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Prólogo a la segunda edición de ‘Venezuela, política y petróleo’ de Rómulo Betancourt

A continuación publicamos el prólogo que Rómulo Betancourt hizo a la segunda edición de 'Venezuela, política y petróleo', título reeditado recientemente por Editorial Alfa, quienes gentilmente nos han cedido en exclusiva este fragmento para los lectores de Prodavinci.

Por Prodavinci | 22 de abril, 2014

venezuela_politica_petroleo_romulo_betancourt_640La primera edición de este libro se publicó en 1956, por la Editorial Fondo de Cultura Económica, de México. El autor estaba entonces en el exilio. Venezuela, política y petróleo era de prohibida circulación en Venezuela y solo escasos ejemplares pudieron evadir la barrera policial que impedía su acceso al país.

Cuando regresé del exilio en febrero de 1958, después del derrocamiento de la dictadura, pensé que se publicara de inmediato una segunda edición. Acepté la proposición que al respecto me hiciera una empresa editora venezolana, y aun recibí un anticipo sobre mis derechos de autor por la cantidad de Bs.20.000. Esa suma me fue de singular utilidad para pagar los gastos de instalación y manutención de mi familia, porque regresé del destierro en la inopia.

Debía revisar el texto del libro, y la intensa actividad política realizada por mí para aquellos días en la reestructuración del partido Acción Democrática, que afloraba a la vida legal después de nueve años de lucha clandestina, fue retardando esa tarea. Sin embargo, sacaba tiempo de donde no lo tenía y en las madrugadas, cuando regresaba a mi casa después de un intenso laborar de catorce o más horas diarias, iba revisando el texto. En el ejemplar del libro entonces utilizado he encontrado parte de los añadidos, más que de las supresiones, que entonces le hice. Digo esto porque solo cambio de palabras, y nunca de conceptos, contiene esta edición con respecto a la primera. No he considerado ajustado a la ética de quien escribe historia retractarme en 1967 de lo que se publicó por primera vez en 1956. No obstante la situación personal que confrontaba entonces, acosado por la persecución de la dictadura aun en los países donde vivía como exilado, procuré darle a este trabajo una fisonomía de enfoque analítico y ponderado, y no el encendido y agresivo tono del panfleto vindicativo. En nuestro tiempo son más convincentes los hechos escuetamente expuestos y las cifras esclarecedoras que los enuestos latigueantes utilizados en sus obras por un Montalvo, un Rufino Blanco Fombona o un José Rafael Pocaterra.

En el momento en que revisaba en Caracas este libro para su reedición no estaba entre mis planes el de postularme para presidente de la República. Este no es el sitio vi la oportunidad para explicar las razones de mi actitud de entonces. Lo hago, con amplitud en el razonamiento, en mis memorias de hombre público, en buena parte ya escritas. Pero cuando circunstancias muy determinantes me llevaron a aceptar la postulación que hizo de mí el partido Acción Democrática de candidato a la Primera Magistratura, pensé que no debía publicarse en ese momento la nueva edición de Venezuela, política y petróleo.

Dos razones determinaron esa actitud. Se trataba de un libro polémico, que analiza y enjuicia la política contemporánea del país. Seguro como estaba de salir triunfante en los comicios próximos a realizarse, no me pareció oportuno el momento para dar a la publicidad un libro tan controversial. Se añadió a esta apreciación la idea de que no era discreto que un jefe de Estado –convencido estaba de que lo sería– apareciera utilizando el cargo de alta jerarquía por él desempeñado como vehículo de propaganda de un libro suyo. Tomada la decisión de no propiciar la publicación de este libro en tales circunstancias, solicité y obtuve de un banco un préstamo en forma de pagaré, para devolverle los veinte mil bolívares al editor que me había adelantado esa suma.

Esta es la primera vez que en forma pública explico las causas por las cuales no circuló en aquella época la ya anunciada 2.ª edición de este libro.

