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Al límite // Privilegios destructores de un país; por Luis García Mora

Por Luis García Mora | 27 de julio, 2014
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The She-Wolf (1943), de Jackson Pollock

 

El silencio político. El miedo instalado en los huesos de Venezuela, en su estructura actual, social, política, económica y hasta cultural.

El miedo y el silencio que anulan la mente, la capacidad de relacionar y de conectar un  suceso con otro, un comportamiento con el otro.

Como, por ejemplo, la detención de un importante general del Alto Gobierno —uno de los hombres más temidos de Venezuela, advierten los cables— por su presunta vinculación en operaciones internacionales de narcotráfico; junto a la primera vista del juicio contra el dirigente opositor Leopoldo López en la que el fiscal lo tildó de criminal por expresar su pensamiento. Por hablar. Por decir que Maduro encabeza un régimen antidemocrático. Mientras que, a la vista de las pruebas en su contra, cualquiera se percata de la atrocidad del operativo con ciento treinta y ocho testigos en contra, uno a favor y la esperanza de que la jueza decida si permite a la defensa incorporar las pruebas que demostrarían su inocencia. Un hecho junto al otro, entre tantos y uno más. Las imágenes tristes, dantescas, que contemplamos hoy de nuestro principal aeropuerto internacional arruinado hasta el punto de mostrar su rostro de pocilga a los ojos del mundo.

¿Qué relaciona estas tres imágenes, tan formidablemente críticas de una situación objetiva? (Espantosas, para cualquier venezolano, para cualquier otro ser civilizado).

En principio, la estructura de desigualdad extrema en la que los poderes del régimen se soportan.

Claro está que ninguna sociedad es igualitaria.

Ninguna.

Pero existe una desigualdad que depende de las diferencias de los logros de cada uno. Y está esa otra: la que proviene de las disparidades de los beneficios otorgados por el Estado. Y en este caso es el Estado “chavista” quien mantiene esta disparidad tan repelente como insoportable que se ha ido apoderando poco a poco de la relaciones entre esos venezolanos que poseen uno o varios privilegios del Estado (que es lo mismo que decir del partido PSUV, la Presidencia de la República, la FAN y los Poderes Públicos) y los que no poseen ninguno.

Esa desigualdad se expresa a grandes rasgos aquí en la farsa del juicio a López y en la captura del general Carvajal: dos sucesos que han puesto de manifiesto tal desigualdad nada más y nada menos que en las palabras del propio primer árbitro nacional: Nicolás Maduro, supuestamente el representante electo de todos los venezolanos que concurrieron a las urnas el 14 de abril, hayan o no votado por él.

El jefe del Estado, al referirse a la detención de Carvajal, acusado de narcotráfico, saltó a decir: “Sépalo usted, sépanlo todos: como Jefe del Estado me la juego con el mayor general Hugo Carvajal Barrios”. Y al referirse a López, acusado por la Fiscalía de determinador de los delitos de incendio y daños, instigación pública y asociación delictuosa (es decir manifestar, junto a los otros estudiantes), Maduro dice que “es responsable de sus crímenes […] Tiene que pagar y va a pagar ante la justicia”.

Privilegio: “Ventaja concedida a uno o varios y de la que se disfruta con exclusión de los demás, contra el derecho común”.

Ventaja chavista, sobre todo para la nomenklatur, esalista de personas “confiables” que maneja el PSUV al igual que aquel tiempo soviético (una obsesión de Stalin) y copiado por la oligarquía chavista como un mecanismo para controlar estrictamente que los procesos políticos, administrativos y económicos del país.

Pero vayamos al numen de la cuestión, amigo lector.

Hoy, aquí, tú te puedes hacer rico de la noche a la mañana sólo porque tus relaciones políticas te proporcionen la conexión indispensable con el Estado o algún monopolio (para no entrar en profundidades). Eso o puedes “ir tirando” en algún recodo de nuestra administración pública, debido a un modesto empleo ficticio que no por ello deja de ser un privilegio.

Las desigualdades dentro de un régimen democrático y abierto las hace susceptible de modificaciones en cualquier momento. Pero estas provenientes del Estado “chavista”, puestas en manos de una facción, requieren ser fijas: desigualdades estructurales.

Es decir, para siempre.

De ahí que algunos ciudadanos particulares se vean dispensados de respetar la Ley y autorizados a violarlas impunemente, mientras al resto se le aplasta contra la pared sin rubor.

Ahí están los caso de Leopoldo López y todos, todos los demás. Pero que nos vemos obligados a personificar en la persona de Leopoldo, o de ese verdadero mártir que es Iván Simonovis, a un montón triturado, sólo por esquematizar metodológicamente esta síntesis, es algo injusto y brutal. Sobre todo visto desde las celdas. Las familias. Las casas. Las personas.

