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Ser extranjero; por Héctor Abad Faciolince

Por Héctor Abad Faciolince | 11 de febrero, 2016

Ser extranjero; por Héctor Abad Faciolince

Extraño y extranjero tienen las mismas raíces, pues ambas vienen del latín extraneus (no es que yo sea muy culto, acabo de mirarlo en un diccionario).

Y está bien que sea así porque todo extranjero extraña, en los varios sentidos de esta última frase: extraña a los nativos, los inquieta, y él extraña su tierra, su paisaje, su lengua, a sus amigos. Desde hace una semana soy de nuevo extranjero, como lo he sido otras veces en la vida. Esta vez en los Países Bajos. Ser extranjero me anima, me entusiasma, pone mi mente a mil, y unos meses después me aterra y me deprime. Pero por ahora estoy en la fase maníaca; ya les contaré si me llega la depresiva.

He sido extranjero en México y en España, pero en esos países, por la comunión de la lengua, uno es más forastero (de fuera) que extraño. Uno es extranjero en otros países del español, pero no extravagante; apenas ligeramente descentrado. En las lenguas ajenas, y más cuanto más lejos estén de la nuestra, uno es progresivamente excéntrico hasta llegar a ser estrambótico. En Italia no tanto, más en Estados Unidos y todavía más en Alemania; en Egipto y en China, ni se diga, pues allá uno no solo no sabe hablar, sino tampoco leer, con lo que pasa a ser analfabeta. En Holanda se puede deletrear lo que dicen los periódicos, pero no pronunciarlo (el neerlandés no tiene una escritura tan fonética como el alemán), y entiende pocas palabras. Digamos que aquí uno está a mitad de camino entre Italia e Indonesia. Con la ventaja de que el 97% de los holandeses hablan inglés, y más de la mitad prácticamente sin acento.

Los países periféricos con una población limitada (aunque los neerlandeses se sientan “el faro moral del mundo”), y con mayor razón si tuvieron aventuras coloniales, son más curiosos y abiertos a otras lenguas y culturas. Incluso, si se quiere, más hospitalarios. No sienten, como los españoles, los alemanes, los ingleses, los chinos o los gringos, que con su lengua les basta y sobra. Por eso aprenden otras con pasión y habilidad. También los nórdicos son así, y los bálticos, y los judíos, y los gitanos: más abiertos y más cosmopolitas, más predispuestos a cierto nomadismo cultural.

En el instituto donde me dan una beca y una oficina para escribir (el NIAS: Netherlands Institute for Advanced Studies) convivimos personas de muchas naciones y profesiones distintas. Hay demógrafos, historiadores, lingüistas, médicos, neuropsicólogos, etc. Cada becario tiene su propia investigación y su propia disciplina. Dos de los proyectos que más me han interesado tienen que ver con cosas muy diferentes. El primero es de un filósofo de origen iraní que analiza la teología islámica para entender y hacer la crítica de la actitud de ciertos clérigos de esa religión frente a las relaciones homosexuales. Algunos países donde los hombres se saludan de beso y van por la calle tomados de la mano, son los mismos que castigan con pena de muerte la homosexualidad. En Irán, sin embargo, este castigo es casi imposible de que se dé pues es necesario que cuatro testigos varones vean simultáneamente a los implicados teniendo sexo. De este modo el delito y la condena son bastante improbables.

El otro proyecto que me asombra lo lleva a cabo un hombre de dos metros de estatura. Él considera que con cierto tipo de alimentación y con unos cuantos ajustes genéticos podríamos conseguir que el tamaño de la gente disminuyera. Holanda es el país con el promedio de estatura más alto del mundo; el crecimiento inusitado de la población se empezó a dar al mismo tiempo que la producción masiva de quesos maduros, hace un par de siglos. Pero para este investigador lo mejor para el ecosistema (consumo de espacio, alimentos, energía) sería lograr reducir la estatura humana a menos de metro y medio. Si en la cultura corriente casi todos quieren ser más altos, fascina alguien que aspire a un mundo liliputiense, un mundo en el que los extranjeros en Holanda dejaríamos de sentirnos humanos en miniatura.

Héctor Abad Faciolince 

Comentarios (2)

Sheyla Falcony
12 de febrero, 2016

Bueno creo que HOY.. ya no somos tan extraños ni tan extranjeros..en especial después del auge del internet y las redes sociales..Hoy podemos entrar a todos los rincones del planeta e inclusive preparar una receta lugareña..Creo que esa palabra dentro de poco va a pasar de moda ya que ahora todos queremos ser partícipe de los cambios que vemos afuera. Pero esto luce muy bonito ..siempre que No tengas que salir…a la fuerza exiliado, expatriado… por no tener en tu país de orígen: vivienda segura , alimentos, seguridad personal, medicinas, agua potable etc..entonces comenzas a transitar un calvario peor que una novela de terror.. (por ejemplo los casos de Siria, Venezuela etc. ).

@manuhel
13 de febrero, 2016

Escribo desde Arabia Saudita.

Resulta increíble lo tanto que el lenguaje inglés es tan familiar aquí.

El papel moneda por un lado está en árabe y por el otro en inglés, más del 90% de los avisos en las carreteras también, igual pasa con la carta de los menú en restaurantes y cafés. Hoteles y hospitales ni hablar.

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