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Furia por el fútbol, por Ian Buruma

Por Prodavinci | 5 de Julio, 2013

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PARÍS – ¿Quién lo habría dicho? Allí estaban, los brasileños, protestando en la puerta de los estadios de fútbol en contra de que su país sea la sede de la Copa Mundial en 2014 —y eso, incluso, en el mismo momento en que su selección nacional estaba apaleando a España en la final de la Copa Confederaciones. Fue como si los católicos marcharan a protestar a las puertas del Vaticano contra la elección de un nuevo Papa.

El fútbol es a los brasileños lo que la cocina es a los franceses: motivo del mayor orgullo nacional. Más allá de sus diferencias económicas, raciales o políticas, todos los brasileños están orgullosos de tener el mejor equipo del mundo, que ganó la Copa del Mundo en varias oportunidades, inventando y reinventando “el juego bonito”. Organizar el próximo Mundial en Brasil, así como los Juegos Olímpicos en 2016, a pesar de que sólo el campeonato de fútbol costará hasta 13.000 millones de dólares, parece una decisión lógica. Río de Janeiro es el lugar de pertenencia del fútbol.

¿Qué fue lo que se adueñó del brasileño de 19 años que les dijo a los periodistas “No necesitamos la Copa del Mundo. Necesitamos educación, mejores servicios de salud, más policía humana”? Muchos sienten lo mismo. ¿Acaso millones de brasileños de repente perdieron su pasión por el deporte?

Si fuera así, no es el fútbol de lo que reniegan, sino más bien del tipo de juego en el que se ha convertido el fútbol: un negocio de miles de millones de dólares, un objeto de prestigio para plutócratas de mala fama y una vidriera extravagante para gobiernos y organizaciones deportivas internacionales.

El fútbol alguna vez fue un deporte popular, arraigado en las comunidades locales. Los chicos de la clase trabajadora local jugaban para clubes locales que inspiraban una lealtad feroz entre sus seguidores. El chauvinismo del fútbol siempre contenía un costado violento, ya que muchas veces incluía un componente étnico, religioso o de clase: los protestantes versus los católicos (en Escocia); los clubes “judíos” (en Ámsterdam, Berlín, Londres y Budapest), insultados por los fanáticos que se oponían a los “Yids”; clubes elegantes (como Galatasaray en Estambul) y equipos decididamente proletarios (West Ham en Londres); clubes que se enorgullecían de tener una fuerte identidad regional (Barcelona), y clubes que eran cercanos a los centros de poder (Real Madrid).

Algunos clubes estaban financiados por corporaciones industriales para promover la lealtad entre sus empleados; Philips patrocinaba al club holandés PSV Eindhoven, por ejemplo, mientras que Fiat hacía lo mismo con la Juventus de Italia. Pero, más allá del patrocinio o de la ubicación, los seguidores se sentían cerca de la mayoría de los clubes, así como de sus selecciones nacionales. Eran parte de la “identidad” popular.

En cierta medida, esto sigue siendo válido, pero algo crucial ha cambiado: el fútbol, como otros tipos de comercio, se ha vuelto global. Gracias a las nuevas reglas de titularidad, la televisión por cable, los patrocinios de marcas y otros factores vinculados a los negocios, probablemente haya más seguidores del Manchester United en China que en el Reino Unido, mucho menos en la ciudad de Manchester. Los equipos de fútbol hoy son como franquicias multinacionales, con entrenadores y jugadores de todo el mundo.

Ahora bien, esto por sí solo no es responsable del tipo de alienación del juego expresada por los manifestantes brasileños. El alcance mundial del fútbol tuvo un antecedente que fueron los Juegos Olímpicos y es allí donde deberíamos mirar para entender la corrupción de los deportes globalizados.

A diferencia del fútbol, las Olimpíadas siempre estuvieron estrechamente asociadas a las elites: atletas no profesionales reclutados por universidades y demás. El padre de los Juegos Olímpicos modernos, el barón de Coubertin, era un aristócrata francés que promovía los deportes para infundir vigor a los hombres de Francia después de su derrota en la guerra franco-prusiana de 1871. Su objetivo era que los Juegos Olímpicos encarnaran un ideal noble de paz mundial y hermandad a través de la competencia atlética.

Con qué facilidad se podía corromper este ideal mediante políticas claramente poco caballerescas ya saltó a la luz en 1936, cuando el discurso vacilante de Coubertin sobre la paz y el juego limpio era transmitido por los altoparlantes del Estadio Olímpico en Berlín, donde Hitler y sus guardaespaldas levantaban los brazos en saludo a la bandera nazi.

Sin embargo, incluso sin una política repugnante, estaba cantado que la simple cantidad de dinero necesaria para organizar los Juegos Olímpicos —los contratos de construcción de estadios, infraestructura de transporte y hoteles, junto con toda la algarabía comercial— iba a dar lugar a una cultura del soborno y las coimas. Surgió una elite internacional de funcionarios olímpicos, que viven en una burbuja autosuficiente de riqueza y privilegios.

Alguna vez tuve la oportunidad de ver a estos hombres entrar y salir de hoteles de primera categoría en una capital asiática, figuras impecables enfundadas en blazers con botones dorados. Era sorprendente ver con qué frecuencia los representantes de aspecto más próspero provenían de los países más pobres del mundo.

El fútbol hoy es como las Olimpíadas (o como las carreras de Fórmula 1), excepto que hay incluso más dinero de por medio. Los clubes de fútbol se han convertido en los símbolos de status para los nuevos ricos del mundo de los negocios de Rusia u Oriente Medio, y las contiendas internacionales, especialmente la Copa del Mundo, han devenido ocasiones para fomentar el prestigio, y muchas veces hasta la legitimidad, de gobiernos nacionales. Estos eventos refuerzan la tendencia de los regímenes políticos modernos, dictaduras así como democracias, a medirse en base a los proyectos monumentales que construyen —nuevos estadios gigantescos, centros comerciales colosales, pabellones de conferencias enormes— que a veces son necesarios, pero muchas veces no.

En consecuencia, los desarrolladores, arquitectos, políticos, magnates y funcionarios del deporte internacionales hoy están a cargo del juego bonito. Esto incrementa su poder, su riqueza y su prestigio. Pero una vez que montaron sus espectáculos, a costa del país anfitrión, pasan a otra cosa. Esto resulta particularmente mortificante en países donde gran parte de la población es pobre y no tiene acceso a escuelas decentes o a servicios médicos apropiados.

Millones de brasileños dejaron en claro cuáles son sus prioridades. No se han desenamorado del fútbol. Por el contrario, al protestar contra la manipulación grotesca del juego moderno, están intentando recuperarlo.

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