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La historia detrás de las fotos de Amada Granado en el Penitenciario de San Antonio

A continuación compartimos con los lectores de Prodavinci, la historia de cómo la fotógrafa Amada Granado realizó su serie “Penitenciario” en la cárcel de San Antonio, en la isla de Margarita. La revista LAT Photo Magazine consideró que este trabajo se coloca desde "un lugar inseparable de las problemáticas sociales, […] pone de manifiesta de una forma casi lúdica pero muy aguda, los usos paradójicos de diferentes tipos de espacios que se tuercen según las tergiversaciones de sistemas para-oficiales de poder en Venezuela”. El presente texto fue publicado originalmente en el portal especializado en artes BackRoom Caracas y ha sido cedido a Prodavinci gentilmente por su autora. Para ver la fotogalería “Penitenciario” y una entrevista a su autora, haga click acá.

Por Amada Granado | 7 de febrero, 2016
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Ésta es una de las fotografías de la serie PENITENCIARIO, de la artista Amada Granado. Para ver la fotogalería completa, haga click en la imagen.

10.12.11

Rumbo al aeropuerto Santiago Mariño, en la isla de Margarita, iba conversando con José Gregorio, un surfista, predicador y taxista, quien me hacía carreras. Al pasar por el frente del Penitenciario de San Antonio, me dijo: “Tengo un amigo que estuvo cinco años en ese sitio, por narcotráfico, y estando preso se hizo evangélico. Ahora está libre y siempre va a dar charlas religiosas a ese lugar”. Pero, claro, ese sitio es el ¡Venezuela’s Prison Paradise! ¿Cómo olvidar ese video reportaje del New York Times? De inmediato pude imaginar a los presos en un día vacacional de esos que se hacen eternos, nadando y chapoteando en la piscina del pran. Le pedí a José Gregorio el teléfono de su amigo ex convicto.

16.12.11

Me reuní en una panadería de la Av. 4 de Mayo con Juan. Me contó sobre su antigua adicción por las drogas, cómo se ganaba la vida traficando cuando en un fallo de cambio de Guardia Nacional, sin previo aviso, lo capturaron con heroína en la maleta. Le dieron condena de diez años pero, por buena conducta y entrega suprema al Evangelio, se la redujeron a cinco bajo libertad condicional. Le conté de mi proyecto, mi gran interés en pasar un día con los presos en la piscina del pran y que la única manera de lograrlo era con su ayuda.

24.12.11

Me puse una falda hasta los tobillos y me recogí el cabello. Me encontré con Juan y su esposa en la entrada del Penitenciario. Me propuse ser invisible, pero no funcionó. Los nervios no me dejaron. Mi primera impresión fue la de estar en medio de un pequeño infierno contenido: los malandros más poderosos armados y ni un solo guardia adentro, todos apostados afuera para controlar quiénes entran y salen del penal. Mesas de pool, altares, piscinas, una gallera, chivos, palmeras, armas,  drogas, niños y carpas de familiares por ser época de navidad. Muchos detenidos y familiares desesperados porque Juan les echara una bendición. Entretanto, me acerqué a la zona de El Conejo, el gran pran de la cárcel, y uno de su séquito me preguntó por qué iba vestida así… (y es que, claro, no puedo aparentar algo que no soy, menos en ese mundo). Me dijeron que pasara al rato, El Conejo aún dormía. No aguanté. Ni los nervios ni el hambre me lo permitieron. Por un momento pensé que me iba a desmayar. Y es que ese olor, además. Me disculpé con Juan y su esposa. Me fui a mi casa.

30.12.11

Juan no pudo llegar. Entré sola. Nuevamente alguien de la entrada me escoltó hasta la zona de El Conejo, pero me dijeron que regresara más tarde o mejor al día siguiente.

