, // entre el miedo y el deslumbramiento”. De pie y siempre andando, desde ese espacio al mismo tiempo reconocible y cambiante,  escribe una poesía que da voz al instante de la revelación: “Desde el principio hasta su fin // olvido // recuerda”.

Al “reconocimiento” de sí sucede el del país, pero esa nación se ha hecho “irreconocible”, solo tiene imagen en las ruinas de una historia colectiva que arremete con la fuerza de un deslave. Violencia, indiferencia, mentira, humillación: país «tajado» que hace aún más perentoria la reconstrucción y el reconocimiento del sentimiento de patria, la historia íntima y personal, la memoria que puede contarse con el asombro, la atención y el “miedo aterrador” característicos de esta voz.

“―¿De dónde vienen
ustedes?

―Lejos
de aquella añoranza
que siempre nos sorprende;
del paso leve de los niños, de todo
lo que el miedo alcanza
en la respiración.”

¿De dónde venimos? Es esta una de las dudas apremiantes de nuestra autora. Sus poemas, repetidas veces, son líneas trazadas con la “certeza interior” de que en el temblor del miedo abraza en un canto las pérdidas, el fracaso y la derrota. No está todo perdido, dice la poeta. Queda el miedo. Queda la inocencia. Así dice. Quedan la memoria y la poesía, la línea quebrada del verso que es País en ella, p-a-í-s fracturado (también en nosotros).

Marina Gasparini Lagrange 

Comentarios (1)

Diógenes Decambrí.-
15 de febrero, 2016

Yo admiro a Yolanda Pantín desde que disfruté una carta suya dirigida a su nieto especial (en un Concurso sobre cuya objetividad mantengo serias reservas pues premia textos defectuosos, que no cumplen sus propios requisitos, en tanto reparte los segundos y terceros galardones como consolación, para maquillar lo inconfesable que procura las mejores posiciones para expresiones de inferior calidad). No he leído sus poemas, pero me consta que le sobra sensibilidad y buen gusto.

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