Artes

Un vínculo entre el futuro y el pasado, por Federico Vegas

Por Federico Vegas | 8 de noviembre, 2013

I

El poeta ruso Joseph Brodsky sostenía que nuestra imaginación se alebresta ante el pavor de sentir que carecemos de antecedentes y de consecuencias. Cuanto más intenso es ese temor, más ansiosa y minuciosa es nuestra visión de la Antigüedad, o de la Utopía.

Es comprensible que nuestra imaginación se asuste cuando no tenemos claro cuál es el origen y la explicación de la situación en que nos encontramos, y cuáles van a ser las consecuencias de nuestros actos. Incluyo aquí desde las relaciones amorosas hasta el estado nacional de la política y la economía.

Este pavor facilita el que nos refugiemos en una antigüedad llena de esplendor, de viejas grandezas; o en un futuro igual de remoto donde, más que realizaciones concretas, obtendremos unos beneficios esotéricos y difusos.

Brodsky añade que demasiadas veces tendemos a confundir la antigüedad con el porvenir, imponiendo de una manera coercitiva nuestros pensamientos más utópicos al ambiguo y movedizo basamento de nuestras gestas ancestrales; y viceversa, asociando el futuro con fragmentos de un pasado irrecuperable, supuestamente glorioso y purgado de todas sus contradicciones.

  II

En estas vueltas y culebras que se muerden la cola he estado pensando, después que Jaime Gili me contara sobre sus recuerdos de infancia en Santa Teresa del Tuy. Hasta donde sé, parece ser una población que ha perdido tanto sus raíces fundacionales como la fe en su destino. Algo sombrío debe estar pesando sobre un pueblo que intentó ser ciudad y ahora está decreciendo a una velocidad alarmante. Su pérdida de cultura se evidencia en una guía turística que anuncia, como principales platos típicos los perros calientes y los golfeados.

No debo hablar más sin conocer a fondo qué ha venido sucediendo en Santa Teresa del Tuy, pero sí me atrevo a asegurar que puede llegar a ser una preciosa pequeña urbe, pues se encuentra rodeada de tres promesas naturales: el río Tuy, el embalse Lagartijo y el parque Guatopo. La magia del verde y del agua que la circundan constituyen un recurso para orientar una nueva personalidad urbana y un orgulloso porvenir.

Vean un mapa de Santa Teresa donde se evidencia la cercanía del embalse, el parque y el río Tuy, una de las principales tareas ecológicas que el país tiene pendiente.

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Plano de Snata Teresa del Tuy

 

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Embalse Lagartijo. Fotografía:  Juan Llacza

 

Parque Guatopo. Fotografía: Wuilian Alberto Alfaro

Parque Guatopo. Fotografía: Wuilian Alberto Alfaro

 

Río Tuy

Río Tuy

 

Hay otra potencialidad que me cautivó. En el bautizo de este pueblo –sembrado a mediados del siglo XVIII en los valles del Tuy— está el nombre de una santa tan inspirada, mística e inteligente, que estuvo a punto de ser quemada por la inquisición (uno de los apellidos de Teresa de Cepeda y Ahumada, ya preveía esta posibilidad), pero santa Teresa (1515—1582) sabía defenderse y llegó a dominar el arte de fundar conventos. Ya en su primera obra literaria, El libro de la vida, se vislumbra su voluntad urbana en un capítulo donde Teresa compara los niveles de oración a cuatro formas de regar un huerto, cuyas flores han de ser las virtudes cristianas.

En el primero, “Riego acarreando el agua con cubos desde un pozo”, se busca “recoger el pensamiento en el silencio y evitar las continuas distracciones”.

El segundo equivale al “Riego trasegando con un molino”. Esta es la “oración de la quietud”, también llamada contemplativa, mediante la cual “la memoria, la imaginación y la razón experimentan un recogimiento grande, y, aunque persisten las distracciones, se ahondan la concentración y la serenidad”.

El tercero trata del “Riego con canales desde una acequia”. Es una “oración de unión” en la que “memoria, imaginación y razón son absorbidas por un intenso sentimiento de amor y sosiego”. En este estado predominan “la suavidad y el deleite”.

