Artes

Pelo Malo frente a la inquisición, por Boris Muñoz

Por Boris Muñoz | 10 de octubre, 2013

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Desde hace dos semanas, cuando la película Pelo Malo de Mariana Rondón se alzó con la Concha de Oro del Festival de Cine de San Sebastián, se desató una polémica que todavía está muy lejos de amainar. Desafortunadamente, la causa no es el contenido de la película, que es un controversial pero muy sutil alegato contra la intolerancia a la diferencia sexual en la vida familiar más cotidiana, sino una declaración hecha por Rondón en la víspera de la ceremonia al diario madrileño El País. La cineasta contó que había hecho Pelo Malo como una reacción contra la intolerancia que se vivía en Venezuela y también, ya en tono apesadumbrado, dijo que Hugo Chávez le había legado a Venezuela un grado de confrontación interno que, palabras más, palabras menos, equivalía a una guerra.

¿Quién, en su sano juicio, puede negar que Venezuela está atravesada por un conflicto que no es sólo social sino también político? ¿Qué son, sino el saldo de una guerra, los 19.000 homicidios que tenemos por año? ¿Qué es, sino una guerra, la confrontación política que ha llevado al país al colapso de la gobernabilidad y que hoy lo coloca al borde de una salida de fuerza, una radicalización represiva por parte del gobierno o un estallido social? Venezuela vive un prolongado conflicto político que ha llevado a la imposibilidad de solucionar los problemas sociales que constituyen el mar de fondo.

Los venezolanos vivimos un proceso de brutal deterioro de la capacidad de convivir caracterizado por la intolerancia a las diferencias, la pluralidad de opiniones y puntos de vista. Que otros llamen a este proceso si quieren revolución bolivariana. Mariana Rondón lo llamó guerra. Ante el asombro que causan las verdades simples y rotundas, los publicistas del gobierno primero intentaron utilizar una declaración suya tergiversada por Radio France Internacional para decir que El País había dicho algo que ella no dijo. Al no lograrlo, optaron por desacreditarla y vilipendiarla de todas maneras: soltaron las hienas, zamuros y demás depredadores encargados de propalar el odio para despedazarla llamándola “traidora”, “vergüenza nacional”, “apátrida” y otros ultrajes proferidos por sus bocas fétidas, pero que no vale la pena repetir aquí.

La ira de esta inquisición, ejecutada a través de los medios de propaganda oficial y las redes sociales, tiene como centro la supuesta ofensa de Rondón a la memoria santísima e inmaculada de Hugo Chávez no el ser humano que nació, vivió y murió, sino el Comandante Supremo, un ser infalible y, por tanto, intocable. Y aun más: su alta traición consiste en haber negado que ese ser Supremo e Intocable ha sido el mayor benefactor del cine en toda la historia de Venezuela. Es decir, el santo patrón de los cineastas. La realidad verdadera es muy diferente: el financiamiento del cine proviene parcialmente de la renta venezolana, así como de impuestos a los exhibidores de cine comercial, y la Ley de Cine que lo hace posible es el producto de luchas históricas del gremio cinematográfico, sin que esto signifique negar que esta lucha cristalizó durante el mandato de un presidente llamado Hugo Chávez.

Como ya Rondón ha aclarado en un remitido hecho público ayer, aunque ella rechaza el amarillismo con que tituló El País, se hace responsable por el contenido. Vale decir que sostiene lo dicho y la manera en que lo dijo. Los manipuladores de cerebros del gobierno no podrán seguir utilizándola en su guerra contra El País y otros medios internacionales de amplia difusión, pero es previsible que sus sicarios mediáticos sigan atacándola a ella y promuevan un boicot contra la película.

Quienes hemos visto Pelo Malo no podemos sino lamentar que el manto del escándalo haya arropado esta obra antes de su exhibición en Caracas. Y hay que lamentarlo porque Pelo Malo es en realidad un logro mayor dentro de la tradición esencial del llamado cine venezolano: el realismo social y la estética de la vida marginal. Si se trata de buscar los precursores de Pelo Malo habría que mencionar a Román Chalbaud, Clemente de la Cerda y la Solveig Hoogestein de Macu, la mujer del policía (1987). Pero a esta tradición, Rondón le añade una serie de capas de significado que remiten al conflicto entre los deseos y prejuicios de los personajes y las brutales carencias económicas, afectivas y ciudadanas del caótico mundo en que habitan.

