Artes

Contra Narciso, por Luis Pérez-Oramas

La edad de la hiperescritura y la pérdida de las fuentes.

Por Prodavinci | 28 de junio, 2014

Contra Narciso, por Luis Pérez-Oramas 640

El libelo que estas líneas exponen es contra el tiempo presente. Sus palabras han sido escritas a contrapelo de los días, pero no se aloja en ellas ninguna nostalgia de pasado, ni se pretende con ellas promover ninguna forma de retorno. No negaré que abrevo en aguas pesimistas, aliadas a la certeza de que el tiempo pasa inevitable y trae inexorable su botín de prodigios, aunado a su fardo de tragedias.

No soy voluntarista: creo, profundamente, que nuestra vida esta regida por la indiferencia del mundo a nuestra voluntad, a nuestros dolores y alegrías. Mi religión, mi moral, mi política se nutren de la vida presente y del constante recurso a las fuentes naturales en las que yace la ofrenda de los alimentos, los sueños, los espasmos. Entre ellas estimo en especial las fuentes escritas y gráficas, el ruido o el sonido de la voz y de las voces.

El libelo que estas líneas exponen es contra Narciso, contra la tentación de morir en la contemplación de un espejo refulgente ante el cual no sabemos establecer distancias, confundiéndonos y ahogándonos en su ínfima densidad de vidrio; olvidando que lo que miramos tiene cuerpo, y era nuestro.

Vivimos un mundo de fugaces famas, en el que hemos llegado a poseer los intrumentos que nos permiten la más abrumadora producción de imágenes y escritos desde que la humanidad se piensa o se mira a sí misma. Pero nunca desde que la humanidad produce figuras o escritos se han engendrado tan efímeras imágenes y tan pasajeros textos, breves, desoladoramente ínfimos.

En la acumulación de producciones simbólicas bajo la cual se ahoga, asfixiada, la forma de la significación, se esconden también dos ilusiones que devanean como fantasmas por el mundo: una es la aristocracia mediática de la celebridad, generalmente ilegítima, y similarmente efímera e intranscendente a los soportes que la justifican; otra es la absurda, improbable certeza de que bastaría unirse cualquiera al bosque impenetrable de imágenes fugaces y escritos céleres que nos ahogan para alcanzar la póstuma gloria literaria o artística. Por ello el libelo que estas líneas exponen también se erige en contra de la vanidad artística y literaria, en contra de su onanista persistencia en construir su propio túmulo.

La verdad es que si la memoria humana fuese un paisaje sería un desierto, una tierra calcinada y baldía, seca, con erodadas fuentes de agua y animales famélicos que la atraviesan espectrales, ostentando aún algo de la olvidada abundancia de su curso, de la gloria de su pelambre o del ya desvaído color de sus antiguos plumajes. Si fuese un animal sería un pelícano, que se muerde a sí mismo para alimentar a sus hijos. Si fuese un dios, o una figura mitológica, sería Saturno, que devora a su prole.

Nunca ha sido probable que lo que hagamos en el brevísimo tiempo de nuestra vida, más allá de procrear, alcance a otros, cuando haya transcurrido el tiempo en el que, por generaciones varias, ya no estemos entre ellas. En su libro sobre De rerum natura, Stephen Greenblatt describe el resurgimiento de ese poema olvidado, más de un milenio después de haber sido escrito por Tito Lucrecio Caro; un texto sin el cual algunos no sabríamos cómo aproximarnos a la escritura para enfrentar el desasosiego del mundo o para amainar el furor de la vida.