Esa decisión mía ha sido objeto de diversos comentarios. De modo especial por los dolientes del régimen del general Medina Angarita, derrocado el 18 de octubre de 1945 y sustituido por la Junta Revolucionaria de Gobierno, por mí presidida. Los viudos políticos de ese régimen se cuentan entre los que más escriben en periódicos y revistas, y en sus panegíricos póstumos a ese gobierno desaparecido en forma violenta hay acaso más deseo de justificarse ellos mismos por haberlo servido que defensa de las precarias ejecutorias de esa administración. En forma hasta retadora ha calificado al silencio mantenido por mí en años recientes sobre esa etapa de la evolución del país quien fue uno de los más destacados capitostes del medinismo y generalmente reconocido como eminencia gris del régimen, el doctor Arturo Úslar Pietri. Esa manera desafiante de enjuiciar nuestra actitud se aprecia bien en el prólogo suyo al libro póstumo del general Medina Angarita, publicado en 1963 bajo el título Cuatro años de democracia. En ese prólogo se lee un muy significativo párrafo: «Este era el gobernante que fue derrocado en un día nefasto de 1945, a seis meses de expirar su mandato, en una fecha que, hasta sus propios beneficiarios inmediatos, tratan hoy de pasar en silencio» (subraya R.B.).

No es cierta esta apreciación. Nunca nos hemos arrepentido quienes fuimos actores en el episodio político del 18 de octubre de 1945 de nuestra participación en él. Creemos, además, y así será generalmente reconocido cuando se enjuicie con perspectiva de tiempo la labor del gobierno surgido de él, que será apreciado ese período como un hito de progreso en la historia nacional y como un cambio hacia lo mejor que estaba reclamando el país.

En un largo capítulo de este libro se analizan las circunstancias que ineludiblemente condujeron al violento episodio del 18 de octubre. Y aun para que se aprecie cómo estuvo inserto dentro del marco internacional de ascenso de la democracia y de crisis de la autocracia después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, he hecho incluir en el apéndice de esta segunda edición el texto taquigráfico de un discurso pronunciado por mí en el Teatro Olimpia de Caracas, el 6 de mayo de 1945, y publicado en el diario El País, el 10 de mayo del mismo año. En esa exposición se aprecia el tono comedido y sereno de nuestros planteamientos políticos en el campo de la oposición y se hace un resumen panorámico de cómo en todas las latitudes se estaba ejercitando en aquellos días, libremente, el derecho del voto para escoger a los gobernantes, mientras que en Venezuela se pretendía mantener la fórmula gomecista de que el presidente saliente eligiera a quien iba a sucederle en Miraflores. Ese discurso fue pronunciado cuando no teníamos noticia alguna de que se estuviera gestando una conspiración de oficiales jóvenes de las distintas armas en los cuarteles y en las bases aéreas y navales.

En años posteriores a los sucesos del 18 de octubre de 1945 historiadores que tenían destacadas posiciones dentro del gobierno medinista han en cierta forma admitido, si no justificado, lo que en esa época sucediera. El doctor Mario Briceño-Iragorry era presidente del Congreso en octubre de1945 y amigo personal y político del presidente Medina. Estaba ubicado en sitio de preeminencia dentro de los elencos gobernantes. Y así analizó algunas de las causas que precipitaron el derrocamiento de su jefe político y correligionario:

La suerte había sido echada con dados falsos. En medio de la gran crisis ocurrida en el Movimiento pedevista, al surgir las aspiraciones del grupo que quería el regreso del lopecismo, considerado por muchos como un disimulado continuismo, Medina hubo de luchar con un mundo de pasiones que no pudo equilibrar. Como si se hubiera tratado de una herencia, los aspirantes menudearon y mantuvieron la tesis del «gran elector» en espera de recibir el óleo de la recomendación. Aun fuerzas familiares se movieron en torno a quien más que tachirense era visto como venezolano integral, para hacer que la voluntad del Presidente se inclinara a favor de un nativo del Táchira (Sentido y vigencia del 30 de noviembre, Ediciones Bitácora, Madrid, 1953, p. 29).

El historiador y novelista Ramón Díaz Sánchez, quien fuera director de periódicos oficiales del movimiento político medinista, ha escrito, a su vez:

El golpe cívico-militar (este fue el nombre eufemístico que se le dio) descargado sobre el gobierno de Medina Angarita en 1945, tiene su origen en esa serie de circunstancias y un poco también en la terquedad con que el Presidente mantuvo la tesis de que el país debía ser gobernado aún por un tachirense. Empecinado en ese peregrino prejuicio y decidido, por otra parte, a cerrar el paso a una nueva administración de López Contreras, apoyó primero al doctor Diógenes Escalante, e inutilizado este por una dolencia mental, al doctor Angel Biaggini, abogado distinguido sin otros antecedentes políticos que haber sido Secretario de la Presidencia y Ministro de Agricultura. Se dice que de no haber enfermado Escalante el golpe de 1945 no se habría producido. Ello es posible. En todo caso es dudoso que hubiese sido elegido Biaggini, pues López Contreras contaba con la mayoría en el Congreso (Venezuela independiente. 1810-1960. Fundación Eugenio Mendoza, p. 275).

