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Experimentos; por Jorge Volpi

Por Jorge Volpi | 3 de enero, 2016
Experimentos; por Jorge Volpi 640

Fotografía de Alfredo Domínguez.

¿Por qué un país que durante décadas disfrutó de una paz relativa, o al menos de la sensación de una paz relativa, se despeña de un día para otro, en una violencia incontenible? ¿Cómo una sociedad que había presumido de un largo periodo de calma se convierte en un caos ingobernable? ¿Qué origina que un lugar en el que los delitos principales eran el robo o la violencia doméstica diera paso a cien mil muertos y treinta mil desaparecidos? Hace unas semanas la UNAM convocó a un grupo de expertos de distintas disciplinas -y a un escritor como yo mismo- a discutir sobre la violencia e intentar responder a estas preguntas.

¿Cómo es posible, en efecto, que el México de antes de 2006 fuera o pareciera ser un oasis de tranquilidad, al menos en comparación con el resto de América Latina, y luego se transformara en el escenario de una suerte de guerra civil? Por supuesto no es el único sitio donde algo semejante ha ocurrido: la Yugoslavia posterior a la muerte de Tito o Ruanda son ejemplos extremos de sociedades que, tras una era de tensos equilibrios, son capaces de destruirse a sí mismas.

No se falta a la verdad si se contesta que la culpa es del gobierno de Felipe Calderón, que en diciembre de 2006 decretó irresponsablemente la Guerra contra el Narco, pero ello no basta para explicar el fenómeno. Sin duda, la intervención del ejército para combatir al crimen organizado resultó contraproducente, al agitar un sistema de por sí caótico sin prever las consecuencias: a partir de entonces los grupos criminales se atomizaron, comenzaron a despedazarse, y la precaria estabilidad del sistema previo, sostenida con alfileres gracias a una mezcla de tolerancia, corrupción y simple suerte, se hizo añicos. Pero, más allá de la pésima estrategia del gobierno federal, estamos obligados a explorar más a fondo esta súbita transformación de sus ciudadanos.

Los humanos somos seres con una alta propensión a la violencia: quizás, como creía Hobbes, ésta sea nuestra condición natural, modelada por nuestra respuesta evolutiva frente a un entorno hostil, y sólo un rígido entramado de autoridad y valores culturales es capaz de moderar o apaciguar nuestros instintos. Para explorar esta tendencia soterrada -la misma que dio lugar, por ejemplo, a los crímenes del nazismo-, en las décadas del cuarenta al setenta varios psicólogos realizaron distintas experiencias que, pese a las críticas que han recibido desde entonces, siguen funcionando como metáforas de nuestro comportamiento.

En Harvard, Stanley Millgram estudió nuestra propensión a seguir al pie de la letra las órdenes –así sean absurdas, inhumanas o crueles– de cualquier autoridad que consideramos mínimamente legítima: solo una muy pequeña parte de quienes participaron en su experimento tuvieron el valor o la conciencia moral para no dañar a sus semejantes. Después, John Darley y Bibb Latané acuñaron el concepto del “efecto del espectador” a partir del homicidio de Kitty Genovese, quien murió debido a la aparente indiferencia de sus vecinos cuando era atacada frente a sus ventanas. Por último, Philip Zimbardo nos hizo ver, con su experimento de la prisión de Stanford, que la sola idea de encarnar a la autoridad, y acceder así a un poder ilimitado, nos convierte en monstruos, como demuestran las torturas cometidas en Abu Ghraib -o en cualquier separo mexicano.

Los métodos y resultados de los tres experimentos han sido severamente cuestionados desde entonces, pero su resonancia no ha hecho sino incrementarse con los años, como demuestra el alud de nuevos libros y películas sobre ellos. En resumen, nos describen como seres volubles e influenciables: basta con que se nos otorgue un poder sin paliativos –como el que disfrutan los miembros del ejército o los sicarios de los cárteles– para convertirnos en bestias sanguinarias.

A diario presenciamos en México esta violencia sin cuartel. Y, si bien tendríamos que desentrañar los motivos y las causas en cada caso, todos responden a la ausencia de esos marcos sociales y simbólicos para frenar nuestros impulsos destructivos –ya frágiles en una democracia tan endeble como la nuestra, y erradicados por la Guerra contra el Narco–, y sobre todo a la eliminación de la empatía. Imposible hallar una solución única al caos que nos rodea, pero habría que empezar por instaurar por doquier, en las escuelas y fuera de ellas, una educación que difunda y refuerce esta idea que nos lleva a creer que una vida vale lo mismo que cualquier otra.

Jorge Volpi 

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