Allí, en sus páginas aleccionadoras, el historiador norteamericano nos recuerda algunas cifras: de las ochenta y nueve tragedias que escribió Esquilo y de las ciento veinte que concibió Sófocles sólo han llegado a nuestras manos siete; sólo podemos leer dieciocho obras de Eurípides, quien escribió más de noventa y de Aristófanes, autor de al menos cuarenta, sólo existen entre nosotros once. Dídimo de Alejandría habría escrito tres mil libros de los que sólo quedan algunas frases sueltas. Por otra parte sabemos que Marco Cornelio Fronto, tutor de Marco Aurelio emperador, sólo existe en la ruina de algunos fragmentos que nos ha rescatado la empeñada y brillante escritura de Pascal Quignard. También le debemos al autor del Boutès la media docena de oraciones que nos quedan de Marco Porcio Latrón, amigo de Séneca el viejo, y quien decía entender lo que era el grito y la sangre, pero no la Gracia, afirmando que la reflexión racional era el más sentimental de los menesteres. Nada queda de Leucipo, de Demócrito, de Epicuro. Sólo conocemos sus obras por sus ecos, algunos lejanos y turbios, otros brillantes y acaso –queremos creerlo- tan gloriosos como sus palabras, en los versos magníficos de Tito Lucrecio. De no ser por el celo de los árabes, nada existiría de Aristóteles y Tolomeo sería tan sólo un nombre común. Nuestra cultura, o lo más preciado en ella, es un campo de ruinas, un vasto descampado de sobrevivientes al holocausto infernal e interminable del tiempo y del olvido.

Los hombres creemos, incesantemente, poseer la memoria de las cosas, especialmente la que nos corresponde como individuos, pero en realidad todo en ella es pérdida: la memoria, o lo que así llamamos, es sólo un atajo laborioso, un sótano insondable, un laberinto oscuro del que sólo se sale por galleos y escaramuzas. La memoria es siempre deformación (de la memoria o del evento recordado), según lo anotó Sigmund Freud en una de las contadísimas innovaciones modernas al pensamiento humano. En los días presentes, cuando la humanidad ha alcanzado a producir y controlar el más abismal arsenal de tecnologías de archivo y registro (es decir de memoria artificial) la especie humana padece la más extensa e incurable de las epidemias de memoria natural, en los rincones del Alzheimer y de la demencia ordinaria. La profecía de Thamus en el diálogo de Platón se ha materializado: no sería la escritura un remedio, un ‘fármaco’ para el olvido sino la pérfida poción que no cesa descomunalmente de engendrarlo: hipomnésis que condena la voz a su silencio, las formas a su olvido y sanciona la muerte de la verdadera mnème, de la memoria viva. Toda hiperescritura es entonces síntoma de hipomnésis: toda hiperescritura es una cifra más de la desmemoria ordinaria que sin cesar nos consume.

La otrora conmovedora figura del anuario de escuela donde los graduandos colocaban su foto, su nombre, su clase, su fecha de nacimiento se ha convertido hoy en el ejemplo más elocuente de una post-nación: sin fronteras visibles y con más de mil millones de habitantes (en realidad, usuarios; es decir en verdad: transhumantes) cuyos datos, cuya biometría, cuyas amistades y gustos, frecuentaciones y hábitos se venden, sin que sepamos, al mejor postor mientras nos divertimos en el infantilizante oficio de vernos a nosotros mismos retratados en la ocupación de nuestros más banales menesteres. Tal comunidad, o facebook, tal libro de caras, entre otros, es sólo un ejemplo de la ideología dominante, de su reveladora fisionomía: en ese archivo que creemos ilusoriamente nuestro nos olvidamos de los otros, mientras matamos el tiempo viéndolos en similares y anodinos menesteres, en la falsa certeza de que sólo nos ocupamos de ellos. Decenas de años de lucha y sacrificios fueron ignorados por la humanidad y sus medios, en los países árabes, al hacer eclosión en el desbarajuste de la historia la masiva voluntad de cambio conocida como “primavera Arabe” y ser atribuída entonces sólo al oscuro monasterio del facebook o al nuevo imperio telegramático del twitter, con su tartamuda lengua de abreviaciones: lol, lot of laughs, montones de risas; fomo, fear of missing out, temor de perdérnosla. Así se legitima el poder de la ideología que, como saben los viejos luchadores, esconde su rostro en sus sombras y habla en el silencio; y que, como bien afirmaba Carlos Marx, suele funcionar como una cámara oscura, ofreciéndonos una imágen invertida de la realidad.