El propio doctor Úslar Pietri me dijo en aquellos días tensos que precedieron a la Revolución de Octubre, en un casual encuentro que tuvimos: «La situación política es alarmante. Biaggini no duraría en el gobierno. Lo tumbarían los sargentos». Mi contertulio niega haber pronunciado esas palabras, sin descartar que él mismo haya olvidado que las pronunció. Reafirmo que me las dijo. Durante muchos años he ido haciendo anotaciones diarias en libretas de hechos políticos importantes. En una de ellas fueron recogidas textualmente esas palabras. Esas libretas, que por decenas están en mis archivos, me están sirviendo de fácil y segura guía en la elaboración de mis memorias.

Se argumenta que el 18 de octubre de 1945 hizo posible el 24 de noviembre de 1948, fecha en que fue derrocado el gobierno de Rómulo Gallegos. Ese argumento no resiste el menor análisis. Es como si se inculpara a quienes hicieron la Revolución francesa de la sustitución de la República por el Imperio napoleónico. O a los libertadores venezolanos de 1810 de las prolongadas autocracias de Páez, los Monagas y Guzmán Blanco. La historia de los pueblos no sigue una línea recta, como en las modernas autopistas. El proceso evolutivo de las naciones se realiza en zig-zag, con caídas y recuperaciones. Lo que importa es señalar el carácter positivo o negativo, lo que se avanzó o se retrocedió, en cada etapa del devenir de un país, y procurar que no se repitan los errores y faltas que lo hicieron retrogradar hacia el pasado cuando ya estaba enrumbado por la buena vía de la democracia política y de la reforma social.

Este es un libro de historia. Y creo pertinente precisar la manera como enfoco la tarea de historiar.

Ningún historiador es imparcial. Majadería es negar que el acontecer de los pueblos es rememorado por quien sobre esos temas escriba enfocando hombres y sucesos a través del prisma de sus propias convicciones ideológicas. Lo que no es válido ni respetable es que el historiador distorsione hechos e invente situaciones para falsificar, en beneficio de sus propias tesis, lo acontecido en una nación. En este sentido, quien lea este libro encontrará en él cómo, y en sacrificio de la fluidez del relato, he tratado de documentar las actuaciones de individuos y el porqué de los acontecimientos referidos e interpretados. Alguien definió al historiador como un hombre instalado sobre el muro de una ciudad asediada por un ejército, viendo con mirada impasible y desprovista de cualquier forma de apasionamiento con el ojo izquierdo a los sitiados y con el derecho a los sitiadores. Esta es una irrealizable actitud. La posición de neutralidad asexuada es un imposible en quien escribe historia. Su propia pasión; su manera de interpretar los fenómenos sociales; su simpatía o antipatía por quienes hayan protagonizado los hechos que se relatan gravitan en una forma perceptible en el ánimo del relatador.

Pero si el historiador que escribe para toda clase de lectores tiene un margen de libertad que nadie podría negarle para poner mucho de él mismo, de su propia ideología, en la manera de enjuiciar algunas de las etapas del devenir de un país, o todo su proceso histórico; a quien escribe textos destinados a finalidades didácticas le está vedado, por razones de ética profesoral, relatar como le venga en ganas, sin tomar en cuenta que sus lectores serán adolescentes sin la suficiente capacidad de propio discernimiento, incapacitados para distinguir entre la verdad y la superchería, por razones de edad física y deformación mental aún incipiente. Esto último es lo que hace el historiador venezolano Guillermo Morón en la cuarta edición de su manual de historia que, como texto escolar y bajo el título de Venezuela, entró a circular en enero de 1967.