En el cuarto nivel, “Riego con la lluvia que viene del cielo”, se logra el “éxtasis o arrobamiento”, una de las especialidades de santa Teresa, como evidencia la famosa y erótica escultura de Gian Lorenzo Bernini.

Éxtasis de Santa Teresa, por Gian Lorenzo Bernini.

Éxtasis de Santa Teresa, por Gian Lorenzo Bernini.

 

En este punto se pierde el contacto con el mundo, “acá no hay sentir, sino gozar sin entender lo que se goza“, se pierde incluso la sensación de estar en el cuerpo y cualquier posible control sobre lo que nos acontece. Estamos en el reino de las levitaciones.

Estos sistemas de riego nos ofrecen inspiradoras metáforas para una renovación urbana, y no solo a partir de las referencias y presencias del Tuy, Lagartijo y Guatopo, también al pensar en “recoger el pensamiento” y “evitar las continuas distracciones”, en utilizar la memoria y la razón, la concentración y la serenidad, el amor y el sosiego, la suavidad y el deleite, para aprovechar los bienes que nos vienen del cielo, de la historia y la naturaleza.

  III

Gracias a Santiago Cabrujas (cuya voz se ha ido haciendo tan ronca como la de su tío) conocí un ejemplo concreto y palpable de cómo la imaginación —libre de utopías impositivas y totalizantes— sí es capaz unir lo ancestral con un futuro auspicioso.

Pampatar es un pueblo con uno de los mejores urbanismos de Margarita y de Venezuela. Tiene los beneficios del mar y esas congregantes puestas en escena que propician las bahías; cuenta además con el marco de sus colinas para darle un sentido de identidad. De la colonia conservó dos símbolos y signos que han sido respetados, el castillo San Carlos Borromeo y la iglesia del Cristo del buen viaje.

En esta panorámica de José Heli González pueden notar la frondosidad de los árboles y los amplios espacios públicos entre la iglesia y el castillo.

Castillo San Carlos de Borromeo

Castillo San Carlos de Borromeo

 

Iglesia del Cristo del buen viaje. Fotografía: Alexis Guevara

Iglesia del Cristo del buen viaje. Fotografía: Alexis Guevara

 

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Fotografía: José Elí Gonzalez.

 

También son notables sus casas y sus calles, conviviendo en armonía, pues la sabiduría de sus habitantes han dotado a Pampatar de bulevares y plazas, de amplias aceras y miradores, de árboles y jardines, en una generosa proporción que no he encontrado en otro pueblo de Venezuela.

La casa que ha llamado más mi atención es la que fue de Alfredo Boulton, por dos razones que apoyo en dos imágenes. En una verán la remodelación que hizo Miguel Arroyo, en la que se dieron cita los diseños de sus muebles, tan exquisitos como sencillos, y obras de Calder, Soto y Alejandro Otero. En la otra aparecen Villanueva y Calder jugando como dos niños en el corredor que daba al mar, una indicación de los hombres que se reunían a conversar en la casa de Boulton.

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Interior de la Casa de Alfredo Boulton. Fotografía: Miguel Arroyo

 

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Alexander Calder y Carlos Raúl Villanueva

 

En los últimos años se ha dado la arremetida de esa peligrosa y confusa fuerza llamada turismo; milagrosamente, en Pampatar ha traído beneficios. Una vez más ha prevalecido la razón y la memoria, la serenidad y el deleite que pregonaba Santa Teresa, pues los ejemplos de renovaciones y nuevas arquitecturas son cónsonos con la escala y valores que a través de siglos han dado diferentes frutos, o “virtudes” gracias al “buen riego”. Me complace la presencia de la gran casona diseñada por Salim Antakly, acompañada de otros ejemplos de diferentes estilos que coexisten manteniendo la alineación de la calle, el concepto del patio y el respeto a los espacios públicos. Aquí debo reconocer el trabajo de la alcaldía y su actual alcaldesa, Darvelis de Ávila.