Vamos entonces a preguntarnos, al ver la imágen del mundo que nos ofrece nuestra edad de conectividades, nuestra era de ‘social media’, nuestro tiempo de hipermemorias, hiperimagénes e hiperescrituras si aquella no sería, más bien, precisamente, una imagen invertida, una imagen falsa: si, a fin de cuentas, la conectividad no sería la escaramuza de una destrucción soterrada del frágil tejido social en un mundo que ya no depende de naciones, tanto como de corporaciones; si la función de mediación social no ha devenido la más aterradora, por silente, por aparantemente inócua, forma de control social (‘social media’ igualándose a ‘social control’); cabe preguntarse pues si la hiperescritura no hace imposible la lectura, induciendo más bien la más absoluta hipolectura en quienes, como podemos comprobar estadísticas en mano, no llegamos ya al final de ningún texto, menos aún en la red; si la hiperescritura no genera, como la sangre coralina y tiesa de Medusa moribunda, la absoluta diseminación de una epidemia de hipolectura; si la hiperimagen no engendra, como parece cierto al desgarrar su imagen invertida, un laberinto de ínfimas imagenes tras el cual se esconde la percepción de un desierto: si tras la imagen aguda y breve, furtiva e hipnotizante que se multiplica sin parar en cada escaramuza de nuestra vida cotidiana no se esconde el empobrecimiento de la percepción: el olvido del mundo y de las cosas, que de pronto creemos ser sólo imagenes. Vamos a preguntarnos, en fin, si cada uno de nosotros, con nuestros multiplicados ‘dispositivos móbiles’ en mano, a cada instancia de nuestros días, ellos en vilo, titilando su pequeña luz roja o verde como una farmacia de turno mientras dormimos, no habremos venido hoy a constituir la masiva ciudadanía, a la vez post-histórica y post-nacional, de una edad narcísica: edad de la soledad en cuanto somos como Narciso, ostentando públicamente nuestros espejos portátiles, prótesis de nuestra propia imagen, para sólo vernos y para sólo existir para nosotros, condenados como Narciso a olvidar el mundo en el irreconocimiento de nuestra imagen, hasta ahogarnos en ella, transformados en la excrecencia floral (o tecnológica) de un pantano oscuro, de un nuevo leteo.

Hemos alcanzado la edad de la hiperescritura y todo se confabula para que olvidemos entonces sus raíces primeras, sus fuentes naturales. Tal es la ideología de nuestro tiempo que busca controlar a los humanos con un sutil y aterrador mecanismo de control –la apariencia de ser todos en nuestro propio olvido colectivo, la ilusión de ser todos en la desafección de todos-; y tal es su infernal residuo: el olvido de la cultura humana tal como la hemos conocido. Para ello nos ofrece esta ideología la seductora mercancía de un inagotable alcance de memoria, de archivo, de infinito texto que ya nadie lee; una acumulación de imágenes sofísticas, protésicas, cuya abundancia sobrepasa nuestra inteligencia natural y que no podrá, en verdad, ser nunca elaborada por nosotros, restándole sólo el destino de ser abandonada como un mar de nadie a la fortuna de sus fantasmas póstumos.

No sería eso lo más grave: tras ese bazar infinito de textos, imagenes, archivos se esconden sus dueños, que nadie conoce. Se esconde quien ha adquirido todos los derechos de reproducción y sepulta a las imagenes en una mina subterránea. Se esconden los poderes de las naciones que tienen capacidad permanente de hacer ‘black-out’ en nuetros dispositivos de imagen. Se esconde, más consecuentemente, tras la afable apariencia de esos textos, imagenes y archivos en nuestros espejos móbiles, una críptica selva de hipercódigos y meta-textos, de ecuaciones, logaritmos, algoritmos a los cuales necesariamente han sido traducidos los textos, las imágenes, los archivos para poder producir la ilusión de que accedemos a ellos desde la táctil facilidad de la yema de nuestros dedos. La lectura sin esfuerzo en la impecable superficie de nuestro espejo, la imagen que no reconocemos y éramos nosotros se erige entonces sin que lo sepamos sobre el vacío potencial (a veces real) de una fuente textual olvidada tras el indescifrable galimatías que sólo conocen unos pocos técnicos, los servidores, ora ingenuos, ora cínicos de un poder anónimo, capaz de acceder a la intimidad de los dispositivos en los que sin cesar nos miramos, ignorando acaso que Eco también sin cesar nos llama infructuosamente, que alguien pronuncia nuestro nombre con su voz carnal, y no escuchamos.

