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[1/3] ‘Dune’ de Jodorowsky: la película más influyente de sci-fi nunca se filmó; por Albinson Linares

Por Albinson Linares | 18 de noviembre, 2014

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a. De la fe a la melange. Dios hizo Arrakis para probar a los creyentes, reza una antigua profecía citada varias veces a lo largo de Dune, la clásica novela de Frank Herbert que redefinió la ciencia ficción en 1965. Sólo la fe absoluta en un destino manifiesto preserva con vida a los Fremen, los pobladores de Arrakis o Dune, como también se le conoce a ese lugar que no es otra cosa que el Infierno.

Un desierto yermo, caliente, árido y áspero ubicado temporalmente a 20.000 años de nuestra era. Allí las temperaturas alcanzan los 350 grados y, por supuesto, nunca llueve. Estas condiciones inhóspitas para la vida humana son el ecosistema ideal de los ShaiHuluds, unos monstruosos gusanos de arena que pueden vivir miles de años y llegar a medir centenares de metros.

Herbert creó un complejo ecosistema que no explicaremos en este artículo, pero que fascina a quien conoce sus referentes. Huelga aseverar que los gusanos son esenciales para la vida en ese desierto, porque son como los árboles que producen oxígeno y, producto de su muerte al dividirse en pequeñas “truchas de arena”, provocan explosiones que generan la melange, esa sustancia que es uno de los grandes aportes de Dune al imaginario de sus lectores. La melange tiene un aroma parecido al de la canela, es altamente adictiva y tiene una serie de propiedades benéficas que potencian las habilidades y otorgan poderes especiales a quienes la consumen. Además, es vital para la economía de esa galaxia. No es poca cosa: quienes usan la melange mutan, retardan su envejecimiento, son más inteligentes e intuitivos y pueden plegar el espacio para viajar rápidamente a cualquier lugar del cosmos.

Y acá tiene lugar hablar de los Fremen, esa extraña tribu cuyos miembros poseen intensos ojos azules por el contacto constante con la melange. Nadie sabe cuántos son ni cómo viven, pero sí que ellos son quienes cosechan esta especia que, como el petróleo moderno, es el combustible más preciado del futuro.

b. ¿Quién manda en la galaxia? Dune es el tercer planeta de Canopus, tinglado imperial de un futuro monárquico, ya que el universo conocido está repartido en casas imperiales. Así las cosas, gobiernan un emperador llamado Padishah Shaddam IV y dos de las casas más influyentes son los Atreides, quienes rigen el planeta Caladán, y los Harkonnen, que aterrorizan en Guiedi Prime.

Sin mayor complejidad, Herbert le otorga a los Atreides una serie de atributos positivos: son nobles, pacíficos, reflexivos y predestinados a la conducción de pueblos. Los Harkonnenm, en cambio, son los malos y constituyen el clan del reflejo oscuro en el espejo poderoso: son crueles, despiadados, intrigantes y duchos en las artes del engaño. Ambas casas recuerdan referentes más recientes, como los “buenos” Stark y los “malos” Lannister del fenómeno Game of Thrones.

En esta bizantina intriga galáctica es necesario tener presente que el conflicto se desata porque Dune fue gobernado durante eones por los Harkonnen, hasta que el Emperador decidió pasar el mandato del preciado desierto a Leto Atreides, padre de Paul Atreides. Esto, por supuesto, no es un gesto de buena fe: Shaddam IV sabe que la casa Atreides se prepara a gobernar toda la galaxia y decide sacarlos de Caladan, ese planeta-fortaleza inexpugnable, y así enfrentarlos con los Harkonnen, en una lúcida movida maquiavélica para que se destrocen entre ellos.

Sin embargo todo sale mal. Nadie contaba con que Paul, trasunto de Jesús y todos los mesías metafísicos de nuestro capital simbólico, comenzara a cambiar al trasladarse a la yerma Arrakis. Su estancia en el desierto, en una poderosa clave judeo-cristiana, lo transforma en otro ser y allí descubre que él es el Kwisatz Haderach, el elegido predestinado por las profecías para ser el nuevo macho alfa de la galaxia. Entonces Paul decide liderar a los Fremen y, cual Lawrence de Arabia, se dirige a derrocar al malvado Emperador.

c. Una revolución en el infierno. Dune es la primera de seis novelas donde vemos la perversión del “elegido” y las consecuencias de su ascenso al poder. Luego vinieron El mesías de Dune (1969), Hijos de Dune (1976), Dios emperador de Dune (1981), Herejes de Dune (1984) y Casa Capitular Dune, la última entrega con un final abierto que se editó en 1985. Luego el hijo de Herbert publicó ocho volúmenes más, sin rastro alguno del brillo plasmado en la saga original.

Dune desarrolla un planteamiento revolucionario, un twist único que convirtió al universo de sus escenarios en una especie de biblia del sci-fi. Ya para 1966 se había ganado el Premio Hugo y el Premio Nébula.