Y con relación a la crisis pasa lo mismo. Las desigualdades venezolanas de hoy no son el resultado de la competitividad ni del mercado (ese ente tan criminalizado por el poder actual, pero abordado con fruición y sin maneras desde las pequeñas, medianas o inmensas fortunas de millones y millones de dólares levantados en un santiamén), sino que son desigualdades producto de las decisiones, de las expropiaciones o de las agresiones ratificadas por el Estado.

Las consecuencias son inevitables. El gran arte económico de hoy en día sólo consiste en lograr, como diría Jean François Revel, “que el poder público desvalije a mi vecino en mi beneficio y, a ser posible, sin que aquel sepa adónde ha ido a parar la suma que le robaron”. Así que aquí se ha comenzado a vivir del dinero público, administrado por la cúpula del partido en el poder.

Y una ley elástica les permite hacer prácticamente lo que les da la gana y lo obliga a uno, tristemente, a recordar aquello que decía Pierre Patrick Kaltenbach: “Cuando no se tiene suficiente fe para convencer ni suficiente valor para mandar, lo único que queda es corromper”.

Duro latigazo en la mente del hombre.

Ante un entramado de naderías y, a la vez, de una confesión de impotencia, de decepción, de descalabro.

De fracaso.

De silencio. De miedo. De pánico a la responsabilidad.

Se condena falaz e hipócritamente toda ganancia que se logra en el plano del esfuerzo de cualquier iniciativa privada expuesta al riesgo de la competitividad, mientras se admite (e incluso se admira) si es una ganancia estatutaria, como vemos pavonearse en restaurantes y tiendas del exterior. Y callamos, pero sabemos que no es resultado del esfuerzo, de la imaginación ni del talento del que se beneficia de ella.

Y es aquí donde se articulan los dos miedos, producto de la cultura, la incultura o, más bien, de la contracultura que nos tiene jodidos.

El miedo a la responsabilidad puesto junto a otro: el miedo a la competencia.

Dos miedos que nos obligan a aceptar fatalmente, querámoslo o no, aquello de que “Todo lo que es colectivo es por naturaleza irresponsable”.

Lo vemos a nuestro alrededor, perplejos. En PDVSA y en las empresas del Estado, en Guayana y en todo lo privado que ha sido estatizado, incluyendo aeropuertos, puertos e importadoras de alimentos, de productos farmacéuticos y de cualquier armatoste donde ninguno de sus directores tienen que dar cuenta de sus errores.

Con un aeropuerto desabrigado, por ejemplo, que es para cualquier mafia nacional o internacional hoy como aterrizar en tierra de nadie. Y lo que encuentre es mío. Claro, que en este caso se trata de masas de millones y millones de dólares venezolanos, en lo que aparentemente se trata de un saqueo continuo por quienes disfrutan del privilegio del laissez faire.

De la irresponsabilidad.

De la lealtad.

La lealtad al mejor postor.

Porque, para empezar, en un país sin un aparato productivo que respire, esa lealtad confiere el derecho al escaso, o casi inexistente, empleo.

Sin duda se trata de un empleo mediocremente pagado, razón por la cual se exige a cambio tan poco trabajo. 4.251,40 bolívares devaluados. Equivalentes a 105,39 diarios. Un empleo que estará garantizado por el partido mientras duren en el poder y por lo que al aterrizar en el aeropuerto internacional de Maiquetía, y no en el de Frankfort, encontraremos a esta Venezuela palúdica de comienzos de los cuarenta, en la que todos sus vericuetos estatales repiten aquel chiste soviético de sus trabajadores fantasmas: “Ellos hacen como que nos pagan y nosotros como que trabajamos”.

Como pide el régimen, todo aquel que acepte anularse frente al partido tiene garantizado a cambio un empleo. Y, como advirtió Cabello a quienes votaron o no votaron en la escogencia chucuta de los delegados al congreso del PSUV, no se quemarán las listas.

Así que estás ahí o no estás.

Es un control militar.

Decía Juan Luis Cebrián que es preciso llamar la atención sobre las tendencias totalizadoras, absolutistas y demagógicas.

Pues aquí están.

Concretas. Sin abstracciones. Es más, podríamos parafrasear lo que Pilar Bonet dijo alguna vez del régimen que iniciaba Putin y que retrata de cuerpo entero nuestro país sin oxígeno: “De forma paulatina y consecuente, el régimen de Putin ha empobrecido la vida política, privándola de dimensiones, contrapesos y matices, para adaptarla cada vez más a una estructura jerárquica cuyo vértice es el presidente”.