Es así, pues, que la cultura existe hoy en un inmenso “páramo de espejos”, en un interminable bosque de reflejos y reproducciones. El texto, o las fuentes, los códigos primeros, en sus lenguas naturales, donde reposan las ideas y lo que en ellas queda de las voces y los gestos, de la música o la imágen llegan hasta nosotros en el ojo de cristal de las pantallas, donde los desenrollamos como si fuesen inmateriales papiros antiguos. Salvo que no lo son: para estar allí, en la luna eléctrica de los ordenadores, han mutado en hipertextos, han sido traducidos en frondosos ovillos de ecuaciones y códigos, en seres de razón y no de hecho, en clave obtusa, en impenetrable memoria, tan brutal en su potencia de diseminación como frágil en su capacidad de sobrevivencia. Ya no dependen de la materia rugosa, o del soporte táctil: se han emancipado de los cuerpos. Son aún materia porque todo en el mundo es materia, pero son materia artificial, o meta-materia producto del avance tecnológico post-industrial, encerrados en un laberinto de cables, impulsos, conexiones, a flor de cuya piel estamos a la vez íngrimos y todos, creyendo leerlos, alimentando el fantasma de una ilusión social de conectividad permanente, que es en verdad un desierto de incesante soledad. Y no nos llegan, nos asaltan; no los buscamos en verdad cuando nos llegan, no estamos en su procura aunque todo en nosotros dependa ya de omnipotentes ‘motores de búsqueda’ cuyos secretos ignoramos: en realidad otro decide por nosotros, cuando no el azar y su insondable misterio de algoritmos.

Esas cajas contienen pues los rumores que nos han hecho diferentes y mejores, y tras ellos estan las fuentes de nuestro ser colectivo y cultural aprisionados como el relámpago en el cable de Edison, como pájaros enjaulados perdiendo su fuerza y su rudeza, transformados en interminables sinópsis, aparentemente enteros pero condenados a ser leídos en pedazos, entre dos conversaciones, entre dos diligencias, entre dos distracciones, entre dos urgencias. Ya no dependen de la materia, y de su curso natural de muerte o de sobrevivencia: dependen de la corporación, de la anonimia que controla su hipercódigo, de una nueva clase de monjes sin fé y sin mensaje, sin otra misión que hacer dinero para el dueño sin cara que nos vende, cada cierto tiempo, otra caja de luz, otro laberinto de cables, un nuevo espejo.

En realidad muy pocos pueden leer ese hipertexto. Nadie entiende el código en el que yace nuestro patrimonio espiritual, la voz de nuestras almas y de los que ya no estan. Pensamos que leemos cuando en verdad sólo vemos; allí, como Narciso, vemos y no nos encontramos; permanecemos congelados ante la obnubilación del universo transformado en imagen, o del texto convertido en figura, en la alquimia de códigos que se esconden y que, de aparecer explícitos, serían para la gran mayoría una glosolalia incomprensible. Quizás creemos abrazar el agua de esa fuente, porque nos llega cada día con la facilidad de la luz, que siempre es ilusoria. Pero detrás de ella, a su través falsamente transparente, una clase controla y posee, silenciosa y sin reserva, cada vez más, a nuestras fuentes; o si no las posee, ignorante de ellas en el fondo, para hacerlas mercancía las transforma en hipertexto, intercambiándolas sin conciencia de su valor o, aún peor, de su fragilidad.