Un solo ejemplo me ha defraudado, incluso golpeado. La Aduana de Pampatar, restaurada con excelencia por Ramón Paolini hace unos 30 años, y dedicada a una actividad civil, está ahora militarizada y rodeada de soldados como si temieran un eminente ataque. Quien sabe como estará el edificio por dentro. Ahora atemoriza y repele en vez de invitar a entrar.

Vean las imágenes de cómo fue esa noble edificación una vez, hace muy poco.

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Exterior de la aduana. Fotografía: Ramón Paolini.

 

Interior de la aduana. Fotografía: Ramón Paolini.

Interior de la aduana. Fotografía: Ramón Paolini.

 

La motivación de este texto, o final feliz de estas líneas, se la debo a Santiago Cabrujas, quien me abrió las puertas a una tradición que unifica las almas y voluntades de los pobladores de toda la isla: “El Cristo del buen viaje”, quien le da nombre a la iglesia de Pampatar. Lean este bello fragmento sobre su historia:

Existe un escrito que narra la bitácora de la embarcación donde iba el Cristo rumbo a Santo Domingo, donde se detalla que el mar y el cielo estaban de un azul tranquilo y suave, augurando el mejor de los tiempos para emprender la travesía. Pero una vez dispuestos a iniciar el viaje, el cielo se tornó repentinamente tormentoso, y rayos y truenos impidieron la salida de la embarcación. La tripulación resolvió revisar la mercancía que llevaban a bordo y abrieron una caja donde encontraron el ensamble de una cruz de donde pendía la imagen de un cristo con el rostro más compungido y triste que jamás se haya visto. La mirada del cristo impresionó tanto a la tripulación del barco que lo bajaron, solo entonces el tiempo recio menguó y la tranquilidad retornó a las llanas aguas del puerto. Se dice desde entonces que el Cristo se quiso quedar aquí, en la bella bahía de Pampatar.

La junta de parroquianos del Cristo del buen viaje, dedicados a mantener viva esta fuerza integradora, decidieron crear una sede donde salvaguardar y promover la tradición del Cristo. Esta aventura, digna de multiplicarse, comenzó con un concurso para el proyecto (en una época donde los concursos se caracterizan por su ausencia). El diseño elegido fue el del arquitecto Ángel Yanes, y, lo más insólito, su hermosa propuesta, que incluye patios, plaza, zaguán, terrazas y un espléndido café, ha sido construida.

Ángel está realizando en Margarita una de las mejores propuestas que he visto en esta década de sequías. No tengo dudas de que se está nutriendo de nuestra propia historia y cultura, de un alimento que en Margarita abunda (aún no hemos hablado de La Asunción. Ya les hablaré de la cruel historia de lo sucedido con Puerto de la Mar, la obra de Folco Riccio).

Santiago, miembro de la Junta, me cuenta que al mencionar que el proyecto era para el Cristo, las reacias puertas de la burocracia se abrían de par en par, con emoción, con honestidad. No puedo hacer más que confesar mi emoción ante esta legítima y estimulante muestra de cómo unir el pasado y el futuro en un luminoso presente.

Vean como el edificio aguarda para integrar su café a la pequeña plazoleta que tiene al frente, dando vida y obteniendo vida de esa calle adorable, franca, arbolada, llena de color, cuentos y habitantes orgullosos.

Museo del Cristo del buen viaje

Museo del Cristo del buen viaje

 

III

En Venezuela se ha impuesto un difuso mazacote de antigüedad bolivariana y utopía socialista, de mausoleos y cohetes, de homenajes a Zamora y al comandante eterno. Insisten en negarnos la plenitud y complejidad de nuestra verdadera historia, hasta embrollar y empastelar la noción de un ayer, de un hoy y de un mañana. El presente ha dejado de ser el eje de la realidad y parece ser su principal estorbo. Y sin ese fiel de la balanza que determina la situación de los platillos del tiempo, no logramos equilibrar lo que está arriba o abajo, a la izquierda o a la derecha, adelante o atrás, lo que falta y lo que sobra, lo que viene y lo que ha sido.