8.01.12

Rumbo a la cárcel el taxista me preguntó si iba a visitar a alguien. Le conté que intentaba sacar un trabajo y pensaba pedir un permiso. Me contó que muchas mujeres van solas, profesionales, sin ser “de la mala vida”, con educación; se van a buscar hombres allá adentro, porque son más salvajes en la cama. Al llegar al penal un guardia me presentó a Reyes, uno de los porteros de El Conejo. Cuando me acerqué guardó su pistola en el pantalón. Me comenzó a interrogar, con esa mirada acribilladora: cómo me llamo, qué hago, para quién trabajo. Al decirle que no soy periodista sino fotógrafa y que mi intención era sacar un proyecto artístico se relajó. Me explicó que el pran no quiere saber nada de periodistas, porque la gente del NY Times lo dejó muy mal parado con ese reportaje. Le dije que mi único interés era mostrar lo que hizo con las piscinas y le conté de mi proyecto Guaire. Caminamos, fuimos a buscar al Conejo. El mismo retrato: presos jugando pool y música de fondo. Su jefe no me pudo atender porque recibía a otra visita. Reyes me prometió que, por ser su hombre de confianza, conversaría con él sobre mi caso. Me dio su número para que lo llamara y darme una respuesta. También comentó que lo más seguro era que, si me daba la autorización, él tendría que estar en todo momento conmigo, supervisándome. En la noche me compré una nueva línea de celular, llamé a Reyes y cuadramos la cita para el próximo miércoles, sólo que más temprano de lo acostumbrado.

11.01.12

Mi amiga Nina me pasó a buscar para llevarme hasta el penal y esperarme en la entrada. No pude ni llegar hasta la cárcel. Le pedí que me llevara de vuelta a casa.

12.01.12

Me encontré con Juan en el Barco Museo que está ubicado en la entrada de Parque El Agua. Me contó su experiencia con el pran anterior, el que estuvo durante su período en la cárcel. Habló de algunas violaciones a visitantes, a modo de venganza entre pabellones. Estaba entrando ya en zona de terror. Y comenzó el pánico.

19.01.12

Llamé a un periodista. Preferí no profundizar en detalles sobre mi propósito en la cárcel. Me contó toda su experiencia y ofreció acompañarme, ya que a él lo trataron muy bien. Quedamos en reunirnos en Caracas.

23.01.12

Me reuní con el periodista en Los Próceres. Llevó una cámara para mostrarme fotos que le tomó a El Conejo en su oficina/habitación junto a la Ministra Iris Varela. La misma foto que ha rodado por las redes sociales: ambos abrazados y sentados en la cama del pran.

28.01.12

Le compré un boleto ida y vuelta el mismo día al periodista. Llegamos al mediodía a la cárcel. Tuvimos que esperar alrededor de tres horas dentro. Un preso nos hizo de guía turístico por toda la aldea. El logo de El Conejo es el mismo que diseñó Art Paul para la revista Playboy y está por todas las paredes del pabellón. Tuve el honor de conocer a su chef personal. El periodista siempre se presentó como periodista de Últimas Noticias y amigo de la ministra. Unos hombres armados pasaron junto a nosotros y uno de ellos me amenazó con su mirada retadora. Al rato entró un guardia, nos exigió en tono alarmante que saliéramos antes de que algo malo nos sucediera. Al salir, vimos a un teniente acompañado por unos diez guardias. Me reclamaron y me dijeron que si tenía que pedir un permiso debía ser directamente al director del penal y no a un preso. Que no regresara más. No querían nada con periodistas.

6.02.12

Después de darle muchas vueltas llegué a la conclusión de que lo mejor sería explicar o aclarar que el proyecto no iría en contra de ellos, así que fui a la cárcel con la única intención de reunirme con el director. Lo esperé alrededor de dos horas en la entrada. Cuando llegó me presenté y le comenté mi gran interés por mostrar lo que había hecho el pran allí adentro. Asumí que había sido un gran error haber ido con un periodista, pero que de todos modos su nota de prensa no era negativa. Le insistí en que tratara de entender que quise llevarlo debido a mi poca experiencia con el tema carcelario, que mi trabajo no les afectaría en lo más mínimo, porque siempre me había interesado resaltar la calidad humana. Me confesó entonces que ese día que estuve en el penal con el periodista fue el mismo pran quien lo llamó y le pidió que nos sacaran. Finalmente entendió mi propuesta y me dio el número celular de El Conejo. Me pidió que no le dijera que me lo había dado él. Quedamos en que lo llamaría a finales de la tarde. Me dio luz verde para que llamara a El Conejo y así lo hice. Finalmente hablé directamente con el pran y le pedí que entendiera que de verdad no era periodista y que mi trabajo no le iba a afectar para nada. Me respondió: “Ajá, ¿y cuándo vas a venir a tomar las fotos?” Le pregunté si podía entrar con mi cámara y me dijo que le preguntara al director. Llamé de nuevo al director y me dijo que hablara con El Conejo. Me dio a entender que hay cámaras que se cuelan, que si me las ingeniaba podía trabajar con la de algún preso.