Estos planetas sometidos a los dictados surgidos tras una suerte de “Jihad Butleriana”, fueron una gran revolución con un claro  tinte extremista que exterminó y prohibió el uso de las máquinas. Sobre esto, Jon Michaud ha escrito en The New Yorker que:

“Ese momento histórico dio lugar a un despertar espiritual, que puso en su lugar a las estructuras religiosas que finalmente producen al mesías, Paul Atreides. No hay Internet en el universo de Herbert, ni WikiLeaks ni tampoco alguna guerra cibernética. Esta ausencia de énfasis en la tecnología pone el foco en las personas. También permite la presencia de un misticismo religioso, poco común en la ciencia ficción. Es un futuro que algunos lectores pueden encontrar preferible, a nuestro propio presente obsesionado con los gadgets

d. Conseguir al mesías. En 1965, a una década de la explosión más célebre de sci-fi, cuando autores como Asimov, Bradbury, Dick  y muchos otros llenaron las mentes de sus lectores con un futuro de máquinas pensantes, robots y artilugios, Herbert tomó otra decisión: mudó la derrota hacia la orilla metafísica.

Herbert imaginó un futuro donde el hombre jamás y, bajo ninguna circunstancia, sería prescindible. Por eso surgen mutantes como los mentats, humanos dedicados al cálculo de complejas operaciones matemáticas cual computadoras, o sectas como Bene Gesserit, una institución de adiestramiento mental para mujeres, cuya Reverenda Madre es la máxima autoridad religiosa del universo conocido.

Son ellas quienes tienen como plan secreto un cuidadoso sistema eugenésico de selección y cruzamiento humano con el fin de conseguir al mesías. Sí, tal como lo están pensando, la madre de Paul, Jessica, perteneció a esta cofradía y con la intención de desobedecerla decidió engendrar al Kwisatz Haderach.

e. El fracaso y la obsesión de Alejandro Jodorowsky. En resumen y líneas gruesas, ésta es la historia por la que en los años setenta (20.000 años antes de lo narrado en la novela) Alejandro Jodorowsky, el escritor chileno-francés, actor, brujo, psico-mago y uno de los directores cinematográficos más originales y crípticos del siglo XX, perdió la cabeza.

Intentar traer a la vida a ese monstruo épico que es la saga de Paul le valió su fracaso más rotundo y determinó una de sus decisiones más rotundas: alejarse durante 35 años del cine:

“Quería hacer una película que le diera a la gente que tomaba LSD, en esa época, las alucinaciones que la droga daba, pero sin alucinación. No quería que se tomara LSD: quería fabricar la droga. El cine iba a cambiar la mentalidad del público. Quise crear un profeta para cambiar las mentes jóvenes de todo el mundo.

Para mí, Dune sería como el llegar de un Dios. Un Dios artístico, cinematográfico… para mí no era hacer una película, sino algo más que eso. Quería crear algo sagrado, libre, con nuevas perspectivas. ¡Abrir la mente! Porque, en ese tiempo, me sentía en una prisión que era mi ego, mi intelecto… y quería abrirme. Así que empecé mi lucha por hacer Dune

Lo dice mirando fijamente a la cámara en los inicios de Jodorowsky’s Dune, el documental de Frank Pavich estrenado en 2013 donde se explica la historia del proyecto cinematográfico más famoso de la historia de la ciencia ficción: ése que jamás fue filmado.

El cine fue la pasión máxima que rigió la vida de Jodorowsky hasta el aciago día en que el productor Michel Seydouxlo llamó desde París y le dijo que La montaña sagrada, su filme de 1973, era un éxito rotundo, así que querían que hicieran otra película:

¡Haz lo que quieras!, me dijo… yo le dije ¡DUNE!, y él me gritó: ¡Sí!”.

Seydoux pensó que era un proyecto prometedor. Con un aire soñador, le explica a la cámara: “¿Por qué? Porque era el libro más bello de la ciencia ficción. Era la biblia de la ciencia ficción para todos los grandes devotos. Había sido un éxito mundial de publicación y lo podías encontrar en cualquier país”.

Y Jodorowsky lo propuso, sin haberlo leído: sólo porque un amigo le dijo que era extraordinario.

Así empezó el exquisito calvario.

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Alejandro Jodorowsky con el libro de Dune

f. Esas 18 cosas que los fanáticos del sci-fi nunca veremos. En 2013 Frank Pavich hizo un documental que nos ha permitido a los fanáticos de la ciencia ficción incluir en nuestros referentes las ideas que en 1975 Alejandro Jodorowsky soñó: esa imposible adaptación de Dune. Allí a parecen los nombres de genios de Hollywood como Dan O’Bannon, H.R. Giger, Richard Stanley, Drew McWeeny, Michel Seydoux, Chris Foss y Jean “Moebius” Giraud.

La película ganó reconocimientos en el Festival de Cannes y en el Festival de Sitges de este año, pero además se ha convertido en un suceso en las redes sociales y los círculos de fanáticos. Las referencias al imaginario que años después instalara George Lucas en Star Wars o en Game of Thrones de George R.R. Martin, entre otros, como un referente inevitable de los fenómenos audiovisuales actuales.

Ésta es la primera de tres entregas que sirve de introducción a una lista de 18 cosas que fueron concebidas para este proyecto, pero nunca veremos… al menos mientras Jodorowsky siga alejado de su obsesión: la historia del mesías Paul Atreides. Las primeras nueve de esas ideas serán presentadas a los lectores de Prodavinci en una segunda entrega.

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Albinson Linares 

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