En ese libro, destinado al alumnado de nuestros liceos, se leen acerca del gobierno del general Medina Angarita varias páginas de propaganda bombástica y de una tan desbridada apología que les llevan a bordear con la apoteosis. En contradicción, al trienio de los gobiernos que presidimos Gallegos y yo les dedica si apenas tres escuetos párrafos, saturados de corrosiva intención negadora.

Las medidas referentes al nuevo régimen [Junta Revolucionaria de Gobierno y los nueve meses de la administración de Gallegos, R.B.] fueron: establecimiento de un Jurado Civil y Administrativo, que procesó rápidamente y sin apelación ante los tribunales ordinarios a los ex Presidentes Medina y López y a sus colaboradores, condenados por enriquecimiento ilícito; expulsar del país a los dos ex Presidentes, al doctor Arturo Úslar Pietri y muchos otros políticos; convocar a elecciones para una Asamblea Nacional Constituyente, que se reunió el 17 de diciembre de 1946. Aprobada una nueva Constitución (1947) y un nuevo Estatuto Electoral, se realizaron elecciones para Presidente de la República en medio de grandes disturbios públicos. El 14 de febrero de 1948 la Junta de Gobierno entregó el poder al Presidente electo don Rómulo Gallegos.

Dos otros párrafos completan la escueta, deformada y deformadora apreciación del escritor Morón sobre el trienio de gobierno 1945-1948.

En esa etapa de la vida nacional es cierto que un determinado número de funcionarios públicos fueron acusados de peculado ante el creado Tribunal de Responsabilidad Civil y Administrativa. Pero tuvieron los inculpados derecho a la defensa y pudieron ser asistidos por abogados que ejercieron sus funciones sin coacción oficial. Las sentencias de ese tribunal especial fueron apelables ante una comisión escogida de su seno por la Asamblea Nacional Constituyente, con representación en ella de diputados de oposición. No fueron pocos los acusados que estuvieron en capacidad de comprobar su inocencia de los cargos que se les formularon, y resultaron absueltos o fue disminuida la cuantía de lo que iban a devolverle al fisco. Sí no hubo derecho a la defensa ni de apelación del acusado por el delito de peculado en la norma constitucional que rigió bajo los gobiernos de López Contreras y de Medina Angarita con relación a los funcionarios de los gobiernos de Castro y de Gómez. Podría argüirse, y es verdad, que esa disposición constitucional se aplicó a muy pocos, pero no por escrúpulos legalistas sino por razones de solidaridad de clan. Los enjuiciadores potenciales tenían estrechos nexos de colaboración compartida en el servicio a las dictaduras de Castro y de Gómez, y de manera especial a la de este último.

Infinitamente más importante que la medida correctiva adoptada por la junta contra abusos cometidos en el pasado en el manejo de los dineros públicos fue el aleccionador ejemplo dado por los gobernantes del trienio 1945-1948, de propia e intransigente moralidad administrativa. En lo que iba del siglo fue ese el primer equipo gobernante de Venezuela al cual no se le pudo entonces, ni después, acusar de aprovechamiento del poder para el enriquecimiento sin causa. Durante el lapso más largo de ese período estuve yo en Miraflores, en ejercicio de la presidencia del Poder Ejecutivo. Y cuando entregué al presidente Gallegos la codiciada silla, estaba tan pobre como cuando entré a Miraflores. No creo haber hecho con ello nada extraordinario, sino cumplir con normas de ética administrativa y de respeto a mí mismo, al gobernar con honradez. Pero no dejó de causar sorpresa en comentaristas extranjeros, informados de la tradicional existencia en Venezuela de la sucia lacra del peculado, que así me comportara. La revista Fortune, de Nueva York (abril, 1949) se refirió así a ese aséptico proceder en el manejo de la hacienda pública: «Cuando Betancourt llenó el requisito constitucional y dio cuenta de sus haberes después de ejercer durante dos años la presidencia de uno de los países pequeños más ricos del mundo, su capital ascendía a 1.154 bolívares. Semejante honradez por sí sola es un milagro en América Latina». Y el profesor norteamericano Austin F. MacDonald, en su obra Latin American Politics and Government, escribió a su vez:

El sueldo de Presidente equivalía a catorce mil dólares al año. Esa asignación era insuficiente en un país de vida tan cara como es Venezuela. La Ley imponía que los Jefes de Estado al retirarse del cargo concurrieran ante un
juez e hicieran declaraciones públicas de su capital y deudas. El ex Presidente Betancourt demostró que sus ganancias al abandonar la Presidencia eran trescientos cuarenta y tres dólares.