8.02.12

Nuevo día en el Penitenciario. Busqué a Reyes. Me dijo lo mismo que la vez anterior: El Conejo estaba ocupado recibiendo a una visita. De pronto, otro de sus luceros le dio una señal y me dijo: “Vamos, el brother te va a recibir”. Comenzamos a caminar y de pronto tenía a muchos hombres armados caminando detrás de mí. Me asusté. Pregunté qué sucedía y se comenzaron a reír: “Ah, es que tienes miedo”. Salí corriendo. En la entrada otra vez los guardias: “¿Qué haces aquí? Ya te dijimos que no regresaras más, ¡vete!” Salí y en la entrada principal de la calle me puse a llorar de pura frustración. Los siguientes días estuve reflexionando en cuanto a la importancia de la calidad fotográfica de este proyecto. Sobre si era necesaria o no. Concluí que, a esas alturas, después de tanta guerra de poder en la que me vi envuelta, si lograba que El Conejo o alguno de sus hombres acabaran tomándome a mí una foto habría ganado mi batalla. Una turista invasora vista a través de sus ojos.

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Un recluso fotografía a Amada Granado en la piscina. Ésta es una de las fotografías de la serie PENITENCIARIO, de la artista Amada Granado. Para ver la fotogalería completa, haga click en la imagen.

13.02.12

Llamé por teléfono a El Conejo y con su tono de capataz de hacienda me dijo: “Yo te estaba esperando el otro día en mi oficina, pero saliste corriendo. Ven el sábado que viene a las nueve de la mañana y yo mismo te voy a buscar a la puerta”.

18.02.12

Los luceros me quisieron asustar. Reyes me pidió que esperara un rato más. El Conejo nunca salió. A casa nuevamente. Derrotada.

18.03.12

Hoy extrañamente Reyes me dio una información que nunca me había dado: “el brother tiene una segunda voz”. Su mano derecha, quien toma también decisiones. “Se llama Rafael” y me lo señaló. Esperé que terminara de hablar por su BlackBerry. Me le presenté. Me dijo que ya me había visto varias veces, incluso en las que salía corriendo. Le conté lo mismo que al director. Me preguntó “¿Y qué ganamos nosotros con todo esto? Obviamente la que gana eres tú”. Le dije que claro que ganaban: “Quedan bien ante todos los que están afuera de este sitio, más aún después de la noticia del New York Times”. Le dije que lo pensaba hacer con un equipo muy discreto y unas cámaras desechables. Me respondió: “Si nosotros lo aprobamos, le damos la orden al director y te dejarán pasar con las cámaras”. Quedamos en que el sábado siguiente lo buscaría de nuevo y nos sentaríamos para mostrarle imágenes de mi trabajo. Y entonces reconoció: “Se ve que eres muy insistente. No has dejado de intentarlo”.

25.03.12

Hoy fui a visitar a Rafael. Le llevé dos fotos del Guaire y una foto que tomé de un rancho con una piscina, visto desde el metrocable. Me preguntó: “¿Por qué insistes tanto en esa piscina? No es nada nuevo. Ya todo el mundo sabe que existen. Es más: yo le tomo una foto con mi celular y te la envío”. A todas éstas, yo estaba sentada junto a él y del otro lado estaba sentado un preso que acariciaba la cabeza de su cachorro con una mano mientras con la otra sostenía un arma. Completaban la escena niños que revoloteaban alrededor en traje de baño y vendedores de chucherías. El sitio iba tomando cada vez más un ambiente de club. Y yo, progresivamente, me sentía más relajada dentro de ese escenario. Entonces le dije: “Bueno, después de tanto insistir, quiero tomar mis fotos y les juro que ya nunca más sabrán de mí”. A lo que respondió: “Si haces algo malo, nosotros recordamos las caras”.

A los pocos días llamé a El Conejo. Le pregunté si llevando mi propio chip me prestarían una cámara. Me dijo: “Claro que sí”.