Con la excepción del niño que la protagoniza, los personajes de Pelo Malo están más esbozados que desarrollados. No se nos brinda suficiente información sobre ellos para saber cómo desembocaron en la situación donde se encuentran, pero sí la suficiente para comprender que viven en el presente absoluto de las especies que luchan por la supervivencia. El niño sueña con que su madre acepte la expresión femenina de su sensibilidad y la madre vive furiosa por no poder cambiarlo ni aceptarlo. En parte tiene razón: le atormenta que el afeminamiento de su hijo se convierta en una condena en una sociedad machista que estigmatiza, relega y aplasta a los que manifiestan su diferencia. Ese temor parece ser una coartada eficaz que le permite a la madre ignorar el profundo resentimiento que le genera el hijo como símbolo de su fracaso vital. Aun así, los espectadores tratarán con un nudo de impotencia en la garganta de entender por qué razón una madre puede llegar a ser tan hosca y desafecta. Aunque no la responda, dejar sembrada esa pregunta es uno de los logros más importantes de la película. Igual que es un acierto plantear un tema con tantas aristas desde el punto de vista del débil, un niño que en su inocencia aun no es capaz de juzgar discursiva y racionalmente la violencia que lo hacen sufrir quienes dicen protegerlo del mundo. En Postales de Leningrado (2007), su película anterior, Rondón también planteó el tema de la fantasía o la inocencia como evasión que nos permite aislarnos y a veces salvarnos de los horrores del mundo.

A pesar de ello, estos no son personajes alegóricos, sino postapocalípticos: seres atrapados en una incesante tragedia íntima que, sin embargo, se pierde en la insignificancia de su cotidianidad. Al yuxtaponer el plano del ambiente con el de la acción de los personajes en el mundo, la historia logra una unidad capaz de llevar al espectador a adentrarse a paisajes de difícil acceso a la reflexión racional. Así Pelo Malo se transforma en una película tan directa y frontal, como sutil y enigmática. Esto sin mencionar los aciertos de su realización: la precisión de su fotografía, la minuciosa construcción de sus oscuras atmósferas, el dinamismo del montaje o la austeridad general de los medios, todo lo que hace de Pelo Malo no solo un nuevo punto de referencia para el cine venezolano, sino, al mismo tiempo, el Alfa y el Omega de su tradición histórica esencial. Un logro absolutamente original.

En buena medida, la polémica que se ha desatado en la víspera de su llegada a las salas venezolanas hace todavía más urgente la discusión de esos contenidos que constituyen el mensaje de Pelo Malo. No hay una conexión causal entre las declaraciones de Mariana Rondón en torno al legado fatal de Hugo Chávez y ese mensaje. No obstante, sí se puede decir que hay una intención deliberada por valorizar las emociones, atmósferas y puntos de vista de quienes necesitan expresar una diferencia frente al mundo dominante, lo que también implica un deseo de introducir una preocupación personal de Rondón sobre el rechazo de la sociedad venezolana a abrirse al otro.

Nada abolirá el hecho de que Mariana Rondón elevó valientemente su voz contra la polarización y la intolerancia que han ido socavando a la sociedad venezolana. Pero su obra no se limita a eso. Existe una diferencia fundamental entre la manera de pensar de un político, quien hace de la denuncia su oficio, y la del creador que intenta plasmar un mensaje a través de imágenes. Por eso el jurado del Festival de San Sebastián reconoció los méritos artísticos de Pelo Malo por encima de cualquier consigna política. Es lógico que la cineasta diga que su único discurso es su película, negándose a seguir ofreciendo entrevistas que serán usadas como municiones de la polarización en una polémica que, en última instancia, no quiere lidiar con el contenido de su obra. Sería mucho más provechoso ver Pelo Malo y analizarla para luego criticar de ella todo lo que haya que criticar en vez de seguir con una diatriba sorda contra Mariana Rondón. Mientras tanto, hay que aplaudir su valentía y su gran talento. La directora y su obra brillan con luz propia.