No es que, navegando la facilidad de un viejo oleaje, queramos de nuevo ser apocalípticos. No podemos vivir sin el páramo de espejos que nos rodea, tampoco queremos prescindir de la fuerza del relámpago amaestrado para saber en el instante del suceso. Lo que tenemos es inexorable. Lo que tendemos a ser también lo es: ciudadanos de una señoría móvil, portadores de un mercado en la palma de la mano, objetos de mercancía en cada respiro, en cada gemido de nuestro cuerpo.

Pero Eco nos llama. Una voz, real, vecina, que se devuelve contra las piedras del mundo nos esta llamando. Acaso no será posible más darle respuesta, como no pudo responderle el adolescente que se ahogaba mientras intentaba abrazar la efímera superficie de su imagen en una mancha de agua movediza. Porque la voz que nos llama es más que una ninfa enamorada, más que una pasión en el oscuro bosque de la vida individual, más que una fábula de conversión y de metamorfósis. Nos llama la verdad agonizante del lenguaje como respiración y gemido, el temblor manual de la escritura, la precaria superficie de los rastros, la anemia de los papeles en los que subsisten las fuentes desde siglos; nos llama la materia precaria, efímera o furtiva de nuestras voces que es, como nosotros, también, cuerpo. No nos pide olvidar el cristal liso de nuestras ilusiones, ni la multitud postnacional de nuestro espectáculo universal y solipsista. Porque es inexorable lo que ya somos.

La voz que nos esta llamando es pues el destino de una sociedad democrática en la que todos puedan acceder, al menos como petición de principio, a las fuentes naturales donde reside la potencia polémica y deliberativa de una cultura cívica, sin intermedio de hiperescrituras, sin la sincopada censura involuntaria de la hipolectura. Y lo único que nos solicita el ovillo cadencioso y desfalleciente de esa voz que nos llama es que, sin renunciar a la vasta república digital que nos impulsa hacia un futuro inevitable, no dejemos nunca de proveer atención y cuidado memorioso a los soportes en cuanto nos eran a todos accesibles, un día, en una edad previa a la de nuestra civilización especular. Que no dejemos de frecuentar el frágil cuerpo de los signos que portan la sombra de lo que hemos sido, impresos como huellas en la materia de lo que ya no somos.

Prodavinci 

Comentarios (5)

Antonio López Ortega
29 de junio, 2014

Una pieza notable.

Gustavo Lobig
29 de junio, 2014

Buena alerta, inevitable el narcisismo, insoslayable la insignificancia humana, a pesar de la defensa que hace el autor del valor de nuestra especie y sus gestas.

Pedro José Garcia Sanchez
7 de julio, 2014

Excepcional Luis Enrique que con el pensamiento logras el acto de deslastrar el presente de la esteril actualidad. Luminoso como (tantas) otras veces en las que abonas a la Res Publica una Polaroid de lo que, como si nada, nos (con)mueve. Asi pues, la fenomenologia de la luz y de la percepcion, despues de Merleau-Ponty, continua.

Selva Acuña
26 de diciembre, 2014

Excelente mirada que no se detiene en la superficie espejada de la época sino que apunta a de construir esa trampa mortal que une la tecnología al mercado en la que naufragamos cotidianamente ante la avalancha de novedades que no apuntan sino a la pereza del pensar y a la anestesia del sentir. Ademas bellamente escrito.Gracia

pablo
5 de enero, 2015

Tan aterrador como el espejo narcisista es la obsolesecia de esa superficie. No es impensable que caiga en el olvido para ser sustituida por la pantalla plana de alta definición con cámara incluida que nos permita hacer acercamientos hasta la abstracción de trozos de piel o para fundir nuestro figura capturada con nuestra figura deseada o para mejor aún y ante la desazón de ser como somos sustituir nuestro “reflejo” por un fondo de pantalla “más real”. Desde donde se podrá escribir sobre el reflejo?

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