Y ahora pretenderá imponerse en el PSUV. Otra vez Bonet: “Una estructura jerarquizada y burocrática inservible en la cual están integrados en el partido mayoritario y, por tanto, sometidos a su disciplina, de acuerdo a unos férreos estatutos que recuerdan el reglamento de un cuartel”.

Eso nos obliga a preguntarle a ese PSUV, esa masa de creyentes y no tan incautos: ¿queda la posibilidad real de que, en este inminente III Congreso, un reducto de actividad política pueda configurar una alternativa fuera de la estructura de poder actual, donde las decisiones políticas se toman y se transmiten de acuerdo a una lógica burocrática y militar?

Y en la acera de enfrente está una oposición dividida y renqueante ante el dilema cierto de cooperar con el Kremlin miraflorino para influir hasta cierto punto (uno no sabe cuál) en las decisiones, u oponerse frontal y unitariamente con un planteamiento único. Una toma de consciencia que, como decíamos la semana pasada, rompa y desborde en todos sus frentes a este autodestructivo amurallamiento de intereses grupales y mezquinos, que está convirtiendo en algo francamente imposible la idea de edificar un proyecto común.

Un proyecto capaz de articular la acumulación necesaria de fuerzas que algunos plantean, incluyendo la unidad de todas esas facciones encargadas de la acumulación de esas fuerzas, con la construcción de un discurso político que no sólo exprese el dolor por Venezuela sino proponga al país un planteamiento que conecte emocionalmente con  la mayoría.

¿Puede la oposición actual entrarle a la verdadera agenda?

¿Sin silencios políticos?

¿Sin este miedo instalado en sus huesos, que anula la mente, la capacidad de relacionar, de conectar un suceso con el otro, un comportamiento con el otro, y que la está convirtiendo para algunos venezolanos en algo anodino e insípido?

No se trata de radicalismos, poetas, sino de sentido común. O, como diría Cabrujas, de honestidad.

De guáramo.

¿No ven que todo se relaciona? ¿O es que hay algo detrás, un cálculo trivial y pueril, que cree que no hay que relacionarlos?

Luis García Mora 

Comentarios (5)

Antolín Martinez A.
27 de julio, 2014

Se está instaurando un sistema totalitario, poco a poco, pasito a pasito. Pero las similitudes que tienen con el nazismo con pasmosas. Y ese miedo del que habla el articulista es el que causa la inacción. De la oposición y de todos los ciudadanos que vemos como el país se va por el desaguadero. Impotencia máxima, que frustra, que obstina, que cansa, que deja volar la esperanza. Así las cosas.

Freddy Siso
27 de julio, 2014

El Estado Corrupto (chavista) intenta imponernos el miedo en lo más profundo. Y los poderes de ese Estado Corrupto, (todos) están dirigidos a eso, a imponerles el miedo a opositores o chavistas. Todos los ciudadanos somos enemigos en potencia.

Pep Pan
28 de julio, 2014

Qué pena, Venezuela está bien jodida ya. Pasmoso que parece que es ahora que todos se dan cuenta, cuando los cubanos del exilio llevamos al menos 10 años advirtiendo lo que pasaría, lo que estaba pasando ante nuestros ojos como una película repetida. La respuesta era la misma siempre: ¡Venezuela no es Cuba! ¡Nosotros tenemos democracia! ¡Somos arrechos!

Bueno, algunos dirán que nadie escarmienta por cabeza ajena, yo creo que esto es el resultado de la mezcla fatal de ignorancia, incultura y arrogancia.

Que Dios se apiade de Venezuela.

Teodosio Garcia
31 de julio, 2014

No creo que Dios se apiade de Venezuela, mientras los venezolanos no nos apiademos de nuestra tierra. No sabemos quiénes somos luego no podemos defender lo que no sabemos. El desconocimiento de nuestro País, al desconocer que nuestra Constitución es La Ley,el estar muertos como ciudadano pero tirárnosla de más vivo que mi prójimo, nos hace vivir como escorpiones en sobre-población. Por eso los gobernantes hacen macuare con el pedazo de tierra de mi Venezuela.

Aida Lamus
31 de julio, 2014

Comparto con Ud. el artículo, por razones de espacio me limitaré a dos puntos, el sometimiento del Poder Judicial a la mínima exigencia del Ejecutivo, aun cuando las decisiones violen los procedimientos y derechos, casos de los alcaldes, restricción al derecho de la defensa llegándose a extremos de obviar el respeto de las decisiones del pueblo electoral. Así como por otra parte hemos sacrificado los grandes valores que nos formaron como ciudadanos en aras de una complicidad tolerante ante un grupo de corruptos que luchan por su beneficio.

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