Lo mismo que se ha transcrito del juicio que le mereció a revistas y libros extranjeros la probidad que demostré durante mi permanencia en Miraflores puede aplicarse a cuantos integrarán el equipo de gobierno durante el trienio
1945-1948.

Extensos, acaso extensos en exceso, son los capítulos de este libro en los cuales se registra la obra administrativa realizada durante el trienio 1945-1948. Tanto se ha dicho y escrito acerca de una supuesta ineficacia para realizar labor útil de quienes gobernamos en ese período que resultaba imprescindible decir lo que se hizo y lo que se había programado para el futuro. Y es con la intención confesa de interesar al lector en el repaso de esos capítulos que intentaré, en un esfuerzo de síntesis, resumir en unas cuantas plumadas la labor que en el orden económico y administrativo se realizó en ese trienio.

El presupuesto nacional pasó de un promedio de 350 millones de bolívares en el lapso 1938-1945 a 1.315 millones en 1947. Creció en cuatro veces. Pero este aumento en la capacidad de gastos del Estado se logró mediante el aumento de impuestos a las compañías petroleras y a empresas nacionales de cuantiosas ganancias, con un desgravamen coetáneo a las mercancías y servicios de generalizado uso y consumo. Entre los años 1938-1945, la renta petrolera le aportó al Estado 40% de sus ingresos; y otras rentas, 60%. La incidencia varió substancialmente para 1947: 63% de los ingresos fue aportado por las compañías petroleras y las empresas nacionales de altas ganancias y 37% por los ingresos percibidos por la población en su conjunto. Los 252 sindicatos de trabajadores que existían en 1945 ascendieron al número de 1.014 para 1948. Los trabajadores del petróleo firmaron, por primera vez en la historia del país y después de más de veinte años de vida de la industria, un contrato colectivo cuyo aumento de ingresos a su favor estimó The New York Times (19 junio, 1946) en cien millones de bolívares. La creación de la Corporación Venezolana de Fomento hizo posible el inicio de la industrialización del país, que comenzó a dejar de ser lo que había sido hasta entonces: subsidiario y distribuidor de mercancías importadas desde el exterior, cuando podían producirse con capital y mano de obra nacionales. Los préstamos a los industriales nacionales hechos por la Corporación Venezolana de Fomento crecieron a saltos. Pasaron de 84 millones de bolívares en 1947 a 109 millones en 1948. Lo mismo que con respecto al impulso que se dio al desarrollo industrial, puede decirse en relación con el resuelto apoyo crediticio que el Estado aportó a la agricultura y a la ganadería. La Cepal (Comisión Económica para América Latina), en su monografía Hechos y tendencias de la economía venezolana, trabajo realizado en 1950 por una entidad internacional adscrita a las Naciones Unidas, escribe: «Puede decirse que el crédito agrícola ha sido nulo e insignificante hasta 1946, año en que fue creada la Corporación Venezolana de Fomento y en que, al mismo tiempo, el Banco Agrícola y Pecuario intensifica su acción ». Las cifras confirman esa apreciación. Hasta 1945 el montante de los créditos aportados a los agricultores nunca fue superior anualmente a los 10 millones de bolívares; en 1948, último año del trienio democrático, ya habían subido a 116 millones de bolívares. El presupuesto de educación subió a saltos. De 38 millones de bolívares que se invertían por el gobierno en las diversas ramas de la educación, se pasó a 119 millones en 1948. En treinta y seis meses, en vez de los 131.000 niños que concurrían a las escuelas primarias, estaban incorporados en ellas 500.000. En defensa de la salud pública se hicieron inversiones cuantiosas y el presupuesto del sas creció en tres años en cuatro veces, pasando a ser de 28 millones de bolívares en 1945 a 110 millones en 1948. Las Fuerzas Armadas recibieron en esos años, al igual que las demás entidades públicas, un impulso de renovación y un mejoramiento apreciable en material y normas organizativas. El país, en su conjunto, echó a andar con paso acelerado en todas sus actividades.

