Vivir

Un niño con cualquier otro nombre, por Umberto Eco

Por Umberto Eco | 1 de julio, 2013

Parece que ha vuelto a estallar el debate recurrente sobre la transmisión de los apellidos a los hijos. En esencia, el debate se reduce a esto: Peter, hijo del Sr. Green y la Sra. White, ¿debe ser conocido como Peter Green, Peter Green White, Peter White Green o Peter White? (Por no hablar de si debe de emplear un guión en la combinación elegida).

En Occidente es costumbre denotar la descendencia por la línea paterna, pero no hay nada que nos impida seguir en cambio la línea materna, como hacen otras culturas. Después de todo, mater semper certa est, es decir, siempre podemos estar seguros de quién es la madre, mientras que la identidad del padre no siempre es obvia.

Antes de la era de las pruebas de paternidad, el hombre tenía que confiar en la palabra de la mujer que le decía que él era el padre de su hijo. Silvia Vegetti Finzi, psicoterapeuta y escritora, afirmó recientemente en el periódico italiano Il Corriere della Sera, que darle al niño el apellido del padre es una forma de compensar al hombre, reconociendo al menos uno de sus derechos paternos.

La solución más obvia a este problema de nomenclatura se encuentra en España, donde las convenciones dictan que un niño llamado Rodrigo, hijo de Juan López y Juana Gutiérrez, se llame Rodrigo López Gutiérrez. Pero supongamos que Rodrigo desposa a Carmen Lozano Almeida, ¿qué apellido les pondrían a sus hijos?

En 1952 conocí a un sacerdote que se llamaba don Laurentino Herrán Herrán Herrán Herrán: tanto su padre como su madre se apellidaban Herrán Herrán. De no haber sido sacerdote, y si se hubiera casado con una mujer con unos apellidos como los suyos (improbable, pero no imposible), ¿sus hijos se hubieran apellidado Herrán Herrán Herrán Herrán Herrán Herrán Herrán Herrán?

Para ponerle fin a esta serie ad infinitum, la ley española actual prescribe que los niños tomen sólo el primer apellido del padre y el primero de la madre, y cada familia tiene la libertad de decidir cuál va primero. Si esta decisión recae en los padres o en los hijos al crecer, depende de cada familia.

Dado el enorme potencial de malos entendidos, pleitos internos y sentimientos heridos, ¿quién debe elegir? Si depende de los padres, bien puedo imaginarme bastantes divorcios posnatales. Por otra parte, si se le deja la decisión al hijo, ¿éste se arriesgaría a usar primero el apellido del padre, sabiendo que su madre se quejaría por el resto de sus días de que el hijo no la quiere? ¿Usaría el de la madre, corriendo el peligro de que el padre lo desherede por considerarlo ingrato?

Aun más, debemos de considerar si el apellido debe reflejar no sólo la ascendencia del niño de sus padres y abuelos, sino también de sus bisabuelos, tatarabuelos y así sucesivamente. Podríamos calcularlo de este modo: ya que cada quien nace de dos padres, y cada padre tiene a su vez dos padres, entonces, de acuerdo con la lógica de la genealogía, cada uno debe de tener cuatro abuelos, ocho bisabuelos, dieciséis tatarabuelos y así sucesivamente. Podríamos alegar que, siguiendo esa misma lógica, si retrocedemos hasta los orígenes de la humanidad, la Tierra estaría poblada no por sólo 7.000 millones de personas, sino por 7.000 millones x 2 a la potencia de X, donde X representa el número de generaciones que nos separan de Adán y Eva.

Claro, esta aritmética es defectuosa y está simplificada en exceso, ya que no toma en cuenta a los hermanos, entre otros factores. Pero el razonamiento de mi fórmula simplista es que, desde un punto de vista genealógico, si queremos que los apellidos sean siquiera algo transparentes, ¿no deberíamos de tener por lo menos una docena? (Imagínense cómo se verían en nuestro currículo, licencias de manejo y diplomas).

En este sentido, supongo que la solución más justa sería que los padres les dieran a sus hijos un apellido totalmente nuevo. Pero también esto plantea riesgos. Después de todo, ¿cómo sería la vida de la prole de esos padres excéntricos que desdeñan los nombres de aspecto inocuo, como las capitales mundiales y las especies de flores, y en cambio tratan de hacer una declaración eligiendo nombres como Mussolini, Berlusconi o Bin Laden? (Esto no está fuera del ámbito de lo posible en un mundo en el que muchos padres bautizan a sus hijos con nombres como Benito y Lenin).

No tengo ninguna solución que ofrecer, pues estas son cuestiones de la más estricta naturaleza personal. Así que yo sólo consigno estas inquietudes para el lector. Pues, a fin de cuentas, ¿qué hay en un nombre?

Umberto Eco 

Comentarios (2)

fernando
1 de julio, 2013

Hay que recordarle al Maestro Eco, que detrás de un nombre puede haber mucho y puede haber poco. En estos días tenemos en este inviable ex-país (como dicen por allí) un opaco caso que no nos permite conocer ni donde ni cuándo nació; ni siquiera se sabe si tiene hijos u otra familia. El nombre es uno de los atributos de la personalidad y las costumbres asociadas a los nombres, en nuestro sistema, proceden de Roma

Nelly Tsokonas
3 de julio, 2013

Me decanto por lo más simple: un nombre y un apellido. Casualmente, en estos momentos estoy leyendo “El cementerio de Praga”, de este mismo autor.

Gracias a Prodavinci, excelencia en escogencia de autores y contenidos. Saludos, @abezeta

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