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Dejando el hábito del teléfono celular, por Umberto Eco

Por Umberto Eco | 22 de agosto, 2013

celular texto

Recientemente leí acerca de un servicio no convencional ofrecido en el hotel Byron, un famoso balneario de la Riviera italiana frecuentado por los ricos y famosos. Los huéspedes tienen a su disposición un psicoterapeuta políglota cuyo objetivo es ayudarles a superar su dependencia de los teléfonos móviles y, si es necesario, del Twitter y todos los demás medios adictivos de comunicación social que han inducido a todo un nuevo nivel de neurosis.

A principios de los años 90, cuando los teléfonos móviles aún no estaban en todas partes, escribí acerca de los “poseedores de teléfonos celulares” —un neologismo que acuñé, emulando a los “portadores de la antorcha”— que trataban de llamar la atención sobre sí mismos en los trenes y en los aeropuertos gritando a voz de cuello sobre el comercio de acciones, préstamos bancarios y otros negocios.

Comenté que su comportamiento era un signo de inferioridad social: quien era verdaderamente poderoso no necesitaba tener teléfonos celulares, ya que tenían 20 secretarios contestando las llamadas; las personas que necesitaban los teléfonos móviles eran los gerentes de nivel medio, que tenían que informar constantemente a sus directores generales, y los dueños de empresas pequeñas que atendían las llamadas de su banco.

Mi evaluación sobre los poseedores de teléfonos tenía que ver más con su estatus social que con su neurosis potencial, porque en ese momento era muy posible que, en privado, estos exhibicionistas dejaran a un lado sus teléfonos y calladamente se dedicaran a sus negocios.

Sin duda, ya no es así. Justo el otro día noté a cinco personas que caminaban a mi lado: dos estaban haciendo llamadas, dos enviando mensajes de texto tan frenéticamente que corrían el riesgo de tropezar y caer, y una mujer caminando con su teléfono en la mano, lista a responder a cualquier tono o timbre que pudiera emitir.

Conozco a un hombre bastante culto y distinguido que se deshizo de su Rolex porque hoy en día, dijo, puede ver la hora con sólo mirar su Blackberry.

Tecnológicamente hablando, es obvio que esto representa un paso adelante —tener pequeños pero potentes computadoras a nuestro alcance en todo momento—, pero también un paso hacia atrás. Después de todo, el reloj de pulsera ofreció a la gente una alternativa a estar sacando constantemente el reloj de bolsillo de su chaleco (o, supongo, caminando con los relojes de caja atados a sus espaldas). Pero mientras el reloj de pulsera liberó nuestras manos, el teléfono inteligente las monopoliza. Mi amigo cambió su Rolex por un dispositivo que tiene una de sus manos constantemente ocupada.

Es como si hubiésemos decidido colectivamente atrofiar uno de nuestros miembros, a pesar de que sabemos que tener dos manos con los pulgares opuestos ha contribuido enormemente a la evolución de nuestra especie.

Y en los días en que la gente utilizaba plumas de ganso para escribir, requería usar una sola una mano; pero hoy en día se necesitan dos para escribir en un teclado, por lo que el poseedor de un celular no puede utilizar el teléfono y su computadora al mismo tiempo.

De nuevo, supongo que un adicto al teléfono móvil no tiene necesidad de una computadora (ese objeto ya casi prehistórico) porque puede usar el teléfono para acceder a Internet, enviar mensajes de texto y correos electrónicos, y —creo que siguen haciendo eso también— llamar a otra persona.

Por supuesto, y no soy el primero en señalarlo, otra manera de demostrar que la tecnología móvil es a la vez un paso adelante y un paso atrás es que, por mucho que nos conecte virtualmente, también interrumpe el tiempo que dedicamos a estar juntos, frente a frente. La película italiana L’Amore è eterno finchè dura (El amor es eterno mientras dura) ofrece un ejemplo extremo en una escena en la que una joven insiste en responder mensajes urgentes mientras tiene relaciones sexuales.

Una vez concedí una entrevista a una periodista española, una mujer con aire de culta e inteligente que, en su artículo, observó con asombro que nunca había interrumpido nuestra conversación para contestar el teléfono. Y por eso decidió que yo estoy muy bien educado. Tal vez nunca se le ocurrió que había apagado mi celular para evitar interrupciones —o que no tenía un teléfono celular—.

Umberto Eco 

Comentarios (5)

Maria
23 de agosto, 2013

Me encantó la reflexión. Y recordé dos hechos que ocurrieron tiempo atrás. Salió en las noticias que una persona fue atropellada por un auto mientras cruzaba la calle sin mirar, sin prestar atención ya que estaba hablando por su teléfono celular, cuando los para-médicos acudieron en su ayuda, grande fue la sorpresa al observar que el celular era de juguete… Por otro lado, compañeros del trabajo nos mostraron cómo con un simple programa que bajaron de internet, entraban en el celular de otra persona y lo manejaban a su antojo. Supuestamente la tecnología traería cierto descanso para el hombre, por lo visto el hombre elige lo que quiere…

marcos
24 de agosto, 2013

“La tecnología acerca a los q están lejos y aleja a los que están cerca”

David
27 de agosto, 2013

Excelente reflexión, que pone en evidencia la triste circunstancia de que la tecnología puede llegar a ser, para muchos, una esclavitud de la mente tal que los convierte en zombies, seres ensimismados, incapaces de reconocer la entidad de cualquier otro ser humano que se halle circunstancialmente alrededor de ellos en un lugar de tránsito público, como una acera, una calzada, la fila de un cine o un restaurante, el acceso a un edificio, estación o vagón de metro, entre otros…

Jose Abel Ramirez
1 de octubre, 2013

Sin duda, que comparto la opinión de Eco,pero inevitablemente tanto el como yo, estamos en la senilidad, y mejor es esperar que el mundo siga su curso de la forma como esta ocurriendo.

edgar villasana
13 de noviembre, 2013

Ya los padres e hijos o las parejas no pueden tener una tertulia mientras se almuerza o cena porque uno, sino todos, utilizan el celular mientras a la vez llevan el bocado a la boca. Mala costumbre disiociativa.

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