Y más importante que todos los logros materiales alcanzados durante ese trienio, fue el goce colectivo de escoger el pueblo a sus gobernantes, en libre ejercicio del voto. Una importante revista norteamericana, Newsweek (20 diciembre, 194 7), reflejó con emocionado acento la hora impar que vivieron los venezolanos cuando tuvieron su primigenia experiencia de ejercicio del sufragio por votación universal, directa y secreta. Dijo esa revista:

Por primera vez en su historia el pueblo de Venezuela, hombres y mujeres, ricos y pobres, letrados e iletrados, sin distinción de credos o de color, estaban escogiendo su propio Presidente, sus senadores, sus diputados. La tranquilidad dominical de la asoleada ciudad, la maravillosa paciencia de las largas filas de votantes en espera, la rapidez y eficacia y orgullo con que los votos fueron depositados: todo esto demuestra lo lejos que ha llegado Venezuela, desde que la Junta Revolucionaria asumió el poder. Éstas fueron algo más que las más honradas y las más ordenadas elecciones que Venezuela nunca haya tenido. Podrían servir como modelo para cualquier país en el hemisferio occidental, sin excluir muchas partes de los Estados Unidos.

En este libro se recoge e historia también el «tiempo del desprecio », la sombría época de la dictadura que comenzó el 24 de noviembre de 1948 y fue derrocada por la acción coincidente de pueblo y Fuerzas Armadas el 23 de enero de 1958.

En un apéndice se resume la nueva política de petróleo, nacionalista y defensora de la principal riqueza natural del país, implantada a partir de febrero de 1959, cuando se inició de nuevo el ciclo de gobiernos electos, democráticos.

Al terminar de escribir las páginas iniciales de un libro ahora sí de libre circulación en Venezuela, pienso en que podrá ayudar a las nuevas generaciones venezolanas a entender el proceso histórico contemporáneo del país. Compensado del esfuerzo que significó escribirlo me sentiré si estas páginas despiertan en las jóvenes gentes de mi patria –físicamente lejana, acompañándome siempre– inquietud de inquirir, vocación de estudiar las causas y motivaciones del acaecer nacional. Que lo haga es un voto que formulo en una mansarda abarrotada de libros, revistas y periódicos, en una pequeña casa de la pequeña Suiza.

Prodavinci 

Comentarios (4)

Ramón Guerra
22 de abril, 2014

Sin duda, “Venezuela, política y petróleo” de Rómulo Betancourt es un libro fundamental que no debe faltar en la biblioteca de políticos, estudiosos y todo aquel quien aspire conocer a este país. Lamentablemente como ocurre con muchos textos inprescindibles, la fama es muy grande pero el número de lectores muy escaso. Es admirable la modestia de este hombre y su esfuerzo intelectual, si pensamos también en las infinitas ocupaciones que atendía. Sabemos que habló lo suficiente sin encadenanse nunca de manera abusiva e inútil. Dejó sus escritos, muy numerosos por cierto y con buena prosa, imposibles de borrar e ignorar.

denis flores
22 de abril, 2014

El guatireño RÓMULO ERNESTO BETANCOURT BELLO, es el ESTADISTA Y POLÍTICO más grande que ha tenido VENEZUELA y en estos últimos 15 años se ha convertido en un gigante, por su HONESTIDAD, TENACIDAD, CAPACIDAD, MODESTIA, LIDERAZGO Y CONOCIMIENTO DE NUESTRA IDIOSINCRACIA, todo esto reflejado en esa gran obra VENEZUELA, POLÍTICA Y PETROLEO,el cual deberia ser lectura obligatoria para los venezolanos

javier monzon
23 de abril, 2014

Romulo Betancourt, gran democrata y hombre honrado , ha sido sin dudas uno de los Pesidentes mas injuriados y denostados de Venezuela. Con el ascenso de Castro al Poder en Cuba, el odio irracional de este personaje hacia Betancourt se materializo, no solo en la creacion de grupos guerrilleros en el pais, sino en una campana internacional desaforada de descredito personal, que incluyo hasta la moral del Presidente venezolano. Ahora con el chavismo, hijo putativo del castrismo dictando en Venezuela, la memoria del Presidente Betancourt vuelve a rodar por el piso.

Jose Oliveros
25 de abril, 2014

Don Romulo betancout fue sin duda alguna un maestro de maestros, demos honra a quien honra meece.

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