El pavor escatológico puede llegar a un punto en el que se atrofia la capacidad de imaginar. En cambio una imaginación poética que no esté condicionada, dominada y asfixiada por propósitos políticos, sí puede ayudarnos a encontrar un camino, ahora que nos damos palos en una estancada y destructiva oscuridad.

Esa es la lección que nos aguarda en Pampatar. Los hombres deben buscar las claves de su destino en su propia interioridad, en sus costumbres y genuinas tradiciones, algo que va más allá de la religión, del patriotismo, y tiene que ver con la infancia y los huesos de nuestros antepasados. Así podremos, desde mil pueblos y vecindarios, aldeas y ciudades de Venezuela, reemprender el buen viaje que nos señala el Cristo de Pampatar.

Federico Vegas 

Comentarios (9)

Rodrigo J. Mendoza T.
6 de noviembre, 2013

La verdadera arquitectura se abraza a la cultura y a la historia, no al delirio polìtico.

Gracias, Federico.

federico vegas
6 de noviembre, 2013

Las imágenes están por aparecer. Pido paciencia a los lectores.

Magaly Irady
8 de noviembre, 2013

Excelente reflexión, la cual comparto plenamente, amparada además en el grato recuerdo del maravilloso mes que acabanos de pasar en esos bellos espacios de Pampatar. Una armoniosa mezcla, como tu bien dices, de pasado y presente a la que yo añadiría también talento y sensibilidad. Gracias por ese texto que pone el acento en lo que es posible cuando las cosas se enfrentan además con autenticidad y afecto.

Sarimar Jimenez
8 de noviembre, 2013

Es triste ver que Santa Teresa del Tuy haya quedado relegada al olvido. Gracias a Dios que en Pampatar pasó lo opuesto. Ojalá como país sigamos los pasos de Pampatar

María Josefina Tejera
9 de noviembre, 2013

Los pueblos necesitan de protectores que los defiendan y que se hagan respetar. Lo que ha sucedido en Pampatar es producto del empeño, del trabajo y esfuerzo de tres personas principalmente: el maestro Jesús Manuel Subero y Efraín Subero su hermano, escritor y amante como nadie de su país. Además, colaboró intensamente Alfredo Boulton, que invitó a los más destacados escritores y artistas para que lo visitaran en su casa y lo apoyaran en mantener a Pampatar hermosa, llena de árboles y con las casas bien pintadas. Estos tres personajes intervenían cada vez que era necesario para parar a los atrevidos que abundan entre nosotros y que quieran destruir lo que ya existe. Muchas fueron las cartas, las firmas, las súplicas de ellos y de quienes los seguían para que el pueblo aprendiera a apreciar lo que es de ellos y a mantenerlo para deleite de todos. Gracias amigo, por tu hermoso artículo.

Juan Ganteaume
11 de noviembre, 2013

En Venezuela, y no de ahora, la manía “modernizante” ha acabado con nuestras raíces. Países absolutamente pequeños y muy pobres hasta hace poco, como Ecuador, han sabido conservar un patrimonio urbano indo-hispano maravilloso, tal como es el casco antiguo de Quito, que hoy día es patrimonio mundial de la Humanidad.

Nosotros, que nos la sabemos todas, desde Guzmán Blanco(fachada de San Francisco y Santa Capilla, el esperpento del edificio del capitolio de pueblito a cambio del convento de monjas colonial, una “Plaza Bolívar” que dejó de ser plaza para convertirla en un remedo de parque afrancesado, etc, etc.), pasando por Pérez Jiménez (destrucción de dos cuadras coloniales para levantar, en medio de sus bellas casas hispanas CaracaStyle, sus dos moles absurdas y horrendas del Centro Simón Faraónico), Caldera (destrucción de El Saladillo marabino), Luis Herrera (Un ágora de concreto frente al “Panteón” o antigua iglesia de la Trinidad, que rompe la vista recta que tuvo esa calle desde la catedral, y unas “fuentes de agua” nominales en medio del camino, secas, charco empozado de lluvias ocasionales morada y paraíso del dengue vecinal), nosotros pues, que nos creemos modernos por todo eso y más, sólo le damos cabida a nuestra historia pre-emancipación a lo que haya sido tocado por Bolívar. Sólo es digno de preservarse su “Casa Natal” (re-construida espantosamente con mármoles y columnas no se si corintias), la “Casa del Vínculo” (lo que quedó de ella luego de haberse segmentado en mil comercios en el s. XIX), la “Cuadra Bolívar” (también arreglada al gusto o fantasía “dignificante” de algún Lecuna u otro erudito de Bolívar), y pare Ud de contar.