15.04.12

“Hoy es el día, hoy es el día, hoy es el día”. Eso lo he estado repitiendo desde ayer. “Nada malo va a pasar, nada malo va a pasar”. Llegué a la cárcel. Había una enorme cola en la entrada. Muchos niños. Eso me dio confianza. Había cambio de guardia. Tenían otra dinámica para dejar pasar a la gente, por lo visto una más complicada. Tuve que esperar como dos horas. Llegué a la revisión. Me quité la ropa. La chica encargada de la seguridad me preguntó qué tenía en el bolsillo. Saqué la tarjeta de memoria. Me pidió que la dejara en la entrada, pero como no me siguió, pasé con mi tarjetica. Al entrar, sólo miré a Reyes, quien estaba sentado en el banquito de siempre. Le dije: “Reyes, hoy es el día”. Y me respondió “No, chama, Rafael acaba de entrar al cuarto con su novia y el brother recibe una visita”. “¡Qué va, Reyes! No me voy de aquí hasta sacar mis fotos. No puedo seguir en esto”. Llamó desde su celular a El Conejo: “Brother, aquí está la periodista, la de las fotos” y luego, dirigiéndose a mí, “Chama, vas a tener que esperar mucho”. “¿Por qué le dijiste que soy periodista, si sabes que no es así?”. “Chama, aquí todos sabemos desde el día número uno que tú eres periodista, pero tenemos claro que no quieres hacer nada malo ya que sólo son fotos en el área de la piscina. Aún no entendemos bien por qué quieres hacer eso, pero está bien, sabemos que no es para nada malo”. Pensé entonces: “A estas alturas qué importa lo que soy, si sigo siendo la misma turista, la misma que se paseó por el Guaire, por el Humboldt y entre tanta agua turbia ha llegado hasta la piscina del pran”. Caminamos y nos sentamos en una mesita que estaba en el jardín. Reyes me contó su historia desde que entró en ese sitio. Tuvo que pagar 5.000 bolívares para hacerse su habitación y, según él, está en la mejor cárcel de este país. De pronto hizo una pausa y dijo: “Chama, el brother salió de su habitación”. “Reyes, por favor, hazme el protocolo. Llévame a donde está. Preséntamelo”, le dije. Reyes se rió. Lo señaló. Fue como ver a Buda (el doble de gordo a como se veía en las fotos). Se le acercó un vendedor/mesonero con ostras. Mientras me hablaba se las comía. Me dijo lo mismo que todos: “Sólo puedes tomar fotos en la piscina, lo del New York Times nos jodió mucho”. Me insistió en que no podía tomar fotos de armas ni de drogas. Le pregunté si tendría protección ya que me iba a quitar la ropa, porque yo también saldría en una de las fotos en traje de baño. “Pues claro, no hay problema”. Mandó a llamar a un preso, que era el que se ganaba la vida allá adentro como fotógrafo los fines de semana. Pensé: “¡Vaya, un colega!” Sacó dos cámaras de pocket. Mi chip le quedó a una. El Conejo le dio la orden de que no se separara de mí nunca. Debía supervisar mis fotos. También le ordenó a Reyes darme una ronda de vez en cuando. Entramos. ¡Por fin! Entré a la burbuja soñada. Niños extasiados de felicidad alrededor de la piscina del club de fines de semana. Uno que otro preso flotando en el agua. Tal cual como me lo imaginé cuando pasé en diciembre en el taxi. No lo podía creer. Todo estaba a mi favor.

Finalmente me pude quitar la ropa. Me senté a la orilla de la piscina con un loro (la mascota de un preso). Nadie me dijo nada. Todos me respetaron. Sólo un preso me pasó por al lado y me dijo: “Eres una reina”.

Amada Granado

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Nota:
Algunos nombres en este relato fueron cambiados.
La serie Penitenciario fue exhibida en El Anexo en 2013.

Amada Granado 

Comentarios (2)

HUmberto
7 de febrero, 2016

Amanda, leyendo tu relato debo, en primer lugar, felicitarte por tu insistencia y empeño, sabiendo que el lugar no es precisamente de sana convivencia… Muchos éxitos profesional, excelente trabajo, quizas haría falta el análisis de esas situaciones, en profundida pero supongo eso en algún momento se hará, con un equipo multidisciplinario. Nuestra sociedad, en este momento de crisis presenta muchos momentos que son extranos por su naturaleza, cuesta entender eso que ocurre en las carceles al igual que el país.

De más decir eres VALIENTE

pedro maldonado
13 de febrero, 2016

Felicitaciones por excelente trabajo. Realmente mis niños de mi Fundación no deben saber lo que acabo de leer.

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