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VEA TAMBIÉN: Tráiler de la película venezolana “Pelo Malo”, ganadora de la “Concha de Oro 2013″

Boris Muñoz 

Comentarios (5)

Petrusco
10 de octubre, 2013

Ya Mariana Rondón aclaró que sus declaraciones se manipularon y que no correspondían al objeto de su película.

Esta es la nota que publicó El Universal ayer http://www.eluniversal.com/arte-y-entretenimiento/131009/mariana-rondon-confirma-lo-que-declaro-a-el-pais

La polarización en Venezuela tiene múltiples autores, el primero fue la desigualdad entre clases pudientes y clases pobres que se profundizó en los años 80 y 90 gracias a lamentables medidas hechas por los gobiernos de turno y a la degradación de todo el sistema político. El segundo fue el manejo mediático hecho en ese entonces y el que se sigue haciendo, en el cual la cobertura de las noticias busca satanizar a los contrarios políticos, a los diferentes o a los que no entran dentro de los esquemas estéticos “aceptables” para la farándula, azuzan el miedo y el odio contra los que tienen pensamientos religiosos, culturales o políticos distintos y además instaura modelos de belleza, de símbolos de estatus y de superioridad socioeconómico que son totalmente divorciados de la realidad y sólo producen resentimientos y resquemores.

Finalmente en la arena política de los últimos 14 años esa polarización encontró una nueva vía de expresión: la del chavismo y el antichavismo, azuzada por los discursos incendiarios de Chávez y por la mega-campaña antichavista de los medios de comunicación y políticos contrarios al gobierno. Es la misma división que ha existido desde hace al menos 40 años pero ahora difrazada de rojitos y anti-rojitos.

Mariana simplemente expresa su verdad, seguramente opuesta a muchas ideas del gobierno actual y al discurso de Chávez, tal como está en todo su derecho de estarlo. Quizá su visión no le permite ver todo el daño que cómo sociedad nos han hecho unos medios de comunicación convertidos en partidos políticos y una oposición política errática y soberbia.

Por otro lado habrán muchas cosas del gobierno con las cuales Mariana está de acuerdo. Ella se concentró fue en la polarización e intolerancia existentes actualmente las cuales, sin ninguna duda, no son deseadas por nadie y nadie las niega ni las ha negado.

Diógenes Infante
10 de octubre, 2013

El problema es más profundo, en Venezuela todo el que triunfa es sospechoso de algo . Este es un país cpn un culto por los perdedores como Ezequiel Zamora.

Mercedes
10 de octubre, 2013

Una vez más,excelente análisis,soberbiamente bien escrito. Ya es un lugar común decir lo bien que escribe Boris Muñoz. Sus apreciaciones sobre el film y la diatriba que desataron las opiniones de la realizadora, impelen a verlo.

Román Romano
10 de octubre, 2013

Espero que las salas de cines no se conviertan en los nuevos campos de batalla a que nos tienen acostumbrados lo grupos de choque del oficialismo. Espero ver Pelo Malo en una sala y no en un quemadito y al salir, sentir la misma rabia que sentí al ver Las Fresas de la Amargura (The Strawberry Statement)de Stuart Hagmann, con su espectacular final por allá en ese lejano 1970. Ahora esperemos que el cine venezolano llegue esta vez a representarnos en los Oscars (AMPAS) y, por que no, se alce con la famosa estatuilla, como lo hizo en San Sebastián, por unanimidad. ¡Bravo! por ti Mariana.

luis
10 de octubre, 2013

Petrusco, tu comentario se conforma de: a) lugares comunes explicativos de una realidad que se te escapa, que por simplones resultan falsos, y que sólo revelan tu elección personal y arbitraria de chivos expiatorios (la culpa siempre tiene que tenerla alguien) y b) especulaciones sobre lo que pudiera pensar Mariana Rondón, como queriendo traértela a tu campo para proyectar a través de ella tu propia subjetividad. Si Mariana Rondón hubiera pensado en los términos que escribes mientras hacía su película, hubiera sin duda hecho un bodrio, quizá del gusto de los burócratas del régimen, pero nunca merecedora de un premio internacional.

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