Trapiches coloniales, pisos o calzadas de piedra o lajitas, casas maravillosas como la Casa de Llaguno, etc, todo se sacrifica en aras de un odio a nuestro pasado de cuatro o cinco siglos indo-hispanos, supongo que por ser la época en que nuestros bisabuelos vivían dominados o esclavizados. Las casas que a veces se han salvado como la Guipuzcoana o el Palacio del Marqués de Barinas, lo son por haber sido sede de entes oficiales. El Palacio de Tovar en la esquina de Carmelitas se refaccionó de tal forma, que dejó de ser el exponente de nuestra arquitectura civil colonial caraqueña que fué hasta 1636. Solo Bolívar salva, en cuanto a preservación de nuestro pasado. Lo que toca, tocó, o usó el Libertador, un cuarto, una casa, una cama, una dormida en la Quinta Anauco o su paso breve por la casa del Decreto de Guerra a Muerte en Trujillo, sobrevive.

Curiosa manera de entender nuestro pasado pre-Gran Guerra, vinculándolo hasta lo imposible a Bolívar y pasándole el bulldozer modernizante al resto. Nos da verguenza lo que fuimos. Por ello no tenemos pasado, ni un casco colonial que muestre nuestro cuatro siglos y medio de historia hispana ni cinco mil años de historia indígena, tal como puede mostrar con orgullo un paisisto como Ecuador, o Guatemala, o Honduras, o Santo Domingo. Así vamos…

RICHARDTOMMY
12 de noviembre, 2013

Una pequeña “ayuda” turistica en el Iglesia del Buen Viajero hay un cuadro pintado por el abuelo de Andres Bello, ubicado en la pared del lado derecho, lo indico para que los visitantes lo puedan disfrutar.

Francisco Suniaga
14 de noviembre, 2013

Gracias Federico por tus reflexiones, informaciones y fotos. Los asuntinos esperamos que pronto le dediques una crónica como esta. En cuanto al registro patrimonial de Pampatar habría que añadir que el altar de la iglesia del Cristo del Buen Viaje lo hizo Jóvito Villalba Roblis (padre de Jóvito Villalba Gutiérrez, el gran político margariteño fundador de la democracia). Hasta donde sé, sería cuestión de verificarlo con Marino Luna, el cronista de Pampatar (nieto de Villalba Roblis), si el altar actual del Cristo sigue siendo el mismo que hiciera el viejo Villalba. La casona de cinco ventanas que hace esquina al final de la baranda de la playa, era precisamente la de la familia Villalba. El viejo Villalba Roblis además de ser un fino ebanista, era un carpintero de ribera reconocido en Margarita y en algunas islas del Caribe. Fue el constructor de la mítica goleta “Telemina”, propiedad de la familia Ávila (la de Virgilio Ávila), que la usaban para cargar mercancías que llevaban a Trinidad y para traer de Los Caños (Delta del Orinoco) maíz, madera y animales (monos, cotorras…). La llegada de la Telemima al puerto de Porlamar era un acontecimiento. Parte de esa historia está en la letra de la canción margariteña “Pájaro Tilín”, que popularizó el Quinteto Contrapunto (Ese pajarito no es de por aquí/ vino de los caños en La Telemina…). Jóvito Villalba Roblis era, además, cuñado y socio de Jorge Coll, el de la urbanización. Pampatar es, como verás, una cajita de sorpresas. Saludos y un abrazo.

RAUL C. MENDOZA A.
15 de noviembre, 2013

Bravo Federico !!!, solo el libre pensador puede acertar en la construcción puentes que abordan el IMAGINARIO artístico de nuestros pueblos. Hermano te esperamos en La Asunción.

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